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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Luis Felipe García Álvarez, Arcipreste de Guadalupe, en ocasión de la Festividad de la Presentación del Señor, en la Basílica de Guadalupe.

2 de febrero de 2009

Venerable Cabildo de Guadalupe, queridos hermanos sacerdotes, hermanos y hermanas de la Vida Consagrad a, fieles laicos en el Señor.

Hoy nos reunimos para celebrar una gran fiesta, una de las fiestas más antiguas que celebra la Iglesia, conocida originalmente con el nombre de Ipapante, es decir: del encuentro. La Fiesta del Encuentro. Hoy conocida como la Fiesta de la Candelaria por las velas que llevamos al inicio. Conocida, también, como la Purificación de María, como la Presentación del Niño Jesús al Templo. Sea como le llamemos esta fiesta marca un momento clave en la vida del ser cristiano. De hecho el tiempo de la Navidad terminó ya hace algunos días, algunos domingos, tres domingos para ser exactos. Terminó el tiempo de la Navidad litúrgicamente hablando; terminó con la Fiesta del Bautismo del Señor, después de haber celebrado la Epifanía del Señor, los Reyes Magos, el Bautismo del Señor, se cierra el tiempo de la Navidad y empezamos el Tiempo Ordinario. Dentro de unos días más vamos a empezar a prepararnos para la Pascua con la Santa Cuaresma.

En medio de estas dos solemnidades de la Navidad y de la Pascua dentro, del Tiempo Ordinario se encuentra esta que une a las dos grandes fiestas la Pascua y la Navidad. La Fiesta del Encuentro de la Presentación del Señor. Es la que hace el nudo, la que amarra, la que une estas dos fiestas: la Navidad y la Pascua y es que no podemos olvidar hoy en la última fiesta, por así decirlo, de la Navidad. De hecho traen ustedes a sus niñitos Dios sobre sus brazos, pero también, nos habla la fiesta, de hecho algunos dicen: vamos a alzar el Niño, al rato se va a alzar a Cristo en la cruz, al Rey de reyes, al Señor de señores. Ahora lo vistieron, subirá desnudo a la cruz, se despojará y lo despojarán de sus vestiduras, y aún se las echarán a suerte. Este enlace que nos habla de esa luz que nació y esa luz que resucita nos va abriendo una perspectiva muy especial. El Dios hecho hombre por nosotros y el Dios que sube a la cruz para salvarnos.

Hoy es el centro de estas dos festividades y como insisto la primera forma de llamar a esta fiesta fue la Fiesta del Encuentro, por eso uno de los padres de la Iglesia, Sofronio, nos insiste: tomemos nuestra luz en las manos y salgamos al encuentro del Señor. El Señor viene a nuestro encuentro nosotros salgámosle también al encuentro, encontrémosle y hagamos juntos una alabanza eterna a Dios, que brille e iluminé a todos para que todos encuentren la verdad y el amor.

Tenemos que salir al encuentro del Señor y hemos tomado las velas en nuestras manos que nos recuerdan la luz de nuestra fe. Un día cuando fuimos bautizados, también, nos dio la luz y se les confió a nuestros padres: reciban la luz, este niño ha sido iluminado por Cristo, que crezca en la luz para que un día salga al encuentro del Señor.

Hoy podemos decir que estamos renovando nuestro bautismo recibir la luz del Señor para ser testigos de la luz; no somos la luz; pero sí testigos de la luz; pero esta luz debe de brillar. No se enciende una vela para esconderla debajo de la cama, sino para ponerla en un lugar donde ilumine a todos, dice el Evangelio. Nos recuerda, también, aquel momento en que las vírgenes prudentes, con sus velas encendidas esperaban al Señor, al esposo, al que viene. Con esas velas encendidas que son signo de la fe y del amor y de la misericordia. Es velas que hoy nos recuerdan el corazón que a veces también, hermanos, con humildad hay que reconocerlo lo vamos apagando. Hoy es cuestión de encontrarnos con el Señor  y volver encender nuestras lámparas. Encontrarnos como esas vírgenes prudentes con el esposo, con el Señor porque: Él es el camino, la verdad y la vida. Esa es la Fiesta de la Presentación, una fiesta que inicia con la bendición de las velas a veces le ponemos más el acento a la bendición de los niños Dios. La liturgia no habla para de bendecir a los niños Dios, nos habla de encender las velas, de encender nuestros corazones. Que bueno que también traigamos a nuestros niños, pero sobretodo a los de carne y hueso aquellos que deben, como dice hoy la Escritura: aprender de Cristo en edad, en sabiduría, en prudencia y en gracia delante de Dios y de los hombres. Lo importante es bendecir, pues, a sus niños para que se iluminen de la luz de Cristo, para que reenciendan su vida y su amor, y puedan entonces presentarse ante el Señor. Ellos deben de crecer, porque se los confiamos a la Virgen; a nuestra Madre Santísima; aquella que se encontró con Simeón; aquella que dio luz a la Luz, pero aquella que también escuchó del anciano: “una espada atravesará tu alma”. La fiesta de la Navidad vuelve a ser un enlace con la fiesta de la Resurrección: “una espada atravesará tu alma”. Nos habla de la pasión y muerte del Señor esperando la resurrección.

Simeón bendijo a María y en esa bendición también le proclama que aunque es bendecida también tiene que cargar la cruz y seguir a Cristo para participar de su amor.

Hoy, mis hermanos, hace 23 años se celebró por primera vez la Jornada Mundial de la Vida Religiosa. Hoy mis hermanos y hermanas de la Vida Religiosa, la Vida Consagrada están, también, simbólicamente representados por ustedes. Hoy, hermanos, también, los invito a que con esa Vida Consagrada, con ese sí que le dijeron al Señor, cuando ustedes se presentaron ante el que es el templo, no ante una casa hecha por mano del hombre, sino ante el quien es el templo verdadero, el templo espiritual. Se presentaron un día para decir: aquí estoy Señor para hacer tu voluntad. Por eso la Iglesia ha querido que en la Presentación del Niño ustedes vuelvan a presentarse; que ustedes renueven sus promesas de amor; sus promesas religiosas que un día hicieron ante el Señor enfrente de una comunidad. Que renueven y se enciendan sus corazones, con las vírgenes prudentes, que se mantuvieron alertas a la espera del esposo. La Vida Consagrada es el alma de la Iglesia, una alma que no solamente es oración, sino es servicio. El amor, déjenme tomar la frase del padre Benito: ora et labora. Haciendo oración y trabajando. A Dios orando y con el mazo dando. Son ese signo de amor, son el espíritu de la Iglesia, el alma que la mantiene viva.

Hoy en este día ustedes se presentan ante el Señor a renovar su amor, su adhesión, su espera y su confianza para decir de nuevo, junto con María: soy la esclava del Señor junto con Cristo vengo hacer tu voluntad. Que estos dos pilares, nuestro Señor y nuestra Madre, los conserven siempre fieles ante esa promesa de amor, de fe y de gracia que ustedes confiaron ante el Señor.

Gracias por su vida religiosa. Gracias por su sí al Señor. Gracias por estar, también, hoy aquí animándonos a todos en este encuentro, en esta presentación para que haciéndonos niños, el Señor nos bendiga a todos y nos haga crecer en amor y en verdad.

 
 
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