Convocados
por el amor a Dios y la confianza en la presencia maternal de
Santa María de Guadalupe acompañamos esta Peregrinación de Unión
de Voluntades para orar por la “Paz, Unidad, Concordia y
Esperanza” en un momento histórico para nuestra Patria y para
todos los mexicanos. Lo hacemos siguiendo el ejemplo de la Virgen
María que escucha la palabra del Señor y la pone en práctica.
Es
evidente que el ejercicio de la autoridad pública cuando se
aleja de los designios de Dios, llevan al fracaso a los pueblos.
La primera lectura del libro de Crónicas nos refiere que “Vinieron
los jefes de Judá ante el rey…y sobornado por sus regalos, le
pareció bien lo que le propusieron… dar culto a los ídolos”…
Dios les envió profetas para que se arrepintieran pero no hicieron
caso a sus amonestaciones y abandonaron a su Señor.
Los
católicos estamos llamados a ser fieles a Cristo también a través
de nuestro compromiso político y social. Tenemos el derecho
y la obligación de informar nuestras conciencias y juicios políticos
a partir de las enseñanzas de nuestra fe, especialmente en lo
referente a la Ley Moral que es el orden establecido por Dios
en la Creación. Los católicos estamos llamados a ser una comunidad
de conciencia dentro de una sociedad más amplia y a examinar
la vida pública con la sabiduría moral a la luz de la Palabra.
Hay
que recordar las palabras del Papa Juan Pablo II sobre la misión
de los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo: «La inviolabilidad
de la persona, reflejo de la absoluta inviolabilidad del mismo
Dios encuentra su primera y fundamental expresión en la inviolabilidad
de la vida humana. Se ha hecho habitual hablar, y con razón,
sobre los derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho
a la salud, a la casa, al trabajo, a la familia y a la cultura.
De todos modos, esa preocupación resulta falsa e ilusoria si
no se defiende con la máxima determinación el derecho a la vida
como el derecho primero y fontal, condición de todos los otros
derechos de la persona» (Exhortación Apostólica Post-sinodal
«Christifideles Laici», «Sobre la Vocación y Misión de los Laicos
en la Iglesia y el Mundo», 30 de diciembre de 1998, n. 38b).
La
protección de la vida inocente no es sólo un tema político,
es una responsabilidad política básica que recae sobre todos
los ciudadanos. La Congregación para la Doctrina de la Fe publicó
el documento «Nota Doctrinal sobre algunas Cuestiones Relativas
al Compromiso y la Conducta de los Católicos en la Vida Pública»
(24 de noviembre de 2002), que clarifica a los políticos católicos
su más seria responsabilidad en la defensa de la vida humana.
Pero la responsabilidad no es únicamente para los que trabajan
en partidos políticos sino de todos los ciudadanos sin excepción.
Por eso la Iglesia en México, tanto el Episcopado Mexicano como
los Obispos en nuestras respectivas Iglesias particulares, hemos
hecho pública la obligación de la participación en las próximas
elecciones, iluminando con los principios éticos y sociales
el compromiso de emitir un voto responsable y dar seguimiento
al cumplimiento de todo lo que contribuya al bien común.
Nuestra
Nación Mexicana reclama la unidad de los mexicanos ante los
graves retos; las élites sociales deben dar un paso de generosidad
y buscar no el propio interés sino el interés de todos. La búsqueda
del bien común debe de estar por encima de grupos y partidos,
los retos nos deben de unir de manera responsable. Más allá
de las elecciones los laicos están llamados a este compromiso
ineludible de conciencia.
En
este momento sólo quiero señalar cuatro aspectos fundamentales
que deben guiar nuestras reflexiones y trabajos por nuestro
México:
1.
La gobernabilidad del
país reclama el respeto a las leyes y a las Instituciones, un
no firme ante la impunidad; necesitamos acuerdos en el Congreso
para tener leyes justas que propicien la convivencia y paz social.
2.
La lucha contra la pobreza
y la miseria nos deja ver que los pobres no son seres aislados
sino familias empobrecidas que están desintegrándose, siendo
la fuente de muchos de los males sociales. Nada puede suplir
el valor de la familia.
3.
El desarrollo humano que
se logra por la educación, sacando lo mejor de los talentos
de cada uno, es el único camino de progreso sostenido de los
pueblos.
4.
La transformación ética
que es la respuesta al problema de la corrupción, la cual permea
muchas leyes, estructuras y personas de la sociedad. Esta transformación
es posible formando en la virtud y en una actitud ética.
El
bien o el mal que surge del corazón del hombre, se gesta en
el interior de la familia. Debemos empezar por el hogar. Seamos
ciudadanos o políticos, sea cual sea nuestro estado de vida,
todos tenemos la responsabilidad de trabajar por una sociedad
que salvaguarde y promueva la dignidad de la vida humana. Debemos
reconocer que el edificio de una cultura de la vida comienza
en el hogar, en nuestras familias. Comienza con una comprensión
clara de la unión conyugal y su ordenamiento al don de los hijos
(Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2366).
Los
fieles laicos son miembros de la Iglesia y ciudadanos de la
sociedad humana. En su existencia no puede haber dos vidas paralelas:
por una parte, la denominada «espiritual», con sus valores y
exigencias; y por otra la denominada vida «secular», es decir,
la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales,
del compromiso político y de la cultura. («Christifideles Laici»,
n. 59b, Cf. Concilio Vaticano II, Decreto sobre el Apostolado
de los Laicos, «Apostolicam Actuositatem», 18 de noviembre de
1965, n. 4).
El
Evangelio de San Mateo de este día nos llena de paz y de esperanza.
Hay tantas preocupaciones en nuestra vida pero el Señor no es
ajeno a ellas. Nos dice que nadie puede servir a dos amos, no
se puede servir a Dios y al mundo.
No
se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se
vestirán. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo
más que el vestido? Los que no conocen a Dios se desviven por
todas estas cosas; pero el Padre celestial ya sabe que ustedes
tienen necesidad de ellas. Por consiguiente, busque primero
el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán
por añadidura.
No
se preocupen por el día de mañana, es el momento de orar confiadamente
a nuestro Señor, pero también es momento de actuar, de dar testimonio
coherente de nuestra fe.
Queridos
hermanos, el don de la Unidad lo conocemos por el misterio de
la Santísima Trinidad, de la cual somos reflejo y somos familia.
Este don sólo puede venir por la oración y por la participación
en la Eucaristía, fuente de la vida y de la comunión.
Nos
ponemos bajo el amoroso amparo de Nuestra Señora de Guadalupe,
Estrella de la Nueva Evangelización y Patrona de la Vida. Que
Ella nos alcance de su divino Hijo tiempos de paz y concordia,
tiempos de justicia y bienestar para todos los mexicanos.
Que
así sea.