MARÍA DE
GUADALUPE NOS ENSEÑA A SER COLABORADORES DE CRISTO EN LA OBRA
DE LA JUSTICIA Y DE LA PAZ
¿No estoy
yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra?¿No estás
por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester?
Queridos hermanos y queridas hermanas
de la Diócesis de Saltillo: venimos en esta peregrinación,
como lo hacemos cada año, junto con muchas personas que visitan
esta Basílica, a las cuales nos unimos en nuestra celebración
Eucarística porque juntos y juntas recorremos el camino de
la esperanza, de la vida, de la luz y del amor, en Coahuila,
en México y más allá de México.
Es la persona misma de nuestro Señor
Jesucristo a quien recibimos cuando escuchamos y aceptamos
su Evangelio. Un reflejo de la vida que nos viene de Él con
los dones que ello comporta, fueron mostrados a San Juan Diego
en los signos que rodearon a las apariciones de Nuestra Señora
de Guadalupe, signos que él contempló y palpó aquí en el cerro
del Tepeyac; todo ello es el significado que tiene la primera
lectura que se nos ha proclamado tomada del libro del Eclesiástico
(Cf. Si 24,23-31). María, que ha recibido a su Hijo no solamente
en su seno virginal sino en su corazón, y que ha sido su mejor
discípula, nos enseña con la fuerza de su amor y con el espíritu
de servicio generoso, a ser promotores de la vida, de la verdad,
de la paz y de la justicia. Desde el Tepeyac continúa siendo
una luz, un faro que ilumina nuestras vidas y nos invita a
salir de nuestro egoísmo y apatía, de nuestros complejos y
cobardías para transformar nuestra patria y todo este Continente,
lograr que en él todas y todos sus habitantes tengan acceso
a la vida plena, a la vida en abundancia que su Hijo vino
a traer al mundo. Esta lectura del Eclesiástico que se nos
anunció nos habla del propósito que María tenía en su corazón
al venir a apoyar con su presencia protectora, el anuncio
del Evangelio en tierras de América.
La palabra de San Pablo, tomada de
su carta a las Gálatas (Cf. 4,4-7), nos enseña la libertad
que Cristo nos regala por medio del Espíritu Santo, don que
llega a nosotros a través de su muerte y resurrección. El
mismo Espíritu nos da la convicción y nos hace comprender
la nueva condición de hijos e hijas en que vivimos, rescatadas
y rescatados de la esclavitud del pecado, con todas las limitantes
que esa condición llevaba consigo. Ser hijo e hija de Dios
significa preocuparnos por su plan de amor y de libertad para
el mundo. Y en el comienzo de todo esto estuvo la aceptación
de María para ser la madre de Jesús, por eso ella sigue comprometida
con la familia humana, para que cada uno y cada una de los
miembros alcancemos la estatura de Cristo, el hombre perfecto
que nos posibilita no sólo una plenitud personal, sino que
nos lleva a realizar la fraternidad universal que como sociedad
local, nacional e internacional, estamos llamadas y llamados
a realizar.
El diálogo entre María y su parienta
Isabel que escuchamos en el Evangelio que se proclamó hace
un momento, no se puede comprender del todo sin hacer referencia
al diálogo de María con el Ángel Gabriel al momento de la
Anunciación (Cf. Lc 1,26-38). Isabel recibe a María como “la
madre de mi Señor”, pues el niño que va en su seno ha sido
llamado por Gabriel Hijo del Altísimo, Santo e Hijo de Dios,
Rey que reinaría sobre la casa de Jacob por tiempos sin fin.
Además, Isabel proclamó dichosa a María porque creyó que se
cumplirían todas las cosas que le fueron dichas de parte del
Señor. Sabemos que en el diálogo con el Ángel Gabriel, María
recibió mucha información acerca de la misión salvadora de
su Hijo, misión a la que María se dispone a colaborar activamente
cuando se declara la sierva, la esclava del Señor. Ella respondió
al saludo de Isabel con las palabras que escuchamos hace un
momento en el mismo evangelio: “Engrandece mi alma al Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado
la humillación de su esclava”.
