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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Domingo de Resurrección, Eucaristía Solemne de Pascua, en la Basílica de Guadalupe.


12 de abril de 2009

EL CRUCIFICADO HA RESUCITADO: ESTÁ VIVO

¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Cristo vive! Más aún, ¡Él es la vida! Hermanos: Jesús resucitado constituido Señor y Cristo es el torrente de vida plena y perfecta que Dios ha prometido al hombre desde la creación. El ser humano la perdió por su desobediencia. Pero Jesús se hizo obediente por nosotros, hasta la muerte en la cruz y de esta forma recuperó lo que habíamos perdido.

Hermanos, el cristianismo nace de una tumba. Pero nace de una tumba que paradójicamente está vacía. No es culto de un hombre muerto. No es adoración de un cadáver. No se trata de un rito funerario al lado del sepulcro. Junto al sepulcro abierto del Mesías, los cristianos iniciamos un camino de resurrección y búsqueda del Reino que nos lleva a anunciarlo hasta los confines mismos de la tierra.

La tumba vacía es un signo. Jesús, “el Señor de la vida” no ha quedado muerto dentro de ella. Pero en ella ha iniciado una nueva manera de vivir. Las mujeres acuden a ungir el cadáver de su muerto, pero están equivocadas, porque todavía aman al que ha muerto siendo que Él está vivo. Ya no está en el sepulcro. No puede permanecer la Vida atada a un sepulcro.

El mensaje de Pascua que los ángeles dan de parte de Dios es algo inédito; algo jamás oído, nunca sospechado, que sobrepasa toda expectativa, pero que señala una nueva realidad, más aún significa la nueva creación. Una nueva manera de existir en Dios y para Dios en la vida eterna, es decir, la vida misma de Dios. La resurrección de Cristo, mis hermanos, es la superación de la historia porque en ella ésta encuentra su sentido: Jesús estaba en la sepultura, era parte de la historia, pero no es su lugar, porque no lo puede contener, porque la vida de Dios es infinita, supera toda atadura. La sepultura es tiempo y espacio. ¡Ha resucitado! ¡Vayan a Galilea! ¡Ahí lo verán, tal como les dijo! dice el ángel a las mujeres. El Señor que está más allá de la historia, no se desentiende de ella. Está vivo y camina siempre delante de sus discípulos.

La resurrección, hermanos míos, no es un punto de llegada que una vez alcanzado, nos permite desentendernos de la historia. No, la Pascua nos reintegra en ella, pero con una nueva visión y una nueva misión: la de anunciar esta Buena Noticia: Dios nos ha revelado definitivamente la sublime vocación del ser humano en su Hijo que vive eternamente. Es decir, que a donde Él ha llegado, estamos llamados todos a estar: con Él y para Él, junto a su Padre. Para eso nacimos y Jesús resucitado lo ha hecho posible.

Por la resurrección de Jesús tenemos segura la nuestra. La única condición es que recorramos el mismo camino de Jesús: el de la cruz por el amor, la obediencia y el servicio. El sepulcro vacío de Jesús es para nosotros el desafío a superar lo que se opone a la vida. Es un signo de que también nosotros podemos estar en el mundo, en la historia, pero trascendiéndola día a día mediante obras de fe, esperanza y amor.

Más concretamente, mis hermanos; resurrección en nosotros, los creyentes y discípulos de Cristo resucitado, significa hoy opción por la vida en todas sus manifestaciones. Significa solidaridad con los que carecen de una vida digna y de oportunidades para alcanzarla. Significa amor por la verdad y la justicia, pero desde el amor. Significa que podemos superar el odio y la soberbia con la fraternidad y la humildad en un servicio permanente y con encuentros para construir, ¡jamás para destruir! Es ésta la Buena Noticia hecha vida y es lo que el mundo está esperando de nosotros los cristianos.

