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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Héctor Guerrero, Obispo Prelado de la Prelatura de los Mixes, en ocasión de la peregrinación de su prelatura, a la Basílica de Guadalupe.

12 de octubre de 2008

Queridos hermanos y hermanas que nos acompañan en esta peregrinación de los pueblos de montaña alta de Oaxaca del norte. Bienvenidos, hermanos: mixes, chinantecos, zapotecos, mestizos, mixtecos, bienvenidos a la casa de nuestra Madre.

En el Evangelio escuchábamos que el ángel Gabriel fue enviado a la Santísima Virgen y le dijo: “vas a ser la Madre de Dios”, y estamos nosotros en el lugar preciso donde Dios envió a la Santísima Virgen para ser Madre de nuestro pueblo. Estamos nosotros en la casa de nuestra Madre, María misionera, discípula, fue enviada a nuestros pueblos. Nos encontramos, pues, a los pies de la Virgen de Guadalupe para agradecerle a nuestra buena Madre su cariño, su amor, su ternura para con todos nosotros los pueblos indígenas.

Hemos venido desde muy lejos, nos ha costado trabajo, hemos viajado varias horas, pero ninguno de nosotros aquí se siente un extraño. Hemos venido a la casa de nuestra Madre, porque esta es la casa de Iglesia y estamos ante la Santísima Virgen María, nuestra Madre. Estamos en la casa de Ella, no como extraños, pero tampoco como turistas, sino como peregrinos, como hijos de nuestra Madre.

Traemos con nosotros las oraciones de nuestros pueblos, las peticiones de muchas personas, de todas las comunidades de los mixes, de los chinantecos, de los zapotecos, de los mestizos. Traemos antes nuestra Madre las peticiones de nuestras familias, somos por tanto representantes y embajadores, como lo fue Juan Diego. Juan Diego fue enviado por la Santísima Virgen a Fray Juan de Zumárraga para decirle el mensaje, nosotros somos enviados por nuestros pueblos para presentarle a la Santísima Virgen nuestras peticiones, nuestras oraciones.

Hoy en cada uno de ustedes se actualiza una vez más el encuentro de la Virgen del Tepeyac con Juan Diego. Ella escogió a un natural del lugar para que fuera su embajador, que en el lenguaje de Aparecida equivale a su misionero, su enviado. No tomó como embajador a ninguno de los frailes, ni tampoco de los conquistadores, sino aún indígena a Juan Diego. La misión que le encomendó era difícil y él se lo expuso a la Virgen, diciéndole: “niñita soy escalerilla de tablas, no me van a creer”, su objeción fue denegada y la Santísima Virgen le contestó: “¿por qué temes? ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre?” Teniendo la fortaleza de la fe en María, creyendo en María, siendo obediente aquel humilde misionero cumplió el encargo de María y de esa Manera fue el primer discípulo y misionero indígena de nuestro México.

Nuestra Madre María también y sobretodo es la discípula, misionera por excelencia, es misionera por su naturaleza, el ángel le dio una misión: “no temas María concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo al que pondrás por nombre Jesús”. Ella aceptó el mandato con humildad y sencillez: “soy la sierva del Señor hágase en mí según lo que has dicho”, esto lo leemos en Lucas en el capitulo 1, versículos 31 y 38.

El texto evangélico continúa señalando que de inmediato se encaminó a la montaña para ayudar a su prima Isabel, llevando a Jesús en su vientre, llevando a Jesús fue a ponerse al servicio de su prima. Ella nos enseña con estas características el ser misioneros. Supo escuchar la voz de Dios que le mandaba por el ángel, supo obedecer el mandato de Dios nuestro Señor diciéndole: “hágase Señor según lo que tú has dicho”. Supo también llevar la misión con Jesús en su vientre, a servir a su prima Isabel. Pero, María es grande no sólo por ser la Madre de Dios y misionera, sino por ser discípula, por su fe, por ser la creyente por excelencia, es decir, por ser la primera discípula del misterio de Jesucristo. El discípulo, dice el Libro de los Proverbios: “es el que se apega a un maestro y se deja formar por él”. María fue esa discípula de Jesús que se dejó formar por Dios.

En la anunciación María se quedó perpleja y objeto al ángel: “¿cómo puede ser esto si yo permanezco Virgen?”. “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, para Dios nada es imposible”, y María creyó. Cuando Jesús niño se queda en el templo con los doctores y María y José lo encuentran. Lucas señala en el capítulo 2, versículo 50: que no comprendieron la respuesta de Jesús. Y añade en el versículo 51: su Madre por su parte guardaba todas estas cosas en su corazón. Eso es de un discípulo, eso es de alguien que quiere aprender, guardar las cosas en el corazón.

El culmen del discipulado de María lo encontramos en Lucas capitulo 8, versículo 21. Cuando María y sus parientes buscan a Jesús y el responde: mi Madre y mis hermanos son los que escuchan mi Palabra y la ponen en práctica. María fue discípula porque supo escuchar a su Hijo y no sólo por ser su Madre, sino porque vivió todo aquello que aprendió.

Podemos resumir en cuatro actitudes el discipulado misionero de María, Ella escuchó, aprendió, anunció y vivió. El discípulo de María, Juan Diego el primer discípulo indígena de María, Juan Diego siguió ese camino de fe. Él también supo obedecer; él también aprendió de la Virgen; él supo escuchar; anunció al obispo Fray Juan de Zumárraga y sobretodo vivió su fe. Y ese es el mandato para nosotros, todos nosotros somos discípulos y misioneros de Jesucristo nuestro Señor y nosotros que venimos de los pueblos: mixes, zapotecos y chinantecos tenemos que llevar ese mensaje a nuestras comunidades, tenemos que llevar a Jesús a nuestras comunidades. Somos nosotros y todos nuestros pueblos católicos, somos discípulos y misioneros de Jesús.

Pero hay una pregunta ¿cómo podemos serlo? El mismo Jesús nos da la respuesta cuando nos dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. El camino es el cumplimento de los mandamientos: “felices los que escuchan mi Palabra y la ponen en práctica” leemos en Lucas 11, 28. La verdad se demuestra en que Dios es fiel a sus promesas: “Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo”. Dios es fiel. Dios nos falla los que fallamos somos nosotros, porque en ocasiones no sabemos ser el pueblo de Dios. La vida, dice Jesús: “no hay amor más grande que el que da la vida por los demás”.

Nuestros pueblos, nuestros usos y costumbres están muy de acuerdo con estas palabras de Jesús, porque nuestros usos y costumbres se basan en el servicio, en la unidad, en la solidaridad. Se basan en que tenemos que unirnos para lograr nuestras metas, ese es el camino, esa es la verdad y esa es la vida. Ser discípulos y misioneros de Cristo es nuestro deber y serlo en primer lugar entre nuestros coterráneos, entre nuestros familiares, en nuestras comunidades y hacerlo predicando con nuestro ejemplo siendo fieles al Evangelio, cumpliendo con nuestros deberes eclesiásticos, nuestros deberes civiles.

Hermanos, que nos hemos traslado aquí a la casa de nuestra Madre, pongamos en las manos de la Santísima Virgen de Guadalupe nuestra fe, nuestra esperanza y nuestras caridad. Pongamos todas las peticiones de nuestros pueblos, de nuestros pueblos mixes, chinantecos, zapotecos y mestizos que Ella como Madre nos cuide y no tengamos temor. Ella también a nosotros nos dice: “por qué temen no estoy yo aquí que soy su Madre?”

 
 
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