Mientras rezamos la siguiente
oración, podemos encender una vela a Nuestra Señora de Guadalupe
y a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
Dios
te salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo, bendita
Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre,
Jesús.
Santa
María, Madre de Dios y Madre Nuestra, ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
A continuación, a una o a
varias voces, leemos, proclamamos o representamos el final, que
sigue ocurriendo hoy, de la historia de las apariciones de Nuestra
Señora de Guadalupe.
Y el Señor Obispo trasladó a la Iglesia Mayor la amada
Imagen de la Amada Niña Celestial.
La vino a sacar de su palacio, de su oratorio en donde estaba
para que todos la vieran, la admiraran, su amada Imagen.
Y absolutamente toda esta Ciudad, sin faltar nadie, se estremeció
cuando vino a ver, a admirar su preciosa Imagen.
Venían a reconocer su carácter divino.
Venían a presentarle sus plegarias.
Muchos admiraron en qué milagrosa manera se había aparecido,
puesto que absolutamente ningún hombre de la tierra pintó su
amada Imagen.
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Para vivir y comprender más
profundamente el desenlace de tan milagrosa historia, se pueden
leer o comentar, todas o algunas, de las siguientes explicaciones.
Nuestra
Señora de Guadalupe provocó maternalmente, con sus apariciones
del año 1531, la continuación de la larga y ancestral peregrinación
de los mexicas, expresión de sus raíces históricas y de
su ser, pero con la novedad de unirla y asociarla con la de los
nuevos habitantes llegados a su ciudad, a su mundo.
La
Virgen
del Tepeyac, Madre de todos, suscita y les muestra el advenimiento
o llegada de Dios, que hace superar a los indios el sentimiento
de orfandad sobrenatural que los sumía en la muerte. De este modo,
a la vez y por lo mismo, al devolverles la fe y la vida o movimiento,
animó su pervivencia en el mestizaje, ya sanado en Ella de sus
aspectos traumáticos, de lo de ellos con lo de los europeos. Al
mismo tiempo enriqueció también así, aunque de una forma imperceptible
para los españoles, lo que estos traían, con lo de los indígenas.
Es
entonces, a partir
de ese mes de diciembre, en el cual la Virgencita habló a Juan
Diego Cuauhtlatoatzin, su primer peregrino, y al tío Juan
Bernardino, que los bautismos empiezan a tener entre los pueblos
originarios de América un carácter masivo nunca antes alcanzado. Esto llevaba a plenitud los mejores deseos y aspiraciones
del trabajo de muchos de los llegados desde Europa, y enaltecía
enormemente a los indios.
En
el caso de estos últimos, hacía que se percibieran a sí mismos
como imitadores, colaboradores y amigos de Dios; pues ellos y
sus ancestros, con el esfuerzo de su acción humana siempre fiel,
habían favorecido la visita de la Madre y la venida y llegada
de Dios, de Aquél que los había creado o merecido con su sacrificio
y penitencia. Y nótese que lo afirmado, que predicamos a los pueblos
indígenas, desde otro credo, desde su fe católica y romana, también los europeos, igualmente dignificados por Nuestra Señora,
pudieron llegar a pensarlo de sí mismos, con análoga o semejante
significación, ante el hecho de difundirse más y más la vida cristiana
entre los indios.
De
esta forma, la Preciosa Imagen, al mismo tiempo que afirmó y mejoró
las culturas y religiosidades, a la vez tan distintas y convergentes,
de indígenas y de españoles, se convirtió en su meta y punto de
encuentro, en el sentido y orientación de su caminar y oración.
Comenzó de este modo, transformando el doloroso choque de dos
mundos en posibilidad de gozoso encuentro, a dar a luz a un México
distinto.
Con
su Acción y Pintura, Iconos de un inédito mundo enraizado en lo
anterior de sus padres europeos y madres indias, comenzó Nuestra
Señora de Guadalupe a parir desde el Amor, a ese pueblo que hoy,
casi cinco siglos después, está en el umbral de aceptarse y reconocerse
como tal. Su Imagen y ermita del Tepeyac se erigieron entonces,
y lo siguen siendo, en el antiguo y
original lugar hacia el cual ir, el rumbo y sitio donde se encuentran
para siempre el don de Dios y los esfuerzos de los hombres.
