25 de marzo de 2010
Queridas hermanas y hermanos.
Para la Iglesia que acoge el carisma de las
Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento, hoyes un día
particularmente importante: celebramos, en efecto, los primeros cien
años de la fundación del Instituto.
El amor misericordioso de Dios, que de modos
diversos toma rostro entre nosotros, se ha hecho visiblemente actuante
en la historia, también a través del carisma que el Espíritu Santo
otorgó a María del Refugio Aguilar, su fundadora, mismo que a lo largo
de un siglo se ha extendido por muchas partes del mundo a través de
la consagración y del servicio de cada una de las Hermanas Mercedarias
del Santísimo Sacramento.
El amor de Dios revelado en Jesucristo, que
quiere abrazar a la humanidad entera, se vale, entre otros muchos
medios, también de esta Congregación que tiene como centro total la
Eucaristía celebrada y adorada, y, entre sus objetivos, contribuir
a la irradiación del amor de Dios entre los seres humanos, particularmente,
a través del servicio educativo integral cristiano, de de la juventud
y de la niñez. Desde esta perspectiva, qué gran belleza adquieren
para ustedes las palabras proclamadas con el Salmo: «Tu amor y
tu lealtad, no los he ocultado a la gran asamblea» (Sal 39).
Ustedes, elegidas, llamadas y convocadas para
acoger, llevar y entregar el amor del Señor a los hombres de nuestro
mundo, especialmente a los pequeños, tienen precisamente esa tarea
que se deriva de su misma vocación: dejarse poseer y llenar del Amor
de Jesucristo realmente presente en la Eucaristía, para llevar a los
constructores de la sociedad y de la Iglesia del mañana, hasta la
fuente del Amor: Jesucristo. Con razón, por ello, también ustedes
pueden decir con San Pablo: «Lo que somos es obra de Dios; hemos
sido creados en Cristo Jesús con miras a las buenas obras que Dios
dispuso de antemano para que nos ocupáramos en ellas» (Ef 2, 10).
Al celebrar el primer siglo de su fundación,
queridas hermanas, conviene dar gracias infinitas al Señor; pero también
hacer memoria, volver a las fuentes desde las cuales se constata cómo
el Evangelio recupera actualidad al proponerlo desde la inspiración
original de la Fundadora. Pues, como afirma el Vaticano II, en
la fidelidad a la inspiración de la fundadora, don del Espíritu Santo,
se descubren más fácilmente y se reviven con más fervor los elementos
esenciales de la vida consagrada (Perfectae caritatis 36),
y reproduciendo con valor la audacia, la creatividad y la santidad
de su fundadora, se ofrecerá una respuesta válida a los signos de
los tiempos que surgen en el mundo de hoy (Cfr. Ibidem 37).
"Conocer la historia de las hermanas
Mercedarias del Santísimo Sacramento,- escribe George Herbert-, nos invita
a una sincera y profunda acción de gracias, porque si bien en ella
está el elemento humano, con sus ideales y sus afanes, sus limitaciones,
sus logros o fracasos, detrás de los acontecimientos hay fuertes experiencias
de fe y de oración, que iluminan los momentos oscuros, convenciéndonos
de que el Instituto fue inspirado y es sostenido por Dios. Por ello,
asimilando el pasado y el presente y siendo fieles al patrimonio carismático
que poseen, las hermanas deben mostrarse siempre agradecidas y alegres,
preparando un futuro en el que evangelicen con María, a la luz de
la Eucaristía" (George Herbert Foulkes, El Apostolado
Eucarístico Mercedario en su primer centenario, México 2006, p.
212).
A la luz de la Eucaristía, pero, sobre todo,
con la fuerza de la Eucaristía. Porque ante la Eucaristía nos presentamos
con la conciencia de estar ante el Señor de nuestras vidas, ante el
Rey del mundo: Jesucristo, y constatamos, en el misterio de esta presencia,
su promesa de permanecer con nosotros todos los días hasta el fin
del mundo.
Un encuentro con Cristo plasmado en la intimidad
del misterio Eucarístico que suscita, en quien lo actúa y contempla
con amor, la necesidad de testimoniar lo que se ha "visto y oído"
y de comunicar a los demás lo que se vive. Esto lo experimentó María
del Refugio Aguilar, quien viviendo en la Eucaristía, viviendo en
unión con Cristo Eucarístico recibió de Él la fuerza interior y la
manifestación del proyecto que estaba llamada a realizar. De esta
manera, también ella se percató, en su tiempo, que «la Eucaristía
es una forma de ser que de Jesús pasa al cristiano y, por su testimonio,
tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura» (Mane nobiscum
Domine, 25).
He leído que en cierta ocasión el joven Françoi
de Bondy, recibiendo la visita de su primo Charles de Foucault, experimentó
una particular transformación en sí al ver la profunda alegría en
la que vivía el asceta del Sahara. "Cuando entró en mi cuarto,
- explicaba Françoi-, la paz entró con él. La luz de sus ojos,
y especialmente su sonrisa, tan humilde, habían invadido todo su ser...
Un gozo increíble emanaba de él... Yo que había disfrutado todos los
placeres de la vida y abrigado esperanzas de no sentirme obligado
todavía a abandonar la mesa, al ver que todas mis satisfacciones no
significaban casi nada en comparación con la felicidad total de este
asceta, noté que nacía en mí un extraño sentimiento, no de envidia,
sino de respeto" (Fergus Fleming. The Sword and the Cross,
Londres, 2003, p. 235ss.).
