20
de septiembre de 2009
ACOGER
A LOS MÁS PEQUEÑOS
Mis amados hermanos y hermanas, agradezcamos
al gran Dios y Padre nuestro que nos envió a su Hijo amado para
hacerse pequeño, pobre y débil como nosotros para que nosotros
llegáramos a ser tan grandes como Él es, delante de su Padre
que con el Espíritu Santo son el único Dios verdadero en quien
creemos, nos movemos y somos.
Hace ocho días, mis amados hermanos y
hermanas, escuchábamos de boca de Jesús cuál era y, de hecho,
cómo fue su propia misión que cumplió fielmente mediante su
pasión, muerte y resurrección. La misma resistencia a entender
y a aceptar por parte de sus discípulos su misión y destino
debió haber sido causa del sufrimiento que terminó con la cruz.
Y, mis hermanos, ¿quién puede asegurar que no le duelen todavía
quienes nos resistimos a aceptarlo y a dejarnos amar y salvar?
Hoy asistimos a la segunda sesión de
enseñanzas sobre el tema del domingo anterior. Las diversas
ediciones de la Biblia suelen titular estos pasajes como primero,
segundo y tercer de la pasión y resurrección. Esto ya da qué
pensar acerca de la actitud de los discípulos, pues es tan grande
la cerrazón que tiene que decirlo hasta tres veces y, en esta
ocasión, parece que ya ni les inquieta que Jesús les hable de
lo mismo, porque ni siquiera preguntan ni se oponen. Parecería
que, como decimos coloquialmente, sólo “le dan el avión” y,
encerrados en sus propios anhelos y proyectos, siempre al margen
y hasta en contralínea con Jesús, se ponen a discutir sobre
sus cálculos y deseos triunfalistas de poder y dominio. Además
son muy cobardes, pues, les da miedo preguntar. Para Jesús,
sin embargo, esto es tan delicado, necesario, y a hasta urgente
que lo entiendan, que los conduce por el territorio de Galilea
evitando encontrarse con la gente, pues, les iba enseñando algo
determinante en su misión y en la vocación de los discípulos,
de todo discípulo de Jesús.
Antes de dar un paso más en nuestra reflexión,
mis hermanos, volvamos nuestra atención a la primera lectura
ya que el tema del justo perseguido se relaciona al del ‘Siervo
de Dios’ del domingo pasado y está también en la base de la
narración evangélica de la pasión que en hoy Jesús anuncia por
segunda vez. Recordemos una vez más que la predicación y la
actuación de Jesús iba en sentido opuesto a la concepción, que
tenían los judíos y de los discípulos, de un mesianismo que
se identificaba con un reino poderoso sobre todos los reinos
de la tierra. Sí, el anuncio de Jesús y su actuar mismo es claramente
un anuncio de guerra, un anuncio de destrucción, pero del mal
más radical y profundo como es el pecado, no, mis hermanos,
de un dominio político. El justo siempre será perseguido porque
su vida misma es la contestación más radical y más fuerte contra
la vida de los impíos que no lo soportan; les resulta tan fastidioso
que lo primero que buscan es eliminarlo, pues, es un vivo y
continuo reproche.
Nosotros, mis amados hermanos hermanas,
ojalá hagamos un esfuerzo por entender y aceptar lo que Jesús
nos propone este domingo. Abramos la mente y el corazón para
aceptar su enseñanza por dura que nos parezca en la fe y en
la entrega lo que nos pide, porque sólo nos pide parecernos
a Él. Sólo nos pide identificarnos con Él.
Sólo nos pide, mis hermanos, que SI
QUEREMOS SER LOS PRIMEROS EN TODO, NOS PONGAMOS COMO SERVIDORES
DE TODOS, este es el centro de la enseñanza de hoy. Sí queremos
ser los primeros en todo, que nos pongamos como servidores empezando
por los más pobres, por los más sencillos, por los que menos
cuenta. Esto no será posible, mis hermanos, si no entendemos
que renunciar a uno mismo, como nos pedía el domingo pasado,
es precisamente renunciar a considerarnos lo mejores, los que
estamos por encima de los otros.
