InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Peregrinaciones
   
 
Homilía
pronunciada por Mons. Rutilo Muñoz Zamora, Obispo de la Diócesis de Coatzacoalcos, en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

14 de julio de 2009

Saludo muy cordialmente a todos los hermanos sacerdotes, diáconos, religiosas, religiosos, seminaristas y queridos fieles de las diferentes parroquias de la Diócesis de Coatzacoalcos, que han venido para participar en la peregrinación anual a esta Insigne Basílica de Guadalupe, la casa de María Santísima, y también nuestro hogar. Un saludo a todos los demás peregrinos de otras comunidades tanto que aquí de la Ciudad de México, como de otros lugares de nuestro país.  

Acción de gracias por el XXV Aniversario de la diócesis.

En esta ocasión le damos gracias al Señor de manera especial por el año jubilar que estamos celebrando al cumplir la diócesis el XXV Aniversario de su erección canónica, un acontecimiento que nos llena de gozo, de esperanza por todo lo que el Señor ha realizado en la vida de nuestra iglesia particular, de manera especial en la tarea evangelizadora. Así lo manifestamos en la celebración solemne diocesana del pasado 20 de junio. Y la Santísima Virgen María ha estado haciendo camino con nosotros en estos primeros años, animando y llenando de consuelo nuestras vidas y llevándonos al encuentro de su Hijo amado, Jesucristo. Hoy queremos manifestar, al estar en la casa de María Santísima, su cariño y protección en la vida de nuestras comunidades diocesanas a través de sus primeros veinticinco años; reafirmamos que sigue siendo actual lo que le hizo saber a Juan Diego en sus apariciones: “¿no estoy yo aquí que soy tu madre?, ¿no estás bajo mi sombra y resguardo?, ¿no soy yo la fuente de tu alegría?, ¿no estás en el hueco de mi manto en el cruce de mis brazos?, ¿tienes necesidad de alguna otra cosa?” (Nican Mopohua 119).

Renovación del compromiso evangelizador iluminados por el ejemplo de la Santísima Virgen María.

El corazón de la vida y de la misión de la Iglesia es la evangelización: anunciar y dar testimonio de la persona y de la obra salvadora de Jesucristo. Sin la experiencia de esta tarea no se puede ser y vivir como verdaderos discípulos de Jesús.

María nos enseña cómo vivir en profundidad la fe y ser perseverantes en el ejercicio de la caridad, así lo escuchamos en el texto del Evangelio de san Juan, de este día y también recordemos aquel pasaje clásico del Evangelio de san Lucas: “cuando María después de que se le ha anunciado que ha sido elegida para ser la Madre del Salvador y estando ya en ese proceso de gestación de su Hijo Jesucristo va también presurosa a visitar a su prima Isabel”.

En este día hacemos manifiesta la renovación del compromiso de asumir y darle vida a la “Nueva Evangelización” en toda la Iglesia diocesana: anunciar y proclamar el tesoro que es Cristo y su Buena Nueva, con un nuevo ardor, nuevas expresiones y nuevos métodos. Que haya una entrega incondicional de todos los Agentes de Pastoral, para que aceptemos entrar en esta espiral de Evangelización y Misión, que tengamos el ardor y la pasión para dar testimonio de Cristo en todos los ambientes.

Compartir la oración de alabanza de la Virgen María, el Magnificat.

María en esa acción de gracias que conocemos del Evangelio de san Lucas: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava” (Lc 1,46-48). También nosotros hemos venido llenos de júbilo a proclamar las grandezas que Dios ha hecho en nuestra diócesis durante los primeros veinticinco años de su existencia. Dios nos ha bendecido desde el inicio con la entrega generosa del ministerio pastoral de su primer obispo, Don Carlos Talavera Ramírez, a quien recordamos con cariño y agradecimiento por su dedicación para poner los cimientos en la vida y organización de la diócesis, y a quien Dios lo llamó desde hace ya tres años al encuentro definitivo con Él. Con el trabajo pastoral también de todos los primeros sacerdotes que entregaron su vida para fortalecer la naciente Iglesia diocesana; igualmente con la presencia y el testimonio de las comunidades de vida consagrada que han ido colaborando para anunciar y proclamar la novedad de la Buena Nueva, viviendo de manera especial los consejos evangélicos; y desde luego con la entrega generosa de los queridos hermanos laicos, muchos de ellos llegados de otras parte de la república con su gran experiencia de vida de fe y caridad.

