29 de julio de 2010
Estimados hermanos sacerdotes
de la Arquidiócesis de Chihuahua, nuestro director diocesano
de la peregrinación al Tepeyac, a la casa de nuestra señora
María de Guadalupe.
Queridos seminaristas, hermanas
religiosas y fieles laicos, que desde sus parroquias, desde
sus comunidades, han venido a nuestra casa común, la casa
de nuestra madre María de Guadalupe, a peregrinar para traerle
alabanzas, bendiciones, por todos los dones que a manos llenas
nos atrae de su Hijo Jesucristo.
Y también peticiones sobre
necesidades que todos tenemos, estamos celebrando la eucaristía,
el gran sacramento de la Gracia, en el cual le da sentido
a nuestro peregrinar por la vida.
Con gran alegría toda la iglesia
particular de Chihuahua, postrada a los pies de la Morenita
del Tepeyac, nuestra madre y señora de Guadalupe está celebrando
el gran sacramento de la eucaristía, para revitalizar su ser
discípulo misionero de su querido Hijo Jesucristo, nuestro
Rey y Señor.
Hoy venimos desde lejanas tierras
con nuestros corazones llenos de agradecimientos, pues traemos
el reconocimiento de muchos favores, que por medio de nuestra
madre, hemos recibido de Dios. Queremos contarte, querida
madre, que estamos preparando la Asamblea Diocesana de Pastoral,
visualizada con el tema central sobre la parroquia.
Es por eso que hoy ponemos
en tus manos las grandes prioridades en nuestro caminar diocesano:
la formación de los laicos, el cuidado de los jóvenes y la
familia, la atención a los alejados, y las vocaciones, la
formación de los laicos. Querida madrecita como tú lo sabes
es apremiante, todos debemos poner lo que esté de nuestra
parte para que cada uno de los fieles laicos llegue a conocer
más su fe, de tal grado que puedan dar razón de ella.
No podemos quedarnos con una
formación de la Primera Comunión y Confirmación, y está reducida
a unos cuantos días de preparación. Debemos buscar medios
pedagógicos y funcionales, para proponer y disponer la Doctrina
Cristiana para todas las edades y que se les antoje tener
esta formación, y llegar a un crecimiento de adultos en la
fe.
El cuidado de los jóvenes,
Virgencita de Guadalupe, es una necesidad. El cuidado que
debemos tender incluiría: el tomar en cuenta en la vida pastoral
diocesana, parroquial y comunitaria a los jóvenes no como
invitados, sino como protagonistas de la vida eclesial, jóvenes
que enriquezcan a la Iglesia con la alegría, la paz, la amistad,
la creatividad, la solidaridad y el entusiasmo.
El cuidado de la familia, María
de Guadalupe, es uno de los mensajes, que tú nos das con la
vivencia en Nazaret. Aunque la familia se encuentra atacada
desde muchos frentes, tenemos en nuestra arquidiócesis el
tesoro del aprecio por la vida en familia; pero es urgente
que a la familia la atendamos, la evangelicemos, y la hagamos
misionera; que sea ella sujeto de la transformación de nuestras
parroquias y sociedades con la atención a los bautizados alejados,
madre santísima de Guadalupe, ¡que deuda tan grande tenemos!
Todos esos nuestros católicos
bautizados que no practican y que no viven su religión; que
la quieren que la aceptan, que dicen pertenecer a ella, pero
no la viven; solo nuestra misericordia, nuestra buena atención,
nuestro buen trato hacia ellos, y convivir en su búsqueda
los hará una verdadera familia eclesial robusta y santa.
La atención a las vocaciones
sacerdotales, señora nuestra de Guadalupe, es una de la acciones
pastorales que más te agradan, eres la Madre de los Apóstoles,
la Madre de los Sacerdotes y quieres que vayamos con los jóvenes
a entusiasmarlos y a proponerles que entren al seminario,
que les ayudemos a discernir si el Señor los llama a este
entusiasmante estilo de vida, el sacerdocio.
Todo esto querida madre, hoy
lo ponemos en tus manos llenos de esperanza y pidiendo tu
ayuda madrecita de Guadalupe.
No quiero terminar sin antes
pedirte madre nuestra de Guadalupe por nuestra tierra de Chihuahua,
que se haya herida por la violencia, alimentada ésta, por
la crisis de legalidad, el debilitamiento del tejido social
y una crisis de moralidad. Vivimos actualmente en la zozobra
en el temor y en la impotencia.
Te pedimos infundas en nosotros
el ánimo para poner cada uno nuestro granito de arena en la
construcción de la paz, aunque parezca que nadamos a contra
corriente, danos la serenidad, la luz y la fuerza para colaborar
con todos los hombres y mujeres de buena voluntad en la consecución
de la paz que tanto añoramos.
Madre santísima de Guadalupe,
hemos venido a pedir tu compañía siempre cercana, llena de
compasión y de ternura. Enséñanos a salir de nosotros mismos
en caminos de sacrificio de amor y de servicio como lo hiciste
en la visitación a tu prima Isabel, para que peregrinos por
la vida cantemos las maravillas que Dios ha hecho en nosotros
conforme a su promesa.
También eso mismo hiciste cuando
bajando del Cielo a este cerrito del Tepeyac, viniste a visitarnos
a todos nosotros, a traernos el mensaje de tu Hijo “¿Qué no
estoy aquí que soy tu Madre?” ¿Qué tienes que preocuparte?
¿Qué tienes de necesidad, de menester? “Yo soy la madre del
amor hermoso”.
Te pedimos Virgen de Guadalupe,
bendigas abundantemente a todas nuestras familias de la Arquidiócesis
de Chihuahua, le des la salud a los enfermos y la compañía
a los que sufren soledad y pobreza. Que a todos nosotros que
hemos venido a peregrinar, nos concedas un corazón capaz de
trabajar por el bien, la unidad y la paz, en nuestra arquidiócesis,
en nuestras parroquias, en nuestras familias y en nuestros
corazones.