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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Héctor González Martínez, Arzobispo de la Arquidiócesis de Durango, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

12 de junio de 2010

Hermanos, todos, hermanos sacerdotes, fieles laicos que venimos desde todas partes de nuestro país, especialmente de quienes venimos desde tierras del norte, desde nuestra muy querida Arquidiócesis de Durango.

En esta memoria del Corazón Inmaculado de María el misterio del Corazón del Salvador se proyecta y se refleja en el corazón de la Madre, que es también discípula fiel y misionera. Así como la Solemnidad del Sagrado Corazón celebra los misterios salvíficos de Cristo y refiriéndolos a su fuente, precisamente el corazón, la memoria del Corazón Inmaculado de María es celebración de esa unión, de esa asociación cordial de la Madre a la obra salvífica de su Hijo, de la encarnación, a la muerte y resurrección, y al don del Espíritu.

Hoy, hermanos, somos invitados por  la Iglesia a poner fijos los ojos en Jesús, y particularmente en su corazón, cuando lo contemplamos inevitablemente vemos a su lado a María, la Madre quien no deja de hablarnos desde propio corazón; aquella que tuvo a Jesús en sus brazos, en la cuna de Belén, lo tuvo también cuando bajo de la cruz en Jerusalén, nos ha dejado enseñanzas desde su corazón pequeño y sencillo. María es la primera discípula de Jesús y como tal es para nosotros una compañera de camino maravillosa de camino, que nos enseña con su propio proceso de fe, puede sernos útil mirarla una vez más y pedirle simplemente que nos enseñe, como tener las misma actitudes de su corazón, por esto hemos venido hoy para escuchar las palabras de María, surgidas desde lo más profundo de su corazón de Madre para sus hijos. Juanito el más pequeño de mis hijos ¿a dónde vas?. Sabe y ten entendido que yo soy la siempre Virgen María, Madre del Verdadero Dios, Madre por quien se vive. Oye y ten entendido hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas a esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre?¿no estás bajo mi sombra? ¿no soy yo tu salud? ¿no estás por ventura en mi regazo?

Confiando en estas palabras dirigidas a san Juan Diego hemos venido desde muy lejos a pedirle que nos acompañe en el camino de nuestra vida. También hemos venido a contarle nuestras penas, nuestras enfermedades, nuestras alegrías, pero sobre todo que nos enseñe a ser buenos cristianos ¿cómo ser discípulos y misioneros?

¿Qué nos enseña María? Nos enseña como escuchar a Dios. Dios irrumpe en su proyecto personal con un llamado inesperado: ser Madre de Jesús. María pide explicaciones, superada la sorpresa y el temor escucha a Dios desde lo más profundo de su ser y acepta sin condiciones. Así cambia su proyecto, asume los riesgos, se aventura a la fe.

María nos enseña, cómo conservar todo en el corazón, nada de lo que sucede resbala en su corazón, todo lo acoge, lo medita, lo reflexiona, lo contempla, va rumiando en su corazón lo que  Dios le va diciendo a través de personas y acontecimientos. María: unos ojos que observan, oídos que escuchan, mente que reflexiona, un corazón que se asombra, una vida que responde. Pero María nos enseña, como ser pobre y tener un corazón de pobre, es la esclava del Señor, pobre ante Él, asume la causa de los pobres, tal como lo expresa en el canto del Magníficat. Da a luz en un pesebre y es visitada primeramente por los pobres, sufre la persecución, la exclusión, el exilio. Pero, también en el templo María presenta la ofrenda de los pobres, nos enseña cómo atender y servir a los demás al saber la situación de su prima Isabel va con decisión y con prisa acompañarla. En las bodas de Caná está atenta, pendiente de cualquier necesidad y se deja llevar por su corazón, y entonces advierte a Jesús, ruega, intercede, invita hacer lo que Jesús diga. María también nos enseña, como cuidar la vida, desde el primer momento de la concepción María cuida la vida de su Hijo. Así lo hace desde el nacimiento hasta la cruz, con Jesús en sus brazos, sabe que este Hijo le pertenece y no le pertenece, va aprendiendo día a día a ser libre de corazón. Durante el ministerio de su Hijo, está siempre pendiente de su vida, pero no se apropia de nada, ni de nadie, nos enseña a no amarrar nunca, a soltar siempre, acompañar sin dominar, ni invadir, ni absorber. Así María crece y deja crecer la vida.

María, también, nos enseña como estar al pie de la cruz desde el anuncio de Simeón, María estará preparándose, para acoger en la fe ese espada que le atraviesa el alma. Madre hasta el fin asumirá el dolor de su Hijo, como propio al pie de la cruz. Sabrá, también compartirlo con otros en el consuelo y en el fortalecimiento mutuo. María, también, nos enseña como compartir la fe con los demás a partir de la cruz y de la resurrección, la casa de María es la casa de los discípulos. Ella misma pasa a ser el corazón de la Iglesia naciente, el sustento de su esperanza, con los discípulos ora perseverantemente, les entrega todo los suyo, como mujer, como Madre, con ellos espera la venida del Espíritu. Ese Espíritu de Dios, que nos traerá al corazón todo lo que Jesús nos dijo.

