Lo vi, en su presencia
expuse tu venerable aliento, tu amada palabra, como tuviste
la bondad de mandármelo. Me recibió amablemente y me escuchó
bondadosamente, pero, por la manera como me respondió, su
corazón no quedó satisfecho, no lo estima cierto. Me dijo:
Otra vez vendrás; aún con más calma te escucharé, desde el
principio examinaré la razón por la que has venido, tu deseo,
tu voluntad».
«Me di perfecta cuenta,
por la forma cómo me contestó, que piensa que el templo que
Tú te dignas concedernos el privilegio de edificarte aquí,
quizá es mera invención mía, que tal vez no es de tus venerados
labios. Por lo cual, mucho te ruego, Señora mía mi Reina,
mi Virgencita, que ojalá alguno alguno de los ilustres nobles,
que sea conocido, respetado, honrado, a él le concedas que
se haga cargo de tu venerable aliento, tu preciosa palabra
para que sea creído. Porque yo en verdad no valgo nada, soy
mecapal, soy cacaxtle, soy cola, soy ala, sometido a hombros
y a cargo ajeno, no es mi paradero ni mi paso allá donde te
dignas enviarme, Virgencita mía, Hijita mía la más amada,
Señora, Reina.
Por favor, perdóname:
afligiré tu venerado rostro, tu amado corazón. Iré a caer
en tu justo enojo, en tu digna cólera, Señora Dueña mía».
Y la siempre gloriosa
Virgen tuvo la afabilidad de responderle: «–Escucha, hijito
mío el más pequeño, ten por seguro que no son pocos mis servidores,
mis embajadores mensajeros a quienes podría confiar que llevaran
mi aliento, mi palabra, que ejecutaran mi voluntad, mas es
indispensable que seas precisamente tú quien negocie y gestione,
que sea totalmente por tu intervención que se verifique, que
se lleve a cabo mi voluntad, mi deseo. Y muchísimo te ruego,
hijito mi consentido, y con rigor te mando, que mañana vayas
otra vez a ver al Obispo. Y de mi parte adviértele, hazle
oír muy claro mi voluntad, mi deseo para que realice, para
que haga mi templo que le pido. Y de nuevo comunícale de manera
nada menos que yo, yo la siempre Virgen María, la Venerable
Madre de Dios, allá te envío de mensajero.»
Y Juan Diego le respondió
respetuosamente, le dijo reverentemente: «-Señora mía, Reina,
Virgencita mía, ojalá que no aflija yo tu venerable rostro,
tu amado corazón; con el mayor gusto iré. Voy ciertamente
a poner en obra tu venerable aliento, tu amada palabra; de
ninguna manera me permitiré dejar de hacerlo, ni considero
penoso el camino. Iré, pues, desde luego, a poner en obra
tu venerable voluntad, pero bien puede suceder que no sea
favorablemente oído, o, si fuere oído, quizá no seré creído;
pero mañana, por la tarde, cuando se ponga el sol, vendré
a devolver a tu venerable aliento, a tu amada palabra lo que
me responda el Jefe de los Sacerdotes. Ya me despido, Hijita
mía la más amada, Virgencita mía, Señora: Reina. Por favor,
quédate tranquila». Y, acto continuo, él se fue a su casa
a descansar.
Salve, tú
que siempre esperas que el enviado o extraviado retorne,
Salve ternura
materna que invitas a interpelarte como "Dueña
nuestra, Reina, Hijita más amada, Virgencita nuestra".
Salve, tú
que, con pruebas y obstáculos, el mérito acrecientas.
Salve, tú,
que cual tu Hijo, al débil del mundo eliges para confundir
al fuerte.
Salve, reina
de los ángeles, prestos a servirte.
Salve, tú
que para tus maravillas, sin dejar nadie fuera, has preferido
la miseria humana;
Salve, tú que nuestro bien con rigor ordenas y con ternura
ruegas.
Salve, por
siempre Virgen, Madre del altísimo, que nuestra pobre
intermediación procuras.
Salve, tú
que supiste infundir aliento al temeroso,
Salve, tú
que nuestras cobardías y timideces, aunque legítimas, aceptar
rehúsas,
Salve, Tú
que nos dejaste el ejemplo animoso de Juan Diego, tu
más pequeño hijo.
Salve, que
en él nos muestras la grandeza del vencimiento y sacrificio.
Salve, ¡Flor
de las flores!
Salve, ¡Señora
y Niña nuestra! |