Siguiendo el ejemplo de su Fundadora, ¡también
ustedes regalen a los hombres y mujeres de nuestra época las profundidades
del Amor Encarnado y Sacramentado a través de la vivencia radical
de su consagración, de su carisma, de sus obras y hasta de su misma
transparente presencia!
Me atrevería a decir, queridas hermanas, que
su misión tal vez sea hoy más necesaria que en sus orígenes, porque,
de suyo, hoy el hombre está herido, le falta el amor de Dios que debe
también ser transparentado por ustedes, el amor que frecuentemente
rechaza el ser humano negándose a comprender que "el hombre
sólo puede realizarse plenamente a sí mismo adorando y amando a Dios
por encima de todas las cosas" (S.S. Benedicto XVI. Angelus
7.8.2005).
En este sentido, la celebración del centenario
de la Congregación es también una invitación a discernir si efectivamente,
conforme a su carisma y espiritualidad, avanzan con ánimo alegre y
confiado en la misión y en el servicio a los hermanos, y si la tarea
educativa que están llevando a cabo tiene como centro total y como
objetivo prioritario la efectiva formación y animación de los educandos
en el amor y en la ternura de Dios, a sabiendas de que, es en la Eucaristía,
en donde se encuentra, se acoge y celebra el amor que impulsa a dar
testimonio con la propia vida, con las obras y palabras, siempre y
en todas partes.
Bien saben ustedes, -más porque es su carisma
y espiritualidad-, que ser cristianos significa vivir eucarísticamente,
esto es: hacer de la propia vida una ofrenda, un sacrificio agradable
al Padre, a la manera de Cristo y, también, a la manera de María,
la Madre del Señor, la Mujer del «Fiat» (Cfr. Le 1,38).
De suyo, optando por Jesús, el Divino Esposo,
y pronunciando los votos de pobreza, de castidad y de obediencia,
cada una de ustedes, no ha hecho otra cosa que "pronunciar",
a semejanza de María de Nazaret, su propio «Fiat»: Una palabra, breve,
pero que lo dice todo: "Hágase", es decir, aquí
estoy Señor, haz de mi lo que Tú deseas.
A María Santísima el Señor le pidió su ser total
y la vida entera para encarnarse y para hacerse históricamente presente
entre los hombres. De manera semejante, el Señor ha pedido y día a
día pide a ustedes una donación análoga a la de María, la Virgen,
que escuchó decir del ángel: "el Espíritu Santo vendrá sobre
ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" y creyó,
"porque nada es imposible para Dios". Del mismo modo
deben ustedes llenarse de fe y confianza, seguras de que siempre podrán
contar con la fuerza y la gracia de Dios para lograr que lo difícil
no solo sea posible, sino también realizable. Renovando día a día
su propio "hágase en mi según tu Palabra", asúmanlo
radicalmente, de tal manera, que en el corazón de cada una de ustedes
y en su proyecto de vida, ocupe un lugar privilegiado y prioritario
a lo largo de toda su existencia.
Muy queridas hermanas Mercedarias: Al comer
el Cuerpo y beber la Sangre Eucarística, comulgan con Dios que se
da en Jesús, reencuentran su verdadera identidad de mujeres llamadas
a vivir en la verdadera libertad el amor recibido y compartido, descubren
que su consagración y caminar en este mundo tienen como meta el encuentro
con Dios y la vida eterna, y aprenden a dar pleno sentido a la vida
cotidiana en la vivencia gozosa de la pobreza, la castidad y la obediencia.
Vivan, pues, plenamente su vocación desde la
experiencia del Dios que es Amor, revelado en Jesucristo, desde la
oración y contemplación. Contemplen al Espíritu Divino que habita
en ustedes; contemplen al Padre que nos mira y acoge en sus brazos
como hijos pequeños; contemplen a Jesús que en la Eucaristía nos participa
su vida divina, l1amándonos a seguirle aún en el dolor, y contemplen
también a la persona humana con una mirada semejante a la de Dios,
y al mundo, con la mirada de los santos.
Viviendo esta experiencia y alimentándose cotidianamente
de la Eucaristía podrán mantenerse firmes y actuantes en el proyecto
y en la comunión de vida y de amor con quien las ha llamado e invitado
a entregar la vida hasta el último suspiro, como Él mismo, ofreciendo
incesante y válidamente, a ejemplo de su Fundadora, sus sacrificios,
su servicio y su propia vida, a favor del crecimiento integral de
aquellos pequeños que el Señor pone en sus manos para que, modelando
sus mentes y corazones, los guíen solamente a Él con respetuosa caridad,
con amor y alegría.
¡Felicidades, queridas Hermanas Mercedarias!
Que Nuestra Señora, Santa María de Guadalupe, alcance a cada una y
también a todos nosotros y a nuestros seres queridos, innumerables
dones y gracias.
Y mientras confiados imploramos las bendiciones
del cielo, nosotros, queridos hermanos y hermanas, muy de corazón:
¡Adoremos y demos gracias
en todo instante y momento.
Al Santísimo y Divinísimo
Sacramento!
Así sea.