Mis queridos hermanos
y hermanas en el corazón de Cristo Jesús, bendigamos a nuestro Padre
Dios que nos da su propia vida por la fe en su Hijo Jesucristo y,
como hemos venido meditando los cuatro domingos pasados, también
nos ha dado, por su Espíritu, el poder creer y aceptarlo en su misterio
de Dios y Hombre verdadero. Nosotros estamos aquí, mis amados hermanos,
como cada domingo, porque creemos que sólo JESÚS TIENE PALABRAS
DE VIDA ETERNA. Y más aún, creemos que Él mismo es la Palabra
que acogemos con amor y gratitud.
Estamos, mis amados hermanos y hermanas,
en la conclusión del discurso sobre el Pan de vida que, según el
estilo de san Juan, comenzó de una manera inesperada y maravillosa,
como la multiplicación de los panes, para terminar de forma todavía
más inesperada con la autoproclamación de Jesús como el verdadero
pan del cielo, el Pan de Vida.
San Juan, a quien le gusta resaltar las
actitudes y, más todavía, las reacciones de quienes escucha a Jesús,
nos ha venido mostrando cómo ésas se fueron haciendo cada vez más
cerradas y duras contra la revelación de Jesús en su origen divino.
En efecto, mis amados hermanos y hermanas,
para la mayor parte de los que escuchaban y seguían a Jesús, sus
palabras les resultaron demasiado difíciles de aceptar y decidieron
no seguir escuchándolo; pero Jesús, por su parte, no se desiste,
ni siquiera busca alguna forma de suavizar sus palabras para ser
aceptado. Al contrario, ante el abandono de muchos, todavía pregunta
a los que permanecen con Él, si también tenían pensado marcharse.
Ciertamente, mis amados hermanos y hermanas,
resultan intolerables sus palabras si nos quedamos sólo en la escucha
de un hombre, por más fascinante que nos parezca, y no lo vemos
y lo aceptamos en su origen divino, como enviado del Padre, miren
nos va a pasar lo mismo. Sería quedarnos sólo en su aspecto externo.
En su enseñanza había revelado una relación con Dios su Padre única
y, hasta entonces desconocida e insospechada. Nos dice a nosotros
hoy, como lo hizo a sus discípulos, que posee la vida misma del
Padre y que puede dársela a quien crea en Él. Amados hermanos, que
increíble revelación, el Señor Jesús posee la misma vida del Padre
y puede dársela a quien crea en Él. Por eso, mis hermanos, para
comprender sus palabras ES IMPORTANTE ACEPTAR EN LA FE A SU PERSONA
MISTERIOSA DE DIOS-HOMBRE. Esta actitud ante su misterio es
la base de todo lo que pueda resultar de una relación con Él.
Jesús, mis amados hermanos y hermanas,
dice claramente que el Espíritu es quien da vida; la carne para
nada aprovecha. O sea, una vez más nos dice que para creer en Él
es necesario dejarnos llevar, dejarnos conducir por el Padre, pues
Él es quien al darnos su Espíritu nos capacita para creer. Sin su
luz o su influjo no podemos más que quedarnos en la experiencia
carnal de ver y escuchar a un hombre más. Jesús, mis queridos hermanos,
exige ser visto y creído como Dios y hombre. ¡ES EL VERBO ENCARNADO!
Con esto, ¿No nos está diciendo que no sólo sus palabras sino todo
Él es Vida? Por eso nos invita a alimentarnos de Él. Porque es la
vida verdadera que nos da el Padre. Por eso sus palabras acerca
de su cuerpo (su carne) y su sangre son espíritu y vida.
Los discípulos, que han quedado en torno
a Jesús, expresan con otra pregunta a su interpelación, por boca
de Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Y enseguida hacen una profesión
de fe: Tú tienes palabras e vida eterna. Nosotros creemos y sabemos,
que tú eres el Santo de Dios.
Nosotros podemos ‒y ojalá queramos
hacerlo‒ responder hoy
de forma parecida: ¿Existe alguien Señor Jesús que te supere? ¿Alguien
a quien podamos seguir más decididamente y para siempre? ¿Alguien
en quién podamos confiar incondicionalmente como a ti?
Mis amados hermanos y hermanas, hoy nosotros,
si realmente creemos en Jesús, podemos decir que SÓLO JESÚS TIENE
PALABRAS DE VIDA ETERNA. Más aún, precisamente, como nos lo
pide, hemos de afirmar, como lo hacemos al comulgar, que Él mismo
es la vida; nuestra vida. Porque, llevados por el Espíritu y en
la obediencia de la fe y el amor reconocemos en Jesús, el Hijo de
María y de José, al Hijo de Dios, el Santo de Dios.
Es esto, mis amados hermanos y hermanas,
lo que celebramos, mediante la alabanza, la súplica, la proclamación
y la aclamación, en la Sagrada Escritura a la que somos especialmente
convocados el día del Señor. Los invito, por tanto, mis queridos
hermanos y hermanas, a que vivamos cada Eucaristía con mayor profundidad
desde que el sacerdote entra para presidir la asamblea hasta que
él nos despide, poniendo mayor interés en su Palabra de vida que
nos transmiten las Sagradas Escrituras, junto con la homilía y en
la comunión eucarística de su Cuerpo y de su Sangre.
Acudamos, amados hermanos, a nuestra
Morenita del Tepeyac, la primera en aceptar la Palabra del Padre
hecha carne, que por Ella, como Madre de la Iglesia, todos en la
comunidad eclesial seamos dóciles a la escucha de las Palabras del
Padre. Las Palabras que el Padre en su Hijo, Jesucristo, y así vivamos
con libertad. Con la libertad de los hijos de Dios.
Que nuestra Muchachita y Celestial Señora
de Guadalupe interceda por nosotros para que hagamos de nuestras
misas verdaderos encuentros con la Sabiduría con que Dios nos regala
precisamente con su Palabra verdadera.
Amén.