1 de mayo de 2010
Todos
los que los vean reconocerán que son raza bendita del Señor. (Is
61, 9).
Muy
apreciables hermanos en el presbiterado, hermanos y hermanas religiosos.
Estimados seminaristas. Estimados hermanos y hermanas laicos.
Les
saludos a todos con cariño y afecto, ese que nace del corazón de
Jesús, Buen Pastor que ama hasta la entrega total y da su vida por
las ovejas. Les agradezco a todos ustedes, hermanos y hermanas,
que hoy en este día nos podemos reconocer como «Pueblo de Dios
en camino». Que como creyentes celebremos el gozo de sentimos
inmersos en medio de tantos hermanos y hermanas, caminando juntos
hacia Dios que hoy nos recibe en esta Basílica, que nos hermana
como Iglesia de México.
Nuestra
amada Iglesia de Netzahualcóyotl durante esta noche ha tenido la
fortuna de hacer la misma experiencia que un día, Cristo nuestro
Maestro y Señor realizara: «ser peregrino, y caminar resucitado
junto a sus discípulos» instruyendo e infundiendo en ellos,
la fe profunda de un encuentro que revitaliza su esperanza y les
ayuda a vivir en el amor.
Queridos
hijos e hijas, hoy ante la preciosa imagen de la Virgen tenemos
un encuentro de amor que simboliza la ternura y la cercanía de Dios,
que valiosa oportunidad tenemos de descargar todo el peso de nuestro
dolor y cansancio, de nuestros fracasos y equivocaciones, de nuestras
desilusiones y pérdidas.
Ante
«la Santísima Madre del Dios por quien se vive», elevamos
nuestra súplica sincera, que es la mejor expresión de un corazón
que ha renunciado a la autosuficiencia, y que reconoce que solo
nada puede, mientras que juntos e iluminado por Él Espíritu del
Resucitado «lo podemos todo».
«Todos
los que los vean reconocerán que son raza bendita de Yavhé» (Is
61,9)
El
profeta Isaías de quien hemos escuchado la primera lectura, nos
envía al futuro de la restauración del pueblo de Israel obra única
y exclusiva de Dios que ama a su pueblo, es decir, Dios promete
la construcción de un futuro nuevo, un futuro en el que su pueblo
será llamado: «raza bendita», en otras palabras, pueblo privilegiado,
pueblo consentido, pueblo favorecido por Dios.
Esta
visión llena de esperanza y fe de parte del profeta, es su característica
primordial, infundir un sentimiento de esperanza al pueblo que ha
experimentado la catástrofe a causa de sus propias decisiones. Surge
la necesidad de ese Alguien que restaure al pueblo, que le permita
ver la vida de manera diferente, de manera nueva. Isaías comprende
que se requiere de otros que perciban que Dios hace nuevas todas
las cosas, y que esa novedad es gratuita, y que la gratuidad consiste
es que los otros perciban y exclamen que el pueblo de Yavhé - Dios
es «raza bendita», pueblo amado, pueblo restaurado, pueblo
transformado.
En
estos días la Iglesia celebra el misterio de la Resurrección y vive
el gran gozo que deriva de la Buena Nueva del triunfo de Cristo
sobre el mal y la muerte, cumplimiento de la promesa hecha ya en
Isaías, esta es «la novedad».
El
gozo del cumplimiento de ésta promesa es una alegría que se extiende
entre nosotros los cristianos católicos durante cincuenta días hasta
Pentecostés.
Observemos
como después del llanto y la consternación del viernes santo, y
después del silencio cargado de espera del sábado santo como le
sucedió a su modo al pueblo de Israel, he aquí que surge el anuncio
estupendo: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido
a Simón!» (Le 24,34). En toda la historia del mundo, esta es
la «Buena Nueva» por excelencia, es el «Evangelio»
anunciado y transmitido a lo largo de los siglos, de generación
en generación. Esta es la esperanza de una renovación, de la novedad
que Dios en Cristo ha hecho para nuestro mundo.
