¡HOSANNA EN EL CIELO!
¡Bendito seas Señor Jesús, que has venido a traernos la misericordia
de Dios Padre y te has entregado hasta la muerte para darnos vida
y vida en abundancia!
Mis hermanos y hermanas muy queridos en el Señor, la celebración
de hoy, tan rica en signos y expresiones es muy elocuente por sí
misma. De manera que la reflexión de este momento debe ser breve,
a fin de que a lo largo de la Santa Misa vayamos meditando cada
uno de los elementos que se nos ofrecen. Esta celebración ha estado
presedida por una solemne procesión con la que hemos querido inaugurar
lo que comúnmente llamamos: Semana Santa.
Recordando, el día en que entró Jesús a Jerusalén para llevar
a término su obra redentora e imitando: a los hombres, mujeres y
niños, que lo aclamaron. Nosotros, también, hemos participado con
devoción llevando palmas, ramos en las manos para aclamar a nuestro
Salvador, para cantarle ¡Vivas! a nuestro Rey. Aquella multitud
que acompañó a Jesús no entendía plenamente el alcance de esta acción;
de tal modo que 5 días después, influenciada por las autoridades
religiosas: los escribas y los fariseos, pidieron su muerte. Nosotros,
más de 20 siglos después, recordamos aquel momento asumido por Jesús,
llevado sólo por el amor a nosotros y en la más perfecta libertad:
“a mí nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente”.
Había dicho en alguna ocasión.
Así, también, nosotros al igual que los contemporáneos de Jesús,
hemos pasado del júbilo a la tristeza; del júbilo momentáneo de
su entrada a Jerusalén al asombro. Panorama que se cierne sobre
este asombroso momento de Jesús. El Evangelio de Marcos nos reproduce
crudamente ese contraste entre los vítores entusiastas del pueblo
y el sentimiento de abandono progresivo, de soledad indescriptible,
que experimenta Jesús. Primero: ¡Viva el Rey de los judíos! ¡Hosanna!
Y después ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!
En ese abandono, hermanos, se condensa la zozobra en la angustia
de toda persona arrinconada y olvidada. En ese Siervo de Yahvé,
que padece toda clase de sufrimientos; Dios asume la aflicción del
hombre. Es Dios quien se ha abajado sin reclamar ningún derecho
hasta tomar la figura del más humilde de todos los hombres para
elevarlo hasta el calor de sus propias entrañas. Es el consuelo
para el abatido. Él es compañía para el desamparado, fidelidad para
el traicionado, solamente Dios es nuestro verdadero hogar. Jesús
se convierte en ejemplo de valentía para afrontar, sin rehuirlas,
ni rebajarlas, las exigencias de una vocación. Esa fidelidad aunque
le lleva hasta la muerte no es un fracaso, ese es su verdadero triunfo.
Lo proclama de una manera sugestiva y directa el Centurión: “realmente
este Hombre era el Hijo de Dios”. Es alentador constatar que
siempre puede haber una mirada que penetra más allá de lo superficial
y descubre otra realidad escondida.
Mis amados hermanos y hermanas, a lo largo de toda esta semana
se nos pide que agudicemos nuestra mirada interior. No es suficiente
con sentir compasión o admiración debemos ir más allá y hundir nuestra
fe en Jesús. Nos corresponde rendir nuestro espíritu a Él para poder
identificarnos con Él. Reproducir sus mismos sentimientos y ser
testigos de su Evangelio. Así, sintonizaremos mejor con los temores,
las soledades, las angustias y los desconciertos de cuantos viven
a nuestro lado.
Y para terminar un último detalle: a Jesús lo vemos inquieto
y desasosegado hasta la oración en el Huerto de los Olivos. Desde
el momento que se confía totalmente a Dios: “que se haga tu voluntad”
recupera un dominio sorprendente sobre sí y sobre los acontecimientos
posteriores. No perderá jamás su entereza y dignidad, la vida adquiere
un nuevo sentido. No cabe duda que la oración es fuente de fortaleza.
Y Jesús a pesar de la soledad y el abandono, que experimenta hasta
de Dios acaba pronunciando la oración, más hermosa que podamos imaginar:
“en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.
Recodemos, también hoy, la presencia entrañable de la Santísima
Virgen María, nuestra Niña y Muchachita en estos misterios de la
Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Ella estuvo, como Madre
junto a su Hijo, otros muchos huyeron de la cruz, Ella no, estuvo
ahí, crecía en su fe, callada, sufriendo con su Dios y estuvo llena
de gozo con la comunidad que celebraba la Resurrección de Jesús.
Como estuvo, también, 50 días más tarde, cuando bajo sobre la comunidad
vivificadora del Espíritu en Pentecostés.
Mis amados hermanos y hermanas, pidamos al Señor y Padre nuestro,
que no sólo valoremos la trascendencia de este acto suyo, sino que
lo agradezcamos y lo aprovechemos para gloria suya y para nuestra
salvación. Que no nos suceda, como a sus contemporáneos, que lleguemos
a olvidar al que hemos reconocido como Salvador y Señor, sino que
más bien crezcamos en gratitud, crezcamos en amor adhiriéndonos
cada vez más profundamente a su persona.
Que el Señor nos conceda vivir plenamente dispuestos a morir,
para resucitar por Él, con Él y para Él. Y que al llevarnos las
palmas benditas a casa estemos llevándonos un signo de nuestra determinación
de estar con Jesús en las buenas y en las malas. Por eso conviene
poner esta palma en un lugar visible, como la puerta de la casa.
Si además tejemos en esa palma una cruz será para recordar que Jesús
nos amó hasta el extremo y que ha querido compartir con nosotros
la vida entera tanto en la alegría exuberante, como en el sufrimiento
y la dureza de cada día.
Que así sea.