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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, rector del Santuario y por el Pbro. Julián López Amozurrutia, Rector del Seminario Conciliar de México, en el XXIII Domingo Ordinario.

6 de septiembre de 2009

Mis amados hermanos, el Señor hoy nos llena de gozo, de alegría con la Palabra que hemos proclamado. El Señor nos dice, hoy: “Ánimo, ánimo, no tengan miedo. Ánimo, díganle a aquellos que están tristes, deprimidos, apachurrados, sin ilusiones, sin esperanzas: aquí está su Dios. Vengador y justiciero viene ya para salvarnos”. Bien, animo, aquellos que están tristes porque han perdido un ser querido; aquellos que experimentan una enfermedad, que tal parece que no tiene solución; aquellos que vivimos en medio de la violencia, de la inseguridad, del narcotráfico, de la corrupción, etc., ánimo, nos dice el Señor. Él se ha humanado, la Palabra eterna del Padre en el Señor Jesús. Jesús Mesías es el verdadero realizador de la Salvación y Jesús sigue vivo en medio de nosotros a través del Sacerdocio Ministerial. Es Cristo quien bautiza. Es Cristo quien perdona y absuelve. Es Cristo quien preside nuestra Asamblea Litúrgica, que nos alimenta con la Palabra, con su Cuerpo y su Sangre. Es Cristo quien bendice el amor de los esposos. Es Cristo quien dispone al moribundo, al enfermo para que llegue a la casa del Padre y a través del sacerdote el va realizando, verdad, esta misión salvadora.

Escuchemos el mensaje, que hoy, el Rector del Seminario va a entregarnos a propósito, precisamente, del Día del Seminario.

Agradezco con mucho aprecio y reconocimiento a Monseñor Diego Monroy, Rector de esta Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe, la acogida siempre afectuosa y cariñosa que tiene con el Seminario Conciliar de México, así como con todos los fieles que llegamos a esta casa esperando el consuelo y el amor de nuestra Madre del Cielo. También, quiero agradecer el cariño y la cercanía del Cabildo de la Basílica y de todos los Padres Capellanes de Coro, que en esta casa como hermanos prestan el servicio ministerial que el Señor les ha concedido. Y de una manera muy particular, quiero dirigir desde este lugar donde se proclama la Palabra de Dios todo mi reconocimiento y aprecio, todo mi compromiso y con ello el compromiso de todo el seminario con el pueblo de Dios, que congregado en este momento representa al Iglesia de todo el mundo, porque es con la Iglesia de todo el mundo que se tienen que comprometer las instituciones de la Iglesia. Que es mirando el bien, de cada uno de ustedes. Es mirando las preocupaciones y necesidades sobrenaturales de cada uno de los miembros de la comunidad: que se tiene que pensar la pastoral; que se tienen que pensar la actividad de los ministros del Señor. Y en concreto que tenemos que pensar también desde el seminario la formación de los futuros sacerdotes.

Ya nos decía Monseñor Diego, esta Palabra que brota del profeta y que es una Palabra intensa y cargada de emoción, porque Dios nos dice por boca del profeta y por boca de la Iglesia a todos los que nos acercamos desde nuestra propia necesidad a Él: ánimo, ánimo, su Dios viene a salvarlos.

Y este ánimo se dirige a los de corazón apocado. A los que tal vez sufren la ceguera de no poder ver lo que Dios les está pidiendo. A los que sufren la sordera, es decir la incapacidad de entender un mensaje salvífico, que les ayude realmente a en causar sus pasos. Aquellos que caminan como cojos, torpemente por la vida sin saber exactamente que están buscando o hacia donde van. El corazón apocado, que tantas veces nosotros mismos hemos reconocido en nuestro interior. ¿Qué estamos haciendo con nuestros días? ¿hacia dónde se dirigen nuestros pensamientos? ¿qué es lo que nos detenemos a mirar cuando vamos por la calle, cuando peregrinamos por la vida? ¿en dónde descansa nuestra mirada? ¿qué es lo que cultivamos como los sentimientos cotidianos en nuestro corazón? ¿de qué manera tratamos a nuestros hermanos en la familia? ¿qué es lo que buscamos cuando trabajamos? Estas preguntas muchas veces lamentablemente nos llevan a una respuesta lejana a Dios y lo que nosotros necesitamos, lo único que en realidad nuestro corazón está buscando es la cercanía de Dios. Es esta imagen de los manantiales que llegan a cubrir las tierras secas; cuánto hemos tenido que implorar la lluvia para nuestras tierras, cuánto esas tierras secas reflejan de alguna manera lo que México también en su corazón está viviendo una necesidad de volver a ser empapado del amor de Dios, reconocer el amor de Dios y poder acceder a los instrumentos que la gracia de Dios quiere ofrecernos particularmente a través de los sacerdotes. Y el elemento simbólico, maravilloso, no sólo del agua, sino de este signo que realiza Jesús en el Evangelio puede ser muy elocuente.

Tenemos ahí a un hombre que no puede hablar bien porque es sordo, está de alguna manera incapacitado de convertir el lenguaje; lo que es su sentimiento, lo que es su impresión, lo que es experiencia cotidiana que va teniendo no la logra formular de manera correcta, no logra hablar bien. Y esto es simbólico por supuesto de todas las palabras torpes que a veces pronunciamos; de todas las condenaciones; de todas las críticas que lanzamos con facilidad. Todo ese modo incorrecto de hablar, de alguna manera esta simbolizado en este hombre: sordo y mudo.

