30 de mayo de 2010
Estimadas hermanas y hermanos, devotos, todos, de la Santísima Virgen
María de Guadalupe. Hermanas y hermanos peregrinos de Chiapas, hermanas
y hermanos venidos de san Marcos en Guatemala. Hermanas religiosas,
hermanos sacerdotes, estimados hermanos obispos.
Nuestra visita el día de hoy
a la Virgen María coincide gracias a Dios con la Solemnidad del
misterio de la Santísima Trinidad, en ella, en la Virgen María podemos,
ayudarnos para acercarnos a este misterio insondable de Dios. Ella,
que ha estado más cerca que todos de Cristo nos enseña el verdadero
rostro de Dios. Con mucha razón en el mensaje guadalupano se dice:
que Ella es la Madre del Dios por quien se vive. A ella nos
acercamos para sentir, conocer el misterio de Dios. Este misterio
de Dios, que se nos ha revelado en Cristo Jesús y que gracias al
misterio de la Encarnación y a la misión de Cristo en el mundo,
a su misterio Pascual, podemos tener la certeza de que es verdad
el misterio de Dios.
Aprendimos del Padre Ripalda
aquellas preguntas: ¿el Padre es Dios? sí. ¿El Hijo es Dios? sí.
¿El Espíritu Santo es Dios? sí. ¿Son tres dioses? no, es un sólo,
Dios verdadero. Ese misterio hoy queremos entenderlo, vivirlo, apreciarlo,
aquí delante de la Virgen María, ella nos ayuda a entender y sobretodo
nos ayuda amar a Dios.
La Palabra del Señor que escuchamos
ha sido muy rica, a mí me ha llamado mucho la atención lo que decía
el final de la lectura del Libro de los Proverbios, cuando de modo
profético la sabiduría, que es Cristo, decía estas palabras: mi
delicia es estar con los hijos de los hombres. Ese es el misterio
de la Encarnación, es la razón por la cual Cristo habita en medio
de nosotros, su delicia, su gusto, la alegría de Dios es estar con
nosotros los seres humanos. Por eso el salmista se hacia la pregunta:
¿y qué es el hombre para que te fijes en él, los hijos de los hombres
para que te preocupes por ellos? Nos hizo un poco inferior a los
ángeles, nos ha coronado de gloria y magestad.
Fíjense, bien, hermanos, como
el misterio de Dios también nos aclara el misterio de nuestra humanidad,
como la gloria de Dios se refleja también en nuestra propia gloria.
Como dijera san Ireneo: la gloria de Dios es que el hombre tenga
vida. Por eso agrademos a Dios nuestro Padre, al Hijo y al Espíritu
Santo tanto amor hacia la humanidad, tanto amor hacia nosotros.
En las palabras de san Pablo
en la Carta a los Romanos, por la fe en Cristo hemos entrado en
el mundo de la gracia. Quien goza de la fe en Cristo entra a un
mundo de amor, de misericordia, de perdón y de gracia. En Cristo
la relación de Dios con la humanidad ha cambiado de modo radical,
ya no somos esclavos de Dios, somos hijos predilectos de Dios. Hemos
entrado en el mundo de la gracia, de la gratuidad, del amor y de
la misericordia.
Con mucha razón nos alegramos
al entrar en esta Basílica, al encontrarnos con la Madre del amor
hermoso, con la Madre del Dios por quien se vive, porque en los
ojos de María y en su rostro no podemos ver otra cosa más que el
amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Por Él hemos entrado en
el mundo de la gracia; por Él hemos recibido al espíritu del amor;
por Él es que vivimos y somos.
Hermanas y hermanos el Señor
es grande con nosotros, el Padre nos ha creado, el Hijo nos ha redimido,
el Espíritu nos santifica. Eso hace Dios por nosotros, nos crea,
nos redime y nos santifica, es decir: nos regala todo. Es un mundo
de gracia; un mundo que no podemos abarcar con nosotros mismos,
ni con nuestra mente, con nuestro corazón. Con mucha razón decía
el apóstol san Pablo, hablando de este mundo de la gracia: no
lo podemos abarcar es más alto que nosotros, es más amplio que nosotros
mismos, no lo podemos ni siquiera imaginar.