Todos ellos han colaborado en la obra del Señor para hacer de la diócesis una iglesia evangelizada y evangelizadora. Hoy le decimos al Señor y a María Santísima: ¡Gracias por el testimonio y el trabajo de esta primera generación de discípulos misioneros!

Queremos también poner en las manos del Señor y en el regazo de María los retos y desafíos de la iglesia diocesana en esta nueva etapa de vida para que siga creciendo y responda a las necesidades de la Nueva Evangelización para los hombres y mujeres de hoy; que estemos dispuestos a retomar con renovada entrega la misión permanente, movidos por el amor a Cristo y a los hermanos, sobre todo los más alejados del círculo de vida del Señor. Por ello es fundamental la formación de discípulos misioneros, fortalecer el proceso evangelizador para entusiasmar a más y más bautizados para que surjan los obreros de la viña del Señor de nuestro tiempo; los misioneros que vayan y hagan presencia en los ambientes variados de hoy, tanto en las zonas urbanas, como semi-urbanas y rurales con sus múltiples necesidades. Y en esta promoción de discípulos pedimos al Señor, por intercesión de la Virgen María, que nos haga tener más vocaciones para el ministerio sacerdotal; que surjan más jóvenes llenos de la experiencia de Dios que estén dispuestos a entregar su vida por Cristo y en servicio total a la Iglesia.

Otro gran desafío, el cual compartimos con prácticamente todas las demás regiones del país, es la creciente espiral de violencia e inseguridad que tiende a querer imponerse como la cultura de hoy, y que es catalogada como “cultura de muerte”. Quisiera recordar en este punto lo que manifestaba en la Carta pastoral de noviembre del año pasado de un Servidor después de la Visita Pastoral a la diócesis, y leo textualmente:

“El narcotráfico, el secuestro con sus múltiples formas de redes de corrupción y tortura, la impunidad, nos cuestionan fuertemente para preguntamos una y otra vez: ¿Por qué un ser humano puede actuar con tanta saña contra otro por dinero y poder? ¿Por qué en un país, en un Estado como el nuestro, en donde la mayoría decimos que creemos en Dios, se está dando esta violencia lacerante, salvaje, inhumana? Por momentos seguramente muchos pensamos no tener respuestas categóricas y lógicas, mucho menos convincentes. Pero saben, queridos hermanos, les quiero decir lo que hace poco escuchaba de un sacerdote de una diócesis hermana, que tiene la delicada tarea de velar y cuidar de los migrantes centroamericanos que en estos meses varios de ellos están siendo secuestrados y torturados: "Están actuando así porque no tienen a Dios en su corazón, se han olvidado de él", refiriéndose a los que secuestran y torturan; y luego completaba: "pero también somos responsables muchos de nosotros porque no supimos llevar/os al encuentro con Él”.

Y es volver al problema central de lo que no hemos sabido realizar de forma adecuada, permanente y eficaz en muchos de los ambientes, tanto a nivel rural como urbano. Ha faltado una buena evangelización desde nuestras familias y en la vida eclesial y social.  Muchos de los que hoy están haciendo florecer esta cultura de la violencia y de la muerte salieron de nuestras familias que no tenían experiencia del amor de Dios en su vida cotidiana; quizás sí tenían ciertas tradiciones y prácticas religiosas, pero no estaban influenciadas por la fe en el Señor en los hechos de cada día". (Carta Pastoral, noviembre de 2008, pág. 60-61).

Y aquí termino esta cita textual.

Los invito a actualizar y fortalecer nuestra vocación de discípulos fieles, generosos, audaces y perseverantes para continuar remando mar adentro en la iglesia diocesana, asumiendo al estilo de Jesús, Buen Pastor, el camino del servicio con un nuevo impulso misionero, iluminados y confortados por María Santísima, a quien hoy le manifestamos nuestro agradecimiento por ser nuestra Madre tierna, amorosa y solidaria.

Que así sea.
 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior