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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, rector del Santuario en el XXV Domingo Ordinario.

20 de septiembre de 2009

ACOGER A LOS MÁS PEQUEÑOS

Mis amados hermanos y hermanas, agradezcamos al gran Dios y Padre nuestro que nos envió a su Hijo amado para hacerse pequeño, pobre y débil como nosotros para que nosotros llegáramos a ser tan grandes como Él es, delante de su Padre que con el Espíritu Santo son el único Dios verdadero en quien creemos, nos movemos y somos.

Hace ocho días, mis amados hermanos y hermanas, escuchábamos de boca de Jesús cuál era y, de hecho, cómo fue su propia misión que cumplió fielmente mediante su pasión, muerte y resurrección. La misma resistencia a entender y a aceptar por parte de sus discípulos su misión y destino debió haber sido causa del sufrimiento que terminó con la cruz. Y, mis hermanos, ¿quién puede asegurar que no le duelen todavía quienes nos resistimos a aceptarlo y a dejarnos amar y salvar?

Hoy asistimos a la segunda sesión de enseñanzas sobre el tema del domingo anterior. Las diversas ediciones de la Biblia suelen titular estos pasajes como primero, segundo y tercer de la pasión y resurrección. Esto ya da qué pensar acerca de la actitud de los discípulos, pues es tan grande la cerrazón que tiene que decirlo hasta tres veces y, en esta ocasión, parece que ya ni les inquieta que Jesús les hable de lo mismo, porque ni siquiera preguntan ni se oponen. Parecería que, como decimos coloquialmente, sólo “le dan el avión” y, encerrados en sus propios anhelos y proyectos, siempre al margen y hasta en contralínea con Jesús, se ponen a discutir sobre sus cálculos y deseos triunfalistas de poder y dominio. Además son muy cobardes, pues, les da miedo preguntar. Para Jesús, sin embargo, esto es tan delicado, necesario, y a hasta urgente que lo entiendan, que los conduce por el territorio de Galilea evitando encontrarse con la gente, pues, les iba enseñando algo determinante en su misión y en la vocación de los discípulos, de todo discípulo de Jesús.

Antes de dar un paso más en nuestra reflexión, mis hermanos, volvamos nuestra atención a la primera lectura ya que el tema del justo perseguido se relaciona al del ‘Siervo de Dios’ del domingo pasado y está también en la base de la narración evangélica de la pasión que en hoy Jesús anuncia por segunda vez. Recordemos una vez más que la predicación y la actuación de Jesús iba en sentido opuesto a la concepción, que tenían los judíos y de los discípulos, de un mesianismo que se identificaba con un reino poderoso sobre todos los reinos de la tierra. Sí, el anuncio de Jesús y su actuar mismo es claramente un anuncio de guerra, un anuncio de destrucción, pero del mal más radical y profundo como es el pecado, no, mis hermanos, de un dominio político. El justo siempre será perseguido porque su vida misma es la contestación más radical y más fuerte contra la vida de los impíos que no lo soportan; les resulta tan fastidioso que lo primero que buscan es eliminarlo, pues, es un vivo y continuo reproche.

Nosotros, mis amados hermanos hermanas, ojalá  hagamos un esfuerzo por entender y aceptar lo que Jesús nos propone este domingo. Abramos la mente y el corazón para aceptar su enseñanza por dura que nos parezca en la fe y en la entrega lo que nos pide, porque sólo nos pide parecernos a Él. Sólo nos pide identificarnos con Él.

Sólo nos pide, mis hermanos, que SI QUEREMOS SER LOS PRIMEROS EN TODO, NOS PONGAMOS COMO SERVIDORES DE TODOS, este es el centro de la enseñanza de hoy. Sí queremos ser los primeros en todo, que nos pongamos como servidores empezando por los más pobres, por los más sencillos, por los que menos cuenta. Esto no será posible, mis hermanos, si no entendemos que renunciar a uno mismo, como nos pedía el domingo pasado, es precisamente renunciar a considerarnos lo mejores, los que estamos por encima de los otros.

Miren, mis amados hermanos y hermanas, EN LA TELEVISIÓN, LA ESCUELA, EL TRABAJO AÚN EN LA FAMILIA MISMA ESCUCHAMOS “LO IMPORTANTE ES LLEGAR ALTO, LO IMPORTANTE ES TENER ÉXITO, TRIUNFAR SER EL PRIMERO…” NO IMPORTA A COSTA DE LO QUE SEA. Miren, el Señor Jesús concretamente, nos exige que nos abstengamos de buscar honores, reconocimientos mundanos y frívolos y que más bien nos pongamos en el nivel de los que tienen y cuentan poco para una sociedad que sólo busca el brillo, el ruido, la fama y el poder. Como discípulos de Jesucristo, mis hermanos, no somos ajenos a las tentaciones de fama, de poder, de prestigio, de dominio, de control de los demás.

Esto es tan importante para Jesús que quiere que lo entiendan a partir de la imagen de un niño. No nos quedemos, mis amados hermanos y hermanas, sólo en la imagen romántica, muy común y barata, de quedarnos en la ternura que supuestamente sentía Jesús por los niños. No, mis hermanos, Él va mucho más allá del sentimentalismo. SU AMOR POR LOS POBRES Y LOS PEQUEÑOS, entiéndanse, su amor por los pecadores es lo que quiere que imitemos para ser auténticos discípulos suyos.

Todo esto, mis queridos hermanos, tiene mucho que ver con el servicio de autoridad necesario en todos los ámbitos de la vida social y eclesial. Autoridad, entre los discípulos de Jesús, no tiene nada que ver con la prepotencia y el abuso de poder. El poder mismo es necesario en toda institución humana pero desde la perspectiva del servicio en la caridad. El poder mismo es necesario, pero siempre desde la perspectiva del servicio en la caridad en función siempre del bien común y de las personas que decimos servir. Esto, mis amados hermanos, es renunciar a sí mismo. ES PONER EN EL CENTRO DE MI INTERÉS, DE MIS PREOCUPACIONES, DE MIS INQUIETUDES  AL TOTALMENTE OTRO, CON MAYÚSCULA, QUE ES DIOS Y A LOS OTROS QUE SON MIS PRÓJIMOS, QUE SON MIS HERMANOS.

Como decíamos, el domingo pasado, mis queridos hermanos, esto es algo muy difícil de practicar, pero recordemos lo que Jesús decía también: lo que es difícil para el hombre no lo es para Dios. Con Él todo, absolutamente todo se puede. Y eso es lo que experimentamos en la celebración de la Eucaristía en la que Dios nos hace fuertes, en la que Dios nos hace valientes con su Palabra, con la comunión de su Cuerpo y su Sangre.

Mis amados hermanos y hermanas, miremos a María, nuestra Muchachita y Celestial Señora, nuestra Madre y modelo de seguimiento de Jesús en la humilde respuesta, en la obediencia generosa. Y en este Año Sacerdotal sigamos orando por nuestros sacerdotes, sigamos poniéndolos en el corazón de nuestra Madrecita Santa María de Guadalupe, como hemos estado insistiendo.

Que la dulce Señora nos conceda comprender cada vez más lo que hacemos, imitar lo que celebramos y conformar nuestra vida con el misterio de la cruz y en este mes patrio sigámosle pidiendo al Señor de la historia, en cuyas manos están los gozos, los dolores y sufrimientos de los hombres y los derechos de los pobres, ilumina a quienes nos gobiernan para que con su ayuda y la sabiduría que Él mismo concede promuevan en todas partes las prosperidad, la paz, la justicia y la libertad.

Amén.

 
 
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