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Homilía
pronunciada por Mons. Faustino Armendáriz Jiménez, Obispo de Matamoros, en ocasión de la peregrinación de las Diócesis de Tampico, Ciudad Victoria y Matamoros, a la Basílica de Guadalupe.

Concelebraron Mons. José Luis Dibildox Martínez, Obispo de la Diócesis de Tampico y Mons. Antonio González Sánchez, Obispo de la Diócesis de Cd. Victoria.

5 de agosto de 2009

Excelentísimos hermanos obispos, queridos hermanos presbíteros y diáconos, diariamente estamos en comunión de oración, pero hoy, delante de María de Guadalupe, renovemos nuestra comunión fraterna y nuestra opción de servicio a la Iglesia y al mundo. Hermanos y hermanas de Vida Consagrada, les reitero mi afecto y aprecio por el servicio que realizan en favor de cada iglesia local.

Saludo con afecto a todos los laicos venidos de las nuestras queridas comunidades diocesanas hermanas de Tampico, Ciudad Victoria y Matamoros; también a los que integran movimientos y asociaciones apostólicas, al estar aquí manifiestan su comunión con sus obispos y la comunidad diocesana.

Esta mañana después de haber recorrido este camino en actitud de peregrinos hasta llegar a la casa de nuestra Madre, Santa María de Guadalupe, hemos vivido un signo de lo que está llamada a ser nuestra experiencia de discípulos: seguir a Jesús en comunión fraterna dando testimonio de nuestra fe en el trayecto de nuestra existencia.

María, la primera discípula de Jesús, continúa siguiendo sus huellas y, al mismo tiempo, va acompañando nuestros pasos. En Ella tenemos un ejemplo vivo de cómo acompañar y dar testimonio de amor. Estamos aquí para aprender de María, renovando nuestro seguimiento de Jesús para darle un nuevo impulso misionero a nuestras acciones pastorales.

Saludo a todos nuestros hermanos sacerdotes y les invito a considerar que esta celebración como una especial oportunidad para agradecer, valorar y reafirmar la identidad del sacerdote y su misión, con motivo del año sacerdotal, que nos ha propuesto el Santo Padre Benedicto XVI y que ya hemos iniciado en nuestras respectivas diócesis.

Este es un año dedicado a redescubrir la belleza y la importancia del sacerdocio y de cada sacerdote, sensibilizando a todo el pueblo santo de Dios. Igualmente en este año sacerdotal el Santo Padre nos ha puesto como ejemplo y modelo al Santo Cura de Ars quien repetía con frecuencia: "El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús ". Él ha sido elegido personalmente por Cristo y enviado por Él. Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios es el tesoro más grande que el Buen Dios puede conceder a una comunidad, y a una comunidad parroquiana.

Muy queridos hermanos, en los tiempos que estamos viviendo tenemos nuevos retos, que recientemente el Documento de Aparecida nos va mostrando, pero nuestra identidad y nuestra misión es la misma, ser presencia de Cristo en medio de su pueblo y comunicar a todos la Salvación. Dios nos ha confiado su pueblo santo para alimentarlo con la Palabra y la Eucaristía, para cuidar de él como buenos pastores, para hacer de nuestra Iglesia una verdadera Casa y Escuela de Comunión, para formar a nuestros laicos como verdaderos discípulos misioneros de Cristo, comprometidos en la transformación del mundo con los valores del Evangelio, en un mundo dividido por guerras y discordias. Estamos llamados promover la unidad y el amor fraterno; en un mundo de excluidos y marginados estamos llamados a promover la inclusión y la solidaridad; en un mundo de violencia, de narcotráfico, tenemos que ser mensajeros de paz y de reconciliación, en un mundo donde se menosprecia a los pobres tenemos que ver en ellos el rostro de Cristo promoviendo la defensa de su dignidad de personas y de sus derechos, porque ellos son los principales destinatarios del Evangelio, los protagonistas de su desarrollo y los mensajeros del Reino de Dios.

