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Homilía
pronunciada por S.E.R. Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México, en ocasión del 50° Aniversario de presencia en México del Instituto Secular Notre-Dame de Vie, en la Basílica de Guadalupe.

10 de abril de 2010

Queridos hermanos y hermanas, con corazón agradecido a Dios nos hemos reunido a los pies de Santa María de Guadalupe, Reina de México y Madre nuestra, Madre de la Vida, para celebrar solemnemente la Eucaristía en el 50° Aniversario de presencia, en esta querida Nación, del Instituto Secular Notre Dame de Vie. Lo hacemos a la vigilia del domingo de la Divina Misericordia, festividad que nos ofrece la oportunidad de contemplar nuevamente, llenos de gozo y de esperanza, las maravillas del amor de Dios y alimentar, con renovado optimismo, nuestra fe, esperanza, amor y total confianza al Señor.

Hoy, el texto del Evangelio nos ofrece una importantísima lección de vida al referimos cómo, luego de su Resurrección, Jesús se apareció a María Magdalena, quien comunicando la gozosa noticia a los amigos de Jesús, estos no le creyeron; se apareció a su vez, a los "discípulos de Emaús" y también ''fueron a anunciarlo a los demás; pero tampoco a ellos les creyeron"; en fin, se apareció a los Once, a quienes Jesús echa "en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no les habían creído a los que lo habían visto resucitado", pero también y al mismo tiempo, les confía la comprometedora tarea de ir por todo el mundo a predicar el Evangelio a toda creatura (Cfr. Me 16,9-15).

Así, confirmada su fe con la presencia del Señor, los Apóstoles que en precedencia habían sido elegidos y llamados a estar con Él, dejándose modelar como discípulos, misioneros y enviados, en obediencia amorosa a su Señor y bajo el impulso del Espíritu Santo (lo 20, 21-22), fueron a proclamar la Buena Nueva, dando vida a las primeras comunidades cristianas, motivándolas, ya desde su nacimiento, a actuar, también ellas, el mandato misionero de Jesús.

Un anuncio, sin embargo, no sólo aprendido, sino, sobre todo, fruto de la experiencia transformante de quien ha encontrado al Señor, y que irresistiblemente mueve a contar y a participar a los demás lo que se ha visto, lo que se ha oído. Así fue el anuncio de la samaritana (Cfr. Jn 4, 28-30); el de Andrés a su hermano Pedro (Cfr. Jn 1, 42); el de María de Magdala (Cfr. Jn 20. 18); Y es también está la experiencia que Pedro y Juan manifiestan a los jefes, ancianos y maestros de la Ley, quienes, al prohibírseles predicar refutan diciendo: "No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto, de lo que hemos oído" (Hechos 4, 20).

La Palabra de Dios consignada en el Nuevo Testamento nos habla así de una obediencia no de inercia, sino actuante, que nace de la íntima comunión con Jesús y como fruto del Espíritu Santo que Dios concede sin medida, mostrándonos, en efecto, que como nos decía el Papa Benedicto VI en la Encíclica Deus Caritas Est. "no se comienza, de a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y con ello, una orientación decisiva" (Deus Caritas est, 1).

De esta manera, a la experiencia de la escucha atenta de la Buena Nueva recibida, y acogida en la persona de Jesús, se une la sinceridad y el esfuerzo de coherencia en la propia vida y en el seguimiento de Cristo tomando verdaderamente el Evangelio como camino, orientación y vida, aún cuando ello signifique, como en nuestro tiempo, "nadar contra corriente", lo que, por otra parte, no constituye de suyo una novedad.

Asombra, de hecho, ver el impacto que "en aquel tiempo" provocó en el pueblo y en las autoridades el signo de la curación de un paralítico de nacimiento. La acción de Dios realizada a través de los Apóstoles debía ser motivo de gozo, y sin embargo, los hombres la transforman en piedra de tropiezo para sí mismo, al grado de tener que preguntarse: "¿Qué vamos a hacer con estos hombres? Han hecho un milagro evidente, que todo Jerusalén conoce y que no podemos negar" (Hechos 4, 16-17).

Efectivamente, no cabe duda que, para ellos, el amor de Dios que se manifiesta a través de Pedro, ¡se ha convertido en un serio problema!

