Estimados hermanos sacerdotes,
religiosas y laicos de la Diócesis de Tehuacán, y también de otras
partes, que vienen y venimos como peregrinos a encontrarnos con nuestra
Madre bendita, María de Guadalupe.
Tal vez vengamos hoy, como
en otras ocasiones, a encontramos con la siempre Virgen María de Guadalupe,
porque estamos necesitados de su cariño, de su compañía protectora,
de su intercesión ante Dios Trino y Uno. Hacemos nuestras las palabras
que Ella dirigiera a Juan Diego: "No te aflija, ni te apene
cosa alguna ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás por ventura
en mi regazo?". Por eso venimos a esta Casa del Tepeyac,
que Ella quiso se construyera para en ella -y desde ella- derramara
su amor, compasión, auxilio y defensa a todos los amadores suyos y
que en Ella confíen. Bien, puede ser que esta actitud la extendamos
pidiendo por nuestra familia, nuestros amigos y conocidos, incluso
por toda nuestra diócesis. Esto es bueno. Pero la motivación principal
no puede quedarse aquí, pedir la ayuda, la intercesión de la Virgen
María de Guadalupe, pues, se volvería una actitud pobre, ya que de
alguna manera estaríamos centrados en nosotros mismos.
La Palabra de Dios, que se
ha proclamado propia de este domingo del Tiempo Ordinario nos lanza
a mucho más. Las lecturas nos hablan de la historia de vocación de
algunas personas: Simón Pedro, Santiago y Juan, en el Evangelio; Isaías
en la primera lectura, Pablo en la segunda lectura y mencionando en
todos los casos dos momentos claves y decisivos de vocación: por una
parte la llamada, o sea la atracción que Dios hace de ellos, que lo
contemplen, que lo escuchen, que estén con Él; por otra, el envío,
que compartan con otros lo que Dios ha hecho con ellos.
En el primer movimiento, Dios
o Jesús, llama provocando fascinación, atracción irresistible, como
en la experiencia de un enamoramiento, y llevando a la persona a una
intensa experiencia religiosa que embarga la mente y el corazón; viene
luego el segundo movimiento, en el que la persona llamada y que ha
vivido esa intimidad de Dios, es enviada para actuar a favor de los
demás, llena de sabiduría y fortaleza. El primer movimiento, al estar
con Dios, al experimentar su grandeza y su gloria, puede provocar
el reconocimiento humano de la propia fragilidad y miseria, y así
exclama Isaías: "¡Ay de mí! Estoy perdido, porque soy un hombre
de labios impuros" o Pablo dice: "Soy como un aborto.
Porque yo perseguí a la Iglesia de Dios y por eso soy el último de
los apóstoles e indigno de llamarme apóstol". Por su parte
Simón Pedro dice arrojándose a los pies de Jesús: "¡Apártate
de mí, Señor, porque soy un pecador!".
Pero Dios purifica y rescata
en el caso de Isaías, a la par que una braza le toca la boca, recibe
el mensaje: "Tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados están
perdonados". En el caso de Pablo, no aparece en esta lectura,
pero sí en otro momento recibe estas palabras del Señor: "Te
basta mi gracia, porque en la debilidad se manifiesta mi poder".
En el caso de Simón Pedro recibe estas palabras de Jesús: "No
temas". Esta acción de Dios, que purifica, que rescata al
ser humano da paso al segundo movimiento, el envío, al cual el discípulo
fiel responde con prontitud y se convierte en misionero entusiasta.
"¿A quién enviaré? ¿Quién
irá de parte mía?" escucha Isaías y responde
disponible: "Aquí estoy, Señor, envíame". Por su
parte, Jesús dice a Simón Pedro: "Desde ahora serás pescador
de hombres"; y san Lucas narra la respuesta de Simón Pedro
y los otros dos, Santiago y Juan: "llevaron las barcas a tierra
y, dejándolo todo, lo siguieron". Y en ese todo es baraca
revés y pesca abundante entre otras cosas. En cuanto a Pablo, él comenta
su respuesta, casi hasta con rasgos de presunción y orgullo diciendo:
"por la gracia de Dios, soy lo que soy, y su gracia no ha
sido estéril en mí; al contrario, he trabajado más que todos ellos";
pero no cae en el egocentrismo, en la soberbia, pues, también reconoce:
"aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios, que está conmigo".
