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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el V Domingo Ordinario.

8 de febrero de 2009
JESÚS, LA ENFERMEDAD Y LOS ENFERMOS

Muy amados hermanos y hermanas, en el corazón de Cristo Jesús, agradezcamos a Dios, nuestro Padre por su Palabra que nos ilumina, nos fortalece y nos consuela. Esta Palabra suya es Jesucristo que, como nadie, nos habla del Padre y, de parte suya, realiza en nosotros el designio salvífico de su voluntad soberana y santísima por la acción de su Espíritu.

Su Palabra viva, mis amados hermanos y hermanas, que es Jesucristo, nos cura de las enfermedades que nos aquejan, nos tienen postrados en el dolor, la pena y el sufrimiento. La enfermedad y el sufrimiento, que acompañan toda nuestra vida, producen en nosotros un estado permanente de miedo e inseguridad. Así, vamos por la vida sin una luz que nos hace anhelar en la misma proporción la paz y así vamos y nos permite ver el final de un túnel lleno de conflictos, fracasos y frustraciones que nos hace anhelar en la misma proporción la paz, la seguridad y la felicidad que parecen cada día más incansable. Paradójicamente, podríamos pensar que lo que más anhelamos y nos proponemos alcanzar es lo que, por imposible, menos deberíamos buscar. Pero el hecho, mis amados hermanos y hermanas, es que, a pesar de esa enorme dificultad, llevamos inscrito este deseo profundo en lo más íntimo de nuestro ser.

Miren, mis hermanos, esa era la experiencia del autor del libro de Job. Este libro, uno de los cinco libros sapienciales, describe muy bien la experiencia de todos y cada uno de los hombres y mujeres que formamos la humanidad y para quienes la vida, según Job, no es otra cosa que un duro trabajo sobre la tierra, como un servicio militar o el trabajo de un jornalero que sólo espera su salario o bien, como un esclavo que sólo suspira por la sombra. Pareciera que la vida del hombre sobre la tierra nos es más que suspirar y vivir de ilusiones y de afanes inútiles. La vida para Job no es más que un soplo y un suspiro.

Ante la vida que Job describe desde su experiencia, no le queda otra cosa que pedir la muerte o pedir el auxilio de Dios. Por eso el personaje que nos representa no le queda otra salida que apelar a recuerdo de Dios sobre la realidad del ser humano: recuerda, Señor  que mi vida es un soplo. Esta apelación tiene como finalidad otra cosa que traer a la memoria el proyecto de un Dios fiel que no quiere el sufrimiento por sí mismo, no, mis amados hermanos, Dios no quiere el sufrimiento nuestro. El sufrimiento en sí mismo no tiene un sentido, no, el sufrimiento tiene un sentido y no necesariamente está ligado directamente a un pecado personal, como lo aseguran los amigos de Job. No es sino con la fe cristiana como se ve la enfermedad y el sufrimiento: o bien como una prueba que Dios manda para consolidar la fe de los creyentes, o bien como un medio de purificación.

En el Evangelio de hoy tenemos, queridos hermanos, el texto del evangelista Marcos que nos presenta en tres pequeños cuadros, pero de una manera intensa, la actividad liberadora de Jesús que consiste en curar, pero sobre todo, en predicar. Jesús libera con su Palabra. Como siempre tenemos, en la vida de Jesús, que Palabra y acción van unidas íntimamente.

Decíamos hace ocho días, lo recordaran mis hermanos, que los milagros de Jesús no son lo más importante, sino que, unidos a su enseñanza, son confirmación de su autoridad de Mesías como Hijo de Dios. Lo verdaderamente central y trascendente de su mensaje sobre el misterio del Reino. Misterio que Él mismo encarna y hace presente en la historia a través de su Palabra y de su obra. Desde esta perspectiva es como vemos a Jesús como liberador del hombre en su realidad más profunda, es decir, en su situación de incapacidad existencial para alcanzar la plenitud de la felicidad por sí mismo. Jesús vino para anunciar y realizar la salvación, para darnos vida en plenitud, para conducirnos a la casa del Padre. Así podemos entender la afirmación suya en el Evangelio de hoy: pues para esto salí, para esto estoy aquí.

Cuando Jesús libera de los males que afligen a las personas que le acercan o acuden a Él, quiere mostrar, ante todo, que el mal no puede convivir en igualdad de derechos con el bien hacia el cual, por voluntad divina, está orientado originalmente el ser humano. Es muy importante, mis amados hermanos y hermanas, que nos quede bien claro que no nacimos para ser infelices, desgraciados y esclavos de la ignorancia, la violencia, la mentira, la soberbia y el egoísmo, por más que nos veamos rodeados de todos esos y otros muchos males, no, hemos nacido para la vida y la vida en plenitud y esa vida nos la da el Señor Jesús. Ni siquiera podemos resignarnos a sufrir todos estos males, cuando los padecemos en el interior de cada uno. Dios hizo todo y lo hizo bien: vio Dios que todo era bueno, nos dice el Génesis en la narración de la creación. El mal, mis hermanos, no tiene derechos en el mundo, y mucho menos los tiene sobre el ser humano creado a imagen y semejanza de Dios, como un retrato de Dios.

Por tanto, hermanos, hemos de tratar de entender que, a partir de Cristo, el sufrimiento y la enfermedad, no son un valor en sí mismos, pero, considerados desde la pasión y muerte del Señor Jesús, tienen un valor que sólo en la fe, en el amor y la esperanza, podemos comprender.

Por eso nos reunimos cada domingo a celebrar la muerte del Señor que nos trae la salvación y nos revela el amor incondicional y sin medida de Dios. Esto es la Sagrada Eucaristía, mis hermanos, que jubilosamente celebramos domingo tras domingo. Sólo este amor, vivido y celebrado en la fe y en la esperanza nos hace libres y alegres en medio de los sufrimientos de la vida diaria. Desde luego que debe ser combatido, todo mal, puesto que el mal, en cualquiera de sus manifestaciones, no es propio del ser humano, ni del mundo tal como Dios los creó originalmente. De manera que tiene plenamente sentido que el hombre luche, que el hombre se esfuerce por combatir, especialmente el mal moral, con el recurso de la ciencia y de los valores de la verdad y de la vida.

Que nuestra Niña y dulce Madrecita Santa María de Guadalupe, quien nos dijera: que nada te espante, que nada te preocupe ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿no estoy yo aquí para escuchar tus quejas, penas, lamentos y curar todos tus males? Que esta dulce Señora del Cielo nos alcance del Padre, por los méritos de su Hijo, la gracia de hacer, como Jesús, siempre el bien, en medio de tantos males que nos agobian.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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