¿A qué humillación se refiere la que
dice de sí misma ser la esclava del Señor? María comparte
con su pueblo cotidianamente la ocupación romana, la pobreza,
la carga de leyes civiles y religiosas imposibles de cumplir,
y además, ella, Isabel y todas las mujeres judías, están bajo
el mandato de leyes que por el hecho de ser mujeres, las ponen
en situaciones de desventaja y marginación. El hecho de que
María estuviera embarazada antes de que vivieran juntos ella
y José, tenía como consecuencia que pudiera ser condenada
a muerte por lapidación. En realidad, de acuerdo a las leyes
religiosas, se condenaba el hecho del embarazo pero sólo en
la mujer, ningún hombre jamás fue lapidado por embarazar a
una mujer. De forma diferente, pero por la misma razón, por
ser mujer, Isabel, era avergonzada. En la cultura judía la
esterilidad era una desdicha, una desgracia, incluso un castigo
de Dios por algún pecado (Gn 16,4-11; 29-32; 30,1; Lv 20,20-21;
1Sm 1,5-6; 2Sm 6,23). Ambas mujeres, María e Isabel, eran
maltratadas en aquella sociedad, por ser mujeres.
El resto del cántico que María pronunció
ante Isabel (Cf. Lc 1,46-55), nos muestra que ella no entendía
su vida, ni la de sus hermanos y hermanas israelitas, ni la
de ningún hombre o mujer que vive en la tierra, desde la lectura
abusiva con la que el imperio romano justificaba las humillaciones
y atropellos a que sometían a los pueblos conquistados, pero
tampoco aceptaba las cargas abominables que la cultura judía
religiosa y civil imponía sobre el pueblo. Pero la humillación
en que vivía no le impidió la libertad con la que ella ponía
su mirada y su corazón en Dios, como era anunciado por los
profetas; ella tenía puesta su esperanza en la liberación
anunciada por ellos mismos, a través del Mesías, para establecer
la justicia y el derecho en la tierra. Su bellísimo cántico
sigue resonando en nuestros corazones y nos llena siempre
de esperanza.
Desde su mirada de fe, María se descubre
como sierva y esclava de Dios, el único que nos dignifica
cuando ponemos toda nuestra vida a su servicio, que es servicio
a la libertad y a la dignidad para todos, a la paz y a la
vida verdaderas que vino a establecer Jesús su Hijo en la
tierra. Ambas mujeres creyeron y vivieron el cumplimiento
de las promesas de Dios en acontecimientos extraordinarios
que las maravillaron a ellas y nos maravillan todavía hoy
a nosotros porque son promesas que se cumplen, pues provienen
de Dios que es el Amor mismo, es la Verdad misma.
En la elección que Dios hace de María
e Isabel, Él muestra su predilección por los humillados y
las humilladas de la tierra, por todas y todos los que, bajo
el dominio de poderes extranjeros o locales, son empobrecidos
y desprotegidos en su propia patria o como emigrantes. Esta
elección se renueva permanentemente. Nuestra Señora de Guadalupe
elige entre todos al hijo más desamparado, a Juan Diego, al
que vive bajo el dominio de los españoles que devastaron su
cultura, su nación, los enviaron a vivir fuera de la ciudad
y los contagiaron de enfermedades para las cuales no tenían
cura, los enviaron a trabajar en condiciones inhumanas, etc.
Estaban al borde del exterminio. Nuestra Señora de Guadalupe
elige a San Juan Diego porque estaba en la posición que ella
estuvo cuando Dios la llamó para confiarle la vida de su Hijo,
pues Dios conoce que en el sufrimiento de las y de los pobres,
de las y de los desamparados, palpita un corazón lleno de
esperanza, ansiando la liberación que sólo del Dios del amor
les puede venir.
Estos pasajes del Evangelio adquieren
para nosotros un especial significado al escucharlos y meditarlos
en este templo, a donde hemos llegado como peregrinos y peregrinas,
ante la hermosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, dibujada
por intervención divina en el ayate del indio San Juan Diego,
y legada a nosotros y nosotras por ella misma como un signo
de su efectiva y permanente intercesión a nuestro favor ante
la Majestad Divina. Esto lo sabemos de las propias palabras
de María en el mensaje que por medio de Juan Diego le envío
al obispo, expresándole los motivos que tenía para que se
le construyera un templo. Ella pedía al obispo por medio de
su enviado que se cumpliera “ su voluntad y deseo”:
Un templo “para en él mostrar
y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo
soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los
moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me
invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar
todas sus miserias, penas y dolores”.
