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Homilía
pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Clausura del Año Jubilar Sacerdotal, en el Templo Expiatorio a Cristo Rey (Antigua Basílica de Guadalupe) con motivo de los 300 años.

21 de mayo de 2010

Muy queridos hermanos, hermanas, fieles laicos de Cristo Jesús, queridos hermanos en el ministerio Presbiteral, muy querido Padre Agustín, muy querido Señor Obispo Don Felipe:

Hemos escuchado esta narración que sucede una vez que Cristo ha entregado su vida por nosotros y el Padre lo ha resucitado, este diálogo tan intenso con Pedro: “Pedro, ¿me amas?” y Pedro hace una triple profesión de amor. Jesús quiere definir claramente como debe ser su Iglesia y ante todo debe ser una comunidad de amor.

“Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te amo” y lo estaba diciendo un hombre pecador, un hombre que había traicionado a Jesús, que lo había negado, un hombre que reconocía su debilidad. “Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”, a él mismo le había provocado una respuesta cuando les dice a sus discípulos “¿Quién dice la gente que soy yo?”, empezaron a dar respuestas “Unos dicen que eres Juan el Bautista, unos que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas”, “Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?”

Pedro responde a nombre de los discípulos de Jesús, responde a nombre de la primitiva Iglesia, “Señor tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Fundamentalmente esto es la Iglesia, la comunidad de aquellos que creen que Cristo Jesús es el enviado por Dios, el Mesías, el Ungido. La Iglesia es la comunidad de aquellos que se reúnen por el amor, por el amor a Cristo y por el amor entre sí de los hermanos, esto es lo que le da sentido precisamente a la celebración que hoy tenemos: 301 años de haber sido consagrado este Templo, es un templo sin duda alguna fruto de la fe del pueblo mexicano, para que aquí tuviera su casita por más de 260 años la Señora del Cielo y aquí mostrar a Jesucristo, aquí mostrar al verdadero Dios por quien se vive.

Cuántas peregrinaciones, cuántas acciones de gracias, cuántas lágrimas no vio esta Basílica en tanto tiempo. Aquí se vivió la fe, aquí se fue transmitiendo la fe de los apóstoles, aquí se fue aumentando la fe del pueblo mexicano hacia Santa María de Guadalupe que vino a mostrar a su Hijo amado Jesucristo Nuestro Señor.

Es un edificio por lo tanto de fe, no solamente porque fue edificado por Ella, sino porque aquí se fue viviendo y fomentando esa fe del pueblo mexicano. Recuerdo muy bien que vino a México un profesor de la Universidad Gregoriana, el Padre Álsegui y nos decía porque vino a dar un curso de teología, era de los maestros más ilustres en teología en aquel tiempo, dijo “fui al Basílica por supuesto que a ver a nuestra Señora, pero me dediqué sobre todo a ver los rostros de la gente que se postraba ante Santa María de Guadalupe y se refería a la gente que él veía en este Templo, yo daría todos mis escritos y daría aquella ciencia teológica que el Señor me ha concedido a través de los años por tener siquiera la centésima parte de la fe de tantas personas que vi postrase ante Santa María de Guadalupe”. Eso que el sabía expresar con elocuencia, nosotros lo vemos continuamente y por eso decimos que aquí se ha reunido continuamente la comunidad querida por Jesús, la comunidad de fe, de amor que ama entrañablemente a Santa María de Guadalupe porque Ella ha venido a mostrarnos el verdadero rostro de Dios, ese rostro maternal.

En este día nosotros también celebramos no sólo la dedicación de esta Basílica, sino celebramos también la fe y el amor con que tantos hermanos nuestros derramaron su sangre por defender precisamente su fe por amor a su Iglesia, los mártires mexicanos hoy se celebran en todo México, los celebramos especialmente en este santuario de Santa María de Guadalupe porque el grito de ellos era ciertamente el de Cristo Rey, pero inseparable al grito de Cristo Rey iba la proclamación de Santa María de Guadalupe. La fe que nosotros tenemos, sí, es la fe en Cristo, pero es una fe guadalupana porque a través de ella nos llegó Cristo Jesús, a través de Ella nosotros recibimos la fe en todos esos  pueblos que estaban dispersos, Ella vino a congregarnos y a hacernos Iglesia.

Estos mártires derramaron, sí, su sangre por la fe, pero también por el amor que le tenían a Cristo, a Santa María de Guadalupe, a su Iglesia que amaron tan entrañablemente que pusieron su vida de por medio.

También celebramos como comunidad de fe y de amor el gran don que Dios le ha dado a su Iglesia, el don del sacerdocio. En este año el Papa ha querido que nosotros en la Iglesia universal celebremos especialmente ese don del Sacerdocio de Cristo, el Sacerdocio de Cristo comienza precisamente en el seno de la Virgen María cuando el Verbo se hace carne. Ahí tenemos la columna puesta firmemente en la divinidad, Cristo Jesús, pero también la otra columna del puente en la humanidad y así el hombre tiene a su puente, a su Pontífice, a su gran sacerdote, al único sacerdote que es Cristo Jesús,  del cual la Iglesia participa y puede ofrecer dones y sacrificios agradables al Padre precisamente porque participamos de ese sacerdocio. Y dentro ese pueblo santo, de ese pueblo sacerdotal, Dios ha elegido a los que él ha querido para consagrarlos al servicio de ese pueblo.

Celebramos este año ese gran don de Dios, reconocemos nuestras limitaciones, reconocemos nuestras capacidades y miserias pero el Señor ha sido misericordioso con su pueblo que al principio, en medio de persecuciones le dio los pastores que necesitaba. En este siglo XXI le sigue dando sacerdotes y mañana mismo aquí en la Basílica de Guadalupe, ordenaremos para esta Iglesia particular a un grupos de sacerotes como un donde Dios en este año sacerdotal.

Le damos gracias a Dios porque esta Basílica fue edificada y aquí se vivió la fe de la Iglesia, le damos gracias al Señor porque Él ha querido que nuestra fe mexicana haya tenido proclamadores tan insignes como los mártires mexicanos de la persecución religiosa que hoy celebramos, le damos gracias al Señor porque nos ha llenado de bendiciones al darnos a todos participación de su sacerdocio y ha querido que ese pueblo sacerdotal tenga sus servidores con aquellos que ejercen el ministerio sacerdotal. Nuestro ánimo agradecido es por el sacerdocio, nuestro ánimo agradecido es por el don de la fe, nuestro ánimo agradecido es porque nos congrega continuamente con su amor.
 
 
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