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Homilía
pronunciada por Mons. Juan Navarro Castellano, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Acapulco, en ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis  a la Basílica de Guadalupe.


Concelebró Mons. Felipe Aguirre Franco, Arzobispo de la Arquidiócesis de Acapulco.

30 de abril de 2008

"Sábelo y ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la siempre Virgen Santa María, madre del verdadero Dios por quien se vive".  Así se presentó nuestra madre Santísima a Juan Diego. Y así nos recibe ahora, también, como a sus hijos pequeños. Y nosotros venimos con corazón de niño, en este día, precisamente que celebramos el Día del Niño, a los pies de nuestra madre.

Excelentísimo Señor Arzobispo, queridos sacerdotes que acompañan el camino de fe y promueven la acción pastoral en las comunidades de la Arquidiócesis de Acapulco, la región, pues, de la ciudad, pero, también, en las dos costas: Costa Grande y Costa Chica. Hermanos diáconos, religiosas, seminaristas, y peregrinos que vienen desde las tierras guerrerenses de la arquidiócesis y todos ustedes queridos fieles que participan con nosotros en esta celebración.

Hemos venido, esta hermosa mañana de primavera, fresca para nosotros los que venimos de la costa pero muy hermosa; a la casa de todos; a la casa de Santa María de Guadalupe; a la casa de la que es madre del verdadero Dios por quien se vive, pero que es también madre nuestra. Regresaremos contentos y animados a nuestras comunidades, saldremos de aquí fortalecidos en la fe y en la esperanza y sobretodo tendremos motivos más claros y profundos para asumir nuestros compromisos en la iglesia y en la sociedad.

Somos peregrinos procedentes de las costas de Guerrero. Representamos a la iglesia particular de Acapulco que está celebrando 50 años de haber iniciado su caminar como arquidiócesis.

Peregrinos y creyentes agradecidos

Llenos de fe hemos llegado a los pies de nuestra Madre, para agradecer junto con nuestro Pastor, Mons. Felipe Aguirre Franco los 50 años de vida sacerdotal que el Señor le ha concedido; nos alegramos con él y ponemos la ofrenda de su vida y todo su actuar pastoral en el altar del Señor y en las manos maternales de nuestra madre de Guadalupe.

Queremos expresar igualmente nuestro agradecimiento por los 50 años de nuestra arquidiócesis.

El Evangelio, antes de presentarnos a María como Madre de Dios e invitarnos a contemplarla con Jesús Niño en el humilde pesebre de Belén, nos la presenta a  María como mujer de fe, como la creyente que sabe escuchar la voz del Señor y que descubre su presencia y su acción salvadora en los acontecimientos.

Animados por ejemplo de nuestra Madre queremos cantar nuestro magnificat de agradecimiento y alabanza ante la bondad y la misericordia del Señor que, en su plan de salvación, concedió a los pueblos y ciudades de las costas guerrerenses integrarse como Iglesia Particular e iniciar su caminar pastoral el año 1959, bajo la conducción de su primer pastor, el ahora siervo de Dios don José Pilar Quezada Valdés.

En sus inicios la arquidiócesis contaba con 35 sacerdotes, e igual número de parroquias, para unos cuatrocientos mil habitantes, distribuidos a lo largo de las costas guerrerenses, desde los límites con Michoacán, hasta los límites con Oaxaca, asomándose hacia la montaña y la sierra en la Costa Grande y a las zonas indígenas en Costa Chica; una extensión de casi 500 kilómetros, en la zona sur del estado, en un territorio de 24,000 kilómetros cuadrados.

En años posteriores, al crearse otras arquidiócesis, el territorio se ha reducido una cuarta parte aproximadamente, quedando en poco más de 18, 000 kilómetros cuadrados. Los sacerdotes se han triplicado ciertamente su número, alcanzando la cifra de 116 en la actualidad; pero la población ha crecido unas seis veces más, superando ampliamente los dos millones de habitantes en la actualidad.

Ofrecimiento

Madre Querida, en tus manos ponemos el camino recorrido y todos los esfuerzos realizados, en estos 50 años, por obispos, sacerdotes, diáconos, religiosas, religiosos y laicos que han trabajado en esta iglesia de Acapulco.

Presentamos primeramente la ofrenda de nuestros pastores: El Sr. Pilar Quezada Valdés, iniciador de la arquidiócesis; el Sr. Rafael Bello Ruiz, quien tomó el timón de esta iglesia de Acapulco el año 1976, y fue su primer Arzobispo en junio de 1983. De tierras chiapanecas vino el Sr. Felipe Aguirre Franco, para unirse a este proyecto eclesial el año 2000.

Pero a esta significativa ofrenda de la vida, de la labor pastoral de nuestros obispos, queremos unir la importante laborar pastoral y la vida de todos y cada uno de los sacerdotes que, a lo largo de estos 50 años, han trabajado incansablemente en la consolidación de la Arquidiócesis de Acapulco, buscando que el mensaje Evangelio, se anuncie, se celebra y se proyecte a la vida de las comunidades.

Nuestra acción pastoral y nuestra ofrenda que estamos colocando ahora en el altar del Señor y en las manos de nuestra madre, se ha visto enriquecida también con el ser y quehacer de los diáconos permanentes.

Quiero señalar, como un hecho muy relevante, la labor de las religiosas y religiosos que han puesto sus carismas al servicio de la arquidiócesis, buscando que el Reino de Dios se haga presente en distintos pueblos y ciudades, a través de diversas actividades de evangelización y catequesis, educación, atención a enfermos, pastoral indígena, pastoral vocacional, promoción humana, pastoral parroquial, etc.