¡Sí!, no podemos dejar de asombramos, porque de suyo esta escena sigue repitiéndose también en nuestra realidad, sorprendiéndonos porque en ella constatamos una y otra vez la contradicción en la que frecuentemente cae el ser humano que, si bien no siempre de manera consciente, está siempre necesitando de Dios. "El hombre moderno afirmaba el padre María-Eugenio del Niño Jesús -, tiene hambre y sed de felicidad. Tiene hambre de pan, pero tiene más hambre y sed de Dios". Efectivamente, lo que realmente hace falta al ser humano y a su existencia, es el amor de Dios. Y, sin embargo, ¡cuando este amor se manifiesta de manera privilegiada, el hombre frecuentemente lo esquiva o simplemente le cierra la entrada!

Si comprendemos esta realidad, entenderemos entonces el por qué el deseo y empeño específico del padre María-Eugenio por ser él mismo y por hacer que sus hijos espirituales fueran hijos del Espíritu y de la Virgen.

Entregando su vida al Espíritu de Amor como guía y predicador incansable de esta acción y presencia del Espíritu Santo en las almas, en la Iglesia y en toda la historia, el padre afirmaba que "si queremos ser apóstoles, lo primero que tenemos que hacer es darnos cuenta de la presencia del Espíritu Santo en nuestra alma para que Él sea el dueño de nuestra actividad”. Y añadía: "el Espíritu Santo es una inmensa hoguera, es un océano que se derrama continuamente, que está siempre en movimiento. Es el amor que se derrama. El Espíritu Santo es el Espíritu de Amor, es el arquitecto, el obrero que lo dirige todo, que lo conduce todo en nosotros con fuerza y con suavidad. Es el motor de la Iglesia, la vida de nuestra vida, el ser que nos penetra. Lo primero que debemos hacer es creer en este Espíritu, tomar conciencia de su presencia y acrecentar nuestra fe en Él. (. . .) ¡Sí! La santidad es estar siempre en relación con el Espíritu Santo, para pedirle, a cada instante, lo que necesitamos; es vivir con el Espíritu Santo de una manera habitual, ser constante. Ser cristiano, es ser ungido por el Espíritu Santo”. Así decía el Padre María.-Eugenio.

María Santísima, por su parte, es Madre de Dios y también es Madre de los hombres. Ella, ya en el origen de la Iglesia, es decir Pentecostés, estuvo en medio de los apóstoles y en medio de la oración misma de los Apóstoles como su siempre actuante y radical fe, con su esperanza y su amor, colaborando desde su humildad en el cumplimiento de la promesa. "Después de Pentecostés, -nos decía el padre -, María es plenamente madre, entregada por completo a su gracia maternal, en virtud de la cual ofreció a su Hijo. También nosotros (. . .), seamos hijos verdaderos de esta Madre de Dios. Él viene a nosotros por medio de Ella."

Así, acogiendo conscientemente al Espíritu de Dios y cobijados por el amor y el ejemplo de María, los discípulos de Jesús sentimos estar en grado de poder identificamos progresivamente con Cristo a través de una vida de perseverante oración y, en consecuencia, también de contemplación, a la que, en estrecha unión, acompaña también la acción. "Acción y contemplación bien unidas", recomendaba el padre María-Eugenio a los miembros del Instituto Notre Dame de Vie: "Contemplación y apostolado (que) se hallan vinculados entre sí, se funden y completan felizmente. Son dos aspectos de un todo armonioso, dos manifestaciones de una vida profunda".

En consecuencia, oración y contemplación, anuncio y testimonio, son dimensiones que abrazan la vocación a la santidad a la que todo bautizado es llamado. Vocación que debemos vivir en esta nuestra sociedad y en este nuestro mundo que repetidamente intenta herir nuestra mejilla; en el que abundan los enemigos gratuitos y a quienes, sin embargo, los discípulos de Jesús debemos amar, bendecir y encomendar en la oración. ¡Es en este mundo en el que estamos llamados a ser perfectos como el Padre celestial es perfecto! (Cfr. Mt 5, 38-48).

