Excelentísimos
hermanos obispos, queridos hermanos presbíteros y diáconos,
diariamente estamos en comunión de oración, pero hoy, delante
de María de Guadalupe, renovemos nuestra comunión fraterna
y nuestra opción de servicio a la Iglesia y al mundo. Hermanos
y hermanas de Vida Consagrada, les reitero mi afecto y aprecio
por el servicio que realizan en favor de cada iglesia local.
Saludo
con afecto a todos los laicos venidos de las nuestras queridas
comunidades diocesanas hermanas de Tampico, Ciudad Victoria
y Matamoros; también a los que integran movimientos y asociaciones
apostólicas, al estar aquí manifiestan su comunión con sus
obispos y la comunidad diocesana.
Esta
mañana después de haber recorrido este camino en actitud de
peregrinos hasta llegar a la casa de nuestra Madre, Santa
María de Guadalupe, hemos vivido un signo de lo que está llamada
a ser nuestra experiencia de discípulos: seguir a Jesús
en comunión fraterna dando testimonio de nuestra fe en el
trayecto de nuestra existencia.
María,
la primera discípula de Jesús, continúa siguiendo sus huellas
y, al mismo tiempo, va acompañando nuestros pasos. En Ella
tenemos un ejemplo vivo de cómo acompañar y dar testimonio
de amor. Estamos aquí para aprender de María, renovando nuestro
seguimiento de Jesús para darle un nuevo impulso misionero
a nuestras acciones pastorales.
Saludo
a todos nuestros hermanos sacerdotes y les invito a considerar
que esta celebración como una especial oportunidad para agradecer,
valorar y reafirmar la identidad del sacerdote y su misión,
con motivo del año sacerdotal, que nos ha propuesto el Santo
Padre Benedicto XVI y que ya hemos iniciado en nuestras respectivas
diócesis.
Este
es un año dedicado a redescubrir la belleza y la importancia
del sacerdocio y de cada sacerdote, sensibilizando a todo
el pueblo santo de Dios. Igualmente en este año sacerdotal
el Santo Padre nos ha puesto como ejemplo y modelo al Santo
Cura de Ars quien repetía con frecuencia: "El sacerdocio
es el amor del corazón de Jesús ". Él ha sido elegido
personalmente por Cristo y enviado por Él. Un buen pastor,
un pastor según el corazón de Dios es el tesoro más grande
que el Buen Dios puede conceder a una comunidad, y a una comunidad
parroquiana.
Muy
queridos hermanos, en los tiempos que estamos viviendo tenemos
nuevos retos, que recientemente el Documento de Aparecida
nos va mostrando, pero nuestra identidad y nuestra misión
es la misma, ser presencia de Cristo en medio de su pueblo
y comunicar a todos la Salvación. Dios nos ha confiado su
pueblo santo para alimentarlo con la Palabra y la Eucaristía,
para cuidar de él como buenos pastores, para hacer de nuestra
Iglesia una verdadera Casa y Escuela de Comunión, para formar
a nuestros laicos como verdaderos discípulos misioneros de
Cristo, comprometidos en la transformación del mundo con los
valores del Evangelio, en un mundo dividido por guerras y
discordias. Estamos llamados promover la unidad y el amor
fraterno; en un mundo de excluidos y marginados estamos llamados
a promover la inclusión y la solidaridad; en un mundo de violencia,
de narcotráfico, tenemos que ser mensajeros de paz y de reconciliación,
en un mundo donde se menosprecia a los pobres tenemos que
ver en ellos el rostro de Cristo promoviendo la defensa de
su dignidad de personas y de sus derechos, porque ellos son
los principales destinatarios del Evangelio, los protagonistas
de su desarrollo y los mensajeros del Reino de Dios.
Hoy
resuena con actualidad aquel “rema mar adentro” que
Jesús dirigiera a Pedro en el mar de Galilea, y que ha marcado
para la Iglesia Universal este tercer milenio. Por medio de
los últimos Sucesores de Pedro, el Señor ha vuelto a exhortar
con estas mismas palabras a toda la Iglesia de hoy: “rema
mar adentro”.
