4
de noviembre de 2009
Queridos hermanos, todos,
en este Año Sacerdotal nos encontramos con María, la Madre de Jesús
y María se encuentra con nosotros. Y lo vivimos desde aquel gozo de
nuestro bautismo, como pueblo sacerdotal. A partir de aquella experiencia
grandiosa de nuestro bautismo nos encontramos, como hijos de Dios
y como hermanos y donde Dios es nuestro Padre en su providencia admirable
nos encontramos con María, como Madre nuestra y con un nombre muy
particular Guadalupe. Nos encontramos con Ella y escuchamos
en este templo una melodía semejante, pero con un contenido más profundo,
que aquel que escuchó el santo Juan Diego. Es la melodía del Espíritu
la que hoy nos congrega en torno a esta mesa para reafirmar nuestra
íntima unión a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
Y al encontrarnos con María
este encuentro lo hacemos desde la experiencia de Vía Crucis, que
en nuestro país y en nuestra diócesis vamos llevando por las particularidades
que tiene nuestra diócesis en su pobreza, en su aridez, pero también
en el anhelo de honestidad y justicia, y también en el empeño por
vivir más íntimamente unidos, como hermanos y expresar así la comunión
de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo en nuestra comunión pobre y
limitada, pero con un grande anhelo, que florezca ahí, como lo escuchamos:
que florezca en el desierto. Que florezca en este encuentro
con María, en este encuentro donde avivamos nuestra esperanza. La
esperanza de un pueblo, que camina expresando cada vez más el amor
de Dios en las circunstancias crucificantes, que encontramos en nuestra
vida familiar donde se da disolución matrimonial. En nuestra vida
juvenil donde anhelamos unir más a los jóvenes y ser agentes que les
manifestemos la ruta de Aquel, el único bueno, Jesucristo. Fortalecernos
en los caminos del gran mensaje de Jesús para vivir, como discípulos
y misioneros donde experimentamos situaciones de aridez y nos consideramos
portadores de la cruz y con María queremos sentir el mismo consuelo
que Ella le dio a Jesús, cuando caminó al Calvario. María se encuentra
y en la piedad popular del Vía Crucis experimentamos lo que hoy estamos
llamados a vivir el consuelo, el aliento, el empuje, la esperanza
y la caricia de María, que nos muestre el rostro del Padre para saber
cumplir la voluntad de Dios.
Hoy nos encontramos felices,
presentándole cada quien lo que nuestro corazón le ofrece al Padre
del Cielo por su Hijo Jesucristo y en la compañía de la Virgen. Y,
hermanos, en esta ofrenda junto con la experiencia de nuestra condición
de bautizados, dignidad grandiosa que es la que queremos hacer valer
por encima de todo. Nuestro ser de bautizados, que se expresa en la
familia, en la escuela, que se exprese en la vida social, en la vida
política, en la vida económica y en nuestra experiencia pastoral.
Y hoy con esta gratitud por el ser bautismal, que nos hace vivir como
pueblo capaz de ofrecerle al Señor todo lo que vive.
Hoy también le ofrecemos nuestra
gratitud por el Sacerdocio de Cristo en nuestros hermanos, que siguiéndole
en esta existencia de servicio viven la gozosa satisfacción de haber
sido llamados para ser otros Cristo, que nos anuncien la salvación
del Señor y nos activen a vivirla en nuestra condición diaria.
Hoy le invito a todos, queridos
hermanos, para que alrededor de la Virgen en torno a su corazón nosotros
le hagamos esta plegaría para nuestros sacerdotes ministeriales, que
ellos sean hombres buenos, pastores buenos. Que la bondad del Espíritu
de Dios fortifique el corazón bueno con el cada uno de ellos ha respondido
al llamado, que el Señor les hizo de seguirle, de tomar la cruz, de
anunciar porque la mies es mucha. Que la Virgen conceda a nuestros
sacerdotes ser pastores buenos, ser pastores sencillos, sí, esa experiencia
que brota del amor a la verdad; de esa experiencia que brota de tener
el Evangelio en nuestro corazón y saberlo vivir en nuestras condiciones
donde el Señor nos ha invitado para anunciarle con amor: pastores
buenos, pastores sencillos, pastores humildes, buenos, sencillos y
humildes. Allí donde se da ese parecido con Cristo, ahí donde Él nos
invita para aprender de su persona a ser humildes de corazón. Que
nuestra plegaría permanente sea para que la Palabra de Jesús se haga
realidad en ellos y ellos expensen la imagen de Dios y que la humildad
con que la Virgen María saber proclamar las maravillas de Dios y sabe
servir con gran disponibilidad, vaya, configurando el ser sacerdotal
de nuestros pastores.
