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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el Pbro. Rogelio Palma Tapia, Vicario General de la Diócesis de Huajuapan de León, Oaxaca, en ocasión de su peregrinación, a la Basílica de Guadalupe.

7 de abril de 2010

Muy estimados hermanos, sacerdotes, religiosas, laicos; pequeño resto de ese gran pueblo de Dios, que peregrina por las mixtecas en la Diócesis de Huajuapan de León. Queridos hermanos, todos, aquí reunidos.

Hemos escuchado la Palabra de Dios y que familiar resulta para nosotros está Palabra porque seguramente nos identificamos con lo que ella proclama, porque en la vida de todo hombre, de todo cristiano algún día se va dando este camino de Emaús. Magistralmente el evangelista san Lucas, autor del Libro de los Hechos de los Apóstoles y de su Evangelio, va presentándonos estas escenas.

En la primera parte un paralitico acostumbrado a extender la mano y a conformarse con lo que generosidad de la gente pueda darle. Así lo hace con Pedro, pero Pedro no tiene dinero, pero sí fija su mirada en él, como aquel paralítico también fija su mirada en la de Pedro. Y Pedro lo toca con la mano y va pronunciando estas palabras: no tengo dinero, no tengo oro, ni plata, pero de lo que tengo te doy, en el nombre de Jesucristo levántate y camina. Y lentamente se fue provocando en él esa transformación, lentamente fue recobrando sus movimientos.

Y el Evangelio de san Lucas, que nos habla de aquellos dos discípulos y nos va describiendo el evangelista dos viajes; uno de ida y otro de venida. Uno de ida de la comunidad de Jerusalén hacia Emaús, el regreso de Emaús a Jerusalén a la comunidad. El viaje de ida lleno de tristeza, de decepciones, de desilusiones. El viaje de retorno totalmente diferente, totalmente distinto. Retornan llenos de alegría, llenos de gozo. Y entre uno y otro viaje ¿cuántas cosas no suceden? Ellos van tristes, decepcionados de Jesucristo y vemos como Jesús se les acerca, es el Buen Pastor que busca la oveja perdida, y ahora viene para recobrar a estas ovejas perdidas. Y tan pronto se acerca a ellos se interesa en su plática, en sus preocupaciones.

Que satisfactorio resulta para nosotros, queridos hermanos, el saber que somos interesantes para Cristo; el saber que a Él le interesan nuestros problemas, nuestras necesidades. Él se acerca a los discípulos de Emaús y les da la oportunidad de expresarse, les da la oportunidad de sacar desde dentro todo lo que les atormenta, todo lo que les angustia. Y así dicen ellos: nosotros esperábamos que Jesús de Nazaret, poderoso en obras y palabras, viniera a restablecer el reino de Israel, pero ¿qué pasa? Sus enemigos le dieron muerte. Ahí llevan esa gran esperanza perdida que los amarga, no se dan cuenta que Jesucristo ciertamente vino a liberarnos, a darnos una liberación integral. Eso es lo que Él nos trae, eso es lo que nos ofrece. Vienen a liberarnos de nuestros odios, de nuestros egoísmos, de nuestras envidias, de nuestras, de nuestras mentiras, de nuestros vicios, de tal manera que en adelante no seamos opresores de nuestros hermanos, sino que estemos dispuestos a dar la vida por ellos. Ahí tenemos a los apóstoles, como van desahogando su pena, como van manifestando sus decepciones. Y san Lucas, entonces, viene a presentarnos todo un camino; todo un método para llegar a reconocer a Jesucristo; porque aquellos discípulos no lo reconocieron; como tampoco llegó a reconocerlo la Magdalena; como no lo reconocieron tampoco los apóstoles cuando estaban realizando la pesca en Lago de Tiberiades. No lo reconocieron; porque sus ojos estaban entristecidos, cerrados. Todavía no llegaba para ellos la plenitud de la fe, si estaban amargados y decepcionados es porque tenían una fe mal fundamentada, pero ahora el Evangelio nos va presentando un camino ¿cuál es el camino para reconocer a Jesucristo? Primeramente el contacto con las Escrituras. Esto es lo que hace Jesús al decirle a sus apóstoles necios y tardíos de corazón, para entender lo que los profetas anunciaron y empieza a releerse las Escrituras y empieza a explicarles lo que los profetas habían anunciado del Mesías. Viene hacerles ver, como el Antiguo Testamento esclarece el Nuevo Testamento, como ese proyecto de salvación de Dios no puede interrumpirse, como Dios va realizando ya obras maravillosas con su pueblo Israel, pero ahora encuentran su plenitud en Cristo Jesús.

Cuánta falta nos hace a nosotros, queridos hermanos, llegar al contacto con la Palabra de Dios. A profundizar en el mensaje de salvación, que Ella encierra y después de haberles explicado las Escrituras nos dice el Evangelio: que hizo el intento de seguir adelante, porque ya habían llegado a Emaús. Pero ellos le ruegan, le suplican, fijémonos bien después de haber escuchado la Palabra de Dios surge la plegaria, surge la oración y así le dicen: Mane Nobiscum Domine, quédate con nosotros Señor, porque atardece. Y Jesús accede a su súplica y se sienta con ellos a la mesa.