También en la segunda lectura,
en el caso de Pablo, se narra el centro del mensaje del misionero,
que no es un conjunto de normas, sino el hecho clave que él mismo
recibió y ahora transmite: "que Cristo murió por nuestros
pecados ... que fue sepultado y que resucitó al tercer día".
Esta es la noticia constante de los discípulos misioneros desde
el inicio de la Iglesia.
El hecho de celebrar nuestra
peregrinación en este encuentro gozoso con nuestra Madre María de
Guadalupe, nos hace contemplar su propio proceso vocacional, en el
que de alguna manera también Ella vive esos dos movimientos vocacionales
mencionados: Por un lado, Dios le comunica sus planes por medio del
Arcángel Gabriel, y María se reconoce humildemente como esclava, pero,
también, totalmente dispuesta a cumplir los planes divinos: "Hágase
en mí según tu Palabra"; e irá creciendo en su fe, avanzando
como peregrina, hasta culminar en la entrega junto a la cruz de su
Hijo, donde recibe de Jesús la misión de ser Madre del discípulo amado,
en él representados todos nosotros discípulos de Cristo, por eso Ella
permanecerá dentro de la comunidad eclesial perseverando en la oración,
en la espera y en la acogida del don del Espíritu Santo; e irá haciéndose
presente en diversos lugares, como misionera que trae consigo no sólo
el anuncio de Jesús, sino a Jesús mismo, como ha sido el caso en esta
colina del Tepeyac.
En estos diversos testimonios
de vocación, que nos narra la Palabra de Dios este domingo, estamos
invitados a colocar nuestro propio proceso vocacional todos y cada
uno de nosotros: qué importante es identificar la llamada del Señor,
para crecer en la intimidad con Él, desde luego asumiendo humildemente
nuestra propia fragilidad, nuestra miseria, no somos dignos, pero
dejamos a Dios que actúe a favor nuestro, rescatándonos. Y entonces
queremos responder al Señor como estos testigos: "Aquí estoy,
Señor, envíame". "Por la gracia de Dios soy lo que soy,
y su gracia no ha sido estéril en mí". También, podemos poner
alguna objeción, como Simón, Pedro: "Hemos trabajado toda
la noche y no hemos conseguido nada”. Y nosotros podemos ubicar
la realidad difícil de la vida conyugal y familiar hoy día o de Ministerio
Sacerdotal en la parroquia y en medio de culturas o subculturas contradictorias.
Es difícil ser discípulos y misioneros de Cristo y parece que nos
afanamos y no conseguimos nada, pero el Señor nos lanza. Y recordamos
aquí esta frase que el Papa Juan Pablo II, de venerada memoria, nos
decía al inicio de este milenio: “Navega mar adentro”. La frase
que Jesús dirigió a Simón Pedro y que seguimos recibiendo nosotros,
no nos quedemos lamentándonos o conformistas en la segura comodidad
de la orilla lancémonos. Jesús nos indica navegar mar adentro, trabajar
a fondo, trabajo que no es inútil, lo hacemos teniendo en cuenta el
aquí y ahora de nuestra vida personal y familiar, que cada uno asuma
según la propia vocación a la que ha sido llamado o llamada. Aquí
estamos matrimonios, sacerdotes, religiosas. También los niños y los
jóvenes en la búsqueda de dicha vocación, incluso en el proceso formativo
y de discernimiento de esa vocación. Seminaristas, religiosas en su
proceso de formación, conscientes de que Dios sigue llamando a cada
persona y la Virgen María de Guadalupe nos acompaña y ayuda a responder
con entereza y alegría. De modo que hoy, hermanos y hermanas, renovemos
la vocación a la que el Señor nos ha llamado y hemos respondido; asumamos
con humildad nuestra propia fragilidad y pecados. Y hoy queremos renovar
el llamamiento y la misión que el Señor nos encomienda y queremos
orar por los que están en búsqueda de identificar la llamada y la
misión que el Señor les encomienda y que aumente el número y la calidad
de respuesta y de vivencia de vocación al matrimonio, al sacerdocio
a la vida religiosa.
Tengamos en cuenta el Año Sacerdotal
al que el Papa Benedicto XVI nos ha convocado, de modo que sea una
oportunidad de gracia para renovar el ministerio sacerdotal de nosotros
sacerdotes, de los sacerdotes de nuestra diócesis, de los sacerdotes
del mundo entero y que haya aumento de vocaciones al sacerdocio ministerial.