Flor
y Canto de felicidad permanente y señal cumplida: La Virgen Morena,
asumiendo en sí misma las tradiciones de sus interlocutores y
abriéndolas a lo diferente, se erigió en su único destino o tonalli;
es decir, en la fuente de vida, de energía, de luz y de calor
de todos ellos. Trayendo al que es el Día por sí mismo en su seno,
Ella marcaba el amanecer y comienzo de un nuevo período del cosmos
y del movimiento de los seres humanos. Nuestra Madre se convirtió
así en la matriz y el núcleo en torno al cual habría de originarse
y gravitar la esencia misma y la historia posterior de todos los
habitantes del lugar. A tal punto, que tanto ellos como sus descendientes,
no podrán ya jamás concebir su vida sin referencia al acontecimiento
guadalupano.
Para
la mentalidad de los indígenas, muy dispuestos a levantar templos,
la construcción de uno, por más pobre que éste fuera, se identificaba
con la fundación de una nación. Es así como con la edificación
de la ermita de Nuestra Señora, comenzaba a fraguarse también
el nacimiento de otra sociedad. Y es por todo lo anterior, que
su Imagen y su Casita Sagrada, logran unir a las mujeres y hombres
de ese tiempo, poniéndolos en camino de crecer como un nuevo pueblo
o templo, a la vez material y espiritual.
Ocurre
también, reforzando lo ya explicitado, que si bien la ermita es de Ella, que la
pide y la promueve, no es para Ella, sino para mostrar a su Hijo
y para restauración y gloria de los hijos, de todos aquéllos,
sea cual fuere su origen, a quienes se concede el honor de colaborar
en su construcción y epifanía. Y en nuestros días, cada vez más grandes multitudes vienen a admirar a Nuestra
Señora de Guadalupe, a estremecerse ante su Imagen y a rezarle,
a contemplarla y presentarle sus plegarias en su Casa del Tepeyac.
Ya
para el año 1556, concurrían muchísimas personas de diferentes
razas y condiciones. Esa devoción y masiva concurrencia, el peregrinar
y el constante e ininterrumpido aumento de la popularidad de la
Amada Niña Celestial, están acreditados por numerosísimas fuentes
históricas, pero, sobre todo, por la memoria viva de los hijos
que Ella hizo y sigue haciendo nacer. De este modo, la primera
ermita, inicia la serie de cada vez más amplios templos, que se
han construido sucesivamente para albergar a su Preciosa Pintura
y a ese pueblo siempre creciente y educado por Nuestra Madre.
Se sugiere emplear algunos
minutos para orar y meditar, en forma personal e interior, todo
lo que nos manifiesta la profundidad de la culminación,
siempre actual, del Nican mopohua. Luego, podrían decirse o pronunciarse
las plegarias que siguen.
Gracias,
Virgencita, por ser dócil a Dios y concedernos el regalo de haberte
constituido en el seno materno de este nuevo pueblo, que sigue
en gestación. Gracias por quedarte con nosotros, gracias por tu
Imagen y presencia, que nos sigue haciendo familia y conformando
como comunidad. Gracias, porque al mirarnos y alimentarnos con
tu Amor, nos sigues dando a tu Hijo y nos haces sus miembros vivos.
Gracias,
porque continúas en nuestros días ese milagro de evangelización
y pedagogía inculturadas, esa visita y plegarias que siguen plenificando
lo bueno de cada uno para unirlo a lo mejor, también ya fecundado,
de lo de los otros. Gracias, Madre, por ese final de diálogo y oración; por este
final abierto, que sigue ocurriendo y siendo hoy, en cualquier
lugar del mundo en que se establezca a tu Imagen Amada o se cuente
tu historia.
Gracias,
Señora, porque tu persona es nuestra luz, el lugar y el punto
de encuentro y coincidencia, que nos abre a la posibilidad de
reconocernos y tratarnos como miembros del único, pero multicolor
y pluricultural, Pueblo de Dios. Condúcenos, por favor, querida
Niña Celestial, a estar contigo, a admirarte y a rezar. Concédenos
la gracia de recibir así a la Fuerza y el Calor que vienen de
lo alto, a Jesús, para poder comprometernos con la historia y
ser capaces de compartir y construir hoy, en la cordialidad con
todos y abiertos a su consumación en la eternidad, un destino
común, de paz y vida plena.
