Venir
a visitar a Nuestra Madre del Cielo en el mismo sitio donde
hace 475 años se dirigiera llena de ternura maternal a San
Juan Diego, será siempre motivo de alegría y de agradecimiento.
Venimos como diócesis, como Pueblo de Dios que peregrina en
Tula, para poner en manos de Nuestra Madre Santísima, todos
nuestros anhelos, nuestras esperanzas, pero también nuestras
angustias y preocupaciones.
Hoy de manera muy especial, dice nuestro obispo, quisiera poner
en manos de la Santísima Virgen María de Guadalupe la Nueva
Etapa que con esperanza se abre en el caminar pastoral de
nuestra querida Diócesis de Tula, preparada desde antes
por mis muy dignos antecesores: Jesús Sahagún de la Parra,
José Trinidad Medel Pérez, Octavio Villegas Aguilar y con
la colaboración corresponsable de muchos de ustedes.
Con profundo reconocimiento y admiración agradezco ante las
plantas de Nuestra Madre, todo el caminar de la diócesis,
desde sus inicios en el año de 1961, con todos los esfuerzos
y vicisitudes que tuvieron que pasar por medio de tantas
carencias, y que poco a poco fueron gestando la Iglesia
Particular que ahora formamos.
Lo que ahora somos es fruto y resultado de lo que en diversas
etapas anteriores se fue sembrando con mucho amor y entrega
generosa por quienes fueron desgastando sus vidas por la
difusión del Evangelio en estas tierras del Valle del Mezquital,
entre nuestros hermanos hñähñú.
Como olvidar los primeros pasos de la diócesis en los 60's;
o la Comunidad de los Servicios del Valle en los 70's; la
elaboración del primer Plan Diocesano de Pastoral en sus
cuatro periodos que marcaron las líneas de trabajo pastoral
en las décadas de los 80's y de los 90's; posteriormente
los trabajos del primer Sínodo Diocesano del 1998-2002,
como un antecedente muy importante que ha dado paso al actual
Plan Diocesano de Pastoral en su quinto periodo 2004-2009.
Con la gran esperanza de construir una Iglesia comunitaria
que impulse la evangelización integral, que responda a los
desafíos actuales de la diócesis y que nos comprometa a
ser testigos creíbles del Reino de Dios, concretizando todo
ello en las prioridades diocesanas: migración, familia,
iglesia comunitaria, tareas fundamentales, tarea permanente
de la formación y la urgencia de las vocaciones.
Nuestra tarea es ahora "caminar juntos" hombro con
hombro para dar seguimiento a este Plan Diocesano de Pastoral,
con la coherencia y valentía propia de Discípulos y Misioneros,
del Señor y confiando en la maternal intercesión de María,
Hija predilecta del Padre y estrella de la Nueva Evangelización.
Una de mis primeras preocupaciones, es conocer y evaluar
lo que ya se está haciendo para poner en marcha este
plan, y por ello junto con los padres foráneos se está
elaborando una programación de visitas a todas la parroquias
de la diócesis y tener en cada una de ellas un encuentro
con todos los agentes de pastoral que están trabajando en
cada una de las prioridades y de otras pastorales específicas.
La celebración de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano
en el contexto de nuestro caminar, tendrá que ser el faro
que ilumine nuestras tareas pastorales hacia los años venideros.
Mi lema episcopal: "Iglesia discípula y misionera",
inspirado precisamente en el tema de la V CELAM, quiere
retomar el espíritu que debe movernos a la puesta en práctica
de nuestro Plan Diocesano de Pastoral.
Por ello, nos dice, quisiera invitarles a contemplar a María
de Guadalupe, nuestra Madre, como prisma del cual se irradia
la luz del misterio de Cristo en diversidad de colores.
Acercarnos a ella siempre será algo fascinante y motivante
para nuestra vida de fe.
Ella es la primera discípula de Jesús y la primera mensajera
del Evangelio. Desde la Encarnación del Verbo ella grabó
profundamente en su corazón el Evangelio. San Lucas nos
dice cómo ella "gravaba todas estas cosas en su corazón"
(Lc 2, 19).
