Muy queridos hermanos, hermanas, fieles
laicos de Cristo Jesús, queridos hermanos en el ministerio Presbiteral,
muy querido Padre Agustín, muy querido Señor Obispo Don Felipe:
Hemos escuchado esta narración que sucede
una vez que Cristo ha entregado su vida por nosotros y el Padre
lo ha resucitado, este diálogo tan intenso con Pedro: “Pedro, ¿me
amas?” y Pedro hace una triple profesión de amor. Jesús quiere definir
claramente como debe ser su Iglesia y ante todo debe ser una comunidad
de amor.
“Señor tú lo sabes todo, tú sabes que
te amo” y lo estaba diciendo un hombre pecador, un hombre que había
traicionado a Jesús, que lo había negado, un hombre que reconocía
su debilidad. “Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”, a él
mismo le había provocado una respuesta cuando les dice a sus discípulos
“¿Quién dice la gente que soy yo?”, empezaron a dar respuestas “Unos
dicen que eres Juan el Bautista, unos que Elías, otros que Jeremías
o alguno de los profetas”, “Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?”
Pedro responde a nombre de los discípulos
de Jesús, responde a nombre de la primitiva Iglesia, “Señor tú eres
el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Fundamentalmente esto es la Iglesia,
la comunidad de aquellos que creen que Cristo Jesús es el enviado
por Dios, el Mesías, el Ungido. La Iglesia es la comunidad de aquellos
que se reúnen por el amor, por el amor a Cristo y por el amor entre
sí de los hermanos, esto es lo que le da sentido precisamente a
la celebración que hoy tenemos: 301 años de haber sido consagrado
este Templo, es un templo sin duda alguna fruto de la fe del pueblo
mexicano, para que aquí tuviera su casita por más de 260 años la
Señora del Cielo y aquí mostrar a Jesucristo, aquí mostrar al verdadero
Dios por quien se vive.
Cuántas peregrinaciones, cuántas acciones
de gracias, cuántas lágrimas no vio esta Basílica en tanto tiempo.
Aquí se vivió la fe, aquí se fue transmitiendo la fe de los apóstoles,
aquí se fue aumentando la fe del pueblo mexicano hacia Santa María
de Guadalupe que vino a mostrar a su Hijo amado Jesucristo Nuestro
Señor.
Es un edificio por lo tanto de fe, no
solamente porque fue edificado por Ella, sino porque aquí se fue
viviendo y fomentando esa fe del pueblo mexicano. Recuerdo muy bien
que vino a México un profesor de la Universidad Gregoriana, el Padre
Álsegui y nos decía porque vino a dar un curso de teología, era
de los maestros más ilustres en teología en aquel tiempo, dijo “fui
al Basílica por supuesto que a ver a nuestra Señora, pero me dediqué
sobre todo a ver los rostros de la gente que se postraba ante Santa
María de Guadalupe y se refería a la gente que él veía en este Templo,
yo daría todos mis escritos y daría aquella ciencia teológica que
el Señor me ha concedido a través de los años por tener siquiera
la centésima parte de la fe de tantas personas que vi postrase ante
Santa María de Guadalupe”. Eso que el sabía expresar con elocuencia,
nosotros lo vemos continuamente y por eso decimos que aquí se ha
reunido continuamente la comunidad querida por Jesús, la comunidad
de fe, de amor que ama entrañablemente a Santa María de Guadalupe
porque Ella ha venido a mostrarnos el verdadero rostro de Dios,
ese rostro maternal.
En este día nosotros también celebramos
no sólo la dedicación de esta Basílica, sino celebramos también
la fe y el amor con que tantos hermanos nuestros derramaron su sangre
por defender precisamente su fe por amor a su Iglesia, los mártires
mexicanos hoy se celebran en todo México, los celebramos especialmente
en este santuario de Santa María de Guadalupe porque el grito de
ellos era ciertamente el de Cristo Rey, pero inseparable al grito
de Cristo Rey iba la proclamación de Santa María de Guadalupe. La
fe que nosotros tenemos, sí, es la fe en Cristo, pero es una fe
guadalupana porque a través de ella nos llegó Cristo Jesús, a través
de Ella nosotros recibimos la fe en todos esos pueblos que estaban
dispersos, Ella vino a congregarnos y a hacernos Iglesia.
Estos mártires derramaron, sí, su sangre
por la fe, pero también por el amor que le tenían a Cristo, a Santa
María de Guadalupe, a su Iglesia que amaron tan entrañablemente
que pusieron su vida de por medio.
También celebramos como comunidad de
fe y de amor el gran don que Dios le ha dado a su Iglesia, el don
del sacerdocio. En este año el Papa ha querido que nosotros en la
Iglesia universal celebremos especialmente ese don del Sacerdocio
de Cristo, el Sacerdocio de Cristo comienza precisamente en el seno
de la Virgen María cuando el Verbo se hace carne. Ahí tenemos la
columna puesta firmemente en la divinidad, Cristo Jesús, pero también
la otra columna del puente en la humanidad y así el hombre tiene
a su puente, a su Pontífice, a su gran sacerdote, al único sacerdote
que es Cristo Jesús, del cual la Iglesia participa y puede ofrecer
dones y sacrificios agradables al Padre precisamente porque participamos
de ese sacerdocio. Y dentro ese pueblo santo, de ese pueblo sacerdotal,
Dios ha elegido a los que él ha querido para consagrarlos al servicio
de ese pueblo.
Celebramos este año ese gran don de Dios,
reconocemos nuestras limitaciones, reconocemos nuestras capacidades
y miserias pero el Señor ha sido misericordioso con su pueblo que
al principio, en medio de persecuciones le dio los pastores que
necesitaba. En este siglo XXI le sigue dando sacerdotes y mañana
mismo aquí en la Basílica de Guadalupe, ordenaremos para esta Iglesia
particular a un grupos de sacerotes como un donde Dios en este año
sacerdotal.
Le damos gracias a Dios porque esta Basílica
fue edificada y aquí se vivió la fe de la Iglesia, le damos gracias
al Señor porque Él ha querido que nuestra fe mexicana haya tenido
proclamadores tan insignes como los mártires mexicanos de la persecución
religiosa que hoy celebramos, le damos gracias al Señor porque nos
ha llenado de bendiciones al darnos a todos participación de su
sacerdocio y ha querido que ese pueblo sacerdotal tenga sus servidores
con aquellos que ejercen el ministerio sacerdotal. Nuestro ánimo
agradecido es por el sacerdocio, nuestro ánimo agradecido es por
el don de la fe, nuestro ánimo agradecido es porque nos congrega
continuamente con su amor.