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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el Pbro. Isidoro Gómez, en ocasión de la Peregrinación Femenil de la Diócesis de Celaya, a la Basílica de Guadalupe.

8 de Agosto de 2008

Aspectos


Por fin hoy hemos llegado, trayendo como ofrenda principal a nuestra amada Santa María de Guadalupe todo el historial de estas once jornadas. Sí caminando, pero en el camino participando de la Eucaristía cada día. Sí caminando, pero dándonos los tiempos para el Santo Rosario en sus tres tradicionales partes. Caminando y un rato dedicando a la meditación personal. ¡Cuánta dedicación! ¡Cuánto cuidado de cada grupo de hermanas! Siguen los quince minutos de meditación personal. Y toda esta oración, la meditación, los cantos llegados a su culmen en la celebración de la Santa Misa. Todo esto como ofrenda espiritual; todo esto que le da sentido al sacrificio al caminar. ¿Cuántas veces llegamos a valorar tanto el sacrificio que pensamos que es lo principal? Yo ya caminé, yo ya logré todas las jornadas íntegras y con eso feliz de la vida. Regreso con mi meta cumplida, regreso con mi promesa, regreso con mi deseo cumplido de llegar a los pies de Mamá Lupita, como le llamamos de cariño. Gracias a Dios la peregrinación femenil, en la que venimos participando, conserva estos valores.

Hoy ocho de agosto la Iglesia celebra a santo Domingo, uno de los pioneros principales por el Santo Rosario, por la devoción a la Santísima Virgen María, por la alabanza, por el reconocimiento de María, Madre de Dios y Madre nuestra. Justamente la fecha en la que llegamos para la Santa Misa, de la llegada de nuestra peregrinación, ocho de agosto.

¿Qué es primero la vida o la muerte? ¿Qué hemos proclamado con el Salmo Responsorial? Que el Señor da la muerte y la vida. Esto nos refiere el peregrinar en este mundo y que peregrinos, peregrinas el Señor en un momento decide darnos la muerte, pero también en sus manos está darnos la vida. Recordamos el día que había nuestra convivencia previa al peregrinar, en san José de Guanajuato, en la Parroquia de san Pedro y san Pablo. Yo recuerdo que después de nuestra Santa Misa, de la convivencia, era la misa de cuerpo presente de una hermana peregrina, la hermana Eugenia, y como al momento de festejar la alegría, la convivencia, como para empezar a levantar los ánimos. Se acerca la fecha de nuestra peregrinación al mismo tiempo una hermana nuestra, una hermana peregrina, de muchos años, ahora terminaba su peregrinación con su misa de cuerpo presente llamada a ese paso. El Señor que da la muerte, también Él da la vida y ahora nosotros hemos llegado gracias a Dios a la intercesión de nuestra Madre Santísima de Guadalupe a este lugar, a esta explanada tan querida después de pasar frente a Santa María de Guadalupe. Y sabemos cada día que inicia la bendición de la madrugada, dos, tres de la mañana, la bendición de salida: ¡Gracias Señor! ¡Gracias Padre! ¡Gracias Dueño de nuestra vida que nos das licencia de amanecer este nuevo día! Sabedores que en cualquier momento el Señor nos dice: es el momento.

Para nuestras hermanas, que hemos venido teniendo en cuenta en nuestra Santa Misa, la decisión del Creador, la decisión del Señor que da la muerte, la llamó, que puso fin a su peregrinar. Su peregrinar por este mundo, por esta vida temporal. Pero, que gran esperanza se nos va sembrando en cada día del peregrinar. Con que claridad nuestro padre obispo en la visita nos habla de la motivación; de la razón por la que caminamos, por la que peregrinamos: porque tenemos fe en Dios; porque queremos caminar al encuentro con Cristo; porque Santa María de Guadalupe nos motiva, nos lleva al encuentro con Cristo: “Hagan lo que Él les diga” establezcan el diálogo de obediencia entre Cristo y ustedes peregrinas.

Nuestro lema, la frase que inspira nuestra peregrinación: “Hija ahí tienes a tu Madre”, las palabras que previo al sacrificio de Cristo en la cruz; que previo a derramar su sangre en la cruz le dice a Juan el discípulo y en él a todos nosotros, dijo: “Ahí tienes a tu Madre”. Este encuentro con Cristo cada día en los sacramentos, la reconciliación, el recuentro con Cristo, el regreso a la amistad, a la casa del Padre. La Eucaristía, decíamos el sacramento, el banquete eucarístico que es el culmen de todas las acciones de cada día. Pues, nuestras hermanas, Mayra y Blanca Susana, a ellas el Señor les ha llamado.

Hemos recordado el día de ayer, como aquella disposición, como aquella preparación de Cristo en el Huerto de Olivos, el inicio de su pasión. Ahora que llegue el momento de la muerte he de decir: “Padre líbrame de esta ahora, Padre líbrame de la muerte. No, para eso he venido, Padre dale gloria a tu nombre”. Jesús refería su paso, su preparación para derramar su sangre en la cruz, para glorificar al Padre Celestial: “Padre dale gloria a tu nombre y es con mi muerte aquí estoy para hacer tu voluntad”. Y cada peregrina desde el primer paso que damos de nuestra casa es con esa valentía, con ese arriesgarse a caminar por los caminos del Señor; a peregrinar por los caminos del Señor; a peregrinar por esa ruta tan señalada con la mira y la mente puesta a esta última jornada y llegar a los pies de nuestra Madre Santísima de Guadalupe.

