Bienaventurada eres María, porque
fuiste elevada sobre los coros de los ángeles juntamente con
Cristo has alcanzo el triunfo eterno.
Mis amados hermanos y hermanas, esta Solemnidad
de la Asunción de la Virgen María es una fiesta muy arraiga
en la cultura del pueblo cristiano. Hoy muchas iglesias celebran
su fiesta patronal, la Iglesia Madre es la Catedral de esta
Arquidiócesis, está de fiesta, estamos de fiesta con nuestra
Iglesia Madre, la Catedral. Muchos pueblos, también, celebran
su fiesta mayor y muchas personas, mujeres, llevan el nombre
María y celebran hoy su santo.
Pero, también, mis hermanos, es una fiesta popular,
porque el contenido de lo que hoy celebramos goza de una tradición
que proviene del mismo pueblo. De hecho cuando el Papa Pío XII
proclamó en el año 1950 el nombre de la Asunción de María, oficializó
una creencia que se tenía desde hacía muchísimo tiempo, pese
a no haber ningún dato bíblico, ni histórico que hable de ello.
Ya desde el siglo IV existen textos litúrgicos de padres de
la Iglesia y también relatos apócrifos, primero en Oriente,
después en Occidente, que habla de la dormición, que hablan
del trance, que hablan de la Asunción de María.
La fiesta del 15 de agosto se celebra ya en
las diferentes iglesias entre los siglos VI y VII. La Palabra
de Dios que hemos proclamado, los textos bíblicos nos hablan
precisamente de la Virgen María y de la esperanza de la resurrección.
La imagen del Apocalipsis, que bellamente describe a nuestra
Morenita, mis hermanos, en la primera lectura nos describe,
verdad, es la descripción de una mujer en el cielo vestida del
sol, con la luna bajo sus pies y coronada con doce estrellas.
Este texto es aplicado a la Santísima Virgen María. Y el texto
de la primera Carta a los Corintios de san Pablo; de la segunda
lectura nos recuerda que Cristo resucitó el primero y después
lo harán todos los que son de Cristo. Y en el Evangelio san
Lucas, en el Evangelio que hoy proclamamos, seguidos los relatos
de la visitación, que nos muestra quién es María, cómo fue la
Santísima Virgen María y luego el himno, el canto del Magníficat,
la plegaria con la que María da gracias a Dios, por tantas gracias
que de Él ha recibido.
Y es que la fiesta de la Asunción de María a
los cielos, mis queridos hermanos, nos remite a la Pascua, al
núcleo de nuestra fe. Jesús después de su muerte en cruz resucitó
y vive para siempre. Ascendió a la vida plena con el Padre
o sea que venció al mal, venció a la muerte y esta victoria,
este triunfo; tenemos la esperanza de poder conseguirlo, también,
aquellos que nos hemos incorporado a Cristo por la fe y por
el bautismo.
La
Santísima Virgen María, mis amados hermanos, sin embargo, fue
la primera. La primera salvada por la Pascua de Jesús; la primera
incorporada a la vida plena de su Hijo y aún con la particularidad
de serlo también con su cuerpo material. La Santísima Virgen
María, pues, vive ya la plenitud, celebramos hoy la Pascua de
María y todo esto, ciertamente, es motivo de júbilo, es motivo
de alegría para todo el pueblo cristiano, que peregrina y que
hoy da gracias a Dios por ello.
Ciertamente, mis amados hermanos y hermanas,
la fiesta de la Asunción de María nos contagia a todos de esperanza,
de ilusión, nos inyecta ganas para vivir y seguir luchando y
seguir amando y seguir trabajando, porque en María vemos un
modelo de lo que nosotros podemos, también, conseguir. La victoria
de Cristo en la Pascua, la victoria de la Santísima Virgen María
en su asunción a los cielos son imágenes de la plenitud a la
que esperamos llegar también nosotros algún día.
El triunfo de María, mis amados hermanos, su
participación en la gloria de Cristo, es un símbolo de la esperanza
de todos los cristianos, de toda la Iglesia, también, éste es
nuestro futuro. Si recorremos con María el camino del discípulo
de Jesús. Esto es fundamental, esto es esencial, nuestro futuro,
el de María ¿dónde está María? Si nosotros recorremos el camino
de discípulo de Jesús, miren, todo lo que vivimos, todo lo que
somos cristianos, nuestros esfuerzos de cada día, aunque a veces
cuesten, tienen, mis amados hermanos, un final feliz.
María, dice: desde ahora me felicitarán todas
las generaciones. Miren, cuando la Virgen María, la Virgen
de Nazaret pronunciaba estas palabras era una perfecta desconocida
y 2000 años después aquellas palabras de María suyas son una
realidad. Si hay una mujer a lo largo de la historia, que haya
sido conocida, venerada y amada es precisamente la Santísima
Virgen María, la Madre de Jesús, la Madre de Dios y Madre nuestra.
Y, miren, que no hizo grandes cosas en la Tierra, más aún desde
el punto de vista de nuestro mundo materialista, obsesionado
por la utilidad de las cosas donde vales por lo que produces.
