17 de
junio de 2010
Muy queridos hermanos, nos
hemos dado cita de nuevo en la casa bendita de nuestra Madre, María
de Guadalupe, la Virgen Morena. De cada hogar, de cada comunidad,
venimos a Ella, para saludarla, agradecerle su maternal protección,
para suplicarle por el bienestar, la salud y la paz de nuestras
familias. De las templadas montañas, de las cálidas cañeras, o del
trajín de nuestras ciudades: nuestra Diócesis de Córdoba, llena
de gratitud al Padre celestial, por sus primeros diez años de caminar,
como Iglesia Particular, nos reunimos como una sola familia para
alabar al Señor Jesucristo, el verdadero Dios por quien se vive,
el Dios de amor que nos vino a mostrar la Virgen de Guadalupe, en
los albores de nuestra patria. María no quiere otra cosa sino que
nos unamos cada vez más estrechamente a El que es Palabra de Vida,
el Pan de Vida y la Vida en abundancia, vida en plenitud.
Para traernos y mostrarnos
el amor infinito de su Hijo, María se hizo misionera trayendo la
luz y la alegría, la flor y el canto a este cerro del Tepeyac. Apenas
hace dos semanas meditaba la palabras del Santo Padre Benedicto
XVI, en torno al Evangelio de la Visitación de María a su prima
santa Isabel, el mismo pasaje evangélico que nos transmite san Lucas
y acabamos de escuchar. En efecto, en este gesto de María - decía
el Papa Benedicto: “reconocemos el ejemplo más límpido y el significado
más verdadero de nuestro camino de creyentes y del camino de la
Iglesia misma. La Iglesia, por su naturaleza, es misionera, está
llamada a anunciar el Evangelio en todas partes y siempre, a transmitir
la fe a todo hombre y mujer, y en toda cultura”.
Como Iglesia diocesana de Córdoba,
hemos escuchado el llamado del Espíritu Santo, a retomar el camino
del encuentro diario con el Señor, el camino de la conversión decidida,
de la adhesión viva a la comunión eclesial y de nuestro compromiso
para con este mundo que tanto necesita de Dios, aún sin darse cuenta.
Con frecuencia los cristianos sabemos y volvemos a constatar lo
que dice san Pablo que: “estos tiempos son malos”, y sin
embargo, él mismo, nos dice que: somos llamados a ser “sensatos
y aprovechar bien el momento presenté”, descubriendo cada día
cuál es la voluntad del Señor y dejándonos llenar de su Espíritu
Santo (d. Efesios 5, 16s).
Iniciando un segundo decenio
de vida diocesana y un nuevo plan de pastoral, nos hemos trazado
un camino a recorrer juntos, para hacer de nuestra diócesis y de
cada comunidad y familia, una “Iglesia Misionera”, una “Iglesia
de Esperanza”. Por ello, el ejemplo de María que visitó a Isabel
y nos visitó a los mexicanos aquí en el Tepeyac, ilumina nuestro
horizonte y nos indica el camino a seguir tras sus huellas misioneras.
Retomemos la reflexión del
Santo Padre: «En aquellos días se levantó María y se fue con
prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá» (Lc 1,
39). El viaje de María - dice el Papa - es un auténtico viaje misionero.
Es un viaje que la lleva lejos de casa, la impulsa al mundo, a lugares
extraños a sus costumbres diarias; en cierto sentido, la hace llegar
hasta confines inalcanzables para ella. Está precisamente aquí,
también para todos nosotros, el secreto de nuestra vida de hombres
y de cristianos. Nuestra existencia, como personas y como Iglesia,
está proyectada hacia fuera de nosotros. Como ya había sucedido
con Abraham, se nos pide salir de nosotros mismos, de los lugares
de nuestras seguridades, para ir hacia los demás, a lugares y ámbitos
distintos. Es el Señor quien nos lo pide: «Recibiréis la fuerza
del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos...
hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). Y también es el
Señor quien, en este camino, nos pone al lado a María como compañera
de viaje y Madre solícita. Ella nos tranquiliza, porque nos recuerda
que su Hijo Jesús está siempre con nosotros, como lo prometió: «Yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt
28, 20).
También, hermanos, aquí en el Tepeyac, María nos tranquiliza
con la cercanía de su bendito Hijo y de su regazo materno siempre
abierto, cuando decía al indio San Juan Diego: “¿No estoy yo
aquí que soy tu Madre? ¿no estás bajo mi sombra y resguardo? ¿no
soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto,
en el cruce de mis brazos? ¿tienes necesidad de alguna otra cosa?”
A todos los fieles de nuestras
parroquias el ejemplo de María nos invita también a salir, a ponernos
en camino y llevar a los demás la Buena Nueva de la presencia de
Jesús. Nos hacemos “Iglesia Misionera”, porque estamos convencidos
del tesoro que llevamos en vasos de barro y que puede transformar
la vida de todo aquél que cree. Como María, nos queremos poner en
camino para llevar el mensaje de Jesús: “Es un afán y un anuncio
misioneros que tienen que pasar de persona a persona, de casa en
casa, de comunidad a comunidad”. (Doc. Aparecida, 550).