Hemos recordado y creo que puede iluminar esos grandes riesgos, esos grandes peligros, a vencer las fatigas del camino. Esa segunda o tercera jornada en su última parte entre Apaseo el Alto y Cebollitas. ¿Quién de ustedes hermanas peregrinas no vio de cerca el gran peligro, el peligro inminente ante aquella tempestad, aquellos rayos a unos cuantos metros de nuestra columna de fe? Cada una de ustedes ahí con sus estandartes escondiéndolos los picos de la cruz, por el riesgo, por la amenaza, pero nadie de ustedes dijo: vamonos a amontonar abajo de los camiones, todas sin cesar caminando, sin cesar sabiendo el reto, sabiendo el peligro. ¿Cuánta gente fatalistamente piensa y dice: no ese rayo nos va a caer aquí vamos tres mil peregrinas va acabar con nosotras, adelante? Pues, a nuestras hermanas, como a Jesús en un momento el Padre Celestial dice: “vengan es el momento, es la hora, es su paso a la muerte”. Y seguramente ellas como Cristo: “Padre dale gloria a tu nombre aquí estamos para hacer tu voluntad”.

La meta del ocho de agosto nos hace ver los logros de todos los esfuerzos, la preparación de los meses anteriores como grupos, la preparación personal con sus necesidades personales, sus gastos, estoy lista, estoy preparada sólo esperamos treinta de julio, veintinueve de julio, el día de nuestra partida. Hemos llegado, pero es una meta próxima, no es la meta final, para nuestras hermanas Mayra y Susana fue su meta final. El Señor las llamó de dentro de la columna, del momento del peregrinar. A nosotros, también, posiblemente nos tome en el peregrinar de cada año, allá en nuestras comunidades, en nuestros hogares, en nuestro trabajo diario, en la última jornada, en esta tarde, en esta noche, es la hora de tu muerte. Pero, nuestra oración nos hace ver más adelante el Señor da la muerte, el Señor da la vida. No está Cristo entre los muertos ha resucitado, porque buscan entre los muertos al que está vivo. El Señor Todo Poderoso le ha dado la vida, le ha resucitado de entre los muertos. Que estas palabras de nuestro Salmo Responsorial iluminen el acontecimiento con estas dos hermanas nuestras.

¿Y para nosotros qué sigue? Regresar a poner en práctica lo vivido en estos días de peregrinar, ha vivir a cumplir lo que Jesús nos dice: “Hija ahí tienes a tu Madre”. Palabras muy parecidas de apoyo: ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿no estás bajo mi regazo? ¿no estás bajo mi protección? Vamos a regresar a nuestros hogares viviendo ese privilegio de ser hijos de Dios, de ser hijos de la Santísima Virgen María, de estar bajo su protección.

Que emotivos momentos, ayer, después de la Santa Misa, en Tlanepantla, que buen gesto para esas nuevas hermanas peregrinas, nuevas, devotas de la Virgen de Guadalupe. Pues, ahora ir allá con esa corona, ir allá con ese distintivo, no precisamente portado en el pecho, ese distintivo dentro del corazón de que somos hijos de la Virgen María. A llevar el distintivo con esa dedicación diría, a seguir cultivando, a seguir luchando por los verdaderos valores que nos llevan a valer a los ojos de Dios, a los ojos de la Santísima Virgen María.

Ese vernos reflejados en discípulo Juan al pie de la cruz de Jesús; ese vernos reflejados en san Juan Diego el emisario de Santa María de Guadalupe nos debe hacer obedientes a Ella cada día de nuestra vida; nos debe de hacer obedientes a Cristo en cada día de nuestro trabajo, de nuestros quehaceres.

Que el enemigo no nos quiete los valores que nos ha regalado el Señor, que nos ha regalado Santa María de Guadalupe en este peregrinar y que con ellos un día, también, seamos llamados. Hemos recordado a nuestra hermana Eugenia, allá de san José Guanajuato, pero ¿cuántas hermanas peregrinas en el transcurso del año van acudiendo a ese llamado del Señor? Es suficiente tu paso por esta vida temporal y con la muerte el paso a la otra vida. Da muerte y da vida, da muerte y resucita para vida eterna.

Que nosotros estemos siempre bien dispuestos para seguir a estas hermanas peregrinas, como esperamos también el Señor, como llamó y están con Él Mayra y Susana y un día nosotros también podamos alcanzarle en ese peregrinar, en ese llegar a la casa eterna del Padre. Por este mensaje de la Palabra continuemos ofreciendo nuestra misa, de llegar a nuestra misa de bienvenida al Santuario de Guadalupe, nuestra misa de bien llegar un día a la casa eterna del Padre.

Por las intenciones de ustedes sus familiares las que hemos traído como encargos. Continuemos ofreciendo nuestra Santa Misa.

 
 
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