Haz
que podamos recrearnos en ti, Madre Santa, para que el Tepeyac, la anticipación del
cielo en la tierra, se concrete y se agrande más y más en nuestra
actualidad.
Partiendo de todo lo anterior, se puede dar lugar a
comentarios o a preguntas de viva voz. Otra posibilidad es que,
cada uno, recuerde o anote las apreciaciones o interrogantes que
se le van ocurriendo, para luego compartirlas o buscar su respuesta.
En un momento de silencio y de encuentro entrañable con Nuestra Señora de Guadalupe y con
San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, rezamos para que
haya más ermitas y templos en su honor y por los peregrinos
a las mismas. Suplicamos también por las novenas y las
fiestas con que se los celebra y por todos los que las
preparan o a ellas concurren. Luego, podríamos participar
e invitar a algún otro a hacerlo, en alguna peregrinación,
plegaria o fiesta, o en la construcción de una ermita
o templo dedicado a la Virgencita, a Juan Dieguito, o
a los dos.
En este silencio, agradecemos y pedimos además, por intercesión de Nuestra
Madre y de su mensajero, lo que nos parezca oportuno.
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Como un signo de que consagramos
nuestros pueblos y personas para que se haga en todos y cada uno
de nosotros el plan de Dios, mientras cantamos o leemos en voz
baja la letra del poema que está a continuación, podemos pasar
a ofrecer una flor a Nuestra Señora de Guadalupe y a San Juan
Diego Cuauhtlatoatzin y/o a tocar o besar sus imágenes.
Desde el cielo una hermosa mañana (2
veces),
la Guadalupana,
la Guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac
(2 veces).
Suplicante juntaba sus
manos (2 veces)
y eran mexicanos y eran mexicanos y eran mexicanos su porte
y su faz (2 veces).
Su llegada llenó de alegría
(2 veces),
de luz y armonía, de luz y armonía, de luz y armonía todo el
Anahuac (2 veces).
Junto al monte pasaba
Juan Diego (2 veces)
y acercóse luego y acercóse luego y acercóse luego al oír cantar
(2 veces).
Juan Dieguito, la Virgen
le dijo (2 veces):
“este cerro elijo, este cerro elijo, este cerro elijo para
hacer mi altar” (2 veces).
Y en la tilma entre rosas
pintada (2 veces),
su imagen amada, su imagen amada, su imagen amada se dignó dejar
(2 veces).
Desde entonces para el
mexicano (2 veces),
ser guadalupano, ser guadalupano, ser guadalupano es algo esencial
(2 veces).
En sus penas se postra
rezando (2 veces)
y eleva sus ojos y eleva sus ojos y eleva sus ojos hacia el
Tepeyac (2 veces).
Para finalizar rezamos la
siguiente oración o alguna otra que se considere apropiada.
Dios,
Padre de misericordias, que constituyes y edificas a tu Pueblo
por la visita y bajo el Amor de Nuestra Santísima Madre de Guadalupe,
concédenos por su intercesión, ser una comunidad fervorosa en
la fe, la esperanza y la caridad, abierta a los diferentes modos
de ser y enriquecida por ellos. Una Iglesia cordial, capaz de
dialogar con todos y de suscitar su protagonismo, que encarnando
de este modo tu santa voluntad, y al sembrar así caminos de vida,
fraternidad y felicidad, esté al servicio de impregnar de Evangelio
el corazón de las culturas y de las personas.
Que
la Madre de Jesús y Madre Nuestra nos eduque, y nos haga entonces
un Pueblo de peregrinos y humildes embajadores suyos como San
Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Mensajeros muy dignos de confianza,
que estando con Ella y haciéndola presente, aprendamos de los
más pobres a recibir, buscar y compartir, la salvación y realidades
divinas, desde nuestra particular tradición e identidad.
Te
lo pedimos Padre, por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive
y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por
los siglos de los siglos. Amén. |