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Homilía
pronunciada por Mons. Jorge Antonio Palencia Ramírez de Arellano, Vice-Rector y Coordinador General de la Pastoral del Santuario en la Solemnidad de Todos los Santos, en la Basílica de Guadalupe.

1 de noviembre de 2007

"Gocémonos todos en el Señor, al celebrar esta fiesta en honor  de todos los Santos, de cuya  solemnidad se alegran los Ángeles,  y ensalzan al Hijo de Dios".

La Iglesia nos pide echar en este día una mirada al cielo, que es nuestra futura patria, para ver allí con San Juan, a esa magna muchedumbre incontable de Santos, figurada en 144, 000 inscritos en el Libro de la Vida, - con el cual se indica un número incalculable y perfecto, - y procedentes de Israel y de toda nación, pueblo y lengua, los cuales revestidos de blancas túnicas y con palmas en las manos, alaban sin cesar al Cordero sin mancilla. Cristo, María Santísima, los Apóstoles y Profetas, los Mártires con su propia sangre purpurados, los Confesores, radiantes con sus blancos vestidos, y los castos coros de Vírgenes forman ese majestuoso cortejo, integrado por todos cuantos acá en la tierra renunciaron así mismos y fueron mansos, humildes, justos, misericordiosos, puros, pacíficos y perseguidos en nombre de Cristo y de su Reino.

Esta fiesta de Todos lo Santos me ha parecido siempre cercana y humanísima. Con ella los cristianos honramos la memoria de los muchos santos no glorificados en la tierra. Unos son desconocidos, otros muchos no. Todos hemos conocido hombres y mujeres llenos de fe, que han vivido haciendo el bien, de manera sencilla, en la salud o en la enfermedad. Personas de las que hemos dicho con admiración y respeto: Fulanito era un santo; Fulanita era una santa. Efectivamente alrededor de nosotros, hay muchas personas buenas, mucha gente honesta, piadosa, que vive confiada en Dios y que hace mucho bien al prójimo sin hacer ruido ni salir nunca en primera plana o en los noticieros de la TV. Estos santos sencillos y silenciosos sostienen el mundo, sostienen la buena marcha de muchas familias, de muchas personas necesitadas, de muchas actividades sociales importantes. Nuestra sociedad va adelante por el esfuerzo de muchas personas, gracias a la rectitud y generosidad de muchas buenas personas anónimas, que viven haciendo el bien, a veces con muchos sacrificios, con los ojos puestos en Dios y sostenidos desde dentro por el Espíritu Santo.

Muchos de estos santos no glorificados en la tierra, son familiares y amigos nuestros. Estamos rodeados de santos. Unos, desde el cielo, están con nosotros invisiblemente, en la comunión de los santos. Otros están todavía en este mundo y a  nos topamos con ellos todos los días. Esta solemnidad nos permite que tengamos ojos para descubrirlos, a compartir con ellos la alegría del llamado a la santidad. Todos estamos llamados a ser santos. Nos lo recordó el Concilio bellamente: “Todos, por la acción del Espíritu de Dios, obedientes a la voz del Padre, adorando a Dios Padre en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y con la cruz a cuestas para llegar a tener parte en su gloria”. Todos los discípulos de Jesús, “están llamados y obligados a procurar la santidad y la perfección de su propio estado de vida”. (Constitución sobre la Iglesia, cap. 5).

Aquí en este mismo sitio sagrado, que nos encontramos en la bendita tierra del Tepeyac, u hermano nuestro escucho el llamado a la santidad de labios de la Madre De Dios, de labios de Santa María de Guadalupe: “Juanito, Juan Dieguito, mi Hijo el más pequeño” y Juan Diego respondió, nosotros también podemos responder a su llamado, atrevámonos.Todo el Evangelio y en especial las bienaventuranzas que hoy hemos escuchado son una invitación a seguir a Jesús en el amor al Padre y en el amor generoso y efectivo al prójimo. Ésa es la llamada y el camino verdadero para la santidad.

Nuestra misa y oración de cada mañana debe ayudarnos a proyectar nuestra vida “en clave de santidad”. ¿Cómo tenemos que vivir cada jornada para cumplir el deseo del Señor: “Sed santos y misericordioso como es vuestro Padre celestial”? La santidad no es complicada. Se puede y se debe vivir en los diferentes estados de vida y en todas las circunstancias concretas de nuestra vida. Este es el camino verdadero para renovar la Iglesia y resolver de verdad nuestros problemas. Seamos todos un poco mejores y la Iglesia irá mejor y actuará mejor. Seamos un poco mejores en el cumplimiento de nuestras obligaciones, pequeñas y grandes, y todo irá mejor, también en la sociedad.

Al fin de cada misa somos enviados a vivir nuestra misión como cristianos y como Iglesia, que consiste en mejorar y transformar la sociedad desde la conversión personal y la vivencia de la verdad y la justicia interior de quienes actuamos en los diferentes campos de la vida. La sociedad celestial de los santos que recordamos en esta fiesta tan familiar es la verdadera alternativa a la sociedad de este mundo, la referencia permanente para nuestra santificación y nuestra acción evangelizadora y renovadora. Ésa es la grandeza y la hermosura de nuestra vocación y misión de cristianos en el mundo. Señor Jesús: que cada uno de nosotros logremos formar también parte un día en el cielo para siempre del número de tus santos, de los que te alabaremos y te amaremos por los siglos de los siglos.

Amén.

 
 
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