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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Rodrigo Aguilar Martínez, Obispo de la Diócesis de Tehuacán, Puebla, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

7 de febrero de 2010

Estimados hermanos sacerdotes, religiosas y laicos de la Diócesis de Tehuacán, y también de otras partes, que vienen y venimos como peregrinos a encontrarnos con nuestra Madre bendita, María de Guadalupe.

Tal vez vengamos hoy, como en otras ocasiones, a encontramos con la siempre Virgen María de Guadalupe, porque estamos necesitados de su cariño, de su compañía protectora, de su intercesión ante Dios Trino y Uno. Hacemos nuestras las palabras que Ella dirigiera a Juan Diego: "No te aflija, ni te apene cosa alguna ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás por ventura en mi regazo?". Por eso venimos a esta Casa del Tepeyac, que Ella quiso se construyera para en ella -y desde ella- derramara su amor, compasión, auxilio y defensa a todos los amadores suyos y que en Ella confíen. Bien, puede ser que esta actitud la extendamos pidiendo por nuestra familia, nuestros amigos y conocidos, incluso por toda nuestra diócesis. Esto es bueno. Pero la motivación principal no puede quedarse aquí, pedir la ayuda, la intercesión de la Virgen María de Guadalupe, pues, se volvería una actitud pobre, ya que de alguna manera estaríamos centrados en nosotros mismos.

La Palabra de Dios, que se ha proclamado propia de este domingo del Tiempo Ordinario nos lanza a mucho más. Las lecturas nos hablan de la historia de vocación de algunas personas: Simón Pedro, Santiago y Juan, en el Evangelio; Isaías en la primera lectura, Pablo en la segunda lectura y mencionando en todos los casos dos momentos claves y decisivos de vocación: por una parte la llamada, o sea la atracción que Dios hace de ellos, que lo contemplen, que lo escuchen, que estén con Él; por otra, el envío, que compartan con otros lo que Dios ha hecho con ellos.

En el primer movimiento, Dios o Jesús, llama provocando fascinación, atracción irresistible, como en la experiencia de un enamoramiento, y llevando a la persona a una intensa experiencia religiosa que embarga la mente y el corazón; viene luego el segundo movimiento, en el que la persona llamada y que ha vivido esa intimidad de Dios, es enviada para actuar a favor de los demás, llena de sabiduría y fortaleza. El primer movimiento, al estar con Dios, al experimentar su grandeza y su gloria, puede provocar el reconocimiento humano de la propia fragilidad y miseria, y así exclama Isaías: "¡Ay de mí! Estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros" o Pablo dice: "Soy como un aborto. Porque yo perseguí a la Iglesia de Dios y por eso soy el último de los apóstoles e indigno de llamarme apóstol". Por su parte Simón Pedro dice arrojándose a los pies de Jesús: "¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!".

Pero Dios purifica y rescata en el caso de Isaías, a la par que una braza le toca la boca, recibe el mensaje: "Tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados están perdonados". En el caso de Pablo, no aparece en esta lectura, pero sí en otro momento recibe estas palabras del Señor: "Te basta mi gracia, porque en la debilidad se manifiesta mi poder". En el caso de Simón Pedro recibe estas palabras de Jesús: "No temas". Esta acción de Dios, que purifica, que rescata al ser humano da paso al segundo movimiento, el envío, al cual el discípulo fiel responde con prontitud y se convierte en misionero entusiasta.

"¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía?" escucha Isaías y responde disponible: "Aquí estoy, Señor, envíame". Por su parte, Jesús dice a Simón Pedro: "Desde ahora serás pescador de hombres"; y san Lucas narra la respuesta de Simón Pedro y los otros dos, Santiago y Juan: "llevaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron". Y en ese todo es baraca revés y pesca abundante entre otras cosas. En cuanto a Pablo, él comenta su respuesta, casi hasta con rasgos de presunción y orgullo diciendo: "por la gracia de Dios, soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí; al contrario, he trabajado más que todos ellos"; pero no cae en el egocentrismo, en la soberbia, pues, también reconoce: "aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios, que está conmigo".

