Los
saludo con alegría en esta tarde, nuestra peregrinación supone una
preparación que despierta un dinamismo. Un dinamismo de comunidad,
de fraternidad, de esfuerzo. Nos da mucho gusto vernos aquí, del norte
y del sur y también del oriente y del poniente de la diócesis. Ojala
cada día fuéramos más los peregrinos, la condición de peregrino es
una condición muy importante en la vida del ser humano, peregrinamos
continuamente.
Y
en esta peregrinación nos vamos acercando a grandes etapas de nuestra
historia. En cuatro años estaremos celebrando los 50 años de nuestra
diócesis. En 1962 se promulgó el decreto de erección. En el 2012 cumpliremos
los 50 años, agosto. Con esta visita a la Santísima Virgen empezamos
una serie, que nos va a llevar hasta el 2012, y es un número de 4,
que como se trata del aniversario de la diócesis queremos tener en
mente la naturaleza de nuestra diócesis.
Las
condiciones que se dan y deben darse para que la diócesis cumpla su
cometido. Y hoy quiero decirles parafraciando a san Pablo, que la
diócesis es un instrumento de salvación, no nada más para los que
vivimos en este territorio del sur del estado de Nuevo León, sino
para todos los que entran en comunicación con nosotros. Y es un instrumento
de salvación que irradia como ser instrumento es luminoso porque es
sacramento, pero es un sacramento cuya luz no está en el aire, está
muy en concreto nos dice san Pablo: nosotros reflejamos la luz de
Cristo en nuestras caras. Y lo vamos reflejando cada día con
mayor luminosidad. No estamos como Moisés; que se ponía un velo para
ocultar la luz que despedía su rostro después de hablar con Dios.
Nosotros caminamos a cara descubierta para que todos vean la luz de
Cristo en nuestro rostro y de esa manera se sientan impulsados a seguirlo.
Somos,
pues, cada uno de nosotros instrumento, pero el instrumento tiene
más eficacia cuando es un instrumento que todos reflejan. Todos nosotros
hemos de reflejar la luz de Cristo y de esa manera vamos a ir entendiendo
lo que es nuestra Iglesia. Guiándonos por el Concilio cuya primera
frase es: la luz de Cristo se refleja en el rostro de la Iglesia y
por eso queremos estudiar la Iglesia para abrillantar el rostro de
la Iglesia y refleje mejor la luz de Cristo.
Hoy
es víspera de la transfiguración, ese acontecimiento tan importante
en la vida de los apóstoles que vieron a Cristo luminoso radiante,
sus vestiduras blancas y se quedaron con esa imagen y después donde
quiera que iban ofreciendo el mensaje que salvación iban también dejando
seguidores de Cristo, que entendían su vida dentro de una luz. San
Juan lo dice, claramente: si vivimos unidos a Dios somos hijos
de la luz y si no vivimos unidos a Dios decimos mentiras, porque en
nosotros no está la luz de Cristo y estamos todavía en tinieblas.
Las
tinieblas es la otra parte de la misión de san Pablo y de toda la
Santa Escritura. Si leemos el libro de Job, ese libro tan misterioso,
encontramos en los primeros capítulos: que Job maldice el día que
nació, ojala hubiera yo muerto antes de nacer. Hubiera sido un aborto
y no hubiera visto la luz y hubiera muerto en las tinieblas. La
luz y las tinieblas el gran discrimen de la vida o en la luz o en
las tinieblas. Por eso tan importante es el mensaje de salvación,
que se concentra en la Iglesia Católica y que de la Iglesia Católica;
las iglesias particulares son la que reflejan ya en las tierras donde
están establecidas, reflejan esa luz de Cristo.
Nos
dio gusto venir peregrinando nos veíamos las caras, veíamos que con
alegría estábamos caminado hacía la casa de nuestra Madre. Veníamos
con las caras luminosas, así hemos de regresar y ser de tal manera
luminosos en todas nuestras actividades, que todo mundo note que algo
ha pasado, que algo tenemos. Que tenemos el empeño de transmitir la
luz de Cristo a todos los que nos vean. Y entonces este primer año
vamos a ir buscando, y cada que se acuerden de este acontecimiento
de la peregrinación, recuerden: ¿yo soy hijo de la luz? ¿reflejo en
mi cara la luz de Cristo? ¿me ven con agrado los demás porque despido
esa luz, que es la gloria de Dios, que se refleja en Cristo? Y si
no apresurémonos para ir volviendo nuestra faz luminosa. Que no haya
oscuridad; que no haya tinieblas, que no nos encuentren tristes, que
nos encuentren siempre alegres.
Hermanos,
tenemos muchas ideas en el caminar de nuestra vida, en el caminar
de nuestra diócesis, que puede ayudarnos a vivir como hijos de la
luz. Y les pido a ustedes y a mis hermanos sacerdotes, que pongan
en práctica todo lo que nos lleve a ser comunidades de luz, comunidades
en que todos tengamos ese rostro. Recuerdo el catecismo que los niños
aprenden para la Confirmación ¿cómo vamos a dar testimonio de los
frutos del Espíritu en nuestra vida? ¿cómo vamos a tener una cara
luminosa? ¿cómo vamos a ser auténticos hijos de Dios, hijo de la luz?
y los niños responden a coro la respuesta, que ustedes saben: cuando
somos justos, trabajadores, responsables, etc. Así es como vamos a
ser hijos de la luz, cuando nuestra conducta, también, sea luminosa,
cuando no haya nada que nos remuerda la conciencia, cuando estemos
entonces, también de tal manera disponibles para servir a los hermanos
que contagiemos la luz de Cristo.
De
propósito quise tocar este tema de la luz hoy con ustedes porque queremos
seriar. El próximo año estaríamos hablando del pueblo de Dios, un
tema que me es tan querido, porque somos un pueblo. Un pueblo de la
Nueva Alianza; un pueblo que no vio a Moisés con el velo, sino un
pueblo que ha visto la luz de Cristo porque se ha guiado por el Espíritu,
el pueblo de Dios. Y el pueblo de Dios con las demás características,
de sacramento de salvación, de instrumento, de Cuerpo de Cristo. Esperen,
pues, que nos volvamos a ver en un año más y que volvamos a tomar
alguna característica de esta iglesia particular de Linares, que es
la diócesis, y que volvamos a tomar un tema muy concreto, para que
nos lleve a penetrar la naturaleza de nuestra iglesia.
El
Señor los bendiga y los mantenga así en este fervor del ser discípulos
de Cristo, para ser misioneros. Que la Santísima Virgen, en esa poesía
que nos leyó monseñor y que yo se la pedía porque me pareció inspirada.
Quisiera decirles que la Santísima Virgen trajo, también, la luz,
que en el amanecer del 9 de diciembre, también, pudimos ver una luz
y san Juan Diego por eso fue a la cumbre del cerrito, porque ahí estaba
la Señora del cielo despidiendo una luz hermosa. Por eso nosotros
somos también hijos de la Santísima Virgen María que es nuestra Señora
de la luz.
Todo,
pues, nos habla de luz en esta hermosa Basílica de nuestra Señora
a la que peregrinamos con alegría y estamos aquí guiados por nuestros
párrocos y están escuchando el compromiso que vamos asumir este año
para convertir nuestras parroquias en comunidades de luz, iluminados
por la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo y con el reflejo
de nuestra como apareció en el Tepeyac.
Amén.