Pero la labor de los laicos en nuestra iglesia, a lo largo de estos 50 años de vida diocesana, ha sido también muy significativa, ya que, a partir del concilio Vaticano II, han asumido diversas tareas y ministerios al interior de la iglesia, en la pastoral parroquial y en las diversas agrupaciones. Muchos han tomado conciencia clara de que su vocación específica como laicos está en la familia y en las tareas temporales.

Nuestra Señora de Guadalupe, al encomendar a Juan Diego la tarea de presentar sus planes al obispo Fray Juan de Zumárraga, nos ha enseñado a promover a los laicos, a encomendarles diversas tareas para el anuncio del Evangelio y para el crecimiento de las comunidades. Su ejemplo nos invita a impulsarlos para que sean protagonistas en la iglesia y en la sociedad

Contemplamos, pues, el camino recorrido en los últimos 50 años de vida diocesana, con mirada y corazón agradecidos y por mediación de nuestra madre, María de Guadalupe, ofrecemos al Padre la vida y la historia de esta iglesia que peregrina en las costas de Guerrero y la Ciudad de Acapulco.

Caminamos hacia un nuevo plan de pastoral

Pero tenemos que dirigir nuestra mirada y orientar nuestra acción hacia delante para el futuro, para actuar en el presente y orientar el futuro, para tratar de responder generosa y creativamente al llamado que el Señor nos sigue haciendo para anunciar el Evangelio y para responder, también, a las necesidades de nuestra gente.

Caminamos hacia un nuevo plan diocesano de pastoral, que se ubica en la etapa del análisis de la realidad y se prepara para profundizar esa visión e iluminarla con la luz del Evangelio y con la Palabra del magisterio de la iglesia, particularmente con el documento de Aparecida.

Las necesidades que nos señala nuestro análisis son muchas y los retos enormes. Necesitamos evangelizar a fondo, formar agentes de pastoral empezando por los sacerdotes, los obispos, las religiosas y también los laicos para que la evangelización llegue a muchos ya que como señala Aparecida necesitamos formar a todos los bautizados.

Sin duda la iniciación cristiana de niños, jóvenes y adultos es un camino concreto para lograr esta formación, a la que nos invita Jesús en el Evangelio y nos propone el documento de Aparecida.

Vivimos un contexto difícil

El contexto pastoral y social de las costas del Estado de Guerrero, los pueblos de la montaña y las zonas indígenas, que conforman nuestra iglesia diocesana, es bastante complicado. Señalo, brevemente, cuatro aspectos que me parecen sobresalientes:

·         Atraso pastoral. Nuestras estructuras y proyectos pastorales están apenas en pañales; necesitamos realizar una gran misión como nos propone Aparecida, para llegar a muchos que han sido bautizados, pero que necesitan formación cristiana. Sin duda el nuevo plan pastoral será un instrumento para responder a esta necesidad, a este objetivo.

·         También, vemos un atraso económico v social, un atraso cultural muy grande en la mayoría de las comunidades.

·         Por otra parte, vivimos un año electoral en nuestro estado, en el que hemos de ser animadores optimistas y responsables; pero a la vez hemos tenemos que ser ciudadanos neutrales, ya que las elecciones pasan y las comunidades deben continuar adelante, caminando siempre en la unidad

Y descubrimos que el Señor nos llama a ser signos e instrumentos de Jesús, Buen Samaritano. A la luz de la fe y motivados por el ejemplo de Jesús y María, nos sentimos llamados a ser signos e instrumentos del Jesús Buen Samaritano. Tenemos que actuar positivamente y unir esfuerzos con todos para ir transformando y humanizando esta realidad que vivimos.

María de Guadalupe, modelo de Nueva Evangelización.

Nos dice el Evangelio que María fue presurosa a las montañas de Judá ante la necesidad de ayuda que vivía su prima Isabel.

Pero la historia del hecho Guadalupano que recordamos y contemplamos en nuestra peregrinación nos presenta a la misma mujer solidaria, a la Virgen María que llegó presurosa también a estas tierras, a posar sus plantas aquí en el cerro del Tepeyac, para encontrarse con Juan Diego y con los habitantes de este pueblo nuestro para encontrarse con nosotros.

En ese encuentro la Virgen María buscó dar ánimo a Juan Diego, le amplió su visión, le dio encomiendas y lo proyectó a la comunidad; lo hizo protagonista de la historia de este pueblo.

La virgen de Guadalupe nos enseña a acercamos a nuestra gente, a llegar a los pueblos indígenas, a las zonas marginadas, motivar, a catequizar y educar, a impulsar al promoción humana y a buscar que cada persona se convierta en protagonista, participando y construyendo su propio desarrollo.

La Virgen partió de la religiosidad que ya vivía Juan Diego y la gente de su tiempo. En la religiosidad popular de nuestra gente tenemos una base firme para acercamos a ellos e ir buscando los caminos para la formación cristiana y la promoción humana integral.

No hay recetas mágicas para lograr esto, necesitaremos una profunda conversión pastoral para estar dispuestos a superar nuestras rutinas e inercias, para salir de nuestros rincones y acercamos a la gente, para formar a los cristianos del mañana y hacerlos protagonistas de la nueva evangelización, al estilo de Nuestra Señora de Guadalupe que convirtió a Juan Diego en discípulo y misionero de Jesucristo, en protagonista de su desarrollo como creyente y como miembro de su pueblo.

 
 
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