Muy queridos hermanos y hermanas, fieles laicos
de laicos de Cristo Jesús. Saludo con especial cariño a mis
hermanos de Escuela de Pastoral, a mis hermanos que han venido
de San Juan Xipitilco. Muy queridos hermanos sacerdotes.
Con ocasión del Primer Aniversario de la realización
del VI Encuentro Mundial de Familias que se celebró en que
nuestra iglesia particular de México, por voluntad de Su Santidad
Benedicto XVI y queriendo dar continuidad al tema central
propuesto "La Familia Formadora en los Valores Humanos
y Cristianos", queremos poner en las maternales manos
de Santa María de Guadalupe los trabajos catequéticos que
ustedes coordinadores de la Escuela de Pastoral van preparando
para fortalecer la formación de los laicos.
Estamos en las celebraciones del tiempo pascual,
cincuenta días pascuales es el "tiempo fuerte"
por excelencia y transcurre desde el Domingo de Pascua hasta
el Domingo de Pentecostés, es tiempo del anuncio del triunfo
de Jesús sobre la muerte, tiempo de alegría y de liberación.
Desde antiguo, es un tiempo fuerte. La comunidad cristiana
celebraba ya la Cincuentena de alegría; al grado que quien
durante estos días no expresara su gozo era considerado como
quien no había captado el Evangelio, no había captado el corazón
de la Buena Nueva: ¡Cristo ha resucitado!
Quizá para muchos una fiesta que se prolonga
cincuenta días puede parecer excesiva. Sin embargo, para los
cristianos era la manera de experimentar la fuerza de la Resurrección,
y de asumir que "los sufrimientos de ahora no pesan
lo que la gloría que algún día se nos descubrirá"
(Rom. 8,18).
La Palabra de Dios nos ha invitado a vivir este
tiempo pascual. El Evangelio de Marcos que escuchamos (16,
9-15) nos recuerda los primeros encuentros del Resucitado
con sus discípulos que ante la impactante experiencia de la
pasión y muerte de Jesús, estaban llorando, estaban afligidos.
La tristeza y la desesperanza lo envolvían todo y no acertaban
a creer. De manera que el Señor "se apareció a los
Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad
y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían
visto resucitado”. Entonces les dijo: "Vayan por
todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación".
A partir de este momento la certeza de la Resurrección
acompañará a los discípulos, que poco después recibirán al
Espíritu Santo y darán testimonio de que Jesús está vivo,
que podemos participar de su triunfo porque nos ha entregado
su Espíritu. A partir de ahora, los discípulos con valentía
y sabiduría, comienzan la gran empresa de la evangelización
con signos y prodigiosos que nadie puede negar. Al nombre
del Señor Resucitado, se ilumina la conciencia y quedan liberados
los enfermos, paralíticos y endemoniados. Las autoridades
contrariadas ante la evidencia de estos signos milagrosos
sienten temor y buscan por diversos caminos callar a los discípulos.
Ya desde entonces se ha querido silenciar con
amenazas o persecuciones a los cristianos, a la Iglesia, para
que no se hable ni se enseñe a nadie en este nombre, en el
nombre del Señor Jesús. Sin embargo, la respuesta a lo largo
de estos veinte siglos ha sido la misma: "No podemos
nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído”. (Hechos
4,13-20)
En la Carta que dirigí a los sacerdotes de la
Arquidiócesis de México, con motivo de los preparativos del
VI Encuentro Mundial de Familias, hablaba precisamente sobre
el evangelio de la familia, al Buena Nueva de la familia y
los retos que tenemos en nuestra Ciudad, los cuales tenemos
que asumir con mucha seriedad y responsabilidad pastoral.
Nadie debe quedarse con los brazos cruzados sobre todo al
tener ante nosotros la oportunidad de despertar en la conciencia
de todos los hombres y mujeres de buena voluntad la trascendencia
que tiene el trabajar por la vivencia de los valores humanos
y cristianos en la familia. Todo lo que sembremos en las familias
lo cosecharemos en la sociedad y en nuestra Iglesia.
