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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Ramón Calderón Batres, Obispo de la Diócesis de Linares, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

5 de agosto de 2009

Los saludo con alegría en esta tarde, nuestra peregrinación supone una preparación que despierta un dinamismo. Un dinamismo de comunidad, de fraternidad, de esfuerzo. Nos da mucho gusto vernos aquí, del norte y del sur y también del oriente y del poniente de la diócesis. Ojala cada día fuéramos más los peregrinos, la condición de peregrino es una condición muy importante en la vida del ser humano, peregrinamos continuamente.

Y en esta peregrinación nos vamos acercando a grandes etapas de nuestra historia. En cuatro años estaremos celebrando los 50 años de nuestra diócesis. En 1962 se promulgó el decreto de erección. En el 2012 cumpliremos los 50 años, agosto. Con esta visita a la Santísima Virgen empezamos una serie, que nos va a llevar hasta el 2012, y es un número de 4, que como se trata del aniversario de la diócesis queremos tener en mente la naturaleza de nuestra diócesis.

Las condiciones que se dan y deben darse para que la diócesis cumpla su cometido. Y hoy quiero decirles parafraciando a san Pablo, que la diócesis es un instrumento de salvación, no nada más para los que vivimos en este territorio del sur del estado de Nuevo León, sino para todos los que entran en comunicación con nosotros. Y es un instrumento de salvación que irradia como ser instrumento es luminoso porque es sacramento, pero es un sacramento cuya luz no está en el aire, está muy en concreto nos dice san Pablo: nosotros reflejamos la luz de Cristo en nuestras caras. Y lo vamos reflejando cada día con mayor luminosidad. No estamos como Moisés; que se ponía un velo para ocultar la luz que despedía su rostro después de hablar con Dios. Nosotros caminamos a cara descubierta para que todos vean la luz de Cristo en nuestro rostro y de esa manera se sientan impulsados a seguirlo.

Somos, pues, cada uno de nosotros instrumento, pero el instrumento tiene más eficacia cuando es un instrumento que todos reflejan. Todos nosotros hemos de reflejar la luz de Cristo y de esa manera vamos a ir entendiendo lo que es nuestra Iglesia. Guiándonos por el Concilio cuya primera frase es: la luz de Cristo se refleja en el rostro de la Iglesia y por eso queremos estudiar la Iglesia para abrillantar el rostro de la Iglesia y refleje mejor la luz de Cristo.

Hoy es víspera de la transfiguración, ese acontecimiento tan importante en la vida de los apóstoles que vieron a Cristo luminoso radiante, sus vestiduras blancas y se quedaron con esa imagen y después donde quiera que iban ofreciendo el mensaje que salvación iban también dejando seguidores de Cristo, que entendían su vida dentro de una luz. San Juan lo dice, claramente: si vivimos unidos a Dios somos hijos de la luz y si no vivimos unidos a Dios decimos mentiras, porque en nosotros no está la luz de Cristo y estamos todavía en tinieblas.

Las tinieblas es la otra parte de la misión de san Pablo y de toda la Santa Escritura. Si leemos el libro de Job, ese libro tan misterioso, encontramos en los primeros capítulos: que Job maldice el día que nació, ojala hubiera yo muerto antes de nacer. Hubiera sido un aborto y no hubiera visto la luz y hubiera muerto en las tinieblas. La luz y las tinieblas el gran discrimen de la vida o en la luz o en las tinieblas. Por eso tan importante es el mensaje de salvación, que se concentra en la Iglesia Católica y que de la Iglesia Católica; las iglesias particulares son la que reflejan ya en las tierras donde están establecidas, reflejan esa luz de Cristo.

Nos dio gusto venir peregrinando nos veíamos las caras, veíamos que con alegría estábamos caminado hacía la casa de nuestra Madre. Veníamos con las caras luminosas, así hemos de regresar y ser de tal manera luminosos en todas nuestras actividades, que todo mundo note que algo ha pasado, que algo tenemos. Que tenemos el empeño de transmitir la luz de Cristo a todos los que nos vean. Y entonces este primer año vamos a ir buscando, y cada que se acuerden de este acontecimiento de la peregrinación, recuerden: ¿yo soy hijo de la luz? ¿reflejo en mi cara la luz de Cristo? ¿me ven con agrado los demás porque despido esa luz, que es la gloria de Dios, que se refleja en Cristo? Y si no apresurémonos para ir volviendo nuestra faz luminosa. Que no haya oscuridad; que no haya tinieblas, que no nos encuentren tristes, que nos encuentren siempre alegres.

Hermanos, tenemos muchas ideas en el caminar de nuestra vida, en el caminar de nuestra diócesis, que puede ayudarnos a vivir como hijos de la luz. Y les pido a ustedes y a mis hermanos sacerdotes, que pongan en práctica todo lo que nos lleve a ser comunidades de luz, comunidades en que todos tengamos ese rostro. Recuerdo el catecismo que los niños aprenden para la Confirmación ¿cómo vamos a dar testimonio de los frutos del Espíritu en nuestra vida? ¿cómo vamos a tener una cara luminosa? ¿cómo vamos a ser auténticos hijos de Dios, hijo de la luz? y los niños responden a coro la respuesta, que ustedes saben: cuando somos justos, trabajadores, responsables, etc. Así es como vamos a ser hijos de la luz, cuando nuestra conducta, también, sea luminosa, cuando no haya nada que nos remuerda la conciencia, cuando estemos entonces, también de tal manera disponibles para servir a los hermanos que contagiemos la luz de Cristo.

De propósito quise tocar este tema de la luz hoy con ustedes porque queremos seriar. El próximo año estaríamos hablando del pueblo de Dios, un tema que me es tan querido, porque somos un pueblo. Un pueblo de la Nueva Alianza; un pueblo que no vio a Moisés con el velo, sino un pueblo que ha visto la luz de Cristo porque se ha guiado por el Espíritu, el pueblo de Dios. Y el pueblo de Dios con las demás características, de sacramento de salvación, de instrumento, de Cuerpo de Cristo. Esperen, pues, que nos volvamos a ver en un año más y que volvamos a tomar alguna característica de esta iglesia particular de Linares, que es la diócesis, y que volvamos a tomar un tema muy concreto, para que nos lleve a penetrar la naturaleza de nuestra iglesia.

El Señor los bendiga y los mantenga así en este fervor del ser discípulos de Cristo, para ser misioneros. Que la Santísima Virgen, en esa poesía que nos leyó monseñor y que yo se la pedía porque me pareció inspirada. Quisiera decirles que la Santísima Virgen trajo, también, la luz, que en el amanecer del 9 de diciembre, también, pudimos ver una luz y san Juan Diego por eso fue a la cumbre del cerrito, porque ahí estaba la Señora del cielo despidiendo una luz hermosa. Por eso nosotros somos también hijos de la Santísima Virgen María que es nuestra Señora de la luz.

Todo, pues, nos habla de luz en esta hermosa Basílica de nuestra Señora a la que peregrinamos con alegría y estamos aquí guiados por nuestros párrocos y están escuchando el compromiso que vamos asumir este año para convertir nuestras parroquias en comunidades de luz, iluminados por la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo y con el reflejo de nuestra como apareció en el Tepeyac.

Amén.

 
 
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