Hermanos, desde la conformación de nuestro pueblo mexicano Santa María de Guadalupe nos ha acompañado. Sabemos por la historia que el inicio fue doloroso: guerras, miserias, esclavitud, opresión, marginación. Al paso de la historia y ahora con la modernidad seguimos sufriendo pérdida de identidad, como pueblos y también pérdida de los valores familiares: los valores culturales, éticos, religiosos. Nuestra sociedad y en particular nuestras familias han sufrido la inseguridad y la violencia que vivimos. Las crisis económicas y su consecuencia, el desempleo y la pobreza. La impunidad y corrupción ante esta realidad nuestro pueblo no se resigna y como Israel en el pasado sigue clamando al Dios del amor, al Dios de la bondad, al Dios de la justicia y sus gritos han llegado al cielo. Dios ha respondido a su pueblo revelándole a través de Jesús el rostro de un Dios compasivo y misericordioso, que no aprueba el sufrimiento y que sabe reconfortar y librar del mismo con su resurrección. Así el encuentro de ese Dios con su pueblo ha sido también un encuentro con María. El encuentro de Dios con el pueblo mexicano ha sido un encuentro con Santa María de Guadalupe, la Madre siempre fiel, que está ahí presente. Ella, como mexicana ha recorrido el camino de la cruz al lado de su pueblo y comparte y con ellos todo ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre?

María ha estado a lado de su pueblo a lo largo de la historia y esto es posible, porque Ella está al lado de su Hijo y no está ahí pasiva o conformista o inconsciente, sino como la mujer y la Madre llena de fe y de esperanza. María de Guadalupe nuestra dulce y tierna Madre es quien desde el origen mismo de nuestra Nación hizo fecunda nuestra cultura haciéndonos propicio el encuentro con su Hijo, el verdadero Dios por quien se vive. María ha sido baluarte de la fe de todos nosotros los mexicanos. En los acontecimientos que han formado nuestra historia de la salvación hasta nuestros días.

¡Gracias Santísima Virgen por acompañarnos siempre! Pero, también hoy queremos presentarte nuestras quejas y dolores; queremos platicarte nuestras penas; nuestros miedos. Yo creo que muchos otros han venido aquí a platicarte, ya te han contado nuestro país sufre, nuestra arquidiócesis también está enferma. Hay una enfermedad que parece incurable, una enfermedad dolorosa: la inseguridad y la violencia.

Se está deteriorando en la vida social la convivencia armónica y pacífica. Esto sucede por el crecimiento de la violencia. Dicen nuestros obispos, no son hechos aislados o infrecuentes, sino una situación que ya se ha vuelto habitual, estructural, que tiene muchas manifestaciones y en las que participan muchos agentes. Se ha convertido en signo de nuestro tiempo que debemos discernir para ponernos a servicio del Reino anunciando a Jesús, que vino para que todos tengan vida y la tengan en plenitud.

En los últimos meses, pues ya no sé si serán años o meses, en todo el país y en especial en nuestra arquidiócesis, que es una gran parte del Estado de Durango y una parte del Estado de Zacatecas suceden hechos violentos. Una situación que se agrava día a día y está situación repercute negativamente en la sociedad afecta la economía, altera la paz pública siembra desconfianza en las relaciones humanas y sociales, daña a la sociedad, envenena el alma de las personas con el resentimiento, el miedo, la angustia, el deseo de venganza.

Nos unimos a nuestros obispos de México, que han denunciado esta situación. Dicen: nos duele profundamente la sangre, que sea derramado: la de los niños abortados, la de las mujeres asesinadas, la angustia de las victimas de secuestro, asaltos, extorciones, la perdida de quienes han caído en la confrontación entre las bandas, quienes han muerto enfrentado el poder criminal de la delincuencia organizada o han sido ejecutados con crueldad y frialdad inhumanas. Nos interpela el dolor y la angustia, la incertidumbre, el miedo de tantas personas. Nos preocupa además que de la indignación y el coraje natural broten del corazón de muchos mexicanos: la rabia, el odio, el rencor, el deseo de venganza y de justicia por propia mano.

Hoy hemos venido a unirnos a la oración de la Iglesia por la paz, de esta manera construimos la paz a través de la oración. A eso hemos venido, a platicarle a la Santísima Virgen. La oración que abre el corazón a una profunda relación con Dios y al encuentro con el prójimo inspirado por los sentimientos de respeto, confianza, comprensión, estima y amor, al mismo tiempo nos infunde valor y sostiene a los verdaderos amigos de la paz.

Hoy oramos por la paz; oramos con tu oración fiel y devota Santa María de Guadalupe, a quien invocamos hoy como Reina de la Paz. Tú alientas los vínculos fraternos alientas a la reconciliación y el perdón. Pero también te presentamos gozos y esperanzas, tenemos muchas cosas también que decirte de las cuales nos alegramos. Queremos decirte, como te dijo san Juan Diego: sabe Señora mía y Niña mía que tengo que llegar a Tlatilolco a seguir las cosas divinas que nos enseñan nuestros sacerdotes enviados del Señor. Y en el momento de la enfermedad dijo: sabe Niña mía que está muy mal un pobre siervo tuyo, mi tío, le ha dado la peste y está por morir ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar a uno de los sacerdotes amado de nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle.