Sí,
queridos hermanos y hermanas, toda nuestra fe se basa en la transmisión
constante y fiel de esta "Buena Nueva". Y nosotros,
hoy, queremos expresar a Dios nuestra profunda gratitud por las
innumerables generaciones de creyentes en Cristo que nos han precedido
a lo largo de los siglos, porque cumplieron el mandato fundamental
de anunciar el Evangelio que habían recibido, es decir, nos han
transmitido que también nosotros «somos raza bendita de Dios».
La
Buena Nueva de la Pascua, por tanto, requiere la labor de testigos
entusiastas y valientes. Todo discípulo de Cristo, también cada
uno de nosotros, está llamado a ser testigo, es decir, ser transmisor.
Este
es el mandato preciso, comprometedor y apasionante del Señor resucitado.
La "noticia" de la vida nueva en Cristo debe resplandecer
en la vida del cristiano, debe estar viva y activa en quien la comunica,
y ha de ser realmente capaz de cambiar el corazón, toda la existencia.
Esta noticia está viva, ante todo, porque Cristo mismo es su alma
viva y vivificante. Nos lo recuerda san Marcos al final de su Evangelio,
donde escribe que los Apóstoles "salieron a predicar por
todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra
con las señales que la acompañaban" (Mc 16,20).
La
experiencia de los Apóstoles es también la nuestra y la de todo
creyente, de todo discípulo que se hace "anunciador".
De hecho, también nosotros estamos seguros de que el Señor,
hoy como ayer, actúa junto con sus testigos. Este es un hecho que
podemos reconocer cada vez que vemos despuntar los brotes de una
paz verdadera y duradera, donde el compromiso y el ejemplo de los
cristianos y de los hombres de buena voluntad está animado por el
respeto de la justicia, el diálogo paciente, la estima convencida
de los demás, el desinterés y el sacrificio personal y comunitario.
Lamentablemente
podemos observar el sufrimiento de tantos y tantos hermanos nuestros
a causa de la escalada del crimen organizado que también se encuentra
presente en los municipios de Netzahualcóyotl, Los Reyes la Paz
e Ixtapaluca. Podemos observar como tantos hermanos nuestros sufren
a causa de los secuestros, del narcotráfico que envenena a nuestros
adolescentes y jóvenes, la trata de personas especialmente de adolescentes
en nuestros municipios. Podemos observar como muchos de nuestros
hermanos han sido extorsionados mediante los llamados secuestros
exprés. La violencia familiar y la desintegración que ella genera
al interno de nuestras familias son otra de tantas formas de violencia.
De igual magnitud es la pobreza y la desigualdad económica que ha
crecido en nuestro país y en nuestros municipios.
Observamos
cómo golpea a tantos hermanos y hermanas el desempleo y el subempleo,
el porcentaje de jóvenes que, incluso teniendo estudios, no tienen
acceso a empleos estables y remunerados.
Hermanos
y hermanas, la celebración del Misterio pascual, la contemplación
gozosa de la Resurrección de Cristo, que vence al pecado y la muerte
con la fuerza del amor de Dios, es ocasión propicia para redescubrir
y profesar con más convicción nuestra confianza en el Señor resucitado,
que acompaña a los testigos de su palabra obrando prodigios junto
con ellos. Seremos verdaderamente y hasta el fondo testigos de Jesús
resucitado cuando dejemos que se transparente en nosotros el prodigio
de su amor; cuando en nuestras palabras y, más aún, en nuestros
gestos, en plena coherencia con el Evangelio, se pueda reconocer
la voz y la mano de Jesús que hace nuevas todas las cosas y nos
llama raza bendita de Dios.
Recordemos
siempre que no es posible ser cristianos sin Iglesia, ni vivir la
fe de manera individualista sacando del horizonte de la vida y de
nuestras preocupaciones cotidianas a los hombres y mujeres con quienes
compartimos nuestro caminar por la historia; por ello, la vocación
cristiana incluye el llamado a construir en nuestra diócesis de
Netzahualcóyotl comunidades fraternas y justas; el compromiso de
servir al hermano y de buscar juntos caminos de justicia y ser así
constructores de paz. De esta manera nuestra Iglesia Diocesana será
fiel a su esencia misma que es ser sacramento de unidad entre Dios
y la persona humana, de los hombres y las mujeres entre sí.
Tú
eres sacerdote para la eternidad a semejanza de Melquisedec (Hb
5,5)
"Deseo
de corazón que el Año Sacerdotal -ha afirmado Benedicto XVI- constituya
para cada sacerdote una oportunidad de renovación interior y, en
consecuencia, de firme revigorización en el compromiso de su misión".
¿En
qué consiste ser hoy día sacerdote de Jesucristo, en medio de una
sociedad pos moderna que tiene como principio de su actuar el subjetivismo
hedonista, el individualismo craso y la despersonalización alienante?
Jesús resucitado nos enseña hoy lo que es y tiene que ser un sacerdote
de Jesucristo. Éste es ante todo su representante y su prolongación
como Buen Pastor.
De
este modo, el sacerdote es el que señala el camino, el primero en
hacer lo que tienen que hacer los demás, el primero en emprender
el camino que han de seguir los demás. Esto significa que, para
discernir los caminos de luz, de las cañadas oscuras, debemos vivir
de la Palabra de Dios, debemos ser hombres de oración, de perdón,
hombres que reciben y celebran los sacramentos como actos de oración
y de encuentro con el Señor. Como sacerdotes habremos de ser hombres
de caridad vivida y celebrada, que transformemos toda nuestra actividad
y ministerio en actos espirituales en comunión con Cristo para la
salvación de los demás.
Al
igual que Jesús el Buen Pastor, debemos ir también por delante de
nuestra grey en la entrega total hasta la cruz. Esta entrega, esta
ofrenda de cada uno de nosotros es también participación en la cruz
de Cristo, fuente de toda alegría y riqueza. Y sólo desde ella,
podemos escuchar, servir, consolar, ayudar e iluminar de manera
creíble y fructífera.
Al
ejemplo de Jesús el Buen Pastor, debemos llenar nuestra actividad
cotidiana de tiempos para los demás y de tiempos para el Señor.
Hemos de nutrimos de espacios diarios y concretos para la celebración
de la Eucaristía, la oración personal, el rezo y meditación de la
Liturgia de las Horas y el rezo del rosario. Estos ejercicios nos
piden el diálogo permanente con la Palabra de Dios. Y sólo así podremos
crear reservas para responder a las exigencias de la vida pastoral.
Para dar el fruto verdadero que el mundo necesita y que nuestra
Iglesia está llamada a ofrecer.
Recordemos
que el sacerdote no lo es para sí mismo sino para los demás, a través
de la Iglesia, de la que es ministro, voz y rostro. Tomemos consciencia
que nuestros fieles ven y perciben en el sacerdote a la Iglesia.
Y la Iglesia no es una gran superestructura, un cuerpo administrativo
o de poder, una organización social. Es un cuerpo espiritual para
la salvación del hombre. Por ello, el sacerdote debe estar con el
pueblo, rezar con el pueblo, escuchar al pueblo, amar al pueblo,
iluminarlo con la Palabra de Dios -muy singularmente mediante la
homilía, nacida y crecida en la oración y en la escucha fiel de
la Palabra- y con los Sacramentos, signos eficaces del amor de Jesucristo.
Queridos
hermanos sacerdotes debemos recordar que nosotros somos los hombres
de Dios y que la misión central del sacerdote es portar a Dios a
los hombres. Y ciertamente sólo podremos hacerlo si nosotros mismos
procedemos de Dios, si vivimos en unidad e intimidad con Dios.
Reconozcamos
que «el Señor es Dios, que él nos hizo ya él pertenecemos. Él es
el lote de mi heredad». En efecto, el verdadero y único sentido
de la vida de nosotros como sacerdotes es el Señor. Dios es el fundamento
externo e interno de nuestra vida.
