Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Lucas Martínez Lara, Obispo de la Diócesis de Matehuala, en ocasión de la peregrinación
de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.
6 de noviembre de 2007
Queridísimos hermanos, hermanos seglares, religiosas,
queridísimos sacerdotes de la diócesis y que nos acompañan,
hermano diácono, mis hermanos seminaristas.
Qué grande alegría encontrarnos en la
casa de nuestra Madre para participar en el banquete. En el banquete
de la Eucaristía, qué grande alegría descubrir
que en este banquete hemos acudido de toda nuestra iglesia local de
Matehuala en sus diferentes parroquias representativamente y que muchos
de nuestros hermanos están unidos a nosotros en este gran momento
en el que nos encontramos bajo la mirada de la Madre. Hoy sus ojos
están en nuestros ojos; hoy su peregrinar de mujer de fe es
también nuestro peregrinar de mujeres y hombres en la fe. No
sólo el peregrinar físico que ustedes han realizado
y la mínima parte en la que yo he querido unirme; al salir
a recibirles, para mirarles su rostro, para ver su cansancio, su alegría
y el entusiasmo de su amor.
Esta mirada de la Virgen nos viene a reafirmar en
lo que hoy, providencialmente, la Palabra de Dios deja para todos
nosotros, siendo muchos formamos un solo cuerpo unidos a Cristo. Esta
es la experiencia más maravillosa, la mujer que nos congrega
en torno a Cristo y nos congrega porque Ella expresó una profunda
voluntad: He aquí la esclava del Señor y hágase
en mí según tu Palabra.
La mujer que peregrina en la fe; porque buscando a
Dios lo encuentra en la penumbra de la Palabra y guiada por la fuerza
de esa Palabra, la Virgen nos va acercando a Aquel, que siendo Dios
tomó nuestra condición humana, Jesucristo nuestro Señor.
El bendito por siempre; a Él le venimos a expresar que nuestro
pensamiento, nuestra acción, nuestra voluntad, nuestra relación,
nuestro descanso, nuestro sufrimiento y nuestra perspectiva final
sólo tienen una sola razón de ser: Jesucristo vivo por
nuestra salvación, muerto por nuestros pecados. Y esto nos
hace sabernos acogidos en la misericordia de Dios y encontrar en la
Virgen la señal de esa misericordia en su ternura materna expresada
aquí en el Tepeyac: ¿No estoy yo aquí que
soy tu Madre? ¿por qué tienes algún temor?
En los brazos de la Virgen nosotros nos reconocemos
hermanos, hijos de Dios y enviados. Enviados como cuando la mano tierna
y llena de esperanza lanza una paloma al aire para que vaya por todos
los vientos anunciando un mensaje. Hoy nosotros, de los brazos de
María, queremos salir llevando el mensaje de Jesús,
porque sólo en el anuncio de Jesucristo se fortalece la fe,
sólo en el anuncio de Jesucristo se reencuentra el vigor, para
encontrarnos hermanos; porque sólo en el anuncio de Jesucristo
sabremos tener la experiencia de compasión y la palabra de
compasión para el que sufre.
Ella es nuestra Madre que nos enseña a aprender
una cosa, ser dichosos en la fe. Por eso hoy nosotros, siendo muchos,
nos sentimos felices, porque somos miembros los unos de los otros,
porque nos acercamos con dones diferentes: el don grandioso del Bautismo,
que nos unió a todos, el don de los sacramentos, el don de
nuestra propia condición humana en este género diversificado
de mujeres y varones, el don del matrimonio, el don del sacerdocio,
el don de la vida consagrada.
