JESÚS, EL VERDADERO
Y ÚNICO PROFETA
Mis queridos hermanos y hermanas, desde el corazón
no sólo de la mexicanidad, sino de América. Quiero saludar a su Excelencia
Antonio Stagglianó, gran guadalupano, que ha sido nombrado nuevo obispo
de la Iglesia. Párroco de la Iglesia de la Visitación en Le Castella
Diócesis de Crotone a donde llevamos a Santa María de Guadalupe y
que fue recibida con gran fiesta, con gran algarabía, como la Señora
que viene del mar. Fue una experiencia muy bella, seguramente este
nuevo obispo pronto estará con nosotros visitándonos, agradeciéndole
a la Señora esta nueva encomienda pastoral.
Mis hermanos, el amor de Dios se nos revela constantemente
en la persona de su Hijo Jesucristo. Y lo más admirable, mis queridos
hermanos, es que no deja de sorprendernos con expresiones siempre
nuevas e insospechadas que nos llenan de alegría y gozo porque nos
hace crecer en la fe y en la esperanza.
Es lo que pasa este domingo en que el Señor y Padre nuestro,
nos ilumina con su Palabra a través de la lectura de la Sagrada Escritura.
En efecto, podríamos decir: que hoy Él nos invita a entender que el
Verdadero y único Profeta es Jesucristo, su Hijo. Pero, Éste es alguien
más que un profeta porque, aunque está en la línea tradicional de
Moisés y de los profetas que lo anunciaron, es superior a todos ellos.
Veamos cómo nos lo hacen ver esas lecturas bíblicas que acabamos de
proclamar, especialmente la primera y el Evangelio.
En el libro del Deuteronomio tenemos en el capítulo 18 una
preocupación por identificar a los verdaderos profetas diferenciándolos
de los falsos. Como, hoy, también en los primeros años del pueblo
de Israel se hacía muy difícil distinguir a unos de otros. Las actuaciones
vistosas y sorprendentes no bastan para darles nuestra confianza y,
mucho menos, nuestra adhesión. Dios sabe muy bien que, como eran los
judíos, también somos hoy nosotros muy fáciles de dejarnos seducir
por lo llamativo de las prácticas de adivinación, magia y hechicería,
pero también nos advierte que quienes practican esas cosas nada tienen
que ver con el verdadero proyecto divino y que, más bien nos exponen
a perder la entrada en ese proyecto de salvación para todos los que
sólo creen y se entregan al cumplimiento de su voluntad. En el libro
de Jeremías, se señalarán algunos criterios para diferenciarlos (Jr
23, 9-32; cfr. Jr 28).
Por eso, mis queridos hermanos y hermanas, hemos escuchado
en el texto de hoy, que acaba de ser proclamado, que Dios promete
a su pueblo un profeta semejante a Moisés, figura y modelo de profeta
escogido por Dios para que sea su portavoz en todo momento. Este profeta
anunciado, en el texto que escuchamos, por el mismo Moisés, llega
a entenderse en la tradición judía como alguien que incluso superaría
al mismo Moisés y muy pronto llegó a identificarse, como el futuro
Mesías.
Esto es de suma importancia, mis hermanos, porque como creyentes,
hemos de estar muy atentos para que, a la luz de la Palabra, podamos
distinguir a los auténticos profetas de una manera atinada y segura
para nuestra salud espiritual. Por eso, ¿qué mejor que contemplar
a Jesús en el Evangelio de hoy para descubrir en qué consiste la verdadera
profecía? Jesús realiza su ministerio profético, anunciando la salvación,
denunciando la soberbia y la mentira del mundo, pero sobre todo, arrojando
con obras de poder al demonio para liberar al hombre de la esclavitud.
Es en esto en lo que consiste la actividad del verdadero profeta que
sólo Jesús cumplió absolutamente, totalmente.
En la narración que el evangelista san Marcos nos regala hoy,
nos presenta a Jesús iniciando su ministerio en medio de su gente.
Su ministerio consiste ante todo en ser portador de la Buena Noticia
de salvación. Es el profeta por excelencia, puesto que Él mismo es
Palabra del Padre. Es más que un intermediario como fueron los profetas
del Antiguo Testamento. Porque su obra no consiste sólo en predicar
con palabras, sino en anunciar la salvación con hechos liberadores
que realizan lo que Él anuncia. En fin, mis amados hermanos y hermanas,
podemos afirmar y creer que es el profeta que anunció Moisés. Como
la Palabra creadora, la de Jesús dice y hace con suma eficacia. Lo
que dice es y sucede. La Palabra de Dios, mis hermanos, tiene siempre
una fuerza creadora y liberadora. Esta fuerza se manifiesta de manera
plena en Jesucristo, la Palabra. La Palabra humanada y encarnada.