Ella sabe lo que sufren los pobres
y pequeños porque ella fue pobre y pequeña. También conoce
las causas de la pobreza y del sufrimiento y del abandono
que padecen los desprotegidos de la tierra. Tales causas son
la ambición desmedida de poder y de riqueza que se anidan
en el corazón humano, pervertido por el pecado. Sabe bien
que el egoísmo y la ambición conducen a los seres humanos
a la acumulación de bienes y de poder, hasta convertirse en
ellos en un impulso incontrolable y sin ningún límite ético
que los lleva a apoderarse de los recursos naturales y tecnológicos,
estratégicos para el desarrollo de países y de regiones enteras
del planeta, para lo cual, es fundamental controlar a los
pobres, de tal forma, que éstos llegan a mostrar que están
de acuerdo con esta barbarie.
Sin embargo, aún en medio de una situación
aparentemente insalvable para los pobres, María pone su esperanza
en el poder Salvador de Dios, que llega hasta ella y a todos
los pobres de la tierra, por medio de su Hijo. Vale la pena
detenernos a meditar algunas palabras de Jesús en el Evangelio
que nos ayuden a entender las razones que María tuvo para
creer y esperar de Dios el cambio de la suerte para los pobres
de la tierra, con la mediación de su Hijo.
Jesús dijo en una ocasión: “Qué difícil
es que un rico entre en el Reino de los Cielos. Les repito,
es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja
–hoy diría Jesús: es más fácil que una camioneta todo terreno
entre por el ojo de una aguja- que un rico entre en el Reino
de los cielos” (Mt 19,23-24) . Los apóstoles se escandalizaron
por esta afirmación de Jesús y se preguntaban “¿Quién se podrá
salvar? (v.25)” Al escucharlos, Jesús les comentó: “Para los
hombres eso es imposible, más para Dios todo es posible” (v.
26). Por un lado, la reacción de los discípulos se comprende
porque ellos esperaban que Jesús llegara a tomar el poder
que los romanos tenían sobre Palestina y, como personas cercanas
al Maestro, aspiraban a gozar de los privilegios que esa posición
de Jesús les otorgaría. (Cf. Mt 20,20-24), es decir, que también
experimentaban en el propio corazón lo que Jesús estaba condenando.
Por otro lado, en ese contexto ¿cómo podemos entender las
palabras con las que Jesús contesta al interrogante de sus
apóstoles? Jesús sabía que es del corazón pervertido por el
pecado de donde proviene la creencia de que la felicidad consiste
en llegar a poseer grandes riquezas materiales junto con el
poder que esto trae consigo. O bien, creer que la felicidad
le da la posesión del poder político, entendido como un medio
por el que se va a tener acceso a grandes riquezas. Cristo
dice a los discípulos que esa mentalidad y esas aspiraciones
que provienen del pecado no está en la capacidad del hombre
desarraigarlas, sólo lo puede lograr el poder de Dios.
El poder de Dios para quitar el pecado
del mundo se despliega por medio de Cristo como lo anunciaron
los antiguos profetas, por medio de la sanación del corazón
humano, lo que abre un nuevo futuro para la historia humana:
«Quiten sus fechorías delante de mi vista, desistan de
hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busque lo justo, den
sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano, aboguen
por la viuda. Vengan, pues, y disputemos - dice el Señor -:
Así fueren sus pecados como la grana, cual la nieve blanquearán.
Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán»
(Is 1,16-18). «Pondré mi Ley en su interior y sobre sus
corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi
pueblo. Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo
y el otro a su hermano diciendo: "Conozcan al Señor",
pues todos ellos me conocerán del más chico al más grande
- oráculo del Señor - cuando perdone su culpa, y de su pecado
no vuelva a acordarme» (Jer 31,33-34); «Los rociaré
con agua pura y quedarán purificados; de todas sus impurezas
y de todas sus basuras les purificaré. Y les daré un corazón
nuevo, infundiré en ustedes un espíritu nuevo, quitaré de
su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne»
(Ez 36,25-26).
Jesús advierte lo detestable que a
los ojos de Dios resulta la dinámica de desigualdad que el
egoísmo humano provoca en la tierra en su deseo de acumular
bienes, por eso dijo: “¿De qué le servirá al hombre ganar
el mundo entero si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre
a cambio de su vida?” (Cf. Mt 16,26). El Papa Pablo VI, citando
a San Ambrosio decía: «No te pertenece
—dice San Ambrosio— la parte de bienes que das al pobre; le
pertenece lo que tú le das. Porque lo que para uso de los
demás ha sido dado, tú te lo apropias. La tierra ha sido dada
para todo el mundo, no tan sólo para los ricos’… Nadie puede
reservarse para uso exclusivo suyo lo que de la propia necesidad
le sobra, en tanto que a los demás falta lo necesario» (Populorum
Progressio 23). La administración de los bienes de
la tierra tiene una medida, y esa medida es la justicia, lo
que impide delante de Dios la acumulación de ellos sin que
nadie ni nada pueda poner algún tope, pues no se pueden acumular
bienes desmedidamente sin causar daño a los demás. Los recursos
del mundo tienen un destino bien determinado por su Creador:
la realización plena de la vida de todos sus hijos y de todas
sus hijas que vivimos en este planeta, sin excepción alguna.