Hoy el Señor nos invita para fortalecernos
en la fe que tiene una forma concreta de manifestarse: el amor. Y
que hoy la Palabra de Dios nos dice: “Que nuestro amor sea sincero,
que aborrezcamos el mal y practiquemos el bien”. Eh ahí
la manera concreta de vivir la fe y de realizar esta peregrinación
nutriéndonos de Aquel a quien seguimos, de Jesucristo, he aquí
la orientación de quien nos envía a construir un templo,
el templo del amor. El templo del amor se construye cuando se aborrece
el mal y se práctica el bien, cuando hay cordialidad entre
nosotros, cuando nuestras ideas y nuestras diferencias se constituyen
en la riqueza más profunda, para expresar un solo cuerpo, el
cuerpo de Cristo.
Por eso, hermanos, es importante volver a escuchar
lo que por boca del apóstol el Espíritu del Señor
nos expresa hoy para concretizar las diversas maneras de construir
el templo que María de Guadalupe nos pide. Destierren la negligencia
y la pereza, mantengan un espíritu fervoroso, sean alegres
en la esperanza, sean fuertes en la tribulación y perseverantes
en la oración.
Hermanos, llevémonos la Palabra de hoy que
el Señor nos dirige como la forma particular que María
de Guadalupe nos muestra para que nosotros construyamos en nuestra
iglesia particular el gran templo de Dios. Llamados a construirlo
en la escucha y la práctica de esta Palabra, así nos
enseña María, llamados a construirlo en la disponible
laboriosidad de acudir con empeño allí donde surge una
necesidad, como María corre a la casa de Zacarías e
Isabel. Mantenernos fieles a la Palabra en los momentos difíciles,
como aquellos en los que María se confía plenamente
a su Hijo y aunque no ha llegado su hora Ella encomienda que vayan
a Él. Vayan a Jesús, no ha llegado la hora pero María
vive el riesgo de la fe y se decide y lo hace y se confía en
el Señor, porque lo lleva profundamente en el corazón.
Solamente seremos valientes y fuertes para hacer que
nuestra iglesia se construya como pueblo de Dios, si tenemos esa valentía
de la Virgen, que lleve en lo profundo del corazón a Dios y
que se arriesgue a tomar dediciones tan valientes: como aquella que
en las Bodas de Cana, María impulsa para que: Hagan lo
que Él les diga, aunque no ha llegado su hora. Pero la
hora llega cuando la voluntad está disponible, hagamos de nuestro
corazón una voluntad disponible para que se construya plenamente
la hora de Dios en nuestra iglesia particular.
Preparándonos todos a nuestra asamblea diocesana
de pastoral en enero y febrero, preparémonos ya con la oración,
preparémonos con la reflexión, preparémonos con
la gran pregunta de revisar ¿lo qué mí vida puede
dar a la iglesia? ¿qué le puedes dar tú a tu
iglesia? Preparándonos para unir lo que puedo dar con aquello
con lo que mi hermano participa, porque un templo no se da con una
sola piedra, sino que unidos formamos la gran construcción
de Dios.
Hermanos, aprendamos de María, la mujer que
fiel al Espíritu que no tuvo un sacramento ministerial, pero
que sí congrega en Pentecostés a los ministros y a los
pastores y a todos y con ellos invoca al Espíritu de Dios,
para que se refuerce, para que salga generoso el espíritu evangelizador
y se cumpla el mandato de Jesús: vayan y anuncien a todas
las gentes la Buena Nueva. Sí hoy necesitamos creer en
nosotros mismos, creer en Jesús, creer en María, creer
en todos nosotros y escuchar que el Espíritu de Dios nos reafirma
como hijos amados del Padre, como signos vivientes de Jesucristo su
Hijo y como templos del espíritu para difundir el amor del
Señor por todas partes.
Bendigamos al Señor, porque hoy ha permitido
que su Palabra venga a nosotros, para que bendigamos a los que nos
persigan, para que bendigamos siempre, para que nos alegremos con
los que se alegran, para que lloremos con los que lloran, para que
la concordia reine entre nosotros, para que estemos siempre al nivel
de los humildes, al nivel de María en quien Dios ha visto la
humildad de su sierva.