Es
verdad, Dios es el centro de la identidad y existencia sacerdotal,
este teocentrismo que portamos como sacerdotes es tanto más necesario
cuanto más desdibujada está en nuestro mundo la idea de Dios, en
medio de una sociedad totalmente funcionalista, donde todo está
basado en prestaciones calculables, verificables, puestas siempre
bajo el barómetro de la rentabilidad.
Por
ello, el sacerdote de hoy y de siempre debe conocer y reconocer
a Dios desde dentro y así, como el mayor y el mejor de los servicios
que necesitan y demandan, quizás sin saberlo, los hombres y mujeres
de su tiempo, llevarles y transmitirle a Dios.
Desde
esta centralidad del Señor en la vida del sacerdote, se entiende
y se sublima el celibato ministerial, que no es tanto una supuesta
conveniencia práctica y funcional, sino que es expresión de amor
en consagración a Dios - la parte de mi heredad- y en ofrenda a
los hombres. El celibato no significa permanecer privado de amor.
Todo lo contrario: es dejarse prender por la pasión por Dios y aprender,
gracias a su intimidad con El, cómo servir más y mejor a los demás.
El
celibato debe ser un testimonio de fe: la fe en Dios que se concreta
y traduce en una forma de vida que sólo, a partir de Dios, tiene
sentido para el bien de aquellos a quienes el sacerdote ha sido
enviado y quienes esperan de Él que les sirva y transmita a Dios.
A un Dios con quien el sacerdote ha de vivir esponsal y fecundamente
unidos a través de su ordenación sacramental y de su celibato.
Como
todos nos hemos enterado por los medios de comunicación social se
ha levantado de diversas maneras un ataque frontal en contra de
la Iglesia Católica y una desvaloración del sacerdocio de Cristo
en la Iglesia. Este ataque surge a partir de la falla de algunos
sacerdotes que han traicionado la confianza depositada en ellos
por niños o jóvenes inocentes y por sus padres.
Ante
todo esto quiero recordarles, que la Iglesia siempre se ha mantenido
dispuesta a aplicar la ley civil y eclesiástica cuando las faltas,
delitos y abusos cometidos así lo ameriten. Y esto es lo que nuevamente
quiero dejar bien claro: al sacerdote o al fiel que cometa un delito,
tendrá que rendir cuentas ante los tribunales debidamente constituidos
tanto civiles como eclesiásticos.
Quiero
expresarle a toda mi Iglesia Particular de Netzahualcóyotl, tanto
a los sacerdotes como a los fieles laicos, en este tiempo de sufrimiento,
dolor y vergüenza por los crímenes de algunos sacerdotes, somos
llamados hoy más que nunca a discernir los signos de los tiempos,
y a escuchar la voz de Dios que nos llama a una renovación plena
en nuestras existencias, Jesucristo nos llama a la conversión constante
en nuestras vidas para ser fieles a Él en la Iglesia según el Evangelio.
Hermanos
sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas hoy más que nunca
les pido que reafirmen su fe en Cristo y en el ministerio sacerdotal,
reafirmen su fe en la Iglesia y su confianza en la promesa evangélica
de redención, perdón y renovación interior, que sólo se logrará
a través de la perseverancia y la oración y en la confianza plena
de la fuerza sanadora de la gracia de Dios.
Queridos
fieles les ruego oren por sus sacerdotes, oren por nuestra Iglesia
Católica, adhiéranse a nuestra Iglesia Madre y Maestra siguiendo
también ustedes con valentía el camino de la conversión, la purificación
y la reconciliación.
Entre
más seamos perseguidos más tenemos que redoblar el esfuerzo de ser
Discípulos y Misioneros según el evangelio predicado por nuestro
Señor Jesucristo.
Queridos
hermanos sacerdotes, recordemos las palabras del Santo Cura de Ars:
«El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús». Siguiendo
a Jesús los sacerdotes dan la vida para que los fieles puedan vivir
del amor de Cristo.
Hemos
sido elegidos para dar vida, para crear la vida, para que con nuestros
actos en coherencia con lo que profesamos podamos engendrar la vida,
no estamos hechos para destruir y dar muerte a los demás, y menos
a seres indefensos. Hagamos vida el llamado que hemos recibido de
parte de Jesús, ser fuentes de donde brote la vida.
