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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. José Trinidad Zapata Ortiz, Obispo de la Diócesis de San Andrés Tuxtla, en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

21 de julio de 2009

Hermanos y hermanas en Cristo nuestro Señor, después de haber vivido nuestro año de preparación y nuestro año jubilar por el quincuagésimo aniversario de erección de nuestra diócesis y a pocas semanas de haber concluido los festejos de las bodas de oro. Nos presentamos como diócesis peregrina ante la imagen bendita de la Santísima Virgen María, para darle gracias a nuestra Madre del Cielo por su intercesión maternal para que estas celebraciones se hayan dado de la mejor manera posible. También, como saben estamos a casi un año de que don Guillermo Ranzahuer se ha ido a la casa del Padre, 5 de agosto será el cabo de año. Por cierto aprovecho para invitar a los que gusten, a la catedral a las 12:00 hrs., y a los que no les sea posible, que lo recuerden en las misas de ese día. Es justo dar gracias a Dios por este pastor, que marcó significativamente la vida de nuestra iglesia diocesana durante estos cincuenta años. Son, también, cinco años que su servidor les acompaña a este lugar bendito, donde la Morenita del Tepeyac nos muestra a todo su amor, compasión, su auxilio y defensa, como nos lo prometió en san Juan Diego.

Por otro lado hemos terminado el año dedicado a san Pablo, ese misionero incansable, sólo llevó la Palabra de viva voz por donde quiera, que iba sino que nos dejó el testimonio escrito de su mensaje en sus numerosas cartas que forman gran parte del Nuevo Testamento. San Pablo fue un misionero, que no podemos dejar de evocar si queremos poner en práctica hoy en día el Evangelio y las enseñanzas de Aparecida, a propósito de la conversión, el discípulo, la comunión y la misión.

Además esta peregrinación tenemos que ubicarla el contexto de este Año Sacerdotal al que el Papa Benedicto XVI nos ha convocado, para favorecer la perfección espiritual de los sacerdotes de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio. Este año debe ser una ocasión para profundizar en el ser y el quehacer de los sacerdotes en su identidad, vocación y misión. Debe ser un año de oración de los sacerdotes, con los sacerdotes y por los sacerdotes. Un año de renovación de espiritualidad del presbiterio y de cada de uno de los presbíteros. Por otro lado siguiendo las enseñanzas de Aparecida tenemos el propósito de renovar nuestras parroquias o las estructuras pastorales, que no favorezcan la transmisión de la fe, es decir, aquellas formas o estilos de evangelizar, que no se ajustan a lo que decía el Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, que la evangelización debe ser nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en su expresión. Otra importante empresa que hemos empezado es la evaluación de nuestro IV Plan de Pastoral en orden a reelaborarlo a la luz del Documento de Aparecida y a los nuevos tiempos, que estamos viviendo. Para todo ello son clave vital y de primera importancia los sacerdotes, porque de su entusiasmo y ministerio depende que avance o se detenga el trabajo pastoral al estilo de Aparecida. En este sentido Aparecida nos dice: la renovación de la parroquia exige actitudes nuevas en los párrocos y en los sacerdotes, que están al servicio de ella. La primera exigencia es que el párroco sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque sólo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia, pero al mismo tiempo debe ser ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración. Para todo esto es muy importante venir a poner a los pies de la Santísima Virgen María, la Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive. Estos proyectos que tenemos en este año en nuestra mente y en nuestro corazón, porque Ella es Madre de Cristo, Madre de la Iglesia, Madre de los discípulos, Madre de los sacerdotes. Como aquella madre admirable de los Macabeos, viendo morir a sus siete hijos lo soportó todo con entereza, esperando en Él que creó todo de la nada, que les devolvería la vida a sus hijos. Así la Virgen María junto a la cruz de su Hijo Jesús confió en las promesas de que su Hijo sería la causa de salvación para sus discípulos. Es por eso que Cristo en la cruz no la dejó, como Madre.

En el Evangelio que hemos escuchado hay una doble encomienda, por un lado María es confiada, como Madre a Juan, y Juan es encomendado como hijo a María. Esta doble encomienda ha sido considerada como extendida a todos los discípulos de Jesús. A todos ellos Jesús le encomienda a María, como Madre y a Ella le encomienda los discípulos como hijos. En ese sentido la Virgen de Guadalupe le dice a Juan Diego, cuando iba a buscar un sacerdote para que asistiera espiritualmente a su tío Bernardino: oye y ten entendido hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas a esa enfermedad, ni a otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿no estás bajo mi sombra? ¿no soy yo tu salud? Ahora, bien, si María es Madre de los discípulos en du Hijo, con mayor razón es Madre de los sacerdotes de su Hijo. Esa doble encomienda, que hemos escuchado en el Evangelio, en un sentido mucho más profundo es aplicada a los sacerdotes. A ellos en la cruz de su entrega y ministerio: Jesús les confía a su Madre y a su Madre le confía a sus sacerdotes. Por ello el sacerdote entregado a Dios, se entrega en consecuencia a la Madre de Dios y la Madre de Dios lo acoge como a su propio hijo, porque es Madre de Cristo y Madre de la Iglesia.

En la lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles se constata, como hemos escuchado, que la Santísima Virgen María acompañó en la oración como discreta Madre a los discípulos en la espera del Espíritu Santo, que vendría sobre la Iglesia naciente. Es conveniente, pues, que pidamos al Señor, que nos dé su Espíritu para esta nueva etapa, que estamos iniciando, después de haber celebrado las bodas de oro en nuestra diócesis por sus cincuenta años. Pero, también, es importante, que imploremos la intercesión de nuestra Madre del Cielo.

Hermanos, María ha sido confiada por Cristo, como Madre de la Iglesia, de los discípulos y de los sacerdotes, pidámosle su intercesión, para que Dios bendiga a toda nuestra diócesis con ocasión del Año Sacerdotal. Que el Señor nos asista con su Espíritu, para la conversión personal y pastoral, que el Señor nos llene de su Espíritu, para la puesta en práctica de las líneas directrices semanadas de nuestra asamblea de este mes de julio. Mientras se elabora el quinto plan diocesano de pastoral y finalmente, que por su intercesión el Señor nos ayude a salir de esta crisis económica y de seguridad en la que nos encontramos.

Que así sea.

 
 
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