Hoy Santísima Virgen de Guadalupe queremos encomendar a tu cuidado maternal a nuestros sacerdotes, a ti María que eres Madre de todos los sacerdotes. ¿Dónde radica esa unión estrecha, íntima entre María y el sacerdocio? El Papa Benedicto nos lo explica: es un nexo profundamente enraizado en el Misterio de la Encarnación. Cuando Dios decidió hacerse hombre en su Hijo, necesitaba el “sí” libre de una creatura suya. Dios no actúa contra nuestra libertad, y sucede algo realmente extraordinario Dios se hace dependiente de la libertad, del “sí” de una creatura suya, espera este “sí”. Y el “sí” de María es por consiguiente la puerta por la que Dios pudo entrar en el mundo, por la que pudo hacerse hombre. Así María está real y profundamente involucrada en el Misterio de la Encarnación. Y la Encarnación, el hacerse Hombre del Hijo desde el inicio estaba orientada al don de sí mismo, a entregarse con mucho amor en la cruz a fin de convertirse en pan para la vida del mundo. De este modo sacerdocio y encarnación van unidos, María se encuentra en el centro de este misterio, pero también está en el misterio de cruz. Jesús antes de morir ve a su Madre al pie de la cruz y ve al hijo amado, y este hijo amado es un ejemplo una prefiguración de todos los discípulos amados, de todas las personas llamadas por el Señor a ser discípulos amados y en consecuencia de modo particular también de los sacerdotes. Jesús dice a María: Madre ahí tienes a tu Hijo. Es una especie de testamento encomienda a su Madre al cuidado del Hijo, del discípulo, pero también le dice al discípulo: ahí tienes a tu Madre.

El Evangelio nos dice: que desde ese momento Juan, el hijo predilecto, acoge a la Madre en su casa. Acoger a María significa introducirla en el dinamismo de la propia existencia y en todo lo que constituye el corazón del propio apostolado. Así se puede comprender esta situación de maternidad que existe entre María y los sacerdotes. El motivo fundamental de la predilección que alberga por cada uno de ellos. Y son dos las razones por la cual María tiene predilección por los sacerdotes, porque se asemejan más a Jesús. Amor supremo de su corazón y porque también ellos, como Ella están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo. Por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima mujer.

Hoy nosotros sacerdotes contemplemos a María, como la modelo perfecta de nuestra propia existencia invocándola, como Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los apóstoles, auxilio de los presbíteros en su ministerio.

Oramos a ti Santa María de Guadalupe para que hagas a todos nuestros sacerdotes en todos los problemas del mundo de hoy conformes a la imagen de tu Hijo Jesús, dispensadores del tesoro inestimable de su amor de pastor bueno. Santa María de Guadalupe ruega por nuestros sacerdotes.

También, queremos encomendarle una vez más, como cada año lo hacemos, nuestro Plan de Pastoral y en especial la Misión Diocesana en la etapa de la familia. De esta manera nos hemos unido a la Misión Continental.

María a través de ti le damos gracias a Dios por nuestra familias, porque la familia sigue siendo para nuestro país el tesoro más importante, es el valor más querido por nuestros pueblos, porque ha sido y es escucha de la fe, es escuela de la fe. Maestra de valores humanos y cívicos, hogar en la que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente. Salvaguardar esta institución y hacerle llegar el Evangelio es prioridad en nuestros planes de pastoral a pesar de todo lo que la amenaza Dios ama a nuestras familias. Dios ama a los esposos, a los conyugues, a los padres de familia, Dios ama a los niños, a los adolescentes y jóvenes, a las personas mayores, a los enfermos. Agradecemos a Cristo que nos revela que Dios es amor y vive en sí mismo un misterio personal de amor y optando por vivir en familia en medio de nosotros la eleva a dignidad de iglesia doméstica.

Santísima Virgen de Guadalupe tenemos muchas cosas que platicarte. Hoy queremos encomendarte a nuestros gobernantes, pedimos para ellos la presencia vivificadora de Dios a través del Espíritu Santo. En nuestra arquidiócesis, en los dos Estados de Durango y Zacatecas viven momentos importantes en el proceso de elección de nuevos gobernantes. Que todos contribuyamos y avancemos en el bien común de nuestra sociedad que es la paz y la justicia.

Quiero terminar uniéndonos con los obispos de México para orar por la paz.

Señor Jesús, Tú eres nuestra paz, mira nuestra patria dañada por la violencia y dispersa por el miedo y la inseguridad consuela el dolor de quienes sufren, da acierto a las decisiones de quienes nos gobiernan. Toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos y provocan sufrimiento y muerte y dales el don de la conversión. Protege a las familias, a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, a nuestros pueblos y comunidades, que como discípulos misioneros tuyos, ciudadanos responsables, sepamos ser promotores de justicia y de paz, para que en ti nuestro pueblo tenga vida digna.

Amén.

¡María Reina de la paz, ruega por nosotros!

 
 
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