La Resurrección es el triunfo de la vida. La muerte es nuestro gran interrogante y nuestro angustioso horizonte. Humanamente hablando es muy difícil superar este miedo <<mortal>>.  La muerte se presenta como disolución y corrupción, como silencio y vacío, como nada. <<El abismo no te da gracias, ni la muerte te alaba, ni esperan en tu fidelidad los que bajan a la fosa>> (Is 38,18). Los grandes maestros estoicos se extrañaban enormemente, casi se escandalizaban, de que hombres y mujeres vulgares no sólo no temieran, sino que fueran a la muerte cantando.

Esta paz y este gozo ante la muerte es fruto de la fe en la resurrección. El Espíritu de Dios ha podido convertir la corrupción en floración, la disgregación en principio de unificación, el vacío en plenitud, la nada en nueva creación y la soledad absoluta en encuentros de comunión. La muerte, pues, no es el final de la vida, sino el paso, el principio de nueva vida.

La resurrección es el triunfo del amor. Es pura coherencia, porque la vida consiste en amar. Se nos dijo que el amor es fuerte como la muerte (cf Ct 8,6); ahora sabemos que el amor es fuerte que la muerte. Bastaría escuchar el himno triunfal de Pablo: <<¿Quién nos separará del amor de Cristo? (…) Estoy seguro que ni la muerte ni la vida (…) ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro>> (Rm 8,35.38-39)  Mis hermanos: Si Dios me ama, nada ni nadie me separará de su amor; Él me ama con <<amor eterno>>  (Is 54,8; Jr 31,3), que traspasa los tiempos y supera las muertes.

También entre los hombres el amor verdadero tiene una fuerza indestructible. Si es verdadero, participa de la naturaleza divina, por lo mismo es inmortal. ¿Cómo va a morir esa realidad que nos trasciende, que se ha ido tejiendo con hilos, no de oro, sino de eternidad? Hay momentos en la vida tan plenos que tienen <<sabor de vida eterna>>. ¿Cómo se va a romper lo que ha sido sellado a fuego de amor?  

La Resurrección es el triunfo de la Esperanza. Ahora la esperanza se siente aún más segura y más cargada de razones (cf. 1 P 3,15). Ahora se puede creer en nuevas utopías y mirar el futuro con más optimismo. Ahora sabemos que el final no será la desgracia; sino la gracia; no el dolor, sino el gozo; no la injusticia o la opresión, sino la liberación.

Todas las noches, todas las muertes, todos los fracasos, todos los sufrimientos están ya iluminados porque por ellos pasó Cristo, <<Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva>> (1 P 1,3).  Esta esperanza va unida asimismo con la paciencia y la fortaleza, con el temple y el coraje.

La Resurreción es el triunfo de la santidad. La Pascua de la Resurrección significa el triunfo de la gracia. Los pecados quedaron ya clavados en la cruz o enterrados en el sepulcro. También nosotros, por la fe y por el Bautismo, resucitamos a una vida nueva. <<Celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad) sino con los panes ázimos de sinceridad y la verdad>> (1 Co 5, 8). Los Panes de la verdad son los panes del amor.

La Resurrección es el triunfo de la Alegría.  << La única tristeza es la de no ser santo>>. Cristo resucitado irradia su paz y su alegría dondequiera se manifieste. La Paz y la alegría van siempre juntas. <<La Paz sea con ustedes (…). Y ellos se alegraron de ver al Señor>> (Jn 20 , 19-20; cf. Lc 24,41). Pedro matiza y califica esta alegría pascual: <<Rebozando de alegría inefable  y gloriosa>> (1 P 1,6.8),  que procede de la fe en el Resucitado y del amor al Resucitado, que nos amó primero. La mayor alegría es sentirse amado.

No es una alegría barata. Es una alegría que es don del Espíritu. No proviene de la satisfacción de los sentidos, sino del encuentro con el Señor. Aunque no le hayamos visto, él se nos ha manifestado en fe y amor.

Que nuestra Muchachita la Morenita del Tepeyac, la Virgen de la Nueva Vida, testigo fiel del Resucitado, nos acompañe a vivir el misterio de la Pascua, ella es acceso a la nueva creación, ella es camino de la renovación, es la puerta de la reunificación.

¡Alabad al Señor!

 
 
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