29 de
enero de 2010
Muy queridos hermanos y hermanas,
de verdad hoy en este año que iniciamos pastoralmente, 2010, hemos
encomendado hace unos días en la ciudad de Madera la Misión Diocesana
a nuestra Madre y Señora de Guadalupe. Fue un día en el que el presbiterio
de la diócesis presenta su homenaje a la Madre y nos pareció bien
encomendarle esa tarea que es muy nuestra, que es de la Iglesia Universal.
La Iglesia es esencialmente
misionera. La Iglesia existe para evangelizar, es su vocación, es
su misión, es su identidad más profunda, nos decía el Papa Pablo VI. Entonces,
nosotros católicos bautizados, consagrados, consagradas, miembros
del pueblo de Dios que participamos del Sacramento del Orden estamos
llamados a evangelizar y no es otra cosa que lo que hoy hemos escuchado
en el Evangelio. Hacer que la pequeña semilla que se ha depositado
en cada uno de nosotros desde el bautismo vaya creciendo, madurando
y vaya dando frutos de madurez, de fraternidad, frutos de cohesión,
de comunión entre nosotros, frutos de ser constructores de una sociedad
mejor en la justicia y la verdad.
Aquí, como en muchos lugares
de nuestra patria, lo anhelamos y lo requerimos con urgencia, para
empezar a vivir en un estado de Derecho, para que los que habitamos
este país podamos vivir, como seres humanos, como personas con dignidad,
sabiendo que nosotros, desde nuestra fe, estamos trabajando como le
hemos pedido hoy al Padre Dios, por el progreso de nuestra patria.
Pero, desde caminos de justicia y de paz. Desde ahí nosotros queremos
una patria mejor, que de verdad vaya progresando en todos los aspectos,
no nada más en lo económico, aunque hoy tengamos crisis económica,
pues, no es lo más importante. Tenemos que crecer, como personas integralmente,
que de verdad todos los que habitamos esta patria podamos mirar hacia
adelante, hacia el futuro con esperanza, porque también desde nuestra
fe sabemos que nuestra esperanza es Dios.
Ciertamente, para muchos de
nosotros y para muchos hermanos nuestros, que habitamos este país,
pues, la plataforma nuestra está sin Dios, es lo que escuchamos hoy
en la primera parte de la Palabra de Dios. Como cuando nos falta Dios
cometemos grandes errores, le pasó al Rey David, y es un antepasado
del Hijo de Dios. Jesús nace en la casa de David, y David cometió
una grave falta descrita hoy, pues, como una historia de la cual arrepentido
él lloró después mucho tiempo. Como se apropió de la mujer ajena,
de la mujer de Urías.
Nosotros, también, queridos
hermanos y hermanas, cuando hemos prescindido de Dios en muchas etapas
de nuestra vida, pues, tenemos que partir de lo que somos, y somos
pecadores. Y Jesús se hizo hombre porque éramos pecadores y no temió
mezclarse con los pecadores. Ahí donde estaban los pecadores, en el
río con Juan Bautista. Ahí se mezcló con ellos y comía con pecadores,
era amigo de prostitutas, pero ¿para qué? Para elevarnos. El punto
de partida será ese encuentro vivo con Él, cuando sintamos que de
verdad somos amados por Dios y entonces va a empezar en cada uno de
nosotros el proceso de la semilla. Ese como la semilla es enterrada
en la tierra, va dando fruto y aunque el sembrador esté día y noche
viendo, no sabe como de repente brota el fruto.
Eso, queridos hermanos y hermanas,
nos hace ver como Dios siempre trabaja y trabaja en nosotros, trabaja
y está presente en nuestra historia, en nuestra sociedad. Y como ese
Reino de Dios tiene que ir creciendo e ir llegando a todos los ambientes.
También nos lo recordaba Pablo VI a los centros de decisión a globalizar
el amor, a globalizar la economía, a globalizar la solidaridad, a
quitar fronteras lo escribimos como Conferencia del Episcopado Mexicano
aquí en el año 2000, como ya hubo santos de mediados del siglo pasado,
que anhelaban un mundo sin fronteras donde no tengamos que presentar
pasaporte, para trasladarnos de un país al otro, sino que de verdad
la fraternidad este viva entre nosotros y no hagamos distinción de
razas, ni de culturas, ni de lenguas porque Dios es el mismo y es
para todos.
Entonces, ese Reino de Dios,
queridos hermanos y hermanas, en nuestra diócesis tendrá que ir creciendo
con la participación de todos: los consagrados, las consagradas, los
laicos, los ministros ordenados. Tendrá que ir creciendo, no vamos
a conformarnos únicamente con recibir el anuncio, la noticia gozosa
de que Dios nos ama, nos salva y nos redime, y después celebrarlo
en la liturgia; tenemos que proyectar nuestra fe en todo lo social:
en el trabajo de las empresas, de las economías, de la política, en
todo en lo que nos desenvolvemos, como seres humanos.
El mismo Papa Pablo VI, cuando
envió un mensaje aquí a México con motivo de la coronación de nuestra
Señora de Guadalupe, nos decía que: nuestra fe en Ella, nuestro amor
a Ella, nuestro a cariño a Ella deberá estar marcado con un grave
compromiso social. Entonces, ¿cuánto tenemos que hacer como creyentes
en nuestro mundo, en nuestra sociedad? ¿cuánto tenemos que trabajar
para no sólo buscar nuestros intereses personales, sino buscar los
intereses de la nación y del país?
Pues, todo eso, queridos hermanos
y hermanas, hoy lo ponemos en manos de nuestra Madre, Ella está aquí
para mostrarnos todo su amor, su consuelo, su auxilio, su cariño.
Y nosotros por eso acudimos llenos de confianza para que Ella interceda
por nosotros.
Hoy en nuestra peregrinación
vienen personas, me platicaban de un jovencito de Alburquerque que
en un accidente perdió la vista o ve poco. Viene gente de Estados
Unidos, de otros Estados, de Durango. Hay muchos paisanos nuestros
que radican aquí en la capital y que están con nosotros y nosotros,
cada uno en una oración personal le tendrá que decir muchas cosas
a la Madre; a la que sabemos que nos ama; a la que ha querido quedarse
con nosotros y que la sentimos cercana. Para que la grande problemática
de nuestro Estado y de nuestra diócesis, que ya la conocemos todos
y que nuestros medios nos preguntan sólo por lo negativo. Pues, vayamos
superándolo, vayamos siendo en el hoy de nuestras vidas, personas
que trabajan con aliento, con fervor, con esperanza, porque si alguien
estará y está permanentemente con nosotros es nuestro Señor y Él está
con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Entonces, pongámonos nosotros
mismos en manos de Dios bajo su amparo, bajo su protección y encomendemos
nuestras tareas, a nuestros seres queridos, a quienes no conocemos
también, verdad, de allá de nuestros Estado, de nuestra diócesis,
para que lo que hemos iniciado el 19 de enero, como una pequeña semilla
en la Ciudad Madera, origen de nuestra diócesis, vaya dando frutos
abundantes, frutos de salvación, frutos de vida eterna, pero también
frutos hoy de una sociedad más humana, más fraterna, más justa y solidaria.