Hoy resuena con actualidad aquel “rema mar adentro” que Jesús dirigiera a Pedro en el mar de Galilea, y que ha marcado para la Iglesia Universal este tercer milenio. Por medio de los últimos Sucesores de Pedro, el Señor ha vuelto a exhortar con estas mismas palabras a toda la Iglesia de hoy: “rema mar adentro”.

Se trata en realidad de lanzarnos hacia lo que está por delante, con visión de futuro, y desde las raíces de nuestra fe, conscientes de este tiempo nuevo que el Señor nos regala, y abrirnos a los nuevos horizontes que nos esperan. Se trata en fin de buscar cooperar todos con el Señor en la transformación del mundo, de sus diversas culturas, de los hombres y mujeres que lo habitan, para orientar nuestras vidas, las culturas y la misma historia según el plan de Dios.

Por eso, la Iglesia de Cristo, llevada por el soplo seguro del Espíritu Santo, y precisamente de cara a estos nuevos tiempos, nos ha planteado recientemente un verdadero programa de su labor evangelizadora. Un programa sintetizado en dos expresiones que con alegría los pastores hemos hecho nuestras en los días de encuentro en Aparecida, en comunión con el Papa: “ser discípulos y misioneros de Jesucristo para que todos los pueblos tengan vida en Él”.

Sí, ante todo hemos de ser discípulos. El Espíritu Santo nos invita en primer lugar a consolidar nuestra identidad de bautizados e hijos de la Iglesia en medio de tanta confusión. Como los discípulos en el Evangelio hemos de sentamos también nosotros a los pies del Maestro, escuchar atentos su palabra, aprender de su experiencia y actitudes, imitar su ejemplo: pues, ¿cómo anunciaremos a quien no hemos conocido primero?

Madurar en el discipulado, supone por lo tanto conocer y amar íntimamente. No podemos realizar nuestro quehacer de bautizados, nuestra misión de pastores, si antes no hemos vivido intensamente la experiencia de encuentro con Cristo. Por tanto, a los pies de Jesús crezcamos, queridos hermanos, en una sólida vida interior y de fe, no hay otro camino. La formación en las verdades de fe, la oración personal y comunitaria, la vida sacramental y otros medios que nos ofrece la Iglesia son siempre instrumentos indispensables para el discípulo de Cristo y nosotros lo somos.  A ella sumemos una participación viva y piadosa en la Eucaristía.

No olvidemos el recurso frecuente también al Sacramento de la Reconciliación. Todo discípulo crece y madura en la medida en que se deja tocar y transformar por el amor misericordioso de Dios presente en el sacramento de la reconciliación. Pero a los pies de Jesús aprendamos también a pensar cada vez más con la Iglesia, a sentir, amar y actuar con la Iglesia, a estar en comunión con sus pastores.

La pasión por la Iglesia, por su magisterio leído y entendido en el mismo Espíritu que lo guía, por las enseñanzas y directrices del Vicario de Cristo en la tierra, el Papa, por la guarda de la sana doctrina, por una vuelta constante a las fuentes límpidas de la tradición, aseguran en quienes quieren de verdad ser discípulos de Jesús, la auténtica fidelidad, y los fortalecen de cara a la misión.

Pero, no basta con decirnos discípulos. No es suficiente ponemos a los pies del Señor, tenemos que levantarnos. Todo encuentro con Jesús, si es verdadero, nos lanza también a la misión. El Señor mismo nos llama a ser misioneros y testigos de su fe, de su presencia amorosa en medio del mundo. En efecto, Jesucristo es el objeto de nuestro anuncio y el modelo es María: cuando se lanza a las montañas cerca de Jerusalén no solamente hacer una visita de familia, sino se lanza a provocar la alegría en los hogares y en el hogar de su prima con la presencia del Hijo de Dios en su  vientre y en su corazón. Y es bueno que quede claro: no se trata de un anuncio escapista; no se trata de ignorar las grandes carencias humanas y sociales, las grandes necesidades que nos rodean. En realidad la Iglesia siente vivamente la responsabilidad de colaborar activamente en una solución eficaz por resolver los escándalos de la pobreza y la marginación, y que son una carga pesada para tantas poblaciones y comunidades de nuestras diócesis. Éste sigue siendo junto con la evangelización nuestro compromiso hoy como ayer.