Miren, mis amados hermanos y hermanas,
EN LA TELEVISIÓN, LA ESCUELA, EL TRABAJO AÚN EN LA FAMILIA
MISMA ESCUCHAMOS “LO IMPORTANTE ES LLEGAR ALTO, LO IMPORTANTE
ES TENER ÉXITO, TRIUNFAR SER EL PRIMERO…” NO IMPORTA A COSTA
DE LO QUE SEA. Miren, el Señor Jesús concretamente, nos
exige que nos abstengamos de buscar honores, reconocimientos
mundanos y frívolos y que más bien nos pongamos en el nivel
de los que tienen y cuentan poco para una sociedad que sólo
busca el brillo, el ruido, la fama y el poder. Como discípulos
de Jesucristo, mis hermanos, no somos ajenos a las tentaciones
de fama, de poder, de prestigio, de dominio, de control de los
demás.
Esto es tan importante para Jesús que
quiere que lo entiendan a partir de la imagen de un niño. No
nos quedemos, mis amados hermanos y hermanas, sólo en la imagen
romántica, muy común y barata, de quedarnos en la ternura que
supuestamente sentía Jesús por los niños. No, mis hermanos,
Él va mucho más allá del sentimentalismo. SU AMOR POR LOS
POBRES Y LOS PEQUEÑOS, entiéndanse, su amor por los pecadores
es lo que quiere que imitemos para ser auténticos discípulos
suyos.
Todo esto, mis queridos hermanos, tiene
mucho que ver con el servicio de autoridad necesario en todos
los ámbitos de la vida social y eclesial. Autoridad, entre los
discípulos de Jesús, no tiene nada que ver con la prepotencia
y el abuso de poder. El poder mismo es necesario en toda institución
humana pero desde la perspectiva del servicio en la caridad.
El poder mismo es necesario, pero siempre desde la perspectiva
del servicio en la caridad en función siempre del bien común
y de las personas que decimos servir. Esto, mis amados hermanos,
es renunciar a sí mismo. ES PONER EN EL CENTRO DE MI INTERÉS,
DE MIS PREOCUPACIONES, DE MIS INQUIETUDES AL TOTALMENTE OTRO,
CON MAYÚSCULA, QUE ES DIOS Y A LOS OTROS QUE SON MIS PRÓJIMOS,
QUE SON MIS HERMANOS.
Como decíamos, el domingo pasado, mis
queridos hermanos, esto es algo muy difícil de practicar, pero
recordemos lo que Jesús decía también: lo que es difícil para
el hombre no lo es para Dios. Con Él todo, absolutamente todo
se puede. Y eso es lo que experimentamos en la celebración de
la Eucaristía en la que Dios nos hace fuertes, en la que Dios
nos hace valientes con su Palabra, con la comunión de su Cuerpo
y su Sangre.
Mis amados hermanos y hermanas, miremos
a María, nuestra Muchachita y Celestial Señora, nuestra Madre
y modelo de seguimiento de Jesús en la humilde respuesta, en
la obediencia generosa. Y en este Año Sacerdotal sigamos orando
por nuestros sacerdotes, sigamos poniéndolos en el corazón de
nuestra Madrecita Santa María de Guadalupe, como hemos estado
insistiendo.
Que la dulce Señora nos conceda comprender
cada vez más lo que hacemos, imitar lo que celebramos y conformar
nuestra vida con el misterio de la cruz y en este mes patrio
sigámosle pidiendo al Señor de la historia, en cuyas manos están
los gozos, los dolores y sufrimientos de los hombres y los derechos
de los pobres, ilumina a quienes nos gobiernan para que con
su ayuda y la sabiduría que Él mismo concede promuevan en todas
partes las prosperidad, la paz, la justicia y la libertad.
Amén.