Pero la misión tiene un claro
objetivo, manifestar la caridad eficaz y compartir la riqueza de
Jesucristo nuestra Esperanza. Así, - continúa el Papa -: “El
evangelista anota que «María permaneció con ella (con su prima Isabel)
unos tres meses” (Lc 1, 56). Estas sencillas palabras revelan
el objetivo más inmediato del viaje de María. El ángel le había
anunciado que Isabel esperaba un hijo y que ya estaba en el sexto
mes de embarazo (cf. Lc 1, 36). Pero Isabel era de edad avanzada
y la cercanía de María, todavía muy joven, podía serle útil. Por
esto María va a su casa y permanece con ella unos tres meses, para
ofrecerle la cercanía afectuosa, la ayuda concreta y todas las atenciones
cotidianas que necesitaba. Isabel se convierte así en el símbolo
de tantas personas ancianas y enfermas, es más, de todas las personas
que necesitan ayuda y amor.
Y son numerosas también hoy,
en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestras ciudades.
Y María -que se había definido «la esclava del Señor» (Lc
1, 38)- se hace esclava de los hombres. Más precisamente, sirve
al Señor que encuentra en los hermanos. Pero la caridad de María
no se limita a la ayuda concreta, sino que alcanza su culmen dando
a Jesús mismo, «haciendo que lo encuentren». Es de nuevo
san Lucas quien lo subraya: «En cuanto oyó Isabel el saludo de
María, saltó de gozo el niño en su seno» (Lc 1, 41).
Nos encontramos así en el corazón
y en el culmen de la misión evangelizadora. Este es el significado
más verdadero y el objetivo más genuino de todo camino misionero:
dar a los hombres el Evangelio vivo y personal, que es el propio
Señor Jesús. Y comunicar y dar a Jesús -como atestigua Isabel- llena
el corazón de alegría: «En cuanto llegó a mis oídos la voz de
tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1, 44). Jesús
es el verdadero y único tesoro que nosotros tenemos para dar a la
humanidad. De él sienten profunda nostalgia los hombres y las mujeres
de nuestro tiempo, incluso cuando parecen ignorarlo o rechazarlo.
Hoy en este nuevo cenáculo,
con María y como Iglesia peregrina en Córdoba, queremos depositar
en manos del Señor todas nuestras preocupaciones y nuestras esperanzas,
comprometiéndonos a hacer lo mejor de nuestra parte, para que su
Reino se haga realidad en medio de nosotros. Con María suplicamos
un nuevo Pentecostés para que todos: obispo, sacerdotes, diáconos,
religiosos y religiosas, y todos los fieles y apóstoles laicos reavivemos
el Don de Dios, el Espíritu de la Verdad, que nos conduzca en la
unidad a dar testimonio valiente de Cristo y de su Evangelio. Que
este Espíritu nos impulse como a María a ser misioneros. Que María
nuestra Madre nos anime como a San Juan Diego a ser mensajeros suyos
"muy dignos de confianza". Para que todos sean
uno, para que el mundo crea, para que seamos testigos de esperanza.
Agradecemos al Señor por la
gracia y entusiasmo que nos ha dejado a través de la reciente visita
pastoral del Excmo. Sr. Christopher Pierre, Nuncio Apostólico en
nuestra patria, con ocasión de nuestro décimo aniversario. Ha sido
una magnífica experiencia eclesial que seguramente habrá de dar
muchos nuevos frutos.
Agradecemos también al Señor
por el Año Sacerdotal que acabamos de vivir, por los procesos de
purificación al interno de la Iglesia que se han dado, por la toma
de conciencia sobre la estima y oración del pueblo cristiano a favor
de los sacerdotes y las vocaciones, por el despertar de las vocaciones
que el Señor a manos llenas sigue sembrando en el campo de la Iglesia.
Seguiremos poniendo todo nuestro empeño en pedirlas al Padre, Dueño
de la mies, empeño por descubrirlas y alentarlas.
Seguiremos pidiendo al Señor
por nuestros hermanos sacerdotes: La fe de los indígenas convertidos
y de Juan Diego reconocía en los frailes sacerdotes misioneros la
presencia de Cristo, llamándolos "imágenes de Nuestro Señor".
Y nuestro pueblo sigue amando y creyendo en sus sacerdotes: espera
de ellos lo que Jesús el Buen Pastor quiere de ellos. Y nosotros
los sacerdotes sabemos que tenemos el sagrado deber de no defraudar
la confianza de nuestros hermanos laicos, ni la confianza que el
mismo Dios puso en nosotros. Más bien buscaremos responderle con
fidelidad alegre y valiente, unidos y apoyados en la fraternidad
sacramental, y haciéndonos testigos vivos de los valores del Reino,
y de la autenticidad del Evangelio, manteniéndonos unidos: "para
que el mundo crea".
1.- Palabras del Papa Benedicto
XVI, en la Gruta de Lourdes de los Jardines Vaticanos,
Lunes 31 de mayo de 2010