Muy queridos hermanos y hermanas, saludo especialmente
a nuestros hermanos de Polonia, que hoy cumplen 50 años de su
consagración a Santa María de Guadalupe. Los acompañamos en
esta consagración que renuevan ante nuestra Señora.
Jesucristo, en el Evangelio de San Juan, hablando con sus contemporáneos,
se define a sí mismo como el Buen Pastor; imagen que decía mucho
a sus interlocutores que vivían en un ambiente pastoril. Seguramente
a muchas personas que siempre han habitado en la ciudad este
nombre les dice poco. Pero lo que importa no es la imagen, sino
la realidad, el contenido que Jesús nos quiere expresar. Somos
invitados a conocer mejor la personalidad de este Buen Pastor
que con esta comparación nos manifiesta la conciencia que Él
tenía de su ser y de su misión. Él es el Hijo de Dios, no es
ningún asalariado, y viene a dar su vida para conducirnos a
Dios y una vez resucitado, nuestro conductor y guía, está más
vivo ahora que cuando cruzaba los campos de Palestina.
En este diálogo con los fariseos nos revela algunas de las
características de su ser como Pastor: Él es el Buen Pastor,
porque da la vida por sus ovejas; la dio en la cruz y la sigue
dando en la Eucaristía hasta tal punto que cada uno de nosotros
puede decir con San Pablo, “Cristo me amó y se entregó por mí”.
Él es el Buen Pastor, porque conoce a sus ovejas; la relación
que establece con nosotros no es impersonal, nos llama por nuestro
nombre, conoce todos los intríngulis de nuestro espíritu e incluso,
como dijera San Agustín, es más interior a nosotros que nosotros
mismos. Él es el Buen Pastor, porque se preocupa por las ovejas
que no son de su rebaño; para Él todos los hombres y mujeres
son sus ovejas, estén o no en su rebaño, ya que “Cristo por
su encarnación se unió de algún modo a todo hombre”.
Jesús vino a buscar a la oveja descarriada, vino a curar a
la oveja herida, vino a alimentar con buen pasto a la hambrienta
y a la débil a cargarla sobre sus hombros. En la actual economía
de la salvación Cristo Jesús necesita quien le ayude a cumplir
este pastoreo y esta preocupación por las ovejas que no están
en su rebaño. Él quiere llegar a los que están lejos del influjo
del evangelio, Él quiere ser la luz para los que se encuentran
en tinieblas, quiere ofrecer la liberación a los que se encuentran
encadenados a sus pecados o sufren injusticias y atropellos.
Necesita de las mediaciones humanas para que seamos su rostro,
para que proclamemos la Buena Nueva, para que los demás reconozcan
su presencia en el partir del pan.
Somos conscientes de que la realidad es dura y dolorosa, por
ello debemos abrirnos, hoy más que nunca a la escucha y a la
meditación de la Palabra de Dios que, en estos días, nos presenta
a Jesús imprimiendo ánimo y fortaleza a su comunidad, imprimiendo
ánimo y fortaleza a sus discípulos.
Aunque ya estamos escuchando noticias de estabilidad sobre
esta crisis de salud que nos ha sacudido creo que no debemos
bajar la guardia, por esto, sea este mensaje un nuevo llamado
a la sociedad en general, a la que recordamos su deber moral
de atender y obedecer las constantes recomendaciones que emiten
las autoridades sanitarias. Debemos hacer conciencia de que
la solución a esta amenaza no solamente está en la actuación
de nuestros gobernantes, sino que se requiere de la colaboración
de toda la sociedad, por lo que les pedimos prevención, más
que preocupación; acción, más que temor, y sobre todo responsabilidad.
Los cristianos, en particular, tenemos una enorme obligación
en estos momentos, ya que el Señor Resucitado, como decía, sigue
actuando a través su Iglesia, y nos exige salir al encuentro
de los necesitados. Por ello, debemos asumir el papel de ser
multiplicadores de las disposiciones preventivas y sanitarias,
y velar por quienes han sido afectados por este virus, pues
estas personas necesitan urgentemente de acompañamiento y amor.
Sólo así podrán experimentar la solicitud y la misericordia
divina que consuela, perdona y ama. Pero nuestro compromiso
con Dios va más allá de los nuestros, y resulta imperioso tender
también la mano a las personas solas y desamparadas.
Como ha sucedido en los momentos críticos de nuestra historia
nacional, una vez más recurrimos al amparo materno de la Señora
del Tepeyac, María Santísima de Guadalupe, para que interceda
ante su Hijo por nosotros, y en estos momentos de aflicción,
no olvidemos sus dulces y consoladoras palabras: “¿No estoy
yo aquí que soy tu madre? ¿Acaso no estás en mi regazo? ¿A qué
has de temer? ¿No soy yo tu salud?”.