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Homilía
pronunciada por Luis Artemio Flores Calzada, Obispo de la Diócesis de Valle de Chalco, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

8 de julio de 2009

María se encaminó presurosa  las montañas de Judá y cuando Isabel le saluda de donde a mí que la Madre de mi Señor venga a visitarme. María alaba a Dios diciendo mi alma glorifica al Señor: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava" (Lc 46,48).

¡Qué hermosas palabras acabamos de escuchar en el santo Evangelio!

Muy queridos hermanos sacerdotes, estimados seminaristas, queridos religiosos y queridas religiosas, muy estimados hermanos y hermanas de nuestra amada Diócesis de Valle de Chalco,  en sus 5 vicarias. Vicaría de la Inmaculada Concepción con sede en Ozumba, Vicaría de san Pablo con sede en Ameca, Vicaría de san Pedro con sede en Juchitepec, Vicaría de Santiago con sede en Chalco, Vicaría de san Juan Diego con sede en la Catedral de Valle de Chalco. Muy queridos representantes de la Universidad Interamericana del Desarrollo, queridas niñas de la Villa de las Niñas de Valle de Chalco. Muy estimado coro que se ha preparado para acompañarnos en esta celebración de Tlapala y de san Pedro y san Pablo Atlazalpan.

Hermanos, aquí frente a la bendita imagen de nuestra Madre Santísima podemos constatar el inmenso amor de María por nosotros. Con ninguna nación hizo lo mismo dejarnos su bendita imagen, que es signo de la credibilidad del mensaje que nos trajo a México y a todo el mundo: “Yo soy la siempre Virgen María, Madre del Verdaderísimo Dios”. Y que nos manifiesta el inmenso amor de Dios al querer que María nos anunciara el Evangelio de Jesús, su Hijo amado, y al pedir esta casita donde Ella muestra siempre su amor para todo aquel que está preocupado por eso estamos aquí para experimentar, también, ese amor maternal de nuestra Madre Santísima.

Pues, bien, queridos hermanos, el Santo Padre ha querido dedicar un año para que meditemos en la importancia del sacerdocio. En esta ocasión quisiera, hermanos, también, a partir de este encargo que nos da el Santo Padre, que pensemos aquí en la Casita de nuestra Madre sobre lo importante que es el sacerdote, precisamente para descubrir toda su belleza y su importancia y para que cada uno de los sacerdotes, también podamos decir como María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi Salvador, porque el Señor puso sus ojos en la humildad de su esclava”.

Desde que la Virgen María se apareció a Juan Diego en el cerro del Tepeyac, ya Juan Diego reconoce la importancia y la grandeza de los sacerdotes, cuando la Virgen María  le pregunta: “Escucha, hijo mío el menor, Juanito, ¿A dónde te diriges? y él le contestó: "Mi Señora, reina, muchachita mía, haya llegaré, a tu casita de México Tlatilolco, a seguir las cosas de Dios que nos dan, que nos enseñan quienes son las imágenes de nuestro Señor: nuestros sacerdotes" (Nican Mopohua 23-24). ¡Qué hermosas palabras le dice Juan Diego a María sobre los sacerdotes!

En efecto, queridos hermanos, el sacerdote es una imagen viva y transparente de Cristo, que por la ordenación sacerdotal queda configurado a Cristo. Es Cristo presente en su pueblo que actúa a través del sacerdote para comunicar su Palabra y para comunicar su vida divina es el mensajero que lleva el mensaje que transforma los corazones de los hombres. Es el que está en lo sagrado porque está en las cosas de Dios, es el amigo de Dios, pero también es el amigo del pueblo de Dios. Es el hermano de Cristo, pero también es el hermano del pueblo de Dios.

En este año, queridos hermanos, el Santo Padre nos ha querido poner al Santo Cura de Ars, como ejemplo, para modelo para todo sacerdote: qué grande es el sacerdote, decía el Santo Cura de Ars, que precisamente el sacerdote es el tesoro más grande que el Buen Dios pueda conceder a una parroquia. Si se diera cuenta el sacerdote de lo grande que es su vocación moriría. Dios lo obedece pronuncia dos palabras y nuestro Señor baja de cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos, decía el Santo Cura de Ars. Si desapareciera el Sacramento del Orden no tendríamos al Señor ¿quién lo ha puesto en el Sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestras almas apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir a causa del pecado, ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote...

¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo! ... Él mismo sólo lo entenderá en el cielo, decía el Santo Cura de Ars.

Queridos hermanos sacerdotes y querido pueblo de Dios, el éxito y la fecundidad del ministerio sacerdotal del Santo Cura de Ars estuvo en su amor y en su íntima unión con Cristo en la Eucaristía, celebraba con gran devoción, pasaba largas horas en adoración al Santísimo Sacramento, de ahí le brotaba su inmenso amor a los fieles, dedicaba mucho tiempo al Sacramento de la Penitencia, oyendo en confesión a los fieles que venían de muchos lados a experimentar el amor misericordioso de Dios en el sacramento, visitaba personalmente a las familias de su Parroquia organizaba la caridad ocundose especialmente de las niñas huérfanas de la "Providence" (un instituto que fundó), se interesaba por la catequesis y la educación de los niños y llamaba a los laicos a colaborar con él.