¿A qué se refiere Jesús cuando habla
de arruinar la propia vida, a cambio de ganar el mundo entero?
En la parábola de la actitud del rico epulón ante el pobre
Lázaro Jesús lo ilustra muy bien (Cf. Lc 16,19-31): El epulón
con el corazón endurecido se dedicó a acumular riquezas –
a ganar el mundo entero-, y en medio de ellas (la molicie)
le negó al pobre incluso las migajas que caían de su mesa.
El juicio severo que recibió de parte de Dios al final de
su existencia, es la paga a su desamor y a las injusticias
acumuladas a lo largo de su camino por este mundo. En esta
parábola Jesucristo establece claramente la relación causa
efecto que existe entre pobreza y riqueza, con los bienes
acumulados por el rico epulón y sus hermanos propiciaron que
existieran muchos Lázaros, es decir, muchas personas que carecían
de lo más indispensable para vivir. Dios nos da la vida con
sus cualidades y potencialidades para promover la vida de
nuestros semejantes y no para provocar frutos de muerte a
base de producir hambre y miseria. La misma enseñanza nos
dejó Jesús en la descripción de lo que será el juicio final,
solamente quienes produjeron vida para los demás (“me dieron
de comer”, “me dieron de beber”, “me hospedaron”, etc.), entrarán
definitivamente en la plenitud de la vida, en la eternidad
del Reino de los Cielos (Cf. Mt 25,31-46).
A la luz de estas consideraciones podemos
comprender mejor el impulso de la esperanza que animó el corazón
de María al disponerse a colaborar en la obra de su Hijo,
quien por el misterio de la redención vino a restaurar el
proyecto encomendado a cada hombre y a cada mujer y a toda
la familia humana en su conjunto, para poblar, organizar y
conducir el mundo, con santidad y justicia, y con rectitud
de corazón (Cf. Sab 9,2-3).
María profetiza en su cántico ante
Isabel que Dios purificará la tierra, una purificación por
la que desaparecerá la soberbia humana, las desigualdades
y la inequidad (Cf. Lc 1,46-55), la certeza que ella tiene
de que esto es posible, de que esto lo realiza el poder soberano
de Dios en quien ella tiene puesta toda su confianza. La conversión
del corazón humano es posible gracias al perdón que Dios ofrece
al mundo por medio de su Hijo y por la participación en su
vida divina, que llega a nosotros en el don de su Palabra
y de su Espíritu, en el misterio de su cuerpo y de su sangre,
entregados por nosotros y compartidos con nosotros en el misterio
de la Eucaristía.
Pero a ejemplo de María, de Isabel
y de Juan Diego, nosotros hemos de colaborar con Dios y con
su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para purificar nuestra
tierra. En la base del desorden social que nos abruma y preocupa
está nuestra incoherencia. En efecto, los candidatos de cualquier
nivel de gobierno condenan en sus campañas públicamente los
abusos y la corrupción de sus antecesores, pero pactan con
ellos para poder acceder al cargo al que se postulan. Lo mismo
sucede con los dirigentes sindicales, condenan públicamente
los abusos patronales y la corrupción del Estado, pero no
defienden los derechos del trabajador y la trabajadora para
que nadie los señale desde el poder establecido, y permanecer
así por décadas como dirigentes, acumulando bienes a costa
del manejo poco honesto de las cuotas sindicales y recibiendo
dádivas de quienes compran sus graves omisiones, para negarle
justicia al trabajador.
Los policías, los militares, las agencias
de investigación, los jueces, los magistrados y los funcionarios
que luchan contra el narcotráfico y la delincuencia organizada,
condenan públicamente la violencia de las bandas, pero callan
y se ocultan bajo el manto de la impunidad sin enfrentar el
clamor de los más de diez mil muertos, producto de su irresponsable
guerra perdida.
Los pastores de la Iglesia celebramos
la democracia pero somos sordos ante las críticas de las y
los laicos; nos cegamos y enmudecemos ante las injusticias
y violencia que sufre nuestro pueblo con los militares que
toman las calles, las extorsiones, los secuestros y las muertes
que provoca el crimen organizado, el desempleo, el hambre
y la inseguridad de la vida familiar, provocados por la crisis
económica.