Se
trata en realidad de lanzarnos hacia lo que está por delante,
con visión de futuro, y desde las raíces de nuestra fe, conscientes
de este tiempo nuevo que el Señor nos regala, y abrirnos a
los nuevos horizontes que nos esperan. Se trata en fin de
buscar cooperar todos con el Señor en la transformación del
mundo, de sus diversas culturas, de los hombres y mujeres
que lo habitan, para orientar nuestras vidas, las culturas
y la misma historia según el plan de Dios.
Por
eso, la Iglesia de Cristo, llevada por el soplo seguro del
Espíritu Santo, y precisamente de cara a estos nuevos tiempos,
nos ha planteado recientemente un verdadero programa de su
labor evangelizadora. Un programa sintetizado en dos expresiones
que con alegría los pastores hemos hecho nuestras en los días
de encuentro en Aparecida, en comunión con el Papa: “ser
discípulos y misioneros de Jesucristo para que todos los pueblos
tengan vida en Él”.
Sí,
ante todo hemos de ser discípulos. El Espíritu Santo nos invita
en primer lugar a consolidar nuestra identidad de bautizados
e hijos de la Iglesia en medio de tanta confusión. Como los
discípulos en el Evangelio hemos de sentamos también nosotros
a los pies del Maestro, escuchar atentos su palabra, aprender
de su experiencia y actitudes, imitar su ejemplo: pues, ¿cómo
anunciaremos a quien no hemos conocido primero?
Madurar
en el discipulado, supone por lo tanto conocer y amar íntimamente.
No podemos realizar nuestro quehacer de bautizados, nuestra
misión de pastores, si antes no hemos vivido intensamente
la experiencia de encuentro con Cristo. Por tanto, a los pies
de Jesús crezcamos, queridos hermanos, en una sólida vida
interior y de fe, no hay otro camino. La formación en las
verdades de fe, la oración personal y comunitaria, la vida
sacramental y otros medios que nos ofrece la Iglesia son siempre
instrumentos indispensables para el discípulo de Cristo y
nosotros lo somos. A ella sumemos una participación viva
y piadosa en la Eucaristía.
No
olvidemos el recurso frecuente también al Sacramento de la
Reconciliación. Todo discípulo crece y madura en la medida
en que se deja tocar y transformar por el amor misericordioso
de Dios presente en el sacramento de la reconciliación. Pero
a los pies de Jesús aprendamos también a pensar cada vez más
con la Iglesia, a sentir, amar y actuar con la Iglesia, a
estar en comunión con sus pastores.
La
pasión por la Iglesia, por su magisterio leído y entendido
en el mismo Espíritu que lo guía, por las enseñanzas y directrices
del Vicario de Cristo en la tierra, el Papa, por la guarda
de la sana doctrina, por una vuelta constante a las fuentes
límpidas de la tradición, aseguran en quienes quieren de verdad
ser discípulos de Jesús, la auténtica fidelidad, y los fortalecen
de cara a la misión.
Pero,
no basta con decirnos discípulos. No es suficiente ponemos
a los pies del Señor, tenemos que levantarnos. Todo encuentro
con Jesús, si es verdadero, nos lanza también a la misión.
El Señor mismo nos llama a ser misioneros y testigos de su
fe, de su presencia amorosa en medio del mundo. En efecto,
Jesucristo es el objeto de nuestro anuncio y el modelo es
María: cuando se lanza a las montañas cerca de Jerusalén no
solamente hacer una visita de familia, sino se lanza a provocar
la alegría en los hogares y en el hogar de su prima con la
presencia del Hijo de Dios en su vientre y en su corazón.
Y es bueno que quede claro: no se trata de un anuncio escapista;
no se trata de ignorar las grandes carencias humanas y sociales,
las grandes necesidades que nos rodean. En realidad la Iglesia
siente vivamente la responsabilidad de colaborar activamente
en una solución eficaz por resolver los escándalos de la pobreza
y la marginación, y que son una carga pesada para tantas poblaciones
y comunidades de nuestras diócesis. Éste sigue siendo junto
con la evangelización nuestro compromiso hoy como ayer.