En ella están presentes todas las características del discipulado
y de la misión: escucha amorosa y atenta de la Palabra,
una obediencia sin límites a la voluntad del Padre y la
fidelidad de acompañar a su Hijo hasta la cruz.
Después de la Resurrección de su Hijo ella permaneció junto
a la comunidad apostólica, animando la oración e implorando
la venida del Espíritu Santo.
Ella ocupa un lugar especial como imagen de la Iglesia que
el Señor quiere: una "Iglesia discípula y misionera".
Discípula y misionera dos realidades plenamente unidas hasta
tal punto que lo primero no se entiende sino en función
de lo segundo. El seguimiento de Jesús, que es lo característico
del discipulado, nos transforma y nos convierte a todos
en mensajeros alegres de la noticia de Jesús.
María la madre de Jesús, del Maestro, nos enseña a ser discípulos
y a ser misioneros diciéndonos una vez más: "hagan
lo que Él les diga" (Jn 2,5). Escuchemos también
y dejemos que resuenen estas palabras de María: “hagan lo
que Él les diga”.
Ella nos invita a vivir en la escuela del único Maestro (Mt
23, 8), como discípulos concientes que escuchan la palabra
con atención y responden a ella en el seguimiento de Jesús.
Así como María visitó a su prima Isabel, como acabamos de escuchar
en el Evangelio, y estuvo atenta a sus necesidades y dispuesta
a servirle, así también nos ha visitado a todos los habitantes
de estas tierras desde los comienzos de la evangelización,
tocando las fibras más sensibles del corazón de nuestro
pueblo y presentándose como: "La Madre del Verdadero
Dios por quien se vive". Desde entonces con su
rostro moreno, bellísimo inculturó el Evangelio y se ha
convertido en el símbolo que da identidad a toda nuestra
Patria. Quiso ser una más de nuestra raza, trayéndonos en
su seno a Jesucristo el verdadero sol de justicia.
A ella, la verdadera discípula y modelo de todos los seguidores
de Jesús, nuestro padre obispo, quisiera que le consagremos
en este día a todos los niños, a todas niñas de nuestra
diócesis para que desde su tierna edad encuentren en ella
el reflejo más hermoso del gran amor que Dios nos tiene
y desde ahora la amen y la conozcan con amor filial.
También nuestro obispo quisiera que le consagremos a los
adolescentes y jóvenes, esperanza de la Iglesia y del mundo,
para que la Pastoral Juvenil y Vocacional encuentren en
Jesucristo joven, la respuesta a sus anhelos más profundos
convirtiéndose en verdaderos protagonistas de la civilización
del amor.
Que le consagremos a todos los que sufren a causa de la enfermedad,
del abandono, de la pobreza, de la marginación, del maltrato,
del desempleo, del analfabetismo, de la inmigración, para
que sientan la cercanía de su presencia maternal al igual
que lo hizo con Juan Bernardino, tío de San Juan Diego,
devolviéndoles la paz y la alegría de vivir con renovado
entusiasmo con la esperanza puesta siempre en Dios.
Pongamos en sus manos los sectores de nuestra diócesis a quienes
no hemos podido anunciar el Evangelio de manera oportuna
y eficaz: la pastoral indígena, la pastoral obrera, la pastoral
de la salud, la pastoral del tiempo libre, la pastoral penitenciaria,
la pastoral de los derechos humanos, la pastoral de la ecología,
la pastoral de los medios de comunicación social, etc. y
pidámosle que sin descuidar las prioridades de nuestro Plan
de Pastoral, vayamos buscando caminos para atender desde
nuestra caridad pastoral y con verdadera solicitud estas
diversas realidades que reclaman nuestra respuesta.
Que todos los agentes de pastoral: sacerdotes, religiosas,
religiosos, laicos comprometidos, cristianos renovemos,
aquí, una vez más nuestro compromiso de trabajar por hacer
presente a Jesucristo vivo en el corazón y en los labios
de los que forman la Iglesia de Dios que peregrina en la
Diócesis de Tula.
Que María Santísima de Guadalupe, la primera y la más perfecta
discípula y misionera, nos acompañe y nos guié por las sendas
de la nueva evangelización hasta inculturar la buena noticia
de la salvación en el corazón de todos nuestros hermanos
y hermanas.
Que así sea. |