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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de la Asunción de María, en la Basílica de Guadalupe.
15 de agosto de 2009
“Año Jubilar Sacerdotal”


Bienaventurada eres María, porque fuiste elevada sobre los coros de los ángeles juntamente con Cristo has alcanzo el triunfo eterno.

Mis amados hermanos y hermanas, esta Solemnidad de la Asunción de la Virgen María es una fiesta muy arraiga en la cultura del pueblo cristiano. Hoy muchas iglesias celebran su fiesta patronal, la Iglesia Madre es la Catedral de esta Arquidiócesis, está de fiesta, estamos de fiesta con nuestra Iglesia Madre, la Catedral. Muchos pueblos, también, celebran su fiesta mayor y muchas personas, mujeres, llevan el nombre María y celebran hoy su santo.

Pero, también, mis hermanos, es una fiesta popular, porque el contenido de lo que hoy celebramos goza de una tradición que proviene del mismo pueblo. De hecho cuando el Papa Pío XII proclamó en el año 1950 el nombre de la Asunción de María, oficializó una creencia que se tenía desde hacía muchísimo tiempo, pese a no haber ningún dato bíblico, ni histórico que hable de ello. Ya desde el siglo IV existen textos litúrgicos de padres de la Iglesia y también relatos apócrifos, primero en Oriente, después en Occidente, que habla de la dormición, que hablan del trance, que hablan de la Asunción de María.

La fiesta del 15 de agosto se celebra ya en las diferentes iglesias entre los siglos VI y VII. La Palabra de Dios que hemos proclamado, los textos bíblicos nos hablan precisamente de la Virgen María y de la esperanza de la resurrección. La imagen del Apocalipsis, que bellamente describe a nuestra Morenita, mis hermanos, en la primera lectura nos describe, verdad, es la descripción de una mujer en el cielo vestida del sol, con la luna bajo sus pies y coronada con doce estrellas. Este texto es aplicado a la Santísima Virgen María. Y el texto de la primera Carta a los Corintios de san Pablo; de la segunda lectura nos recuerda que Cristo resucitó el primero y después lo harán todos los que son de Cristo. Y en el Evangelio san Lucas, en el Evangelio que hoy proclamamos, seguidos los relatos de la visitación, que nos muestra quién es María, cómo fue la Santísima Virgen María y luego el himno, el canto del Magníficat, la plegaria con la que María da gracias a Dios, por tantas gracias que de Él ha recibido.

Y es que la fiesta de la Asunción de María a los cielos, mis queridos hermanos, nos remite a la Pascua, al núcleo de nuestra fe. Jesús después de su muerte en cruz resucitó y vive para siempre. Ascendió a la vida plena con el Padre  o sea que venció al mal, venció a la muerte y esta victoria, este triunfo; tenemos la esperanza de poder conseguirlo, también, aquellos que nos hemos incorporado a Cristo por la fe y por el bautismo.

La Santísima Virgen María, mis amados hermanos, sin embargo, fue la primera. La primera salvada por la Pascua de Jesús; la primera incorporada a la vida plena de su Hijo y aún con la particularidad de serlo también con su cuerpo material. La Santísima Virgen María, pues, vive ya la plenitud, celebramos hoy la Pascua de María y todo esto, ciertamente, es motivo de júbilo, es motivo de alegría para todo el pueblo cristiano, que peregrina y que hoy da gracias a Dios por ello.

Ciertamente, mis amados hermanos y hermanas, la fiesta de la Asunción de María nos contagia a todos de esperanza, de ilusión, nos inyecta ganas para vivir y seguir luchando y seguir amando y seguir trabajando, porque en María vemos un modelo de lo que nosotros podemos, también, conseguir. La victoria de Cristo en la Pascua, la victoria de la Santísima Virgen María en su asunción a los cielos son imágenes de la plenitud a la que esperamos llegar también nosotros algún día.

El triunfo de María, mis amados hermanos, su participación en la gloria de Cristo, es un símbolo de la esperanza de todos los cristianos, de toda la Iglesia, también, éste es nuestro futuro. Si recorremos con María el camino del discípulo de Jesús. Esto es fundamental, esto es esencial, nuestro futuro, el de María ¿dónde está María? Si nosotros recorremos el camino de discípulo de Jesús, miren, todo lo que vivimos, todo lo que somos cristianos, nuestros esfuerzos de cada día, aunque a veces cuesten, tienen, mis amados hermanos, un final feliz.