Esto es lo que tenemos que queridos hermanos sacerdotes en nuestra Diócesis de Valle de Chalco, este es el plan pastoral dicho de una manera sencilla y viva. Estamos llamados a renovar la conciencia de nuestra identidad sacerdotal y por consiguiente a fortalecer nuestra misión. Es importante que hoy nos preguntemos, queridos hermanos sacerdotes: ¿Me siento amado y elegido por Dios, para tan gran misión? ¿Estoy dispuesto como María  a recorrer montañas, como el cura de Ars, a recorrer las familias, para llevarles la Buena Noticia de Dios? Y a mis hermanos fieles aquí presentes quisiera preguntarles: ¿está contentos con su sacerdote? ¿qué esperan de él? ¿Lo aman también y saben ver en él la presencia de Cristo? ayúdenlos con su oración, con su ejemplo, anímenlos también para que sean lo que Dios quiere.

Otro ejemplo y otro modelo de sacerdote lo encontramos en san Pablo, quien una vez que se encontró con Jesús se enamoró de Él y entregó su vida por Él. Precisamente, Pablo decía: Cristo me amó y entregó su vida por mí. Pablo al sentirse amado por Dios respondió a este amor entregándose a Cristo anunciado el Evangelio, para eso vine para anunciar el Evangelio, para mí la vida es Cristo y mi gozo, mi alegría es que todos lo conozcan.

Queridos hermanos sacerdotes podríamos decir lo mismo que Pablo: para mí mi amor es Cristo y mi gozo es que todos mis hermanos conozcan a Cristo. En el camino a Damasco, cuando iba a traer presos a los cristianos el Señor se le apareció a Saulo lo derribó del caballo y le dijo Saulo, Saulo ¿porqué me persigues? (Hech 9,4), en realidad perseguía a los cristianos, pero los cristianos forman la Iglesia, forman el Cuerpo de Cristo y esto se manifiesta especialmente en la Eucaristía. El sacerdote es el que alimenta al pueblo de Dios. En la Eucaristía Cristo mismo alimenta al pueblo, a su pueblo, a su Cuerpo y a su vez la Iglesia formada por los bautizados, forma el Cuerpo de Cristo de tal manera que Cristo sigue vivo, vivo en la Iglesia se hace presente en cada cristiano de ahí nuestro compromiso de todos hacer presente, visible a Cristo. El Cristo que sigue amando, el Cristo testigo que da la vida por sus hermanos. “El pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? porque el pan es uno, así nosotros siendo muchos, somos un cuerpo, porque todos comemos el mismo pan, que es Cristo”  decía san Pablo (1 Co 10, 16-17) 3

Muy queridos hermanos, quisiera terminar recordando, también, que estamos viviendo nuevos tiempos, nueva época tiempos difíciles, quizá también ha habido algunos errores, pero Dios tan misericordioso nos llama a la conversión y sigue confiando en nosotros y ante este mundo globalizado, que ya nos presente el Documento de Aparecida nos sigue el Señor recordando lo importante que es sacerdote Dios nos ha confiando su pueblo santo para alimentarlo con su Palabra en la Eucaristía; para cuidar de el como buenos pastores; para ser de nuestra Iglesia una verdadera casa y escuela de comunión; para formar a nuestros laicos como verdaderos discípulos y misioneros de Cristo comprometidos en transformar el mundo con los valores del Evangelio, en un mundo dividido por guerras y discordias estamos llamados promover la unidad y el amor fraterno; en un mundo de excluidos y marginados estamos llamados a promover la inclusión y la solidaridad; en un mundo de violencia, de narcotráfico, tenemos que ser mensajeros de paz y de reconciliación, en un mundo donde se menosprecia a los pobres tenemos que ver en ellos el rostro de Cristo, como María nos enseña a tratarlos con mucho cariño en la persona de Juan Diego: ¿Juanito, Juan Dieguito a dónde te diriges? Así tenemos que tratar con mucho cariño a nuestros hermanos, especialmente a los pobres, promoviendo la defensa de su dignidad de personas y de sus derechos, porque ellos son los principales destinatarios del Evangelio, los protagonistas de su desarrollo y los mensajeros del reino de Dios, como lo fue Juan Diego.

Y ustedes queridos hermanos de nuestra Diócesis de Valle de Chalco: ¿qué les aflige? ¿qué les preocupa? ¿hoy en este día escuchando a nuestra Madre qué te aflige, qué te preocupa? ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? Los invito, pongan en las manos de María su corazón, sus preocupaciones, pongan en las manos de María a los niños, a nuestras familias, a nuestros jóvenes, a nuestros sacerdotes. Pónganse cada uno de ustedes en las manos del Señor y de María con la certeza que regresaremos a nuestra diócesis llenos del amor de Cristo y llenos del amor de Dios para seguir trabajando en la obra que Dios nos ha encomendado: anunciar y proclamar su Evangelio a todos nuestros hermanos. Y a ustedes queridos hermanos sacerdotes hoy una vez más aquí en la casita de nuestra Madre revivan con gozo, con alegría aquel día de su Ordenación Sacerdotal, aquel día que recibieron el Espíritu Santo y que ustedes le dijeron al Señor: cuenta conmigo aquí estoy Señor envíame, vengo Señor para ser tu voluntad.

Así sea.

 
 
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