Tengamos en cuenta también
el proceso de consolidación del plan de pastoral a nivel parroquial,
decanal y diocesano, estas semanas hemos estado en evaluación de estos
planes de pastoral a nivel parroquia y decanal, y dentro de unas semanas
–a fines de este mes- tendremos la valoración del plan de pastoral
a nivel diocesano. Que sea en perspectiva de una pastoral con espíritu
misionero o sea sabiendo que un elevado porcentaje de los que viven
en la Diócesis de Tehuacán son bautizados, somos un promedio de 85%,
pero muchos de estos bautizados ya no están comprometidos en su fe,
sólo 10% de los bautizados va a misa dominical, 90% no considera esencial
la misa dominical. Y de este 10% que va a misa dominical a veces ni
la mitad comulga, ni modo que la realidad de respuesta del bautizado
es muy frágil y de muchos altibajos. Nosotros mismos humildemente
nos reconocemos con esta fragilidad que también hemos caído en pecado
mortal y hemos sido causa de escándalo, por eso la pastoral ha de
ser en espíritu misionero o sea no seguros de que los demás conocen
a Cristo y lo siguen es necesario implementar lo que ya el Papa Juan
Pablo II decía: una nueva evangelización. El mismo contenido de fe,
el mismo anuncio de Cristo, pero con nuevo método, con nuevo ardor,
con nuevo entusiasmo por parte nuestra y con actitudes de saber que
en muchos ambientes prácticamente hay que expresar el contenido de
una primera evangelización.
Las pláticas preparatorias
a los sacramentos se convierten así, de hecho con frecuencia, en la
necesidad de una primera evangelización, porque hay que recordar los
que deberíamos de tener muy firme en la mente y en el corazón, volver
al corazón esto que es esencial. De modo que sea una pastoral con
espíritu misionero; de modo que lleguen el anuncio y la vivencia de
Cristo a todos los rincones de nuestra diócesis. Buscando así unirnos
en sintonía con el Acontecimiento y Documento de Aparecida, a la Iglesia
de América Latina y el Caribe.
Queremos escuchar la llamada
del Señor y responderle, como discípulos convencidos, nos convence
Cristo y no podemos callarlo tenemos que decirlo con nuestras palabras,
acciones y testimonio, de muchas maneras, no sentir vergüenza de decirnos,
de vivir como discípulos de Cristo, misioneros entusiastas suyos,
para dar testimonio íntegro, coherente, vibrante de nuestra fe, conscientes
de la realidad compleja en nuestra Patria y en el mundo actual en
relación a muchos temas y situaciones. Por ejemplo: sobre el matrimonio,
la familia y la vida, doctrina de la Iglesia que no ha cambiado, que
continúa viva, integra ante ideologías que dañan la dignidad del ser
humano.
También, la vivencia de discípulos
y misioneros sobre la justicia, la paz y el estado de Derecho, el
discípulo de Cristo, el misionero de Cristo tiene que promover el
estado de Derecho, el imperio de la ley, la justicia, la paz, la solidaridad
ante la inseguridad y la violencia. Sobre una economía que sea en
atmósfera de vida digna para todos, desterrar la pobreza destructiva,
asumir la pobreza voluntaria, el espíritu de pobreza, pero que estemos
muy atentos a que con creatividad generemos riqueza para compartirla
todos, desde luego con espíritu de pobreza. Generar riqueza, pero
con espíritu de pobreza. ¿Qué quiere decir? que no nos apeguemos a
ese progreso material económico, sino que nos ayude a una vida digna
a que estemos en paz conviviendo todos y con desapego ante ese generar
riqueza.
Todo esto lo queremos vivir
y ofrecer en nuestro encuentro con Cristo Jesús, acompañados de la
Virgen María de Guadalupe, el encuentro con Cristo, el encuentro con
la Virgen María, quien intercede por nosotros ante su Hijo amado.
No puede dejarnos igual que ayer. Esta peregrinación, que culmina
con la Eucaristía, nos lanza a dar testimonio de nuestra fe, de modo
que seamos como levadura que fermenta la masa.
Hemos iniciado el triduo de
años de preparación a la celebración de los 50 años de erección de
nuestra Diócesis de Tehuacán, que tendrá lugar en el año 2012.
Somos indignos, somos frágiles;
pero el Señor nos ha rescatado; confiados en su Palabra y, convencidos
que sólo Cristo nos salva con la colaboración de la Iglesia, lancemos
la red, respondamos a sus planes, que siempre incluyen que demos fruto
en abundancia.