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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Lucas Martínez Lara, Obispo de la Diócesis de Matehuala, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

4 de noviembre de 2009

 Queridos hermanos, todos, en este Año Sacerdotal nos encontramos con María, la Madre de Jesús y María se encuentra con nosotros. Y lo vivimos desde aquel gozo de nuestro bautismo, como pueblo sacerdotal. A partir de aquella experiencia grandiosa de nuestro bautismo nos encontramos, como hijos de Dios y como hermanos y donde Dios es nuestro Padre en su providencia admirable nos encontramos con María, como Madre nuestra y con un nombre muy particular Guadalupe. Nos encontramos con Ella y escuchamos en este templo una melodía semejante, pero con un contenido más profundo, que aquel que escuchó el santo Juan Diego. Es la melodía del Espíritu la que hoy nos congrega en torno a esta mesa para reafirmar nuestra íntima unión a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Y al encontrarnos con María este encuentro lo hacemos desde la experiencia de Vía Crucis, que en nuestro país y en nuestra diócesis vamos llevando por las particularidades que tiene nuestra diócesis en su pobreza, en su aridez, pero también en el anhelo de honestidad y justicia, y también en el empeño por vivir más íntimamente unidos, como hermanos y expresar así la comunión de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo en nuestra comunión pobre y limitada, pero con un grande anhelo, que florezca ahí, como lo escuchamos: que florezca en el desierto. Que florezca en este encuentro con María, en este encuentro donde avivamos nuestra esperanza. La esperanza de un pueblo, que camina expresando cada vez más el amor de Dios en las circunstancias crucificantes, que encontramos en nuestra vida familiar donde se da disolución matrimonial. En nuestra vida juvenil donde anhelamos unir más a los jóvenes y ser agentes que les manifestemos la ruta de Aquel, el único bueno, Jesucristo. Fortalecernos en los caminos del gran mensaje de Jesús para vivir, como discípulos y misioneros donde experimentamos situaciones de aridez y nos consideramos portadores de la cruz y con María queremos sentir el mismo consuelo que Ella le dio a Jesús, cuando caminó al Calvario. María se encuentra y en la piedad popular del Vía Crucis experimentamos lo que hoy estamos llamados a vivir el consuelo, el aliento, el empuje, la esperanza y la caricia de María, que nos muestre el rostro del Padre para saber cumplir la voluntad de Dios.

Hoy nos encontramos felices, presentándole cada quien lo que nuestro corazón le ofrece al Padre del Cielo por su Hijo Jesucristo y en la compañía de la Virgen. Y, hermanos, en esta ofrenda junto con la experiencia de nuestra condición de bautizados, dignidad grandiosa que es la que queremos hacer valer por encima de todo. Nuestro ser de bautizados, que se expresa en la familia, en la escuela, que se exprese en la vida social, en la vida política, en la vida económica y en nuestra experiencia pastoral. Y hoy con esta gratitud por el ser bautismal, que nos hace vivir como pueblo capaz de ofrecerle al Señor todo lo que vive.

Hoy también le ofrecemos nuestra gratitud por el Sacerdocio de Cristo en nuestros hermanos, que siguiéndole en esta existencia de servicio viven la gozosa satisfacción de haber sido llamados para ser otros Cristo, que nos anuncien la salvación del Señor y nos activen a vivirla en nuestra condición diaria.

Hoy le invito a todos, queridos hermanos, para que alrededor de la Virgen en torno a su corazón nosotros le hagamos esta plegaría para nuestros sacerdotes ministeriales, que ellos sean hombres buenos, pastores buenos. Que la bondad del Espíritu de Dios fortifique el corazón bueno con el cada uno de ellos ha respondido al llamado, que el Señor les hizo de seguirle, de tomar la cruz, de anunciar porque la mies es mucha. Que la Virgen conceda a nuestros sacerdotes ser pastores buenos, ser pastores sencillos, sí, esa experiencia que brota del amor a la verdad; de esa experiencia que brota de tener el Evangelio en nuestro corazón y saberlo vivir en nuestras condiciones donde el Señor nos ha invitado para anunciarle con amor: pastores buenos, pastores sencillos, pastores humildes, buenos, sencillos y humildes. Allí donde se da ese parecido con Cristo, ahí donde Él nos invita para aprender de su persona a ser humildes de corazón. Que nuestra plegaría permanente sea para que la Palabra de Jesús se haga realidad en ellos y ellos expensen la imagen de Dios y que la humildad con que la Virgen María saber proclamar las maravillas de Dios y sabe servir con gran disponibilidad, vaya, configurando el ser sacerdotal de nuestros pastores.