Miren, Ella en estos conceptos, Ella no hizo nada. En los evangelios
no consta que obrase milagros, no congrega multitudes, no hace
discursos brillantes, no dirige ninguna empresa apostólica o
de beneficencia. Miren no hace grandes penitencias, siquiera.
No habría figurado en las revistas de famosos de la época, si
las hubiera habido en aquel momento. Por decirlo de algún modo:
no le pusieron ninguna placa en su pueblo. La Mujer más grande
la historia y para empezar, mis amados hermanos, ni sus vecinos
fueron consientes de esto.
La
Asunción, la Solemnidad de su glorificación al cielo, como la
creatura más grande de todas las que habrá nunca. Nos da este
mensaje, centrémonos en este mensaje, mis amados hermanos, no
se trata de hacer grandes cosas. Ella se pone totalmente en
manos de Dios, desde su humildad, desde su sencillez y lo canta
bellamente en el Himno del Magníficat aquí radica su
grandeza. María cree que Ella virgen dará a luz. La Virgen María
cree que el Señor derribará del trono a los poderos a pesar
de ver que Jesús pasa 30 años en casa, diríamos, también, en
el anonimato, sin hacer nada, y aún en el Calvario María ama.
Ama a Dios aquí en la cruz para su Hijo y ama a los hombres,
que provocan este sufrimiento. Esto es María; María no hizo
nada llamativo, pero sí lo más importante, mis hermanos, y aquí
está la enseñanza. Sí lo más importante creer, esperar y amar.
Por eso cuando nosotros vivimos estas virtudes teologales estamos
siendo auténticamente cristianos. Por eso, mi hermano, cuando
te lamentes de cómo está el mundo, de cómo está la Iglesia o
te desanimes por tu miseria personal, contempla la Santísima
Virgen María. Ella ahora gloriosa te dice: necesitas creer más;
necesitas esperar más; necesitas amar más; fe, esperanza y caridad;
fe, esperanza y amor. Esto es lo más importante que tienes que
hacer y esto lo puede hacer todo el mundo, cualquier bautizado.
Mis hermanos y hermanas, aquí radica la santidad
que el Señor nos pide y este es el afán que tuvieron tantos
hermanos y hermanas nuestros aquí en la tierra y que ya han
alcanzado también la patria del cielo. Así colaboramos hacer
un mundo más justo, más humano, más a la medida de Dios. Así
colaboramos hacer avanzar la Iglesia, mejoraremos personalmente
y estaremos caminando hacía el cielo, hacía la patria definitiva.
En el cielo todos esperamos en plenitud, la plenitud de la vida,
la plenitud de amor, la plenitud de felicidad, pero cada uno
en la medida de su capacidad, en la medida que aquí en la tierra
se habrá la acción de Dios a la gracia de Dios. Y aquí es decisiva,
mis hermanos, aquí en nuestro peregrinar es decisiva la humildad,
la sencillez, pues, es el margen de acción que le dejamos a
Dios en nuestra vida. En la medida en que nos vaciemos nosotros,
Dios nos llenará de su gracia, de su amor. Aunque pueda parecer
paradójico: a mayor humildad nuestra, mayor capacidad tendrá
Dios para realizar obras grandes. Como cantaremos en el prefacio
en un momento, este día.
María, la Santísima Virgen María, nuestra Niña,
nuestra Muchachita, es consuelo y esperanza de su pueblo todavía
peregrino en la tierra, claro que sí, su vida santa en medio
de tanta normalidad era para los primeros cristianos y para
nosotros un consuelo de cara a constatar que nosotros también
podemos conseguir la vida de la gloria. Es una Madre de familia,
es una Mujer de su tiempo, es una ama de casa la que ahora reina
al lado de nuestro Señor Jesucristo en el cielo: de pie a tu
derecha está la Reina enjoyada con oro de Ofir, acabamos de
decir en el Salmo.
Ella es Señora del cielo, el cielo es para todos
y a Él llegaremos, amados hermanos, si seguimos el rastro de
la primera que siguió las huellas de Cristo aquí en la tierra:
la Santísima virgen María.
Del siglo II tenemos la primera plegaría dirigida
a la Santísima Virgen María y con ella quiero terminar hoy:
Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genetrix.
Quiere decir esto, mis hermanos, que enseguida que fue elevada
al cielo, los primeros cristianos ya en el siglo primero acudieron
a su intercesión y como los niños que se cogen de la falda de
su madre, acudían a Ella. Ella misma nos dice a través de Juan
Dieguito que quiere ponernos en el hueco de sus manos, en los
pliegues de su manto.
¡Qué hermoso! Esto, mis hermanos, debe animarnos,
con esta plegaría, a los cristianos del siglo XXI, a los cristianos
de todas las generaciones para que un día con Ella, con los
ángeles y los santos podamos dar gloria a la Trinidad Beatísima.
Bajo tu amparo nos acogemos Santa Madre de Dios,
no desprecies las suplicas que te dirigimos en nuestras necesidades
antes bien líbranos de todo peligro ¡Oh Virgen gloriosa y bendita!
Amén.