Y ahí el Evangelio nos va ofreciendo otro camino para encontrar a Cristo Jesús, es la Eucaristía. ¡Cómo tenemos que valorar la Eucaristía y no celebrarla tan fácilmente, tan descuidadamente! ¡Cómo tenemos que valorar la Eucaristía, valorar la presencia de Dios en ella! Es el signo eficaz de la presencia de Cristo Jesús entre nosotros. ¡Cómo tenemos que valorar esa presencia de Cristo en el Sagrario y acercarnos a Él y doblar nuestras rodillas frente al Sagrario para descargar ahí también nuestras aflicciones, nuestras preocupaciones, nuestras angustias, para comunicarle al Señor nuestros proyectos! ¡Cuánto ganaríamos si así lo hiciéramos! Es, entonces, cuando los discípulos, cuando Jesús parte el pan, cuando pronuncia la acción de gracias es entonces cuando los discípulos reconocen al Maestro, reconocen a Jesús. Y Jesús desaparece, ya no es necesario que esté allí con ellos, porque ellos ya lo tienen en su corazón. No es necesario que esté ya con ellos, porque ellos ahora se han vigorizado, se han fortalecido con esa energía de Cristo resucitado. Y una vez que han llegado al encuentro con Cristo vuelve la misión, porque nadie puede quedarse quieto, después de haberse encontrado con Cristo. Nadie puede quedarse quieto, cuando el corazón ha ardido por la Palabra de Dios, por la presencia de Jesús. Necesariamente que tiene que buscarse el desahogar toda aquella alegría, todo aquel gozo. Es necesario compartir con los demás la experiencia de Cristo resucitado. Es entonces, cuando dejan atrás sus miedos y sus temores; cuando retornan a la comunidad de la que nunca debían haberse apartado; retornan para hacerles participes de su experiencia y van a encontrarse con que aquellos hermanos, también, habían vivido la experiencia de Cristo resucitado.

¡Qué página tan hermosa del Evangelio, queridos hermanos! Y decía; que estas páginas resultan tan familiares para nosotros, porque también nosotros tenemos en el corazón muchas angustias, porque tenemos en el corazón muchas preocupaciones. ¡Y qué hermoso es para nosotros llegar a esta casa, hasta este templo donde habita Santa María de Guadalupe de una manera especial! Ella pidió un templo; Ella pidió una casa; un hogar donde todo mundo sería bienvenido; donde todo el que la busca la encuentre. Basta mirar sus ojos para contemplar como Ella distingue a quien se acerca. En los ojos de Santa María de Guadalupe está la imagen de Juan Diego. Basta con que nosotros levantemos nuestra mirada, con que veamos a la Santísima Virgen para que Ella escuche nuestras plegarías, porque Ella no es fría, no está lejana, sino que está presente, es tierna, es cariñosa. Ella no está para asustar a sus hijos, sino para acogerlos cariñosamente, para defenderlos porque Ella no quiere que seamos humillados; no quiere que seamos pisoteados. Ella quiere que caminemos seguros de nosotros mismos, que caminemos alegres.

Por eso en este día aquí estamos frente a la imagen de la Santísima Virgen, para decirle que tenemos también nuestras angustias y nuestras preocupaciones, para decirle que nos preocupa: la pobreza y la miseria de mucha gente de nuestro pueblo. Que a pesar de todos los esfuerzos que se hacen continúa flagelándonos la pobreza.

Estamos aquí para decirle; que la migración no disminuye, sino que continúa. Que la violencia cada vez más se acrecienta; para decirle que esas posturas irreconciliables siguen siendo una realidad, que bien parece que los diálogos o el diálogo no serán posibles. Para decirle; que la inseguridad sigue siendo una realidad. Para decirle; que hacen falta en nuestros pueblos líderes verdaderamente comprometidos con el pueblo. Que nos hacen falta políticos, administradores honestos y justos, que se consideren verdaderos servidores del pueblo. Para decirle; que la madurez democrática está todavía muy lejana. Para decirle; que el trabajo digno, constante es un reto todavía por alcanzar. Pero nosotros reafirmamos nuestra fe, nuestra fe en la victoria de Cristo que es también nuestra victoria. Para decirle; que nuestra esperanza sigue siendo una realidad. Nuestra esperanza de alcanzar la victoria; nuestra esperanza de lograr la satisfacción de todas estas necesidades, si es que somos capaces de hacer morir y sepultar todo aquello que se opone al reino de Dios.

Madre mía de Guadalupe aquí nos tienes presentes ante ti. Escucha nuestras súplicas, haznos gozar de la presencia de tu Hijo Jesús. Apóyanos en nuestros esfuerzos de cada día y has posible que nuestro pueblo, que nuestras comunidades se transformen con la fuerza del Evangelio. Bendice el trabajo misionero que estamos realizando en nuestras parroquias. Ayúdanos para encender ese ánimo, ese deseo de comunicar la Palabra de Cristo, tu Hijo, a nuestros hermanos.

Aquí estamos Madre y Señora nuestra bendícenos y acompáñanos para siempre.

Así sea.

 
 
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