También en la segunda lectura, en el caso de Pablo, se narra el centro del mensaje del misionero, que no es un conjunto de normas, sino el hecho clave que él mismo recibió y ahora transmite: "que Cristo murió por nuestros pecados ... que fue sepultado y que resucitó al tercer día". Esta es la noticia constante de los discípulos misioneros desde el inicio de la Iglesia.

El hecho de celebrar nuestra peregrinación en este encuentro gozoso con nuestra Madre María de Guadalupe, nos hace contemplar su propio proceso vocacional, en el que de alguna manera también Ella vive esos dos movimientos vocacionales mencionados: Por un lado, Dios le comunica sus planes por medio del Arcángel Gabriel, y María se reconoce humildemente como esclava, pero, también, totalmente dispuesta a cumplir los planes divinos: "Hágase en mí según tu Palabra"; e irá creciendo en su fe, avanzando como peregrina, hasta culminar en la entrega junto a la cruz de su Hijo, donde recibe de Jesús la misión de ser Madre del discípulo amado, en él representados todos nosotros discípulos de Cristo, por eso Ella permanecerá dentro de la comunidad eclesial perseverando en la oración, en la espera y en la acogida del don del Espíritu Santo; e irá haciéndose presente en diversos lugares, como misionera que trae consigo no sólo el anuncio de Jesús, sino a Jesús mismo, como ha sido el caso en esta colina del Tepeyac.

En estos diversos testimonios de vocación, que nos narra la Palabra de Dios este domingo, estamos invitados a colocar nuestro propio proceso vocacional todos y cada uno de nosotros: qué importante es identificar la llamada del Señor, para crecer en la intimidad con Él, desde luego asumiendo humildemente nuestra propia fragilidad, nuestra miseria, no somos dignos, pero dejamos a Dios que actúe a favor nuestro, rescatándonos. Y entonces queremos responder al Señor como estos testigos: "Aquí estoy, Señor, envíame". "Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí". También, podemos poner alguna objeción, como Simón, Pedro: "Hemos trabajado toda la noche y no hemos conseguido nada”. Y nosotros podemos ubicar la realidad difícil de la vida conyugal y familiar hoy día o de Ministerio Sacerdotal en la parroquia y en medio de culturas o subculturas contradictorias. Es difícil ser discípulos y misioneros de Cristo y parece que nos afanamos y no conseguimos nada, pero el Señor nos lanza. Y recordamos aquí esta frase que el Papa Juan Pablo II, de venerada memoria, nos decía al inicio de este milenio: “Navega mar adentro”. La frase que Jesús dirigió a Simón Pedro y que seguimos recibiendo nosotros, no nos quedemos lamentándonos o conformistas en la segura comodidad de la orilla lancémonos. Jesús nos indica navegar mar adentro, trabajar a fondo, trabajo que no es inútil, lo hacemos teniendo en cuenta el aquí y ahora de nuestra vida personal y familiar, que cada uno asuma según la propia vocación a la que ha sido llamado o llamada. Aquí estamos matrimonios, sacerdotes, religiosas. También los niños y los jóvenes en la búsqueda de dicha vocación, incluso en el proceso formativo y de discernimiento de esa vocación. Seminaristas, religiosas en su proceso de formación, conscientes de que Dios sigue llamando a cada persona y la Virgen María de Guadalupe nos acompaña y ayuda a responder con entereza y alegría. De modo que hoy, hermanos y hermanas, renovemos la vocación a la que el Señor nos ha llamado y hemos respondido; asumamos con humildad nuestra propia fragilidad y pecados. Y hoy queremos renovar el llamamiento y la misión que el Señor nos encomienda y queremos orar por los que están en búsqueda de identificar la llamada y la misión que el Señor les encomienda y que aumente el número y la calidad de respuesta y de vivencia de vocación al matrimonio, al sacerdocio a la vida religiosa.

Tengamos en cuenta el Año Sacerdotal al que el Papa Benedicto XVI nos ha convocado, de modo que sea una oportunidad de gracia para renovar el ministerio sacerdotal de nosotros sacerdotes, de los sacerdotes de nuestra diócesis, de los sacerdotes del mundo entero y que haya aumento de vocaciones al sacerdocio ministerial.