Este es el camino que el discípulo de Cristo está llamado a recorrer: ser perfecto para alcanzar la perfección total en Él. Así lo afirmaba también el padre María-Eugenio que en su ministerio se percató a fondo de la gran sed espiritual que existía a su alrededor, misma que lo llevó a comprender que su misión no era otra sino aquella de "conducir las almas a Dios" formándolas precisamente en la contemplación y en la acción, mostrándoles el camino de la oración y de la vida en el Espíritu. Fiel a su inspiración, enseñando este camino dio vida a dos de sus obras más concretas y principales: el libro "Quiero ver a Dios". Yo me acuerdo que mi mamá siempre, cuando era niño, leía este libro. El libro siempre se quedaba en su mesa entonces como el libro siempre es curioso comencé a leer este libro cuando ya tenía 10 o 11 años. Y el Instituto Secular "Notre-Dame de Vie", iniciado con un pequeño grupo de mujeres y hoy configurado, en sus diversas modalidades y ramas, por sacerdotes y laicos, por hombres y mujeres.

Desde entonces, a todos ellos y a todos ustedes les ha correspondido desempeñar una tarea por demás retadora. Tanto, que no sería extraño que en su interior pudieran sentirse movidos a exclamar junto con el profeta: "¡Señor! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho" (Jr 1,6).

¡Pero no!, no hay que temer, porque "la diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es nuestro orgullo" (Sal 117). Es el Señor quien nos dice: ¡no tengan miedo, jamás estaré lejos, más aún, estaré con ustedes, todos los días! ¡Estoy y estaré cerca, en su mismo corazón cuando confiesan y se esfuerzan por hacer vida el don de la fe; estaré en su corazón con la Palabra, más aún, yo mismo me doy y me daré a ustedes en los Sacramentos; estaré en ustedes en el testimonio de su vida diaria! ¡Sí!, El Señor, a través de su Espíritu está y seguirá estando todos los días hasta el fin del mundo, en nosotros, por nosotros y con nosotros, miembros vivos de su Cuerpo Místico.

Hoy, queridos hermanos, en medio de los nubarrones y oscuridades de nuestra historia, el Hijo de Dios Resucitado, el mismo que pasó por este mundo haciendo el bien, que padeció y que murió en la cruz, camina a nuestro lado como caminó junto a los discípulos entristecidos y desconcertados de Emaús, haciéndose descubrir por ellos a través de la Palabra y en la Eucaristía, donde siempre se revela a nosotros, sus nuevos discípulos, como el Señor que vive, ama, reúne y libera (Cfr. Le 24,13-35).

Hermanos, prosigan, pues, su camino. Lleven en sus corazones lo que la Iglesia entera lleva en el suyo, para hacer que gracias a la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas muchos seres humanos sean conquistados por el atractivo de Cristo; para que su Evangelio brille como fuerza regeneradora de las mentes, sea eficaz mensaje a favor de la vida y luz de esperanza para toda la humanidad.

En tomo a María, los Apóstoles recibieron la fuerza para lanzarse con empuje a anunciar el Evangelio de Cristo y su triunfo de la vida sobre cualquier tipo de muerte. También nosotros, con Aparecida afirmemos que "estamos dispuestos, con la valentía que nos da el Espíritu, a anunciar a Cristo donde no es aceptado, con nuestra vida, con nuestra acción, con nuestra profesión de fe y con su Palabra" (Cfr. DAp 377).

Y acojamos a María, Madre de la Vida en nuestras vidas; abrámosle siempre nuestros corazones; hospedémosla en nuestra casa. Que su presencia nos convoque y reúna como Iglesia sacramento de salvación. La imagen de María reunida con todos los Apóstoles en la espera del Espíritu Santo cristaliza la entrega que Jesús nos hizo de su Madre y la respuesta del discípulo amado, a cuya semejanza, con el padre María-Eugenio le pedimos:

"María, sé Madre, Madre hasta el extremo,
Madre de la vida, Madre de la Misericordia,
de esa vida que se derrama
incluso sobre la miseria de las almas
para levantarlas, para resucitarlas "

Que el Espíritu les bendiga, les haga incansables promotores de la vida y los ayude a crecer como eficaces instrumentos de Amor y de Paz para una Iglesia más santa y para un mundo mejor.

Así sea.

 
 
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