Un convencimiento que hemos de tener en relación
a la familia es precisamente en la perspectiva que el Santo
Padre, Benedicto XVI, ha señalado apropósito del VI Encuentro
Mundial de las Familias: “La Familia formadora en los valores
humanos y cristianos”. Hablar de la Familia como formadora
en los valores hace referencia a una serie de implicaciones,
a una serie de acciones, que forman todo un proceso para configurar
precisamente una familia humana, una familia cristiana, un
proceso que nos va orientando a lograr una definición, clara,
una configuración, una firmeza de lo que es la familia. Procedimientos
que tienen que mantenerse con reciedumbre, como un acabado
de las personas. Es todo un proceso que evidentemente la familia
no cambia de la noche a la mañana, se necesita una constancia
en ese anuncio de los valores humanos y cristianos. Pero al
estilo de Jesús con dichos y hechos. Es universalmente aceptado
que la persona se configura, especialmente en los primeros
años de la vida, en el seno de la propia familia; aquí es
donde la familia tiene un lugar insustituible en la 'forja'
de la personalidad humana y cristiana de las personas.
La familia es un fundamento indispensable para
la sociedad y para los pueblos, así como un bien insustituible
para los hijos, dignos de venir a la vida como fruto del amor,
de la donación total y generosa de los padres. Como puso de
manifiesto Jesús honrando a la Virgen María y a San José,
la familia ocupa un lugar primario en la educación de la persona.
Es una verdadera escuela de humanidad y de valores perennes.
Nadie se ha dado el ser así mismo. Hemos recibido de otros
la vida, que se desarrolla y madura con las verdades y valores
que aprendemos en la relación y comunión con los demás, sí
con nuestros padres, pero también con nuestros hermanos y
la familia ampliada. En este sentido, la familia fundada en
el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer expresa
esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito
donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse
de un modo integral. (Cfr. Homilía del Santo Padre Benedicto
XVI en la Santa Misa del V Encuentro Mundial de las Familias,
Valencia, 9 de julio de 2006).
Los principales maestros de la humanidad son
los mismos padres de familia que, sostenidos por la gracia
divina, se esfuerzan por transmitir a sus hijos las virtudes
de la fe en Cristo, la caridad operante y una gran esperanza,
y en este campo tienen incluso una competencia fundamental:
son educadores por ser padres.
Sin embargo, esta labor educativa se ve dificultada
por un engañoso concepto de libertad, en el que el capricho
y los impulsos subjetivos del individuo se exaltan hasta el
punto de dejar encerrado a cada uno en la prisión del propio
yo. (Cfr. Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI con motivo
de la clausura del Encuentro Mundial de Familia en la Basílica
de Guadalupe, 18 de enero de 2009)
Si tenemos en cuenta que el Cristiano de hoy
tiene que ser un verdadero discípulo y misionero en la Iglesia
y en el mundo -como lo han afirmado los obispos en Aparecida,
los obispos de Latinoamérica- hemos de devolverle a la familia
el lugar que ocupa en la formación de los Discípulos y Misioneros
que la Iglesia nos pide hoy, aportando todos juntos al futuro
de las familias en nuestra Ciudad de México y en nuestra Patria.
La Celebración del VI Encuentro Mundial de las
Familias nos brindó la oportunidad única de retomar con entusiasmo,
con unidad de criterios, con proyectos concretos, con creatividad
y con mucho espíritu evangelizador la tarea de la Pastoral
Familiar, para convertir realmente la Pastoral Familiar en
una prioridad no de un enunciado, sino en una prioridad en
cada una de nuestras comunidades. Cada comunidad parroquial,
secundada y apoyada por la Comisión Diocesana de Pastoral
Familiar y por los Movimientos Laicales y de Familia, ha asumido
este compromiso. Este es el caso de la Escuela de Pastoral,
y recordamos con verdadero cariño y admiración a Chentito,
a Don Vicente Martínez Vázquez como una obra de laicos y para
laicos, que fundó, que impulsada por este magno evento eclesial.
Ahora la Escuela de Pastoral prepara un material orgánico
a fin de que esos valores humanos y cristianos se hagan presente
día tras día no solamente en el pequeño grupo de la Escuela
de Pastoral, sino desde ahí difundirlo a toda la comunidad.
La respuesta cristiana ante los desafíos que
debe afrontar la familia y la vida humana en general consiste
en reforzar la confianza en el Señor y el vigor que brota
de la propia fe, la cual se nutre de la escucha atenta de
la Palabra de Dios y de la oración.
Hoy imploramos a nuestra Madre de Guadalupe
para que nos alcance de su Divino Hijo hogares cristianos,
en donde sus miembros sean personas libres y ricas en valores
humanos y cristianos, en donde se viva la santidad y se sienta
el orgullo de ser hijos de Dios, familias desde donde se irradie
a la sociedad actual la fuerza del Resucitado para que vivamos
en alegría, para que vivamos siempre con la esperanza, para
que vivamos en el amor.
Demos gracias al Señor porque es bueno, porque
es eterna su misericordia.