María, dice: desde ahora me felicitarán todas las generaciones. Miren, cuando la Virgen María, la Virgen de Nazaret pronunciaba estas palabras era una perfecta desconocida y 2000 años después aquellas palabras de María suyas son una realidad. Si hay una mujer a lo largo de la historia, que haya sido conocida, venerada y amada es precisamente la Santísima Virgen María, la Madre de Jesús, la Madre de Dios y Madre nuestra. Y, miren, que no hizo grandes cosas en la Tierra, más aún desde el punto de vista de nuestro mundo materialista, obsesionado por la utilidad de las cosas donde vales por lo que produces. Miren, Ella en estos conceptos, Ella no hizo nada. En los evangelios no consta que obrase milagros, no congrega multitudes, no hace discursos brillantes, no dirige ninguna empresa apostólica o de beneficencia. Miren no hace grandes penitencias, siquiera. No habría figurado en las revistas de famosos de la época, si las hubiera habido en aquel momento. Por decirlo de algún modo: no le pusieron ninguna placa en su pueblo. La Mujer más grande la historia y para empezar, mis amados hermanos, ni sus vecinos fueron consientes de esto.

La Asunción, la Solemnidad de su glorificación al cielo, como la creatura más grande de todas las que habrá nunca. Nos da este mensaje, centrémonos en este mensaje, mis amados hermanos, no se trata de hacer grandes cosas. Ella se pone totalmente en manos de Dios, desde su humildad, desde su sencillez y lo canta bellamente en el Himno del Magníficat aquí radica su grandeza. María cree que Ella virgen dará a luz. La Virgen María cree que el Señor derribará del trono a los poderos a pesar de ver que Jesús pasa 30 años en casa, diríamos, también, en el anonimato, sin hacer  nada, y aún en el Calvario María ama. Ama a Dios aquí en la cruz para su Hijo y ama a los hombres, que provocan este sufrimiento. Esto es María; María no hizo nada llamativo, pero sí lo más importante, mis hermanos, y aquí está la enseñanza. Sí lo más importante creer, esperar y amar. Por eso cuando nosotros vivimos estas virtudes teologales estamos siendo auténticamente cristianos. Por eso, mi hermano, cuando te lamentes de cómo está el mundo, de cómo está la Iglesia o te desanimes por tu miseria personal, contempla la Santísima Virgen María. Ella ahora gloriosa te dice: necesitas creer más; necesitas esperar más; necesitas amar más; fe, esperanza y caridad; fe, esperanza y amor. Esto es lo más importante que tienes que hacer y esto lo puede hacer todo el mundo, cualquier bautizado.

Mis hermanos y hermanas, aquí radica la santidad que el Señor nos pide y este es el afán que tuvieron tantos hermanos y hermanas nuestros aquí en la tierra y que ya han alcanzado también la patria del cielo. Así colaboramos hacer un mundo más justo, más humano, más a la medida de Dios. Así colaboramos hacer avanzar la Iglesia, mejoraremos personalmente y estaremos caminando hacía el cielo, hacía la patria definitiva. En el cielo todos esperamos en plenitud, la plenitud de la vida, la plenitud de amor, la plenitud de felicidad, pero cada uno en la medida de su capacidad, en la medida que aquí en la tierra se habrá la acción de Dios a la gracia de Dios. Y aquí es decisiva, mis hermanos, aquí en nuestro peregrinar es decisiva la humildad, la sencillez, pues, es el margen de acción que le dejamos a Dios en nuestra vida. En la medida en que nos vaciemos nosotros, Dios nos llenará de su gracia, de su amor. Aunque pueda parecer paradójico: a mayor humildad nuestra, mayor capacidad tendrá Dios para realizar obras grandes. Como cantaremos en el prefacio en un momento, este día.

María, la Santísima Virgen María, nuestra Niña, nuestra Muchachita, es consuelo y esperanza de su pueblo todavía peregrino en la tierra, claro que sí, su vida santa en medio de tanta normalidad era para los primeros cristianos y para nosotros un consuelo de cara a constatar que nosotros también podemos conseguir la vida de la gloria. Es una Madre de familia, es una Mujer de su tiempo, es una ama de casa la que ahora reina al lado de nuestro Señor Jesucristo en el cielo: de pie a tu derecha está la Reina enjoyada con oro de Ofir, acabamos de decir en el Salmo.

Ella es Señora del cielo, el cielo es para todos y a Él llegaremos, amados hermanos, si seguimos el rastro de la primera que siguió las huellas de Cristo aquí en la tierra: la Santísima virgen María.

Del siglo II tenemos la primera plegaría dirigida a la Santísima Virgen María y con ella quiero terminar hoy:

Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genetrix. Quiere decir esto, mis hermanos, que enseguida que fue elevada al cielo, los primeros cristianos ya en el siglo primero acudieron a su intercesión y como los niños que se cogen de la falda de su madre, acudían a Ella. Ella misma nos dice a través de Juan Dieguito que quiere ponernos en el hueco de sus manos, en los pliegues de su manto.

¡Qué hermoso! Esto, mis hermanos, debe animarnos, con esta plegaría, a los cristianos del siglo XXI, a los cristianos de todas las generaciones para que un día con Ella, con los ángeles y los santos podamos dar gloria a la Trinidad Beatísima.

Bajo tu amparo nos acogemos Santa Madre de Dios, no desprecies las suplicas que te dirigimos en nuestras necesidades antes bien líbranos de todo peligro ¡Oh Virgen gloriosa y bendita!

Amén. 

 
 
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