Venerable
Cabildo de Guadalupe, queridos hermanos sacerdotes, hermanos y hermanas
de la Vida Consagrad a, fieles laicos en el Señor.
Hoy nos reunimos para celebrar una gran fiesta, una de las
fiestas más antiguas que celebra la Iglesia, conocida originalmente
con el nombre de Ipapante, es decir: del encuentro. La Fiesta
del Encuentro. Hoy conocida como la Fiesta de la Candelaria por las
velas que llevamos al inicio. Conocida, también, como la Purificación
de María, como la Presentación del Niño Jesús al Templo. Sea como
le llamemos esta fiesta marca un momento clave en la vida del ser
cristiano. De hecho el tiempo de la Navidad terminó ya hace algunos
días, algunos domingos, tres domingos para ser exactos. Terminó el
tiempo de la Navidad litúrgicamente hablando; terminó con la Fiesta
del Bautismo del Señor, después de haber celebrado la Epifanía del
Señor, los Reyes Magos, el Bautismo del Señor, se cierra el tiempo
de la Navidad y empezamos el Tiempo Ordinario. Dentro de unos días
más vamos a empezar a prepararnos para la Pascua con la Santa Cuaresma.
En medio de estas dos solemnidades de la Navidad y de la Pascua
dentro, del Tiempo Ordinario se encuentra esta que une a las dos grandes
fiestas la Pascua y la Navidad. La Fiesta del Encuentro de la Presentación
del Señor. Es la que hace el nudo, la que amarra, la que une estas
dos fiestas: la Navidad y la Pascua y es que no podemos olvidar hoy
en la última fiesta, por así decirlo, de la Navidad. De hecho traen
ustedes a sus niñitos Dios sobre sus brazos, pero también, nos habla
la fiesta, de hecho algunos dicen: vamos a alzar el Niño, al rato
se va a alzar a Cristo en la cruz, al Rey de reyes, al Señor de señores.
Ahora lo vistieron, subirá desnudo a la cruz, se despojará y lo despojarán
de sus vestiduras, y aún se las echarán a suerte. Este enlace que
nos habla de esa luz que nació y esa luz que resucita nos va abriendo
una perspectiva muy especial. El Dios hecho hombre por nosotros y
el Dios que sube a la cruz para salvarnos.
Hoy es el centro de estas dos festividades y como insisto la
primera forma de llamar a esta fiesta fue la Fiesta del Encuentro,
por eso uno de los padres de la Iglesia, Sofronio, nos insiste: tomemos
nuestra luz en las manos y salgamos al encuentro del Señor. El
Señor viene a nuestro encuentro nosotros salgámosle también al encuentro,
encontrémosle y hagamos juntos una alabanza eterna a Dios, que brille
e iluminé a todos para que todos encuentren la verdad y el amor.
Tenemos que salir al encuentro del Señor y hemos tomado las
velas en nuestras manos que nos recuerdan la luz de nuestra fe. Un
día cuando fuimos bautizados, también, nos dio la luz y se les confió
a nuestros padres: reciban la luz, este niño ha sido iluminado
por Cristo, que crezca en la luz para que un día salga al encuentro
del Señor.
Hoy podemos decir que estamos renovando nuestro bautismo recibir
la luz del Señor para ser testigos de la luz; no somos la luz; pero
sí testigos de la luz; pero esta luz debe de brillar. No se enciende
una vela para esconderla debajo de la cama, sino para ponerla en un
lugar donde ilumine a todos, dice el Evangelio. Nos recuerda,
también, aquel momento en que las vírgenes prudentes, con sus velas
encendidas esperaban al Señor, al esposo, al que viene. Con esas velas
encendidas que son signo de la fe y del amor y de la misericordia.
Es velas que hoy nos recuerdan el corazón que a veces también, hermanos,
con humildad hay que reconocerlo lo vamos apagando. Hoy es cuestión
de encontrarnos con el Señor y volver encender nuestras lámparas.
Encontrarnos como esas vírgenes prudentes con el esposo, con el Señor
porque: Él es el camino, la verdad y la vida. Esa es la Fiesta
de la Presentación, una fiesta que inicia con la bendición de las
velas a veces le ponemos más el acento a la bendición de los niños
Dios. La liturgia no habla para de bendecir a los niños Dios, nos
habla de encender las velas, de encender nuestros corazones. Que bueno
que también traigamos a nuestros niños, pero sobretodo a los de carne
y hueso aquellos que deben, como dice hoy la Escritura: aprender de
Cristo en edad, en sabiduría, en prudencia y en gracia delante de
Dios y de los hombres. Lo importante es bendecir, pues, a sus niños
para que se iluminen de la luz de Cristo, para que reenciendan su
vida y su amor, y puedan entonces presentarse ante el Señor. Ellos
deben de crecer, porque se los confiamos a la Virgen; a nuestra Madre
Santísima; aquella que se encontró con Simeón; aquella que dio luz
a la Luz, pero aquella que también escuchó del anciano: “una espada
atravesará tu alma”. La fiesta de la Navidad vuelve a ser un enlace
con la fiesta de la Resurrección: “una espada atravesará tu alma”.
Nos habla de la pasión y muerte del Señor esperando la resurrección.
Simeón bendijo a María y en esa bendición también le proclama
que aunque es bendecida también tiene que cargar la cruz y seguir
a Cristo para participar de su amor.
Hoy, mis hermanos, hace 23 años se celebró por primera vez
la Jornada Mundial de la Vida Religiosa. Hoy mis hermanos y hermanas
de la Vida Religiosa, la Vida Consagrada están, también, simbólicamente
representados por ustedes. Hoy, hermanos, también, los invito a que
con esa Vida Consagrada, con ese sí que le dijeron al Señor, cuando
ustedes se presentaron ante el que es el templo, no ante una casa
hecha por mano del hombre, sino ante el quien es el templo verdadero,
el templo espiritual. Se presentaron un día para decir: aquí estoy
Señor para hacer tu voluntad. Por eso la Iglesia ha querido que
en la Presentación del Niño ustedes vuelvan a presentarse; que ustedes
renueven sus promesas de amor; sus promesas religiosas que un día
hicieron ante el Señor enfrente de una comunidad. Que renueven y se
enciendan sus corazones, con las vírgenes prudentes, que se mantuvieron
alertas a la espera del esposo. La Vida Consagrada es el alma de la
Iglesia, una alma que no solamente es oración, sino es servicio. El
amor, déjenme tomar la frase del padre Benito: ora et labora. Haciendo
oración y trabajando. A Dios orando y con el mazo dando. Son ese signo
de amor, son el espíritu de la Iglesia, el alma que la mantiene viva.
Hoy en este día ustedes se presentan ante el Señor a renovar
su amor, su adhesión, su espera y su confianza para decir de nuevo,
junto con María: soy la esclava del Señor junto con Cristo vengo hacer
tu voluntad. Que estos dos pilares, nuestro Señor y nuestra Madre,
los conserven siempre fieles ante esa promesa de amor, de fe y de
gracia que ustedes confiaron ante el Señor.
Gracias por su vida religiosa. Gracias por su sí al Señor.
Gracias por estar, también, hoy aquí animándonos a todos en este encuentro,
en esta presentación para que haciéndonos niños, el Señor nos bendiga
a todos y nos haga crecer en amor y en verdad.