Sólo la fuerza del Jesús y de su Evangelio es capaz de transformar de modo definitivo la raíz de los males que nos aquejan. Sólo Él, es capaz de transformar el corazón humano, del que tantas veces arrancan los egoísmos que se encuentran en el origen de las diversas esclavitudes.

Queridos hermanos, llenemos de esperanza nuestra vida y nuestra tarea para que se convierta en una convicción que no se rompa con nada. Así lo ha transmitido la reflexión del Santo Padre Benedicto XVI en su carta encíclica «Spe Salvi», no sólo tener «esperanza» sino «la gran esperanza», que se apoya en que somos definitivamente amados, suceda lo que suceda. «El gran Amor me espera» y por eso nuestra vida es hermosa. Y al estar en el mundo con ésta esperanza nos hacemos capaces de llegar a muchos, de llegar a todos. Quien tiene esperanza, dice el Papa: vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva. (Cf. Spe Salvi n. 2-3). Con esa esperanza reafirmemos nuestro caminar juntos.

Inspirados en el magisterio de los obispos los exhorto a que robustezcamos en nuestras diócesis respectivas la conciencia misionera, no hay otro camino que el anuncio del Evangelio, no solamente dentro de nuestros templos y de nuestra gente cautiva en nuestros grupos apostólicos. Sino como hemos dicho en el Sínodo de los obispos: tenemos que salir a las calles, a los hogares, casa por casa, persona por persona, ya que cada cristiano tiene el deber de hacer creíble la fe que profesa. Mostrando autenticidad y coherencia en su conducta.

Todos estamos llamados a participar en la acción pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar, con acciones concretas en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras obras de apostolado (Ap 211). La evangelización es una tarea de todos, porque los sujetos de la misión no solamente son ustedes laicos, somos todos nosotros en comunión.

Con ese espíritu misionero renovemos nuestro compromiso ante María de Guadalupe para responder adecuadamente a los problemas de la sociedad de la que formamos parte y parte de esa solución es la misión. Pero también retomemos nuestra responsabilidad de salir en busca de todos los bautizados que no participan en la vida de las comunidades cristianas. (cfr. DA 168). Estas son las consecuencias del llamamiento que el Señor nos ha hecho por nuestro Bautismo y que, con su gracia, hemos aceptado por la fe.

Que todos y cado uno de nosotros sepamos enriquecer nuestro caminar pastoral con la reflexión de nuestros obispos, de nuestros pastores. Tengamos la certeza, pues, que al dar todos juntos los pasos a un compromiso cada vez mayor con el Señor contribuiremos eficazmente para que en cada iglesia particular se progrese en la unidad y en la caridad activa. Y que como fruto de ella germinen las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa en nuestras familias, que tanto necesitamos, y tengamos con la gracia de un laicado cada vez más formal, cada vez más maduro y cada vez más comprometido en la tarea y misión común a la que el Señor nos llama.

Agradezco de corazón a mis hermanos en el Episcopado por su presencia en medio de nosotros el día de hoy. Su compañía, su expresión de comunión es un hermoso signo de comunión y unidad eclesial. Es un testimonio invalorable de fraternidad y es también aliento y confianza de cara el horizonte que el Señor nos invita a conquistar a todos en esta tarea común: la evangelización en la misión.

Con el ejemplo de sencillez de María, les invito a que recomencemos desde Cristo, Él es la presencia que nos renueva para seguir adelante. Que María, modelo de acción misionera que sale y recorre el largo camino para visitar a Isabel su prima. Que María que sale y recorre los caminos hasta llegar a estas montañas del Tepeyac. Nos acompañe en nuestro recorrido misionero permanente, para vivir con alegría nuestro compromiso evangelizador.

Que así sea.

 
 
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