DIOS
SE HACE NUESTRO HUÉSPED PARA HACERSE NUESTRO ANFITRIÓN.
Alabemos al Señor, Dios nuestro, porque al enviarnos
a su Hijo amado se hizo huésped de la humanidad y, por su
muerte y resurrección, se convirtió en nuestro anfitrión en
la vida eterna.
La hospitalidad de los pueblos de Medio
Oriente es algo tan singular y característico que resulta
algo proverbial y prácticamente sagrado. Este rasgo cultural
es tan importante que no se puede descuidar para entender
no sólo la primera lectura, sino también el evangelio de Lucas
en este domingo.
En la primera lectura de hoy escuchamos un fragmento
del Génesis en el que tres misteriosos personajes
se presentan ante la tienda de Abrahán, en la encina de Mambré.
Abrahám no escatima esfuerzos para atender a aquellos tres
huéspedes, ofreciéndoles todo lo que necesitaran para rehacerse
del largo y caluroso camino. Igualmente, las dos hermanas
de Betania ofrecen acogida y amistad a Jesús; especialmente
Marta, que “se multiplicaba para dar abasto en el servicio”.
Es esta una actitud que debemos cultivar. En una sociedad
en la que todo el mundo mira por si mismo, y las puertas de
las casas están cerradas, por el miedo, la inseguridad, la
violencia; el evangelio nos invita a estar atentos, abiertos,
acogedores, especialmente para los más necesitados.
La hospitalidad de Abrahám ante el Dios que
pasa, incluso como un necesitado, es premiada con
la fertilidad, bendición incomparable en la mentalidad bíblica.
Más aún, por su hospitalidad, Abrahám se convierte en amigo
de Dios e intercesor de estos pueblos, que han rechazado
la visita divina y han llegado a profanarla con su conducta
desordenada. Su pecado les ha impedido reconocer la presencia
de Dios en medio de ellos al pasar por sus calles. (Sodoma
y Gomorra)
En el evangelio, vemos a Jesús, que precisamente
elogia la hospitalidad de María por recibirlo, acogerlo
e intimar con él. Es necesario abrirse al paso de Dios por
nuestra vida. Es determinante que seamos sensibles y estemos
atentos a su presencia para acogerlo, escucharlo y servirle
como él quiere ser servido.
Todo esto se da diariamente no sólo en el
culto y en la oración. Ahí comienza, y de una manera especial
en la Eucaristía, pero si no nos lleva al encuentro
con los demás, especialmente con quienes carecen de afecto,
cuidados materiales, salud, trabajo, migrantes, enfermos y,
en fin de lo necesario, no podemos decir que estamos sirviendo
a Dios plenamente.
En un mundo tan inhóspito, tan indiferente ante
el otro y que facilita tan poco la comunicación amable entre
las personas, la actitud de Abrahán y la de las dos hermanas
Marta y María nos dan una elocuente lección de hospitalidad;
nos invitan a tener un corazón acogedor para con los demás.
No hará falta que cada vez les guisemos un ternero cebado
como Abrahám o que removamos toda la cocina como Marta. Muchas
veces lo que los demás esperan de nosotros es INTERES,
ATENCIÓN, CARA ACOGEDORA, UNA PALABRA AMIGA, UNA SONRISA,
UN APRETON DE MANOS O UN ABRAZO SINCERO.
Pero además de la hospitalidad, hay algo más
que quiere enseñarnos el Señor en este domingo, descubrir
en el prójimo al mismo Dios, al mismo Cristo Jesús. Y
dar importancia a la oración, a la contemplación, a la escucha
de la Palabra de Dios. Abrahám ve a Dios en los tres peregrinos.
Y las hermanas del evangelio saben que están alojando al Mesías.
Ante la queja de Marta, Jesús amablemente, le
recuerda que “solo una cosa es necesaria: María escogió
la mejor parte”, porque aprovecha la ocasión de que tiene
al Maestro en casa, y lo escucha. Lo esencial no son las cosas
materiales, sino la escucha atenta de la Palabra de Dios
que ilumina nuestras vidas.
Pidámosle al Señor que nos conceda conjugar
en nuestras vidas las dos actitudes, la de Marta y la
de María: la caridad detallista y la oración y la escucha,
la oración y la acción. Son complementarias. Cada cristiano
debe saber conjugar las dos dimensiones en su vida: hemos
de ser hospitalarios, pero también discípulos. Con tiempo
para los demás, pero también para nosotros mismos y para Dios.
Personas de oración y de contemplación, de reflexión interior
y de celebración con la comunidad; pero también dispuestos,
al compromiso, a la acción y a la entrega concreta y al trabajo
servicial.
La unión con Cristo se alimenta de modo privilegiado
en la Eucaristía, en la Santa Misa en la que con devoción y
entusiasmo participamos particularmente cada domingo, que
luego debe tener traducción práctica en la caridad con
los que viven con nosotros. Jesús no desautoriza el trabajo
de Marta, pero le da una lección: debe saber encontrar
tiempo para la escucha de la fe y de la oración.
Bendigamos al Señor y agradezcámosle la palabra
que nos da este domingo y a la luz de la misma reestructuremos
nuestra jerarquía de valores, y que esto tenga efectos prácticos
en nuestra vida.
Imitemos a nuestra muchachita y Madrecita Santa
María de Guadalupe, Maestra de hospitalidad al acoger en
su seno al Hijo de Dios, para que con su auxilio nos abramos
a Dios en las personas de quienes nos necesitan.
Amén.