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Homilía
pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en ocasión de la Peregrinación por la "Paz, Unidad, Concordia y Esperanza", a la Basílica de Guadalupe.

23 de junio de 2012

Convocados por el amor a Dios y la confianza en la presencia maternal de Santa María de Guadalupe acompañamos esta Peregrinación de Unión de Voluntades para orar por la “Paz, Unidad, Concordia y Esperanza” en un momento histórico para nuestra Patria y para todos los mexicanos. Lo hacemos siguiendo el ejemplo de la Virgen María que escucha la palabra del Señor y la pone en práctica.

Es evidente que el ejercicio de la autoridad pública cuando se aleja de los designios de Dios, llevan al fracaso a los pueblos. La primera lectura del libro de Crónicas nos refiere que  “Vinieron los jefes de Judá ante el rey…y sobornado por sus regalos, le pareció bien lo que le propusieron… dar culto a los ídolos”… Dios les envió profetas para que se arrepintieran pero no hicieron caso a sus amonestaciones y abandonaron a su Señor.

Los católicos estamos llamados a ser fieles a Cristo también a través de nuestro compromiso político y social. Tenemos el derecho y la obligación de informar nuestras conciencias y juicios políticos a partir de las enseñanzas de nuestra fe, especialmente en lo referente a la Ley Moral que es el orden establecido por Dios en la Creación. Los católicos estamos llamados a ser una comunidad de conciencia dentro de una sociedad más amplia y a examinar la vida pública con la sabiduría moral a la luz de la Palabra.

Hay que recordar las palabras del Papa Juan Pablo II sobre la misión de los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo: «La inviolabilidad de la persona, reflejo de la absoluta inviolabilidad del mismo Dios encuentra su primera y fundamental expresión en la inviolabilidad de la vida humana. Se ha hecho habitual hablar, y con razón, sobre los derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la familia y a la cultura. De todos modos, esa preocupación resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la máxima determinación el derecho a la vida como el derecho primero y fontal, condición de todos los otros derechos de la persona» (Exhortación Apostólica Post-sinodal «Christifideles Laici», «Sobre la Vocación y Misión de los Laicos en la Iglesia y el Mundo», 30 de diciembre de 1998, n. 38b).

La protección de la vida inocente no es sólo un tema político, es una responsabilidad política básica que recae sobre todos los ciudadanos. La Congregación para la Doctrina de la Fe publicó el documento «Nota Doctrinal sobre algunas Cuestiones Relativas al Compromiso y la Conducta de los Católicos en la Vida Pública» (24 de noviembre de 2002), que clarifica a los políticos católicos su más seria responsabilidad en la defensa de la vida humana. Pero la responsabilidad no es únicamente para los que trabajan en partidos políticos sino de todos los ciudadanos sin excepción. Por eso la Iglesia en México, tanto el Episcopado Mexicano como los Obispos en nuestras respectivas Iglesias particulares, hemos hecho pública la obligación de la participación en las próximas elecciones, iluminando con los principios éticos y sociales el compromiso de emitir un voto responsable y dar seguimiento al cumplimiento de todo lo que contribuya al bien común.

Nuestra Nación Mexicana reclama la unidad de los mexicanos ante los graves retos; las élites sociales deben dar un paso de generosidad y buscar no el propio interés sino el interés de todos. La búsqueda del bien común debe de estar por encima de grupos y partidos, los retos nos deben de unir de manera responsable. Más allá de las elecciones los laicos están llamados a este compromiso ineludible de conciencia.

En este momento sólo quiero señalar cuatro aspectos fundamentales que deben guiar nuestras reflexiones y trabajos por nuestro México:

1.    La gobernabilidad del país reclama el respeto a las leyes y a las Instituciones, un no firme ante la impunidad;  necesitamos acuerdos en el Congreso para tener leyes justas que propicien la convivencia y paz social.

2.    La lucha contra la pobreza y la miseria nos deja ver que los pobres no son seres aislados sino familias empobrecidas que están desintegrándose, siendo la fuente de muchos de los males sociales. Nada puede suplir el valor de la familia.

3.    El desarrollo humano que se logra por la educación, sacando lo mejor de los talentos de cada uno, es el único camino de progreso sostenido de los pueblos.

4.    La transformación ética que es la respuesta al problema de la corrupción, la cual permea muchas leyes, estructuras y personas de la sociedad. Esta transformación es posible formando en la virtud y en una actitud ética.

El bien o el mal que surge del corazón del hombre, se gesta en el interior  de la familia. Debemos empezar por el hogar. Seamos ciudadanos o políticos, sea cual sea nuestro estado de vida, todos tenemos la responsabilidad de trabajar por una sociedad que salvaguarde y promueva la dignidad de la vida humana. Debemos reconocer que el edificio de una cultura de la vida comienza en el hogar, en nuestras familias. Comienza con una comprensión clara de la unión conyugal y su ordenamiento al don de los hijos (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2366).

Los fieles laicos son miembros de la Iglesia y ciudadanos de la sociedad humana. En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada «espiritual», con sus valores y exigencias; y por otra la denominada vida «secular», es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. («Christifideles Laici», n. 59b, Cf. Concilio Vaticano II, Decreto sobre el Apostolado de los Laicos, «Apostolicam Actuositatem», 18 de noviembre de 1965, n. 4).

El Evangelio de San Mateo de este día nos llena de paz y de esperanza. Hay tantas preocupaciones en nuestra vida pero el Señor no es ajeno a ellas. Nos dice que nadie puede servir a dos amos, no se puede servir a Dios y al mundo.

No se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas; pero el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas.  Por consiguiente, busque primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura.

No se preocupen por el día de mañana, es el momento de orar confiadamente a nuestro Señor, pero también es momento de actuar, de dar testimonio coherente de nuestra fe.

Queridos hermanos, el don de la Unidad lo conocemos por el misterio de la Santísima Trinidad, de la cual somos reflejo y somos familia. Este don sólo puede venir por la oración y por la participación en la Eucaristía, fuente de la vida y de la comunión.

Nos ponemos bajo el amoroso amparo de Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la Nueva Evangelización y Patrona de la Vida. Que Ella nos alcance de su divino Hijo tiempos de paz y concordia, tiempos de justicia y bienestar para todos los mexicanos.

Que así sea.

 
 
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