Tengamos en cuenta también el proceso de consolidación del plan de pastoral a nivel parroquial, decanal y diocesano, estas semanas hemos estado en evaluación de estos planes de pastoral a nivel parroquia y decanal, y dentro de unas semanas –a fines de este mes- tendremos la valoración del plan de pastoral a nivel diocesano. Que sea en perspectiva de una pastoral con espíritu misionero o sea sabiendo que un elevado porcentaje de los que viven en la Diócesis de Tehuacán son bautizados, somos un promedio de 85%, pero muchos de estos bautizados ya no están comprometidos en su fe, sólo 10% de los bautizados va a misa dominical, 90% no considera esencial la misa dominical. Y de este 10% que va a misa dominical a veces ni la mitad comulga, ni modo que la realidad de respuesta del bautizado es muy frágil y de muchos altibajos. Nosotros mismos humildemente nos reconocemos con esta fragilidad que también hemos caído en pecado mortal y hemos sido causa de escándalo, por eso la pastoral ha de ser en espíritu misionero o sea no seguros de que los demás conocen a Cristo y lo siguen es necesario implementar lo que ya el Papa Juan Pablo II decía: una nueva evangelización. El mismo contenido de fe, el mismo anuncio de Cristo, pero con nuevo método, con nuevo ardor, con nuevo entusiasmo por parte nuestra y con actitudes de saber que en muchos ambientes prácticamente hay que expresar el contenido de una primera evangelización.

Las pláticas preparatorias a los sacramentos se convierten así, de hecho con frecuencia, en la necesidad de una primera evangelización, porque hay que recordar los que deberíamos de tener muy firme en la mente y en el corazón, volver al corazón esto que es esencial. De modo que sea una pastoral con espíritu misionero; de modo que lleguen el anuncio y la vivencia de Cristo a todos los rincones de nuestra diócesis. Buscando así unirnos en sintonía con el Acontecimiento y Documento de Aparecida, a la Iglesia de América Latina y el Caribe.

Queremos escuchar la llamada del Señor y responderle, como discípulos convencidos, nos convence Cristo y no podemos callarlo tenemos que decirlo con nuestras palabras, acciones y testimonio, de muchas maneras, no sentir vergüenza de decirnos, de vivir como discípulos de Cristo, misioneros entusiastas suyos, para dar testimonio íntegro, coherente, vibrante de nuestra fe, conscientes de la realidad compleja en nuestra Patria y en el mundo actual en relación a muchos temas y situaciones. Por ejemplo: sobre el matrimonio, la familia y la vida, doctrina de la Iglesia que no ha cambiado, que continúa viva, integra ante ideologías que dañan la dignidad del ser humano.

También, la vivencia de discípulos y misioneros sobre la justicia, la paz y el estado de Derecho, el discípulo de Cristo, el misionero de Cristo tiene que promover el estado de Derecho, el imperio de la ley, la justicia, la paz, la solidaridad ante la inseguridad y la violencia. Sobre una economía que sea en atmósfera de vida digna para todos, desterrar la pobreza destructiva, asumir la pobreza voluntaria, el espíritu de pobreza, pero que estemos muy atentos a que con creatividad generemos riqueza para compartirla todos, desde luego con espíritu de pobreza. Generar riqueza, pero con espíritu de pobreza. ¿Qué quiere decir? que no nos apeguemos a ese progreso material económico, sino que nos ayude a una vida digna a que estemos en paz conviviendo todos y con desapego ante ese generar riqueza.

Todo esto lo queremos vivir y ofrecer en nuestro encuentro con Cristo Jesús, acompañados de la Virgen María de Guadalupe, el encuentro con Cristo, el encuentro con la Virgen María, quien intercede por nosotros ante su Hijo amado. No puede dejarnos igual que ayer. Esta peregrinación, que culmina con la Eucaristía, nos lanza a dar testimonio de nuestra fe, de modo que seamos como levadura que fermenta la masa.

Hemos iniciado el triduo de años de preparación a la celebración de los 50 años de erección de nuestra Diócesis de Tehuacán, que tendrá lugar en el año 2012.

Somos indignos, somos frágiles; pero el Señor nos ha rescatado; confiados en su Palabra y, convencidos que sólo Cristo nos salva con la colaboración de la Iglesia, lancemos la red, respondamos a sus planes, que siempre incluyen que demos fruto en abundancia.

 
 
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