Se
trata pues para nosotros de un diálogo de salvación, a concretar
por lo que nos acerca o distancia con los demás, en el buscamos
festejar y aproximarnos a una Verdad que trasciende cualquier
parcial punto de vista.
De un diálogo inherente a nuestra vocación, pero que, en las
actuales circunstancias, estamos especialmente interpelados
a ser y a vivir; tal vez más que nunca, para que, dejándonos
conducir por él, como Pueblo de Dios, como Pueblo de y entre
pueblos y naciones, realicemos nuestra donación, ofrenda y
comunicación de la Buena Noticia.
Concretando
de esta forma, nuestro servicio evangelizador, estaremos atentos
a dar lugar a la manifestación de cada particularidad colectiva
o singular con la que interactuemos, y a ser compañeros de
todos, sean como sean y piensen como piensen. Atentos, entonces,
a tratar de aumentar nuestra capacidad de mirar bien al otro
y a lo ajeno, de entender la diversidad como ocasión de mejoría
general, y de fomentar sanas y enriquecedoras vinculaciones
de mestizaje entre los distintos. Bien despiertos para asociarnos
especialmente a los que se esfuerzan en edificar felicidad
y siempre más ocupados en nuestra propia conversión que en
demandas a los demás.
Es
así, nos parece, cómo la Iglesia, siempre llamada a ser y
significar un surco de eternidad en la historia, siendo lugar
de encuentro con Dios y con los hermanos, para fraguar la
integración y comunión universal, debe colaborar en este presente
a la consolidación de las diversas identidades. Pero animándolas,
en su peculiar asimilación del Evangelio y de los avances
de hoy, y en consecuencia con lo explicitado, a afirmarse
y a reconocerse en su conexión con las diferentes y por su
mediación.
En
tal sentido y para crecer en lo anterior, la interrelación
cotidiana, en la profundidad de la contemplación y oración,
con María y con los pobres, es posibilidad a veces no suficientemente
valorada. Participando y estando con ellos, en diversas situaciones,
podemos aprender a identificarnos más como Cuerpo de Cristo,
en los hechos y actitudes, con nuestra Cabeza, con Jesucristo.
Dejándonos enseñar por la fe vivida de Nuestra Madre y de
los más sencillos, por su humilde apertura al prójimo y al
Espíritu, seremos sin duda educados en la capacidad de abajarnos
al modo del Salvador. Requisito necesario e imprescindible,
sin duda, para evangelizar colaborando al logro de un sano
clima solidario, fraterno y plural.
Por
regalo de Dios, lo antedicho, lo he vivenciado, y lo sigo
haciendo, de modo muy agudo y permanente. Y sin pretensiones
de absolutizar este limitado testimonio personal, al saber
y reconocer que los senderos del Señor son insondables, con
la misma honestidad, afirmo sí, con toda certeza, que hasta
dónde puedo ver, casi todas las veces, por no decir todas,
“no sabemos”, y el testimonio de Nuestra Reina y de
los hermanos más sufridos, pacientes y bienaventurados nos
muestra el rumbo a seguir.
Los
pasos de mis días cambiaron caminando en noches de verano,
con gente simple y con Ella (siendo los pies de su Imagen),
desde Villa Ramallo hasta el Santuario de Nuestra Señora de
Luján. “¡Madre -decía en mi interior-¿cómo esta
gente te canta, te reza el rosario y otras oraciones, te baila
y te hace danzar, y yo no sé ni quién sos, ni por qué estoy
acá?...!”. No me daba cuenta, pero ellos, María y sus
hijos más necesitados, me estaban contagiando su específico
modo de avanzar, su plegaria, su oración. Me estaban, de alguna
forma, “pariendo” hacia otro horizonte al constituirme
peregrino; y ese “nacimiento”, “por gracia divina”,
he intentado prolongar, tratando siempre de dejarme instruir
por la Virgencita y por la oración total del Pueblo de Dios,
magistralmente condensada y expresada, por los más humildes,
por los que aparentemente nada valen, ni saben.
En
la continuidad de esa maternidad y educación recibidas, me
ha movido particularmente en estos días, a la confección y
difusión de esta obra y su propuesta, el ejemplo y enseñanza
de nuestros hermanos bolivianos y descendientes de bolivianos,
residentes en la localidad de San Nicolás de los Arroyos.
Los mismos, rezando juntos y constantemente diversas novenas,
nos muestran con gran fervor, cómo ellas se constituyen en
una oportunidad adecuada para crecer, al mismo tiempo, como
Pueblo de Dios y como particular comunidad. En un ámbito de
muchísimo provecho, al ser un concreto espacio de encuentro
con “lo Otro” y con los otros, para darle cuerpo a
Cristo desde la propia identidad, en la fidelidad y recreación
de lo recibido o heredado, y en su intercambio con lo que
procede de otras memorias o tradiciones.
Gracias
a ustedes mis queridos hijos, hermanos y amigos de las comunidades
de Nuestra Señora de Urkupiña, de Nuestra Señora de
Copacabana y del Niño Dios que, entre nosotros, ejercitan
esta práctica de nuestra Iglesia Católica de propagar una
devoción, en forma pública o privada, durante nueve días.
Ritual ancestral en el que ustedes viven y concretan, aquí
y ahora, asumiendo las novedades, el sentido sobrenatural
y primero en el que intuitivamente se afirma y descansa su
vida, su entrega generosa y sin reservas en favor de los intereses
de Dios y del prójimo. Y, en él y por su mediación, nos muestran
un carril cierto, tanto a nivel macro social como eclesial,
de cómo crecer abiertos a lo de los otros pueblos, conservando
y labrando, empapada de Buena Noticia, la propia cultura o
modo de ser común.
Práctica
y ritual muy pío, ejemplo nítido de fe hecha historia, que
desemboca en preciosas y danzadas procesiones y fiestas, y
que nos reafirma también en esa vital convicción que el pueblo
argentino, gracias a Dios, comparte con el de ustedes, con
el de México y con el de toda Latinoamérica: es sumamente
importante hablar con la “Mamita” y celebrarla, expresándole
nuestra gratitud por darnos al “Niñito” y porque siempre
nos escucha. Convicción común entonces, que nos anima a buscar
modos y a participar en momentos adecuados, con el fin de
alimentar esa comunicación y conversación con la Madre que
nos alcanza al Salvador; y que, por lo mismo y como Maestra,
nos contagia su ser y educa, para que podamos actualizar y
expresar el misterio de su Hijo, en el diálogo con los hermanos
y desde nuestras peculiares raíces y circunstancias.