Sólo
la fuerza del Jesús y de su Evangelio es capaz de transformar
de modo definitivo la raíz de los males que nos aquejan. Sólo
Él, es capaz de transformar el corazón humano, del que tantas
veces arrancan los egoísmos que se encuentran en el origen
de las diversas esclavitudes.
Queridos
hermanos, llenemos de esperanza nuestra vida y nuestra tarea
para que se convierta en una convicción que no se rompa con
nada. Así lo ha transmitido la reflexión del Santo Padre Benedicto
XVI en su carta encíclica «Spe Salvi», no sólo tener
«esperanza» sino «la gran esperanza», que se
apoya en que somos definitivamente amados, suceda lo que suceda.
«El gran Amor me espera» y por eso nuestra vida es
hermosa. Y al estar en el mundo con ésta esperanza nos hacemos
capaces de llegar a muchos, de llegar a todos. Quien tiene
esperanza, dice el Papa: vive de otra manera; se le ha dado
una vida nueva. (Cf. Spe Salvi n. 2-3). Con esa esperanza
reafirmemos nuestro caminar juntos.
Inspirados
en el magisterio de los obispos los exhorto a que robustezcamos
en nuestras diócesis respectivas la conciencia misionera,
no hay otro camino que el anuncio del Evangelio, no solamente
dentro de nuestros templos y de nuestra gente cautiva en nuestros
grupos apostólicos. Sino como hemos dicho en el Sínodo de
los obispos: tenemos que salir a las calles, a los hogares,
casa por casa, persona por persona, ya que cada cristiano
tiene el deber de hacer creíble la fe que profesa. Mostrando
autenticidad y coherencia en su conducta.
Todos
estamos llamados a participar en la acción pastoral de la
Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo
lugar, con acciones concretas en el campo de la evangelización,
la vida litúrgica y otras obras de apostolado (Ap 211). La
evangelización es una tarea de todos, porque los sujetos de
la misión no solamente son ustedes laicos, somos todos nosotros
en comunión.
Con
ese espíritu misionero renovemos nuestro compromiso ante María
de Guadalupe para responder adecuadamente a los problemas
de la sociedad de la que formamos parte y parte de esa solución
es la misión. Pero también retomemos nuestra responsabilidad
de salir en busca de todos los bautizados que no participan
en la vida de las comunidades cristianas. (cfr. DA 168). Estas
son las consecuencias del llamamiento que el Señor nos ha
hecho por nuestro Bautismo y que, con su gracia, hemos aceptado
por la fe.
Que
todos y cado uno de nosotros sepamos enriquecer nuestro caminar
pastoral con la reflexión de nuestros obispos, de nuestros
pastores. Tengamos la certeza, pues, que al dar todos juntos
los pasos a un compromiso cada vez mayor con el Señor contribuiremos
eficazmente para que en cada iglesia particular se progrese
en la unidad y en la caridad activa. Y que como fruto de ella
germinen las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa en
nuestras familias, que tanto necesitamos, y tengamos con la
gracia de un laicado cada vez más formal, cada vez más maduro
y cada vez más comprometido en la tarea y misión común a la
que el Señor nos llama.
Agradezco
de corazón a mis hermanos en el Episcopado por su presencia
en medio de nosotros el día de hoy. Su compañía, su expresión
de comunión es un hermoso signo de comunión y unidad eclesial.
Es un testimonio invalorable de fraternidad y es también aliento
y confianza de cara el horizonte que el Señor nos invita a
conquistar a todos en esta tarea común: la evangelización
en la misión.
Con
el ejemplo de sencillez de María, les invito a que recomencemos
desde Cristo, Él es la presencia que nos renueva para seguir
adelante. Que María, modelo de acción misionera que sale y
recorre el largo camino para visitar a Isabel su prima. Que
María que sale y recorre los caminos hasta llegar a estas
montañas del Tepeyac. Nos acompañe en nuestro recorrido misionero
permanente, para vivir con alegría nuestro compromiso evangelizador.
Que
así sea.