Estamos en esta Basílica para
sentir, para descubrir y valorar este mundo de la gracia, pero también
hay algo importante que decir al contemplar el misterio de Dios,
que nos ha creado, que nos ha redimido y nos ha santificado. Que
también nosotros queremos pagarle con amor el amor recibido. Que
todo amor obliga; que todo regalo pide agradecimiento.
Nosotros queremos vivir como
hijos suyos; queremos ser de Él, porque somos de Él. Ha dicho el
mismo Jesús: todo lo que tiene el Padre es mío; todo lo que el
Espíritu Santo comunica es mío. Todo es de Cristo, todos somos
de Él; nosotros le pertenecemos; nuestra vida tiene que ser semejante
a la suya; tenemos que ser como otro Cristo en el mundo; tenemos
que reflejar su gloria, su poder y su gracia. Por eso tenemos también
muchos deberes, si Dios nos ha creado también nosotros tenemos que
valorar lo que Dios nos ha regalado: nuestra vida, la vida de los
demás, la creación. Si Cristo nos ha redimido, nos ha llamado a
la conversión, nos ha llamado a caminar con Él también tenemos el
deber de redimirnos con Él, pero también de preocuparnos de tanta
gente que no conoce el amor de Cristo. Que si lo conociera su vida
sería diferente.
El deber de evangelizar es
la respuesta de reconocer que Él nos ha redimido. Que estando con
Él nuestra vida es totalmente diferente. Que con Él nuestra vida
tiene horizontes que no alcanzamos ni siquiera a imaginar, pero
que cuando a un hermano o a una hermana le hablamos de Cristo lo
acercamos a su amor le permitimos también que la redención de Cristo
llegue a sus corazones. También, el Espíritu Santo nos Santifica,
nos hace parte de Dios, herencia de Dios. Si el Señor nos santifica
tenemos también el deber de santificar su nombre, así lo decimos
en el Padre Nuestro. Tenemos el deber de santificar el ambiente
donde estamos, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestro
pueblo. Que se respire la aroma de Cristo, por el amor del Espíritu
Santo.
Todos los regalos de Dios queremos
convertirlos también nosotros en unos regalos para Él: Chiapas,
México, Guatemala necesitan sentir, conocer, vivir el amor de Dios.
Todos los problemas que experimentamos en nuestro mundo, creo yo,
que en último término es porque no hemos reconocido el amor de Dios
y no nos hemos sentido empujados por su Espíritu a transmitirlo
a los demás. México sufre, Chiapas sufre mucho, pero también pueden
tener esperanza. Esperanza de un futuro mejor, esperanza en Dios.
Y por eso recurrimos a la Madre de Dios por quien se vive, a la
Virgen María, que ella nos enseñe a amar a Dios; que Ella nos enseñe
a estar cerca de Cristo; que ella nos enseñe a estar cerca de Cristo;
que ella nos enseñe a entrar en el mundo de la gracia, porque ella
es la gracia plena, la llena de gracia. ella fue la primera en vivir
este mundo de gracia en Cristo y ella puede transmitirnos, comunicarnos
ese amor que ella recibió también de Dios.
Que el Señor bendiga a Chiapas;
que el Señor bendiga a nuestras autoridades para que hagan lo mejor
que puedan por nuestros. Que el Señor bendiga a nuestras familias.
Que bendiga a nuestros sacerdotes, a nuestros obispos. Que bendiga
a México porque todos necesitamos entrar en Dios, en el mundo de
la gracia y en la esperanza de la gloria futura.
Que regresemos a nuestras casas,
a nuestras familias llenos de amor y de esperanza porque quien mira
a María, quien contempla su rostro se llena también del reflejo
de Dios.
Que el Señor nos bendiga a
todos.