EL CRUCIFICADO HA RESUCITADO: ESTÁ VIVO
¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Cristo vive! Más aún, ¡Él
es la vida! Hermanos: Jesús resucitado constituido Señor y Cristo
es el torrente de vida plena y perfecta que Dios ha prometido al
hombre desde la creación. El ser humano la perdió por su desobediencia.
Pero Jesús se hizo obediente por nosotros, hasta la muerte en la
cruz y de esta forma recuperó lo que habíamos perdido.
Hermanos, el cristianismo nace de una tumba. Pero nace de una
tumba que paradójicamente está vacía. No es culto de un hombre muerto.
No es adoración de un cadáver. No se trata de un rito funerario
al lado del sepulcro. Junto al sepulcro abierto del Mesías, los
cristianos iniciamos un camino de resurrección y búsqueda del Reino
que nos lleva a anunciarlo hasta los confines mismos de la tierra.
La tumba vacía es un signo. Jesús, “el Señor de la vida” no
ha quedado muerto dentro de ella. Pero en ella ha iniciado una nueva
manera de vivir. Las mujeres acuden a ungir el cadáver de su muerto,
pero están equivocadas, porque todavía aman al que ha muerto siendo
que Él está vivo. Ya no está en el sepulcro. No puede permanecer
la Vida atada a un sepulcro.
El mensaje de Pascua que los ángeles dan de parte de Dios es
algo inédito; algo jamás oído, nunca sospechado, que sobrepasa toda
expectativa, pero que señala una nueva realidad, más aún significa
la nueva creación. Una nueva manera de existir en Dios y para Dios
en la vida eterna, es decir, la vida misma de Dios. La resurrección
de Cristo, mis hermanos, es la superación de la historia porque
en ella ésta encuentra su sentido: Jesús estaba en la sepultura,
era parte de la historia, pero no es su lugar, porque no lo puede
contener, porque la vida de Dios es infinita, supera toda atadura.
La sepultura es tiempo y espacio. ¡Ha resucitado! ¡Vayan a Galilea!
¡Ahí lo verán, tal como les dijo! dice el ángel a las mujeres. El
Señor que está más allá de la historia, no se desentiende de ella.
Está vivo y camina siempre delante de sus discípulos.
La resurrección, hermanos míos, no es un punto de llegada que
una vez alcanzado, nos permite desentendernos de la historia. No,
la Pascua nos reintegra en ella, pero con una nueva visión y una
nueva misión: la de anunciar esta Buena Noticia: Dios nos ha revelado
definitivamente la sublime vocación del ser humano en su Hijo que
vive eternamente. Es decir, que a donde Él ha llegado, estamos llamados
todos a estar: con Él y para Él, junto a su Padre. Para eso nacimos
y Jesús resucitado lo ha hecho posible.
Por la resurrección de Jesús tenemos segura la nuestra. La
única condición es que recorramos el mismo camino de Jesús: el de
la cruz por el amor, la obediencia y el servicio. El sepulcro vacío
de Jesús es para nosotros el desafío a superar lo que se opone a
la vida. Es un signo de que también nosotros podemos estar en el
mundo, en la historia, pero trascendiéndola día a día mediante obras
de fe, esperanza y amor.
Más concretamente, mis hermanos; resurrección en nosotros,
los creyentes y discípulos de Cristo resucitado, significa hoy opción
por la vida en todas sus manifestaciones. Significa solidaridad
con los que carecen de una vida digna y de oportunidades para alcanzarla.
Significa amor por la verdad y la justicia, pero desde el amor.
Significa que podemos superar el odio y la soberbia con la fraternidad
y la humildad en un servicio permanente y con encuentros para construir,
¡jamás para destruir! Es ésta la Buena Noticia hecha vida y es lo
que el mundo está esperando de nosotros los cristianos.
La
Resurrección es el triunfo de la vida. La muerte es nuestro gran
interrogante y nuestro angustioso horizonte. Humanamente hablando
es muy difícil superar este miedo <<mortal>>. La muerte
se presenta como disolución y corrupción, como silencio y vacío,
como nada. <<El abismo no te da gracias, ni la muerte te
alaba, ni esperan en tu fidelidad los que bajan a la fosa>>
(Is 38,18). Los grandes maestros estoicos se extrañaban enormemente,
casi se escandalizaban, de que hombres y mujeres vulgares no sólo
no temieran, sino que fueran a la muerte cantando.