Los varones reclamamos justicia ante
los atropellos de las empresas, sindicatos, partidos y del
Estado, pero en nuestras casas y en las calles maltratamos,
golpeamos, violamos y asesinamos a las mujeres.
En medio de la situación difícil y
aparentemente insalvable que a María le tocó vivir en su tiempo,
supo levantar su mirada a Dios y animó el corazón de Isabel
a poner también toda su confianza en el que Todo lo Puede
y cuyo nombre es Santo. María también levantó el ánimo de
Juan Diego, que se consideraba a su mismo un paria, un inútil,
humillado como estaba él con todo su pueblo.
Ante la situación difícil por la que
pasamos en Coahuila y en todo México, hoy venimos a María,
y nuevamente en nuestro corazón suenan intensamente las palabras
con las que le habló a Juan Diego al verlo tan afligido por
la enfermedad de su tío Bernardino: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada
lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas
esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No
estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra?
¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué
más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no
te aflija la enfermedad de tu tío”.
Ella, la Madre de Dios por quien se
vive, dirige nuevamente estas palabras a cada uno y cada una
de quienes estamos aquí. Y nos las dice como Pueblo de Dios
que somos, a la Diócesis de Saltillo y a todas y todos ustedes
que nos acompañan y se solidarizan hoy con nosotros que son
parte de este noble pueblo de México. Ante María venimos afligidos
por nuestro pueblo enfermo de violencia y hambre, sediento
de justicia y paz; ella se dirige a nosotros como lo hizo
con Juan Diego, y nos pide que no nos paralicemos ni nos desanimemos
ante esa enfermedad de nuestra Nación y de nuestro estado
de Coahuila, sino que nos movilicemos y nos pongamos en camino,
pues el poder de Dios lo puede curar.
Nos invita hoy como lo hizo en las
bodas de Caná (Cf. Jn 2,1-11) con aquellos que atendían a
los comensales de la fiesta, a colaborar con Jesús para que
Él solucionara el apuro en que estaban aquellos novios por
la falta de vino para sus invitados cuando les dijo: “Hagan
lo que Él les diga”. Así a nosotros, María Santísima nos invita
a hacer lo que Jesús nos pide en su Evangelio. Sólo con la
mirada puesta en Él venceremos nuestros miedos y nuestras
cobardías, tendremos ánimo para buscar nuevos caminos que
lleven a la paz y a la justicia, al amor y a la libertad para
todos, en Coahuila y en México.
El día de ayer el Papa Benedicto XVI
le dio a la Iglesia y al Mundo una nueva carta encíclica con
carácter social que se llama Caritas in Veritate, “El
Amor en la Verdad”, donde nos invita a poner nuestra mirada
en Dios para conocer la verdad que nos hará libres y desde
esa verdad amar con todas nuestras fuerzas a nuestros hermanos
y hermanas, trabajar por un mundo en que se cumplan los requerimientos
de la justicia, revitalizar nuestra responsabilidad ética
en nuestros compromisos sociales, y los que creemos en Cristo
contribuyamos a la humanización del mundo desde el amor que
viene de Dios por medio de su Hijo, amor que ya está actuando
en el mundo porque Dios envío al mundo a su Hijo para salvarlo,
no para condenarlo.
Quiero tomar literalmente unas palabras
de dicha carta del Papa que se aplican totalmente a México,
no solamente ante la crisis económica que nos afecta, a lo
que él se refiere muy concretamente, sino a la crisis de seguridad
que padecemos. Las palabras de dicha carta a las que me refiero
son: “hoy, aprendiendo también la lección que proviene de
la crisis económica actual, en la que los poderes públicos
del Estado se ven llamados directamente a corregir errores
y disfunciones, parece más realista una renovada valoración
de su papel y de su poder, que han de ser sabiamente reexaminados
y revalorizados, de modo que sean capaces de afrontar los
desafíos del mundo actual, incluso con nuevas modalidades
de ejercerlos. Con un papel mejor ponderado de los poderes
públicos, es previsible que se fortalezcan las nuevas formas
de participación en la política nacional e internacional que
tienen lugar a través de la actuación de las organizaciones
de la sociedad civil; en este sentido, es de desear que haya
mayor atención y participación en los asuntos públicos por
parte de los ciudadanos” (Caritas in Veritate 24).