En la raíz de la enfermedad está la incapacidad de escuchar. Nosotros todos los domingos y en realidad todos los días tenemos la posibilidad de encontrarnos con la Palabra viva que viene a sacudirnos, que viene a ofrecernos un motivo de alegría, porque el Evangelio es eso Buena Noticia: noticia alegre, motivo de regocijo, para nuestro corazón, motivo de esperanza para nuestro camino, motivación para el amor en nuestras relaciones cotidianas. ¿Por qué no lo logramos? porque tal vez cada uno de nosotros ha entrado también en esa lógica del no recibir la Palabra de Dios.

El signo de Cristo es muy bello: toma aparte este hombre. No permite que los ojos curiosos y chismosos estén mirando el momento. Algo interesante nos pasa en esta Basílica: llega cada uno con su propio dolor, con su propio silencio, con su propia angustia, con su propia alegría, con su propio niño en brazos y se da cuenta de que María de Guadalupe lo mira de manera individual. Podemos ser miles los que estamos dentro de la Basílica, la mirada de Dios a través de sus instrumentos elegidos sabe posarse sobre cada uno de nosotros y cada uno de nosotros nos está mirando. Así Jesús tomó a este sordomudo: lo separó, lo trató personalmente, lo atendió conforme a su necesidad ¿cuál era su necesidad? no escuchaba, no podía hablar. El gesto de Jesús toca precisamente el dolor y la necesidad del hombre; toca el oído cerrado; toca con saliva del mismo Jesús la boca del que no habla.

Dice, el texto: que Jesús guarda silencio y suspira, y de esta manera se nos está reflejando como Cristo entra en la intimidad de su corazón para buscar ahí a su Padre y que el Espíritu que lo unge como Cristo pueda actuar en este hombre concreto que lo necesita. El gesto es el mismo gesto que acompaña el Bautismo una palabra misteriosa efetá, ábrete. Y es el mismo gesto del profeta ánimo, es la palabra que nos vuelve a levantar, cuando estamos cansados, cuando estamos abatidos, es la Palabra de gracia que nos dice: la vida tiene sentido, la vida es rica, la vida vale la pena si dejamos entrar a Dios en ella, porque si no nos quedamos desiertos en el corazón verdaderamente yermos en nuestra búsqueda vital. Aquí viene, hermanos, la invitación de este domingo para todos nosotros: ábrete.

Todos nosotros hemos sido esclavos del pecado. Todos nosotros hemos sido esclavos del pecado. Todos nosotros hemos conocido la necesidad, el miedo, la angustia, la calumnia. Todos nosotros hemos sido víctima de la incomprensión de los hermanos, pero todo esto es secundario, si abrimos nuestro corazón. Desde el bautismo quedamos marcados por esta capacidad de estar abiertos a la acción de Dios, volvamos abrirnos a la gracia.

Dios nos dice hoy con esta Palabra que se ha anunciado, que se ha proclamado: ábrete, abre tu corazón al cariño de Dios; abre tu corazón a la salvación de Dios; abre tu corazón a las acciones que en la Iglesia se llevan a cabo; abre tu corazón a aquellas acciones que Dios han querido que sean realizadas a través de sus ministros.

Yo quiero darles las gracias a todos ustedes por el cariño y la oración que manifiestan siempre por nuestros seminarios, por los diocesanos y también por los de vida religiosa, por todas las casas de formación. Y hoy en particular quiero elevar mi testimonio de gratitud por todo el esfuerzo que el pueblo de Dios realiza para que el Seminario Conciliar de México, el de la Arquidiócesis de México, pueda seguir trabajando en esta delicada misión de generar instrumentos dóciles para que puedan seguirle repitiendo al pueblo de Dios: ábrete Dios está presente, Dios está salvando, Dios quiere meterse en su vida, pero si tú te cierras no hay modo de entrar.  Y con esta gratitud también reconozco, en particular, que se nos haya permitido posponer en el 2009 a la Basílica, porque el día que teníamos que venir era precisamente el día que se cerraron los templos por la influenza. Y esto nos debe de llevar a recordar a nosotros como sacerdotes formadores y a todos los hermanos seminaristas que están en puertas, que la necesidad y la fragilidad del pueblo están ahí siempre latiendo, reclamándonos una respuesta fiel, dijo el santo Cura de Ars: el sacerdocio es el amor del corazón de Cristo.

Yo quisiera provocar en cada uno de ustedes una oración por los sacerdotes, por las personas que como instrumento les vuelven a decir: ábrete a la gracia. Y al mismo tiempo pedirle a Dios para todos los sacerdotes del mundo, en particular los de nuestra diócesis, esta fidelidad para seguir respondiendo, como instrumento dóciles a la acción de Dios, para atender las necesidades concretas de cada uno de los sordos, ciegos, mudos, cojos, tristes, que están en el mundo necesitando una Palabra de Dios, que tiene que ser pronunciada a través de un sacerdote.

Que Dios los bendiga a todos y agradezco, ciertamente, toda la ofrenda que se recolecta en este día, que es para el mantenimiento de nuestro seminario.

Que Dios los bendiga a todos y que la protección de María los acompañe siempre.

 
 
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