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Homilía
pronunciada por Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México, en la Misa de Acción de Gracias por los 100° Aniversario de Fundación de las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento, en la Basílica de Guadalupe.

25 de marzo de 2010

Queridas hermanas y hermanos.

Para la Iglesia que acoge el carisma de las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento, hoyes un día particularmente importante: celebramos, en efecto, los primeros cien años de la fundación del Instituto.

El amor misericordioso de Dios, que de modos diversos toma rostro entre nosotros, se ha hecho visiblemente actuante en la historia, también a través del carisma que el Espíritu Santo otorgó a María del Refugio Aguilar, su fundadora, mismo que a lo largo de un siglo se ha extendido por muchas partes del mundo a través de la consagración y del servicio de cada una de las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento.

El amor de Dios revelado en Jesucristo, que quiere abrazar a la humanidad entera, se vale, entre otros muchos medios, también de esta Congregación que tiene como centro total la Eucaristía celebrada y adorada, y, entre sus objetivos, contribuir a la irradiación del amor de Dios entre los seres humanos, particularmente, a través del servicio educativo integral cristiano, de de la juventud y de la niñez. Desde esta perspectiva, qué gran belleza adquieren para ustedes las palabras proclamadas con el Salmo: «Tu amor y tu lealtad, no los he ocultado a la gran asamblea» (Sal 39).

Ustedes, elegidas, llamadas y convocadas para acoger, llevar y entregar el amor del Señor a los hombres de nuestro mundo, especialmente a los pequeños, tienen precisamente esa tarea que se deriva de su misma vocación: dejarse poseer y llenar del Amor de Jesucristo realmente presente en la Eucaristía, para llevar a los constructores de la sociedad y de la Iglesia del mañana, hasta la fuente del Amor: Jesucristo. Con razón, por ello, también ustedes pueden decir con San Pablo: «Lo que somos es obra de Dios; hemos sido creados en Cristo Jesús con miras a las buenas obras que Dios dispuso de antemano para que nos ocupáramos en ellas» (Ef 2, 10).

Al celebrar el primer siglo de su fundación, queridas hermanas, conviene dar gracias infinitas al Señor; pero también hacer memoria, volver a las fuentes desde las cuales se constata cómo el Evangelio recupera actualidad al proponerlo desde la inspiración original de la Fundadora. Pues, como afirma el Vaticano II, en la fidelidad a la inspiración de la fundadora, don del Espíritu Santo, se descubren más fácilmente y se reviven con más fervor los elementos esenciales de la vida consagrada (Perfectae caritatis 36), y reproduciendo con valor la audacia, la creatividad y la santidad de su fundadora, se ofrecerá una respuesta válida a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy (Cfr. Ibidem 37).

"Conocer la historia de las hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento,- escribe George Herbert-, nos invita a una sincera y profunda acción de gracias, porque si bien en ella está el elemento humano, con sus ideales y sus afanes, sus limitaciones, sus logros o fracasos, detrás de los acontecimientos hay fuertes experiencias de fe y de oración, que iluminan los momentos oscuros, convenciéndonos de que el Instituto fue inspirado y es sostenido por Dios. Por ello, asimilando el pasado y el presente y siendo fieles al patrimonio carismático que poseen, las hermanas deben mostrarse siempre agradecidas y alegres, preparando un futuro en el que evangelicen con María, a la luz de la Eucaristía" (George Herbert Foulkes, El Apostolado Eucarístico Mercedario en su primer centenario, México 2006, p. 212).

A la luz de la Eucaristía, pero, sobre todo, con la fuerza de la Eucaristía. Porque ante la Eucaristía nos presentamos con la conciencia de estar ante el Señor de nuestras vidas, ante el Rey del mundo: Jesucristo, y constatamos, en el misterio de esta presencia, su promesa de permanecer con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Un encuentro con Cristo plasmado en la intimidad del misterio Eucarístico que suscita, en quien lo actúa y contempla con amor, la necesidad de testimoniar lo que se ha "visto y oído" y de comunicar a los demás lo que se vive. Esto lo experimentó María del Refugio Aguilar, quien viviendo en la Eucaristía, viviendo en unión con Cristo Eucarístico recibió de Él la fuerza interior y la manifestación del proyecto que estaba llamada a realizar. De esta manera, también ella se percató, en su tiempo, que «la Eucaristía es una forma de ser que de Jesús pasa al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura» (Mane nobiscum Domine, 25).

He leído que en cierta ocasión el joven Françoi de Bondy, recibiendo la visita de su primo Charles de Foucault, experimentó una particular transformación en sí al ver la profunda alegría en la que vivía el asceta del Sahara. "Cuando entró en mi cuarto, - explicaba Françoi-, la paz entró con él. La luz de sus ojos, y especialmente su sonrisa, tan humilde, habían invadido todo su ser... Un gozo increíble emanaba de él... Yo que había disfrutado todos los placeres de la vida y abrigado esperanzas de no sentirme obligado todavía a abandonar la mesa, al ver que todas mis satisfacciones no significaban casi nada en comparación con la felicidad total de este asceta, noté que nacía en mí un extraño sentimiento, no de envidia, sino de respeto" (Fergus Fleming. The Sword and the Cross, Londres, 2003, p. 235ss.).