María,
Madre Santísima de Guadalupe, Discípula y Misionera de Jesús del
evangelio, emerge la figura de María, mujer libre y fuerte, conscientemente
orientada al verdadero seguimiento de Cristo. Ella ha vivido por
entero toda la peregrinación de la fe como Madre de Cristo y luego
de los discípulos, sin que le fuera ahorrada la incomprensión y
la búsqueda constante del proyecto del Padre. Alcanzó así, a estar
al pie de la cruz en una comunión profunda, para entrar plenamente
en el misterio de la alianza.
La
Virgen María de Nazaret tuvo una misión única en la historia de
salvación, concibiendo, educando y acompañando a su Hijo hasta su
sacrificio definitivo. Desde la cruz Jesús confió a sus discípulos
a su Madre y desde aquella hora es nuestra madre. Ella fortalece
nuestros vínculos de fraternidad, nos alienta a la reconciliación
y el perdón, y nos ayuda a experimentamos como la gran familia de
Dios.
No
olvidemos nunca que ella nos enseña cómo ser verdaderos discípulos
y misioneros de Jesucristo. Que camina junto a nosotros y se hace
parte de nuestros gozos y fatigas, entrando en nuestra historia
y siendo parte de nuestra Iglesia particular de Netzahualcóyotl.
Disponiéndonos
todos para celebrar la Eucaristía quiero dirigir mi pensamiento
y mi corazón a Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la primera
y de la Nueva Evangelización, Discípula y Misionera de Cristo. A
Ella le encomiendo todos los proyectos de nuestra diócesis que buscan
fortalecer en la comunión y en el amor a nuestras familias católicas.
Madre
de Guadalupe, bajo tu especial intercesión coloco a todos mis sacerdotes
para que a semejanza tuya logren discernir cual es la voluntad de
Dios y pongan en práctica su enseñanza. Madre cuida, protege y guía
a cada sacerdote de mi Iglesia, para que nuestros fieles puedan
percibir los rasgos, los sentimientos, la ternura y el amor de Jesús
Buen Pastor en medio de cada comunidad parroquial por su testimonio
de vida.
Pongo
bajo tu especial protección a mí Seminario san José, a los adolescentes
y jóvenes, que como tu Madre han escuchado la voz de Dios que les
llama a colaborar con Él, para dar al mundo a Jesús, Salvador del
género humano.
Bajo
tu cuidado maternal pongo a los jóvenes de nuestra diócesis para
que no tengan miedo en seguir a Jesús y consagrar su vida a él.
Nuestra diócesis requiere hoy más que nunca de ustedes los jóvenes
para que renueven con su ímpetu y su fuerza nuestra Iglesia y colaboren
en la construcción del hombre y la mujer en la verdad y en el amor.
Bajo
tu manto sagrado pongo la vida inocente de los niños. Pido a Dios
por intercesión de nuestra madre santísima ilumine las mentes de
todos los seres humanos para que nadie se atreva a vulnerar la inocencia
de la misma imagen de Jesús vista en un niño.
A tu
intercesión encomiendo a los pobres con sus necesidades y anhelos.
En tus manos pongo también a los trabajadores, empresarios y a todos
los que con sus actividad colaboran en el progreso de nuestra sociedad.
Bajo
tu especial protección ponemos a las autoridades civiles, a los
políticos y a todos aquellos que tienen responsabilidad de decisión,
para que cumplan con su encomienda buscando por sobre todas las
cosas el bien común del pueblo y busque una vida digna para todos
los mexicanos.
Virgen
Santísima te pido que llevemos en nuestro caminar por la vida tu
imagen impresa en nuestra existencia y que podamos escuchar tu voz
maternal y protectora que nos repite hoy: "Hijo mío, Juan
Diego, el más pequeño de mis hijos, ¿qué temes? ¿No estoy aquí que
soy tu Madre?".
En
Cristo nuestra Paz.