Habla con tal autoridad que produce asombro; habla desde el corazón
al corazón; ilumina las mentes con la verdad; libera las almas de
las fuerzas hostiles con su autoridad y sobretodo, mis amados hermanos,
enciende los corazones fríos con el fuego y con el poder de su Espíritu.
Es cierto, queridos hermanos, que Jesús hizo milagros, pero
no vino precisamente a hacer eso, mis hermanos, no le interesa impresionar
para atraer la atención y adquirir fama y admiración, que en mucho
es una forma de dominar. El sentido de esas acciones tan especiales
está en que son una confirmación, inmediata y susceptible de ser experimentada,
de lo que anuncia y promete en su enseñanza: la vida eterna. Por eso,
mis amados hermanos, sus obras tienen que ver siempre con la vida
y la vida en plenitud. Una vida liberada de las ataduras de la ignorancia,
del pecado y de la muerte eterna. Podemos entender, entonces, mis
amados hermanos y hermanas, que la autoridad y la trascendencia de
su doctrina se confirma con los milagros que realiza. De manera que
hemos de ver, entonces, los milagros como ‘signos’ los cuales son
bien aceptados por sus oyentes en el momento de relacionarlos con
la autoridad de su doctrina.
Si Jesús aparece como alguien que tiene poder sobre el demonio
que, a su vez, tenía bajo su poder a aquel pobre hombre, significa
que lo que enseña ha de tomarse en serio. Su autoridad está, entonces,
en su poder absoluto sobre el mal. Aquí está la enseñanza central
de este domingo, mis hermanos: Jesús es el Hombre-Dios fuerte y
poderoso y el único que libera al hombre de la muerte del pecado,
según el proyecto misericordioso de Dios sobre el ser humano. El
milagro, dicho de otra manera, se convierte en signo profético de
la liberación total del hombre por parte de Dios. Es también, mis
hermanos, signo de la presencia actual del Reino de Dios, es decir,
del Dios que se hace presente en la historia humana para dar inicio
a una nueva relación de Dios con el hombre y viceversa. Cada vez que
experimentemos estas liberaciones de nuestros demonios impuros es
Dios el que está actuando, es Dios el que se está manifestando.
Ésta es también, mis hermanos, la misión de la Iglesia en la
que todos tomamos parte como pueblo profético. Y la función del profeta
es, como ya dijimos, de denuncia y de salvación. Para ejercer esta
función, hemos de saber que bajo la guía, la fuerza y el poder del
Espíritu Santo, debemos ser muy críticos de los modos y las prácticas
de un mundo que rechaza a Dios y lleva a la muerte. Pero, también
ha de ser autocrítica para revisar constantemente sus instituciones
y sus expresiones religiosas para buscar siempre hacer a voluntad
de Dios la cual consiste en llevar la salvación a todos los hombres
mediante el conocimiento de Cristo para que sea aceptado y creído
como Salvador y Señor.
Me parece que de esta reflexión también se desprende la necesidad
de que como Iglesia o individuos dentro de ella, sepamos, a ejemplo
de Jesús, dar testimonio de nuestra fe con obras, nosotros decimos:
obras con amores y no buenas razones. Tenemos que dar ejemplo
testimonio de nuestra fe con obras. Especialmente las de la caridad
en la misericordia y la solidaridad con los que menos tienen, particularmente
en este momento de crisis económica. Por eso los domingos primeros
de cada mes recogemos algunos dones que ustedes quieren compartir
con los más necesitados; vean la mesa del amor, como está llena hoy
de ofrendas, bendito sea Dios. Momento de crisis, momento de solidaridad,
momento de entrega, momento de sensibilidad ante las necesidades más
apremiantes de nuestros hermanos.
Mis amados hermanos, si no nos creen por las palabras, es posible
que nos crean por las obras (cfr. Jn 14,11). El mundo está lleno de
palabras, los curas estamos llenos de palabras, pero no hay obras
muchas veces. Los cristianos estamos llenos de palabras, no hay obras
de amor, no hay obras de solidaridad, por eso la miseria, por eso
la pobreza, no digamos que es culpa sólo de los gobiernos o de los
ricos y poderosos. Nadie es tan pobre que no tenga nada que dar a
sus hermanos. Nadie es tan pobre que no tenga nada que compartir con
los más necesitados.
La
Sagrada Eucaristía, mis amados hermanos, de cada semana, la Sagrada
Eucaristía Dominical, nos ayudará a dar este testimonio cada vez más
vivo de nuestra fe en medio de un mundo incrédulo y lleno de soberbia.
Igualmente nuestra Muchachita y Celestial Señora y nuestra Madre María
de Guadalupe nos enseña y nos acompaña junto con nuestro querido san
Juan Diego Cuautlatoatzin en esta tarea que hemos contraído en nuestro
bautismo.
Que así sea, mis amados hermanos.