Siguiendo el ejemplo de su Fundadora, ¡también ustedes regalen a los hombres y mujeres de nuestra época las profundidades del Amor Encarnado y Sacramentado a través de la vivencia radical de su consagración, de su carisma, de sus obras y hasta de su misma transparente presencia!

Me atrevería a decir, queridas hermanas, que su misión tal vez sea hoy más necesaria que en sus orígenes, porque, de suyo, hoy el hombre está herido, le falta el amor de Dios que debe también ser transparentado por ustedes, el amor que frecuentemente rechaza el ser humano negándose a comprender que "el hombre sólo puede realizarse plenamente a sí mismo adorando y amando a Dios por encima de todas las cosas" (S.S. Benedicto XVI. Angelus 7.8.2005).

En este sentido, la celebración del centenario de la Congregación es también una invitación a discernir si efectivamente, conforme a su carisma y espiritualidad, avanzan con ánimo alegre y confiado en la misión y en el servicio a los hermanos, y si la tarea educativa que están llevando a cabo tiene como centro total y como objetivo prioritario la efectiva formación y animación de los educandos en el amor y en la ternura de Dios, a sabiendas de que, es en la Eucaristía, en donde se encuentra, se acoge y celebra el amor que impulsa a dar testimonio con la propia vida, con las obras y palabras, siempre y en todas partes.

Bien saben ustedes, -más porque es su carisma y espiritualidad-, que ser cristianos significa vivir eucarísticamente, esto es: hacer de la propia vida una ofrenda, un sacrificio agradable al Padre, a la manera de Cristo y, también, a la manera de María, la Madre del Señor, la Mujer del «Fiat» (Cfr. Le 1,38).

De suyo, optando por Jesús, el Divino Esposo, y pronunciando los votos de pobreza, de castidad y de obediencia, cada una de ustedes, no ha hecho otra cosa que "pronunciar", a semejanza de María de Nazaret, su propio «Fiat»: Una palabra, breve, pero que lo dice todo: "Hágase", es decir, aquí estoy Señor, haz de mi lo que Tú deseas.

A María Santísima el Señor le pidió su ser total y la vida entera para encarnarse y para hacerse históricamente presente entre los hombres. De manera semejante, el Señor ha pedido y día a día pide a ustedes una donación análoga a la de María, la Virgen, que escuchó decir del ángel: "el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" y creyó, "porque nada es imposible para Dios". Del mismo modo deben ustedes llenarse de fe y confianza, seguras de que siempre podrán contar con la fuerza y la gracia de Dios para lograr que lo difícil no solo sea posible, sino también realizable. Renovando día a día su propio "hágase en mi según tu Palabra", asúmanlo radicalmente, de tal manera, que en el corazón de cada una de ustedes y en su proyecto de vida, ocupe un lugar privilegiado y prioritario a lo largo de toda su existencia.

Muy queridas hermanas Mercedarias: Al comer el Cuerpo y beber la Sangre Eucarística, comulgan con Dios que se da en Jesús, reencuentran su verdadera identidad de mujeres llamadas a vivir en la verdadera libertad el amor recibido y compartido, descubren que su consagración y caminar en este mundo tienen como meta el encuentro con Dios y la vida eterna, y aprenden a dar pleno sentido a la vida cotidiana en la vivencia gozosa de la pobreza, la castidad y la obediencia.

Vivan, pues, plenamente su vocación desde la experiencia del Dios que es Amor, revelado en Jesucristo, desde la oración y contemplación. Contemplen al Espíritu Divino que habita en ustedes; contemplen al Padre que nos mira y acoge en sus brazos como hijos pequeños; contemplen a Jesús que en la Eucaristía nos participa su vida divina, l1amándonos a seguirle aún en el dolor, y contemplen también a la persona humana con una mirada semejante a la de Dios, y al mundo, con la mirada de los santos.

Viviendo esta experiencia y alimentándose cotidianamente de la Eucaristía podrán mantenerse firmes y actuantes en el proyecto y en la comunión de vida y de amor con quien las ha llamado e invitado a entregar la vida hasta el último suspiro, como Él mismo, ofreciendo incesante y válidamente, a ejemplo de su Fundadora, sus sacrificios, su servicio y su propia vida, a favor del crecimiento integral de aquellos pequeños que el Señor pone en sus manos para que, modelando sus mentes y corazones, los guíen solamente a Él con respetuosa caridad, con amor y alegría.

¡Felicidades, queridas Hermanas Mercedarias! Que Nuestra Señora, Santa María de Guadalupe, alcance a cada una y también a todos nosotros y a nuestros seres queridos, innumerables dones y gracias.

Y mientras confiados imploramos las bendiciones del cielo, nosotros, queridos hermanos y hermanas, muy de corazón:

¡Adoremos y demos gracias en todo instante y momento.
Al Santísimo y Divinísimo Sacramento!

Así sea.

 
 
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