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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XVIII Domingo Ordinario.
2 de agosto de 2009
“Año Jubilar Sacerdotal”

 “JESÚS Y LAS DIFICULTADES PARA CREER”  O “LA RELIGIÓN COMO OBSESIÓN”

Mis amados hermanos y hermanas, en Cristo Jesús, demos gracias al Padre de nuestro Señor Jesucristo que por el don de sus Espíritu nos conduce por los caminos de la verdad y del amor. Pues, a pesar de nuestras dificultades para creer, no deja de manifestar su paciencia y su ternura por nosotros que tantas veces nos aferramos a nuestras propias ideas sobre su misterio sagrado.

Mis hermanos, el domingo pasado, como lo indicamos, entramos a una de las páginas del Evangelio más importante y profundas y, por lo mismo más difíciles de comprender. Hablo más que de un libro, de una persona: Cristo; pero por eso también de mayor trascendencia no sólo para la religión, que es práctica de la fe, sino para nuestra experiencia de Dios individual y comunitaria.

Aunque el domingo pasado, hermanos míos, sentíamos ya la necesidad, por gracia divina, de abrir nuestra mente y nuestro corazón para comprender mejor su Palabra, vale la pena hoy, una vez más, insistir en poner atención a lo que estamos tratando, porque la obra de Dios requiere mucho de nuestra disposición interior (hablo de allí donde el Espíritu actúa misteriosamente, ahí donde el Espíritu actúa efectivamente) para dejarnos enseñar, como ya hemos dicho, cada domingo por el Señor de la Iglesia.

El pasaje que hoy escuchamos y estamos meditando, hermanos, aunque está aparentemente interrumpido por un milagro, por otro episodio de la vida de Jesús, que refleja la vida de la Iglesia primitiva, es continuación del tema que inició el domingo pasado, el domingo anterior.

He mencionado, a propósito a la Iglesia de los primeros años (y más precisamente, la del primer siglo) porque es importante que, para comprender mejor la Palabra de Dios nos ofrece, no perdamos de vista que ante todo los escritores sagrados, como es el evangelista san Juan, escriben desde una situación histórica muy concreta de sus comunidades a las cuales, iluminados e impulsados por el Espíritu, conducen por los caminos de la fidelidad y del amor a Dios.

Más concretamente, mis amados hermanos y hermanas, no debemos perder de vista que el evangelista, más que ningún otro, se expresa de Jesús y hace hablar a Jesús desde la experiencia de una comunidad que trata de entender el misterio de Cristo muerto y resucitado, pero que encuentra dificultades de diversa índole para comprender y vivir este misterio. Lo que sucede en estos encuentros de Jesús con los judíos, es reflejo de lo que sucedía en las primeras comunidades que iban intentando madurar la experiencia de Pascua. Por eso es para nosotros, gentes, hombres del siglo XXI, tan significativa la comprensión de este mensaje, pues, a pesar de tanto tiempo después, sigue siendo para nosotros, revelación de algo que vislumbramos, por gracia de Dios, pero no logramos entender, ni vivir en la profundidad que exige este misterio de amor.

En el trozo Evangelio que escuchamos este domingo, vemos cómo los judíos, a pesar de que ven en Jesús a alguien diferente y muy digno de tomar en cuenta, no logran entender bien a bien de qué se trata la grandeza e importancia de este hombre. Por eso concluyen falsamente queriéndolo hacer rey. Pero no dejan de interrogarlo y de interrogarse sobre su persona. De manera que el diálogo, como suele presentar Juan esta clase de diálogos con Jesús, resulta más bien una sucesión de malentendidos entre Jesús y sus interlocutores. No porque Jesús no sepa o no quiera expresarse con claridad, no, mis hermanos, sino porque aquellos no se ponen a la altura, diríamos. Igual que como nos pasa o nos puede suceder hoy a nosotros.

Notemos, entonces, mis queridos hermanos y hermanas, que no es que haya una franca resistencia de los interlocutores de Jesús a aceptar la revelación de su misterio. Lo que pasa es que ellos están tan metidos en sus conceptos —¡y tal vez de muy buena fe!— están tan metidos en sus formas de ver, de esperar y de entender, que no son capaces  de ver la novedad y la grandeza y profundidad de lo que oyen y ven, e insisto, mis hermanos, no voluntariamente. La razón —¡pongamos atención todos! Es que buscamos, y queremos encontrar, con nuestros propios recursos humanos: con nuestra sola razón, nuestros propios criterios, a partir de nuestras experiencias, por no decir, de nuestros prejuicios.

Y Dios, misericordiosamente comprensivo y rico en piedad, como Jesús con los judíos, condesciende con nosotros, pero no puede, ni quiere, dejarnos allí; nos quiere llevar más lejos: a experiencias y situaciones insospechadas por nuestros deseos y nuestras miradas y planes cortos, por autosuficientes.

Dejemos, mis amados hermanos y hermanas, que Jesús nos desconcierte, dejemos que Jesús nos sorprenda con la novedad de su Palabra inquietante. Los judíos preguntan, dicho con otras palabras: “¿QUÉ TENEMOS QUE HACER PARA AGRADAR A DIOS?” Miren, mis hermanos, Jesús les responde —y nos responde hoy a nosotros hombres del siglo XXI—: “No se tata de hacer sino de creer, de acoger la iniciativa de Dios, de recibir el don, sin más...”. En otras palabras: en vez de hacer, hay que recibir. En vez de trabajar, es más importante creer (cfr. Javier Garrido, Seguir a Jesús en la vida ordinaria” Ed. Verbo Divino, p.233). Ese don es Jesucristo mismo que a su vez, junto con el Padre nos dan el Espíritu. Lo verdaderamente necesario, mis hermanos, es creer y creerle a Jesús conducidos, claro, por su Espíritu. No olvidemos, que nos quedé bien grabado en el corazón: ¡CREER ES GRACIA, CREER ES DON!

El texto de hoy termina con una revelación que va a escandalizar a sus interlocutores, cuando Jesús dice: YO SOY EL PAN DE VIDA, EL QUE VIENE A MÍ NO PASARÁ  HAMBRE, EL QUE CREE EN MÍ, NO PASARÁ NUNCA SED. Mis hermanos y hermanas, ¿cómo es que Jesús es el pan verdadero? ¿qué no es el pan verdadero? Jesús dice de entrada que el que cree posee ya la vida eterna. ¿Cuál es alcance de estas afirmaciones suyas? Por hoy basta con quedarnos con estas preguntas. El domingo próximo, cuando estemos nuevamente en la escuela de la Eucaristía, el Señor nos enseñará un poco más de su misterio, un poco más de la forma de vivirlo.

Pidamos a nuestra Muchachita y Celestial Señora y Madre de Guadalupe y a su hijo san Juan Diego Cuauhtlatoatzin que nos ayuden con su ejemplo y su intercesión a vivir en la obediencia de la fe y en al amor al Padre, por su Hijo, en el Espíritu Santo.

Amén.

 
 
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