Hoy pidámosle a María, que
nos alcance ser pastores buenos, sencillos y humildes. Alegres porque
el Señor ha desbordado en nosotros su gracia; porque el Señor nos
ha hecho dispensadores de esa gracia, porque el Señor nos habla de
la gran corona que nos ofrece a cuantos hemos anunciado su Palabra.
La hemos manifestado en nuestra comunión y la sabemos entregar en
la inmolación diaria. Pastores alegres, sencillos, humildes, generosos.
Con esa generosidad con la que María nos enseña acudir a la visita
de su parienta Isabel, con esa generosidad con la que Ella no pone
como obstáculo la dignidad que ha recibido y Aquel que lleva en su
propia persona. Pastores generosos para ir contribuyendo al crecimiento
de nuestra iglesia particular. Esta iglesia que en sus 12 años se
plantea ser servidora de Jesucristo, servidora de los hombres, servidora
al estilo de Jesús. Pastores buenos, sencillos, humildes, alegres
y generosos, abiertos al Padre, sí, de donde viene todo bien, de donde
se ha derramado sobre nosotros la gracia de ser una iglesia particular,
de donde sea derramado la gracia bautismal que nos hace ser un pueblo
de santos, de donde se ha derramado sobre nosotros la gracia sacramental
con la que el Espíritu Santo nos llama para santificarnos y ser santificadores
de nuestro pueblo.
Hoy pidámosle al Señor, que
nuestros sacerdotes vivan esa experiencia de estar totalmente abiertos
al Padre, es la experiencia de Jesús, es la experiencia con la que
Jesús sabe enseñar que tomemos nuestra cruz y le sigamos, porque Él
mismo la ha tomado y porque Él mismo se ha puesto en el seguimiento
de la voluntad del Padre, lo que al Padre le agrada. Eso es
lo que hace Jesús y María nos enseña que hagamos lo que Él nos dice.
Hoy queremos recibir todas
estas orientaciones evangélicas de la Palabra cariñosa y tierna con
la que María se dirigió a san Juan Diego, de la Palabra cariñosa y
tierna con la que María ha estado orientando nuestro país, nuestro
ser cristiano. Pastores abiertos al Padre y totalmente desprendidos
de nosotros.
Hemos puesto a Francisco de
Asís, como un signo, un signo del empeño del amor con el que todos
estamos llamados a ser mujeres y hombres de paz. Mujeres y hombres
de paz, que brota desde un desprendimiento personal; desde un seguimiento
radical de Jesús; desde un estilo que María aprende en el trayecto
de su vida y lo reafirma junto a la cruz de su Hijo. Ahí es donde
Ella nos recibe, es ahí donde Ella nos invita, como la Maestra que
ha sabido aprender del único Maestro, que es Jesús, lo que nos va
a comunicar.
Que hoy todos nosotros, queridos
hermanos, pongamos nuestro corazón en esa actitud de discípulos y
que hoy todos nos plateemos renovar la fuerza bautismal consolidada
en su confirmación y que nos lleve a ser mujeres y hombres, fermento
en torno nuestro donde mostremos, que el amor de Dios es real, porque
encarnado en nuestros corazones lo manifestamos en nuestra vida y
que todos, pero que especialmente nuestra oración, nuestra plegaría
sea para que nosotros los sacerdotes seamos pastores buenos, sencillos
y humildes, alegres y generosos, totalmente abiertos al Padre y siempre
disponibles al hermano.
Que la Virgen Santísima nos
conceda esa gracia de su Hijo. Que la Virgen Santísima nos haga vivir
ese gozo de consolidar en nuestra iglesia particular el templo de
Dios: donde se aprende a amar; donde se anuncia el amor; donde se
testimonia el estilo de Jesús; donde se consolida la presencia del
Espíritu.
Que la Virgen María en esta
gran fiesta, en la que hemos venido para presentarle todo lo que nuestro
corazón trae, sepamos también presentarle a todos nuestros sacerdotes
con inmensa gratitud, con inmenso gozo y con la plegaría, para que
todos seamos un pueblo de santos, vocación a la que hemos sido llamados
desde aquel día de nuestro bautismo.
Démosle gracias al Señor.