25
de enero de 2012
La liturgia nos presenta una
fiesta muy estimada para la Iglesia Católica, tal vez el
acontecimiento más importante, después de la Resurrección
del Señor y de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles.
De hecho, es la única conversión que se celebra con gran
suntuosidad. Ninguna otra conversión se recuerda con tanto
énfasis e interés, no obstante, a lo largo de la historia
de la Iglesia ha habido miles de convertidos famosos. Ya
desde los primeros años de la vida eclesial se observa la
relevancia que se le da a este acontecimiento.
San Lucas en su libro sobre
los Hechos de los Apóstoles menciona tres veces el
encuentro de Jesús con Pablo en el camino de Damasco. Mientras
que el acontecimiento de Pentecostés sólo lo relata una
vez. Lo que nosotros llamamos la Conversión de San Pablo
es un hecho que le da un sesgo significativo al impulso
misionero de las primeras comunidades cristianas, al grado
de llamarlo: el apóstol de los gentiles. El mismo apóstol
narra el hecho en sus diversos escritos. Por lo tanto no
es un capricho de la liturgia otorgarle un día de fiesta,
pues, ya desde el siglo VII se ha celebrado en la Iglesia
Latina este memorable acontecimiento.
Ciertamente, si nos ponemos
a reflexionar el término “conversión” podría parecer
erróneo aplicárselo a Pablo, pues, las Sagradas Escrituras
cuando hablan de conversión entienden el hecho de dejar
una vida de pecado, de desobediencia a los mandamientos
de la ley de Dios, de maldad para convertirse al Señor y
a su proyecto. El abandono de lo que es malo a los ojos
de Dios y la vuelta incondicional al único y verdadero Dios.
Cosa que en Pablo no sucedió,
él mismo se define como un hombre sincero, observante de
su religión original. En cuanto a la ley, dice él: fariseo.
En cuanto al celo: perseguidor de la Iglesia.
En cuanto a la justicia derivada de la ley: intachable
(Fil. 3,5). Él creía en conciencia que estaba haciendo un
bien, pues, el Sanedrín, la máxima autoridad religiosa judía
que había condenado a Jesús es un grupo digno de credibilidad
según su manera de pensar.
Según la ley un ajusticiado
fuera de la ciudad y colgado de un madero, era un maldito
de Dios. ¿Cómo un grupo de fanáticos puede estar culpando
a su autoridad de la muerte de un malhechor, despreciado
por Dios? Es ilógico, él defendía los intereses de su fe,
de su religión. Esa religión que había practicado desde
niño con gran celo y rectitud.
Sin embargo, los estudiosos
de la vida espiritual dicen que la conversión incluye cuatro
realidades, o cuatro clases de conversión, que sin duda
estuvieron presente en la vida interior del apóstol de los
gentiles.
La primera la llaman conversión
religiosa, que es una decisión salida de lo más profundo
del corazón de poner a Dios por encima de todo. Es comenzar
a sentir una sana dependencia de Dios y sentir que Él es
el único sentido de nuestra vida.
En segundo lugar esta la conversión
moral o ética, que consiste en la decisión de no ser
esclavos de los ídolos antiguos, paganos o de ídolos permanentes:
el dinero, el poder, el placer, el éxito. Es la opción radical
por Dios, dejar nuestros intereses personales para asumir
la justicia.
En tercer lugar se habla de
la conversión intelectual, significa asumir la sabiduría
humana que ha logrado entender que no se puede vivir de
apariencias humanas e inmediatas, sino que tiene que tener
la fuerza de razonar, de utilizar el entendimiento para
entrar a lo más profundo de nuestro ser, para ahí encontrar
la luz de la verdad y ahuyentarse de la obscuridad de la
mentira.
Y también esta la conversión
espiritual, es el inicio de un camino de ascenso hacia
la vida mística, el individuo siente la necesidad de entrar
en un diálogo más profundo con el Señor y de vivir sólo
de amor por Dios y en Dios.
Si nos damos cuenta en todos
estos procesos de conversión hay una decisión personal,
hay una opción radical por el Señor. Sin embargo, esta decisión
siempre es una respuesta a la iniciativa de Dios.
La conversión es un don de
Dios, es el Espíritu Santo que actúa en el convertido, no
es fruto únicamente del esfuerzo humano, ni del deseo de
perfección. De ahí que mientras Pablo persigue a los cristianos,
Cristo lo persigue a Él, por eso en su carta a los Filipenses
dice: “No es que haya alcanzado la meta ni logrado la
perfección, yo sigo adelante con la esperanza de alcanzarlo
como Cristo me alcanzó a mí” (Fil. 3,12).
Su encuentro con Cristo le
cambió la perspectiva, él que se sentía en el camino correcto,
ahora tiene que cambiar el rumbo, lo que consideraba una
ganancia, por Cristo, ahora, es una pérdida. Todo lo consideró
una pérdida comparada con el bien de conocer a Cristo Jesús,
mi Señor, así lo dice en su carta.
Ahí está su conversión religiosa,
Cristo es el único Dios y Señor de su historia. El sentido
de su vida. La ley, el yugo pesado antiguo, pasa a un segundo
término, no porque Dios se hay equivocado, sino por la tergiversación
que se ha hecho de esa ley santa.
Por eso las obras de la ley
por ellas nadie será justificado. Lo que parecía su ídolo,
indispensable y motor de persecución no tiene ningún sentido
ahora. Sólo somos justificados en virtud de la redención
realizada por Cristo Jesús (Rom. 3, 24); y ahí también está
su conversión moral.
El Papa Benedicto XVI en una
de sus catequesis dice: “El esplendor del Resucitado
lo deja ciego; ahí se presenta exteriormente lo que era
su realidad interior, su ceguera respecto de la verdad,
de la luz que es Cristo”. Esa nueva visión de Pablo
no se da por un cambio de pensamiento o de razonamientos
externos nacidos de su intuición intelectual, sino por un
acontecimiento, la presencia de Cristo en su vida. No perdió
cuanto había de bueno y verdadero en su vida, sino que comprendió
de forma nueva la sabiduría, la verdad, la profundidad de
la ley y de los profetas. Esto lo llevó a ser un gran místico,
enamorado de Cristo y de su obra salvífica; Pablo entonces
es un verdadero convertido.
Y al concluir, también, el
octavario de oración por la unidad de los cristianos, es
importante que pidamos que el manto de Santa María de Guadalupe,
reluciente como el sol; el risco en el que está su pie,
lanzando rayos de luz, su esplendor, semejante a piedras
preciosas y esta tierra que relumbra como los resplandores
del arco iris. Todo reluciente como el oro. Mueva nuestro
corazón a una verdadera conversión que, nuevamente cito
al Papa Benedicto XVI, no sea únicamente un pequeño ajuste
en nuestra vida, sino con una verdadera y total inversión
de la marcha. Pues, la conversión, dice él, es ir contracorriente,
donde la "corriente" es el estilo de vida superficial,
incoherente e ilusorio, que a menudo nos arrastra, nos domina
y nos hace esclavos del mal o en todo caso prisioneros de
la mediocridad moral. Si Pablo se deslumbro por la presencia
de Cristo, que lo tiró del caballo, porque nosotros no nos
deslumbramos por esta luz que brilla en nuestra Patria desde
hace 480 años y que nos invita a nuevos campos de misión
y al cambio de vida a la verdadera y autentica conversión.