En el mensaje que di en
la Diócesis de Saltillo para las pasadas elecciones dije que
es fundamental e ineludible poner dos condiciones que nos
permitan soñar y alcanzar el México que todas y todos queremos:
“La primera es que se establezca de manera inmediata el
derecho al referendum decisorio y vinculante, para que
a partir de ahora, los tres niveles de gobierno, Municipal,
Estatal y Federal, sean sometidos a consulta ciudadana, para
que sólo las y los ciudadanos, decidamos ratificar o revocarles
el mandato, y en el caso de corrupción someterlos/as a juicio.
La segunda, instalar a la brevedad el derecho al plebiscito,
para que seamos los y las ciudadanas quienes decidamos si
se aceptan o rechazan las propuesta que conciernen a la soberanía
de nuestro país. Poner estas condiciones marcará el comienzo
de una nueva etapa de nuestra vida política, que nos permitirá
tomar en nuestras manos este campo que llamamos Patria, País
y Nación”. (Mensaje para las Elecciones de 2009. Fr. Raúl
Vera).
Recordando una carta del
Papa Paulo VI, sobre el desarrollo de los pueblos llamada
Populorum Progressio, el Papa Benedicto XVI, en esta
Encíclica Caritas in Veritate dice: “La Populorum progressio subraya reiteradamente la urgencia de las reformas y
pide que, ante los grandes problemas de la injusticia en el
desarrollo de los pueblos, se actúe con valor y sin demora.
Esta urgencia viene impuesta también por la caridad en la
verdad. Es la caridad de Cristo la que nos impulsa (2 Co 5,14).
Esta urgencia no se debe sólo al estado de cosas, no se deriva
solamente de la avalancha de los acontecimientos y problemas,
sino de lo que está en juego: la necesidad de alcanzar una
auténtica fraternidad. Lograr esta meta es tan importante
que exige tomarla en consideración para comprenderla a fondo
y movilizarse concretamente con el «corazón», con el fin de
hacer cambiar los procesos económicos y sociales actuales
hacia metas plenamente humanas”. (Caritas in Veritate 20).
En orden a tener el vino
exquisito que hubo en las Bodas de Caná, Jesús tuvo colaboradores
en los servidores de la fiesta que llenaron las jarras de
piedra con aproximadamente seiscientos litros de agua que
Jesús convirtió en el vino. Igualmente, para que la Iglesia
de este Continente gozara con estos signos permanentes de
la presencia alentadora y confortadora de María de Guadalupe
entre nosotros, Juan Diego colaboró ardientemente con María
para llevar el mensaje al obispo, y después, desde la primera
ermita que se construyó para colocar su imagen, Juan Diego
colaboró hasta el final de su vida para que se construyera
el Templo vivo que ahora somos, como una Iglesia con rostro
indígena y mestizo en toda Latinoamérica, y con los países
del Norte del Continente como un solo pueblo que peregrina
hacia el encuentro con el Padre.
Concretamente pido a ustedes,
los miembros de la Diócesis de Saltillo, que salgamos de este
recinto contagiados del amor de María por su Hijo y por la
humanidad entera que Él redimió, dispuestos como Él a continuar
el establecimiento del Proyecto de su Padre Celestial en esta
tierra, proyecto de amor y de verdad, de justicia y de paz,
por medio de su gracia liberadora que purifica la tierra.
Pongamos nuestra mirada
en Dios y animados por el Espíritu Santo, leamos en su corazón
cómo es el mundo que Él quiere para sus hijos, cómo es la
sociedad que él desea que construyamos, a nivel local, nacional
y universal; cómo es el ser humano, hombre y mujer, creado
a imagen de Dios, que debemos colaborar a edificar por medio
de nuestro trabajo evangelizador. Contamos para comprender
todo esto con la luminosa intercesión de la Santísima Virgen
María. Queremos introducir en nuestra región el proyecto para
la vida del mundo contenido en el Evangelio y profundizado
por el Magisterio de la Iglesia. En el nombre de Dios lo haremos
a través del Plan Diocesano de Renovación Espiritual y Pastoral
con el que empezaremos a caminar, Dios mediante, al comienzo
del próximo año. Es el Plan para el que nos hemos venido preparando
durante todo este tiempo en su etapa previa.
Pongo, junto con todas
y todos ustedes, en las manos de María, Nuestra Señora de
Guadalupe, los trabajos y la vida toda de nuestra Diócesis,
la vida de todos los coahuilenses, la vida de nuestra Nación
y la vida de quienes recorremos la historia desde esta región
del mundo que es el Continente Americano.