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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, rector del Santuario en el XXI Domingo Ordinario.

23 de agosto de 2009

CREER O NO CREER

Mis queridos hermanos y hermanas en el corazón de Cristo Jesús, bendigamos a nuestro Padre Dios que nos da su propia vida por la fe en su Hijo Jesucristo y, como hemos venido meditando los cuatro domingos pasados, también nos ha dado, por su Espíritu, el poder creer y aceptarlo en su misterio de Dios y Hombre verdadero. Nosotros estamos aquí, mis amados hermanos, como cada domingo, porque creemos que sólo JESÚS TIENE PALABRAS DE VIDA ETERNA. Y más aún, creemos que Él mismo es la Palabra que acogemos con amor y gratitud.

Estamos, mis amados hermanos y hermanas, en la conclusión del discurso sobre el Pan de vida que, según el estilo de san Juan, comenzó de una manera inesperada y maravillosa, como la multiplicación de los panes, para terminar de forma todavía más inesperada con la autoproclamación de Jesús como el verdadero pan del cielo, el Pan de Vida.

San Juan, a quien le gusta resaltar las actitudes y, más todavía, las reacciones de quienes escucha a Jesús, nos ha venido mostrando cómo ésas se fueron haciendo cada vez más cerradas y duras contra la revelación de Jesús en su origen divino.

En efecto, mis amados hermanos y hermanas, para la mayor parte de los que escuchaban y seguían a Jesús, sus palabras les resultaron demasiado difíciles de aceptar y decidieron no seguir escuchándolo; pero Jesús, por su parte, no se desiste, ni siquiera busca alguna forma de suavizar sus palabras para ser aceptado. Al contrario, ante el abandono de muchos, todavía pregunta a los que permanecen con Él, si también tenían pensado marcharse.

Ciertamente, mis amados hermanos y hermanas, resultan intolerables sus palabras si nos quedamos sólo en la escucha de un hombre, por más fascinante que nos parezca, y no lo vemos y lo aceptamos en su origen divino, como enviado del Padre, miren nos va a pasar lo mismo. Sería quedarnos sólo en su aspecto externo. En su enseñanza había revelado una relación con Dios su Padre única y, hasta entonces desconocida e insospechada. Nos dice a nosotros hoy, como lo hizo a sus discípulos, que posee la vida misma del Padre y que puede dársela a quien crea en Él. Amados hermanos, que increíble revelación, el Señor Jesús posee la misma vida del Padre y puede dársela a quien crea en Él. Por eso, mis hermanos, para comprender sus palabras ES IMPORTANTE ACEPTAR EN LA FE A SU PERSONA MISTERIOSA DE DIOS-HOMBRE. Esta actitud ante su misterio es la base de todo lo que pueda resultar de una relación con Él.

Jesús, mis amados hermanos y hermanas, dice claramente que el Espíritu es quien da vida; la carne para nada aprovecha. O sea, una vez más nos dice que para creer en Él es necesario dejarnos llevar, dejarnos conducir por el Padre, pues Él es quien al darnos su Espíritu nos capacita para creer. Sin su luz o su influjo no podemos más que quedarnos en la experiencia carnal de ver y escuchar a un hombre más. Jesús, mis queridos hermanos, exige ser visto y creído como Dios y hombre. ¡ES EL VERBO ENCARNADO! Con esto, ¿No nos está diciendo que no sólo sus palabras sino todo Él es Vida? Por eso nos invita a alimentarnos de Él. Porque es la vida verdadera que nos da el Padre. Por eso sus palabras acerca de su cuerpo (su carne) y su sangre son espíritu y vida.

Los discípulos, que han quedado en torno a Jesús, expresan con otra pregunta a su interpelación, por boca de  Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Y enseguida hacen una profesión de fe: Tú tienes palabras e vida eterna. Nosotros creemos y sabemos, que tú eres el Santo de Dios.

Nosotros podemos y ojalá queramos hacerlo responder hoy de  forma parecida: ¿Existe alguien Señor Jesús que te supere? ¿Alguien a quien podamos seguir más decididamente y para siempre? ¿Alguien en quién podamos confiar incondicionalmente como a ti?

Mis amados hermanos y hermanas, hoy nosotros, si realmente creemos en Jesús, podemos decir que SÓLO JESÚS TIENE PALABRAS DE VIDA ETERNA. Más aún, precisamente, como nos lo pide, hemos de afirmar, como lo hacemos al comulgar, que Él mismo es la vida; nuestra vida. Porque, llevados por el Espíritu y en la obediencia de la fe y el amor reconocemos en Jesús, el Hijo de María y de José, al Hijo de Dios, el Santo de Dios.

Es esto, mis amados hermanos y hermanas, lo que celebramos, mediante la alabanza, la súplica, la proclamación y la aclamación, en la Sagrada Escritura a la que somos especialmente convocados el día del Señor. Los invito, por tanto, mis queridos hermanos y hermanas, a que vivamos cada Eucaristía con mayor profundidad desde que el sacerdote entra para presidir la asamblea hasta que él nos despide, poniendo mayor interés en su Palabra de vida que nos transmiten las Sagradas Escrituras, junto con la homilía y en la comunión eucarística de su Cuerpo y de su Sangre.

Acudamos, amados hermanos, a nuestra Morenita del Tepeyac, la primera en aceptar la Palabra del Padre hecha carne, que por Ella, como Madre de la Iglesia, todos en la comunidad eclesial seamos dóciles a la escucha de las Palabras del Padre. Las Palabras que el Padre en su Hijo, Jesucristo, y así vivamos con libertad. Con la libertad de los hijos de Dios.

Que nuestra Muchachita y Celestial Señora de Guadalupe interceda por nosotros para que hagamos de nuestras misas verdaderos encuentros con la Sabiduría con que Dios nos regala precisamente con su Palabra verdadera.

Amén.
 
 
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