Hoy pidámosle a María, que nos alcance ser pastores buenos, sencillos y humildes. Alegres porque el Señor ha desbordado en nosotros su gracia; porque el Señor nos ha hecho dispensadores de esa gracia, porque el Señor nos habla de la gran corona que nos ofrece a cuantos hemos anunciado su Palabra. La hemos manifestado en nuestra comunión y la sabemos entregar en la inmolación diaria. Pastores alegres, sencillos, humildes, generosos. Con esa generosidad con la que María nos enseña acudir a la visita de su parienta Isabel, con esa generosidad con la que Ella no pone como obstáculo la dignidad que ha recibido y Aquel que lleva en su propia persona. Pastores generosos para ir contribuyendo al crecimiento de nuestra iglesia particular. Esta iglesia que en sus 12 años se plantea ser servidora de Jesucristo, servidora de los hombres, servidora al estilo de Jesús. Pastores buenos, sencillos, humildes, alegres y generosos, abiertos al Padre, sí, de donde viene todo bien, de donde se ha derramado sobre nosotros la gracia de ser una iglesia particular, de donde sea derramado la gracia bautismal que nos hace ser un pueblo de santos, de donde se ha derramado sobre nosotros la gracia sacramental con la que el Espíritu Santo nos llama para santificarnos y ser santificadores de nuestro pueblo.

Hoy pidámosle al Señor, que nuestros sacerdotes vivan esa experiencia de estar totalmente abiertos al Padre, es la experiencia de Jesús, es la experiencia con la que Jesús sabe enseñar que tomemos nuestra cruz y le sigamos, porque Él mismo la ha tomado y porque Él mismo se ha puesto en el seguimiento de la voluntad del Padre, lo que al Padre le agrada. Eso es lo que hace Jesús y María nos enseña que hagamos lo que Él nos dice.

Hoy queremos recibir todas estas orientaciones evangélicas de la Palabra cariñosa y tierna con la que María se dirigió a san Juan Diego, de la Palabra cariñosa y tierna con la que María ha estado orientando nuestro país, nuestro ser cristiano. Pastores abiertos al Padre y totalmente desprendidos de nosotros.

Hemos puesto a Francisco de Asís, como un signo, un signo del empeño del amor con el que todos estamos llamados a ser mujeres y hombres de paz. Mujeres y hombres de paz, que brota desde un desprendimiento personal; desde un seguimiento radical de Jesús; desde un estilo que María aprende en el trayecto de su vida y lo reafirma junto a la cruz de su Hijo. Ahí es donde Ella nos recibe, es ahí donde Ella nos invita, como la Maestra que ha sabido aprender del único Maestro, que es Jesús, lo que nos va a comunicar.

Que hoy todos nosotros, queridos hermanos, pongamos nuestro corazón en esa actitud de discípulos y que hoy todos nos plateemos renovar la fuerza bautismal consolidada en su confirmación y que nos lleve a ser mujeres y hombres, fermento en torno nuestro donde mostremos, que el amor de Dios es real, porque encarnado en nuestros corazones lo manifestamos en nuestra vida y que todos, pero que especialmente nuestra oración, nuestra plegaría sea para que nosotros los sacerdotes seamos pastores buenos, sencillos y humildes, alegres y generosos, totalmente abiertos al Padre y siempre disponibles al hermano.

Que la Virgen Santísima nos conceda esa gracia de su Hijo. Que la Virgen Santísima nos haga vivir ese gozo de consolidar en nuestra iglesia particular el templo de Dios: donde se aprende a amar; donde se anuncia el amor; donde se testimonia el estilo de Jesús; donde se consolida la presencia del Espíritu.

Que la Virgen María en esta gran fiesta, en la que hemos venido para presentarle todo lo que nuestro corazón trae, sepamos también presentarle a todos nuestros sacerdotes con inmensa gratitud, con inmenso gozo y con la plegaría, para que todos seamos un pueblo de santos, vocación a la que hemos sido llamados desde aquel día de nuestro bautismo.

Démosle gracias al Señor.

 
 
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