Esta paz y este gozo ante la muerte es fruto de la fe en la
resurrección. El Espíritu de Dios ha podido convertir la corrupción
en floración, la disgregación en principio de unificación, el vacío
en plenitud, la nada en nueva creación y la soledad absoluta en
encuentros de comunión. La muerte, pues, no es el final de la vida,
sino el paso, el principio de nueva vida.
La resurrección es el triunfo del amor. Es pura coherencia,
porque la vida consiste en amar. Se nos dijo que el amor es fuerte
como la muerte (cf Ct 8,6); ahora sabemos que el amor es fuerte
que la muerte. Bastaría escuchar el himno triunfal de Pablo: <<¿Quién
nos separará del amor de Cristo? (…) Estoy seguro que ni la muerte
ni la vida (…) ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro>> (Rm 8,35.38-39)
Mis hermanos: Si Dios me ama, nada ni nadie me separará de su amor;
Él me ama con <<amor eterno>> (Is 54,8; Jr 31,3), que
traspasa los tiempos y supera las muertes.
También entre los hombres el amor verdadero tiene una fuerza
indestructible. Si es verdadero, participa de la naturaleza divina,
por lo mismo es inmortal. ¿Cómo va a morir esa realidad que nos
trasciende, que se ha ido tejiendo con hilos, no de oro, sino de
eternidad? Hay momentos en la vida tan plenos que tienen <<sabor
de vida eterna>>. ¿Cómo se va a romper lo que ha sido
sellado a fuego de amor?
La
Resurrección es el triunfo de la Esperanza. Ahora la esperanza se
siente aún más segura y más cargada de razones (cf. 1 P 3,15). Ahora
se puede creer en nuevas utopías y mirar el futuro con más optimismo.
Ahora sabemos que el final no será la desgracia; sino la gracia;
no el dolor, sino el gozo; no la injusticia o la opresión, sino
la liberación.
Todas las noches, todas las muertes, todos los fracasos, todos
los sufrimientos están ya iluminados porque por ellos pasó Cristo,
<<Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo
de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva>>
(1 P 1,3). Esta esperanza va unida asimismo con la paciencia
y la fortaleza, con el temple y el coraje.
La
Resurreción es el triunfo de la santidad. La Pascua de la Resurrección
significa el triunfo de la gracia. Los pecados quedaron ya clavados
en la cruz o enterrados en el sepulcro. También nosotros, por la
fe y por el Bautismo, resucitamos a una vida nueva. <<Celebremos
la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad)
sino con los panes ázimos de sinceridad y la verdad>>
(1 Co 5, 8). Los Panes de la verdad son los panes del amor.
La
Resurrección es el triunfo de la Alegría. << La única tristeza
es la de no ser santo>>. Cristo resucitado irradia su paz
y su alegría dondequiera se manifieste. La Paz y la alegría van
siempre juntas. <<La Paz sea con ustedes (…). Y ellos se
alegraron de ver al Señor>> (Jn 20 , 19-20; cf. Lc 24,41).
Pedro matiza y califica esta alegría pascual: <<Rebozando
de alegría inefable y gloriosa>> (1 P 1,6.8), que procede
de la fe en el Resucitado y del amor al Resucitado, que nos
amó primero. La mayor alegría es sentirse amado.
No es una alegría barata. Es una alegría que es don del Espíritu.
No proviene de la satisfacción de los sentidos, sino del encuentro
con el Señor. Aunque no le hayamos visto, él se nos ha manifestado
en fe y amor.
Que nuestra Muchachita la Morenita del Tepeyac, la Virgen de
la Nueva Vida, testigo fiel del Resucitado, nos acompañe a vivir
el misterio de la Pascua, ella es acceso a la nueva creación, ella
es camino de la renovación, es la puerta de la reunificación.
¡Alabad al Señor!