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Homilía
pronunciada por Mons. Oscar Roberto Domínguez Couttolenc. M.G., Obispo de la Diócesis de Tlapa, Guerrero, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

16 de Marzo de 2009

Estimados hermanos sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y hermanos todos en el Señor. Con la gracia de Dios hemos llegado nuevamente a la casa de nuestra Santa Madre María de Guadalupe aquí en el Tepeyac, para darle gracias por todo el cuidado que ha tenido para cada uno de nosotros y de nuestra Diócesis de Tlapa que peregrina en la montaña de Guerrero.

Hermanas y hermanos, saludamos a Santa María con fe y con esperanza. ¡Qué viva Santa María de Guadalupe! ¡Qué viva Santa María de Guadalupe! ¡Qué viva nuestra Diócesis de Tlapa!

Queridos hermanos y hermanas, hemos llegado aquí en peregrinación. Algunos de ustedes han hecho un gran esfuerzo, han caminado durante una semana para llegar aquí al Tepeyac. Peregrinar significa estar en movimiento, partir de un lugar con la esperanza de llegar a otro, para esto hay que pasar fatigas, dolores, tristezas, hay que hacer esfuerzos, como creyentes encomendarnos a Dios al momento de la salida y dar gracias al momento de la llegada. Ustedes lo saben bien, así peregrinamos en la montaña, cuando visitamos familiares, cuando asistimos a las fiestas, cuando vamos a las asambleas o bien cuando participamos en alguna de nuestras hermosas celebraciones religiosas.

Hermanas y hermanos, nuestra vida de fe es precisamente un peregrinar donde estamos en movimiento hacia la Casa del Padre, en este peregrinar, experimentamos también fatigas, dolores, tristezas, tenemos que hacer esfuerzos, encomendarnos a Dios, pero nos alienta la gozosa esperanza de la llegada.

Cada año peregrinamos al Tepeyac a la Casa de la Madre del Verdadero Dios por quien se vive, para suplicarle su bendición, su protección ante nuestras fatigas, dolores, tristezas, a pedirle interceda por nosotros ante su Hijo Jesucristo por el perdón de nuestros pecados tanto personales, como comunitarios.

A Ella, a María, le venimos a ofrecer nuestra vida, nuestras flores y cantos, porque a Ella siendo la Madre de Dios, a Ella la veneramos con sincera devoción ya que Ella, nos conduce a su Hijo Jesucristo, quien es nuestro Dios y Señor, nuestra luz, nuestro guía, nuestro Maestro, nuestra verdad, nuestra vida. Nosotros proclamamos en la montaña, como hoy hemos proclamado aquí en el Tepeyac ¡Estamos sedientos del Dios que da la vida!

A Ella venimos a ofrecerle nuestro peregrinar como Diócesis, a darle gracias por habemos permitido iniciar la revisión de nuestro Plan Diocesano de Pastoral, que nos esta exigiendo inicialmente en un marco de oración, una reflexión y análisis de la realidad que vivimos en la montaña, para reconocer los desafíos que debemos enfrentar en nuestra labor pastoral y así poder responderle a Jesús, quien nos ha llamado a colaborar con Él con acciones evangélicas realizadas con responsabilidad.

A Ella venimos a ofrecerle nuestra acción de gracias, por interceder ante su Hijo, por la santificación de los sacerdotes de nuestra Diócesis de Tlapa, que desgastan su vida por seguir a Jesucristo en el servicio de la proclamación del Reino, pidiéndole nos permita tener una profunda experiencia de Dios, que no seamos recios a su Palabra, que la Eucaristía sea el centro de nuestra vida y nos ayude a configuramos con el corazón de su Hijo Buen Pastor, que escuchemos las necesidades de los más pobres y nos comprometamos en la defensa de los derechos humanos.

A Ella venimos a ofrecerle nuestra acción de gracias por nuestro Seminario, que gracias a Dios en este año termina la primera generación de alumnos formada completamente en él, y le pedimos colme de gracia y bendición a sus integrantes, al Equipo Formador para que estén abiertos a las inspiraciones del Espíritu y puedan formar en los jóvenes las cualidades de Cristo Buen Pastor, y por nuestros hermanos seminaristas, para crezcan en gracia y sabiduría.

A Ella venimos a ofrecerle nuestra acción de gracias, por el testimonio y la entrega de hermanas y hermanos nuestros en la vida consagrada y laical, que quieren ser santos, que viven con radicalidad el evangelio ofreciendo su vida por Cristo, por la Iglesia y por sus comunidades, pidiéndole los santifique y los proteja de todo mal.

Hoy al escuchar las Palabras del Señor en el Evangelio de San Lucas, (4,24 -30) tomamos nuevamente conciencia de que Jesús, no ha sido enviado solamente a los judíos, Él ha sido enviado también a nosotros para mostramos el camino que conduce al Padre, por eso deseamos hacer el compromiso desde aquí en el Tepeyac, de hacer nuevos esfuerzos pastorales en nuestra Diócesis de Tlapa, que se encuentren orientados como nos pide la misma Iglesia desde Aparecida, hacia un encuentro profundo con Jesucristo vivo.

Sin pretender hacer un análisis habría que señalar como una de las causas principales que nos piden hacer nuevos esfuerzos pastorales, el debilitamiento y en algunos casos la pérdida de nuestros valores fundamentalmente religiosos como también culturales, sociales y la presencia de la violencia auspiciada por el narcotráfico entre nuestros pueblos Nahuatls, Mixtecos, Tlapanecos y Meztizos de la montaña, que buscan defenderse ante el embate de una cultura postmoderna que deja de lado el Evangelio.

Cuanta razón tiene la Iglesia cuando desde Aparecida afirma que: "La naturaleza misma del cristianismo consiste, por lo tanto, en reconocer la presencia de Jesucristo y seguirlo. Esta fue la hermosa experiencia de aquellos primeros discípulos que, encontrado a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo como los trataba, correspondiendo al hambre y ser de vida que había en sus corazones". (DA 244)

Aparecida, nos recuerda que el sujeto de la Evangelización, que realiza la promoción de la persona, que genera una cultura cristiana, que hace real la opción preferencial por los pobres, que suscita vocaciones, que hace vivir a una comunidad es el discípulo misionero, que tiene un encuentro con Jesucristo vivo.

Un encuentro, que no puede ser de prisa, ni poco profundo como estamos muchos de nosotros acostumbrados por nuestro activismo, se trata de buscar las formas que propicien un encuentro tan personal y comunitario con Jesucristo, que impacte, conmueva, renueve, a quienes estamos dispuestos a acercamos a su persona y por lo tanto a su misión, un encuentro que parta de escucharlo y por lo tanto conocerlo y amarlo, de vivirlo en los sacramentos y de proclamarlo con nuestra vida.

Hermanas y hermanos que la Presencia del Señor Jesús, su amor y misericordia que se hacen presentes en esta Celebración Eucarística, fortalezcan el peregrinar de nuestra Diócesis de Tlapa, y que Santa María de Guadalupe nos tome en sus manos, para protegemos y bendecimos.

Por la Gracia de Dios y de la Santa Sede.

Declaración de la Misión

 
 
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