¿Por ventura es mi mérito,
mi merecimiento lo que ahora oigo? ¿Quizá solamente estoy
soñando? ¿Acaso estoy dormido y
sólo me lo estoy imaginado? ¿Dónde estoy? ¿Dónde me veo?
¿Acaso ya en el sitio del que siempre nos hablaron los ancianos,
nuestros antepasados, todos nuestros abuelos: en su tierra
florida, en la tierra de nuestro sustento, en su patria
celestial?
Tenía fija la mirada en la cumbre del
cerrito, hacia el rumbo por donde sale el sol, porque desde
allí algo hacía prorrumpir el maravilloso canto celestial.
Y tan pronto como cesó
el canto, cuando todo quedó en calma, entonces oyó que lo
llamaban, de arriba del cerrito, le hablaban por su nombre:
«– Mi Juanito, mi Juan Dieguito –». En seguida, pero al momento,
se animó a ir allá donde era llamado. En su corazón no se
agitaba turbación alguna, ni en modo alguno nada lo perturbaba,
antes se sentía muy feliz, rebosante de dicha. Subió pues
al montecito, fue a ver de dónde era llamado.
Salve, tú que acogiste
la idea india de leerte en las fechas,
Salve, tú que te revelaste
como Madre en el monte materno,
Salve, tú que iniciaste
tu diálogo con sublimes gorjeos,
Salve, tú que de los ancianos
acoger quisiste la recia sabiduría.
Salve, tú que en uno uniste
al cielo de tu Hijo ya la tierra florida de
nuestros ancestros.
Salve, sol que al sol iluminas y del oriente naces,
Salve, Canto precioso,
deleitable y suave, voz amorosa que por nombre nos llama.
Salve, color inédito de
nuestra nueva raza.
Salve, tú que animaste a acudir al instante a tu hijo Juan
Diego,
Salve, tú que de los corazones
todo miedo remueves,
Salve, tú que eres la fuente
de nuestra alegría.
Salve, tú que siempre a
lo alto nos estás convocando.
Salve, ¡Flor de las flores!
Salve, ¡Señora y Niña nuestra!
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