Saludo con cariño y respeto a todos los que
participan en esta asamblea eucarística, venidos de distintos
lugares: sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos.
Un saludo muy especial para los peregrinos procedentes de la
Arquidiócesis de León. Las peregrinaciones que realizamos a
los distintos santuarios nos recuerdan nuestra condición de
peregrinos hacia la patria celestial. Las incomodidades, el
cansancio, el sufrimiento y los peligros que se pueden encontrar
en el camino, nos enseñan que, para llegar al cielo, también
hay que luchar y sufrir, pero siempre en unidos a Jesucristo.
Hoy estamos aquí ante nuestra Reina y Madre. Los católicos
mexicanos llevamos en lo más íntimo de nuestro corazón un amor
profundo a la Santísima Virgen en esta advocación de Santa María
de Guadalupe; este amor no es solamente la expresión natural
del amor del hijo: hacia la madre o la búsqueda interesada de
la protección materna en las necesidades; es, principalmente,
la acción del Espíritu Santo que eleva este amor filial y esta
búsqueda de protección al orden de la salvación sobrenatural.
Sabemos que la Santísima Virgen es la mujer singular mediante
la cual el Padre celestial nos dio a su Hijo, como lo afirma
la Carta de San Pablo a los Gálatas: "Al llegar la plenitud
de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer"
(GaI 4,4).
En las Apariciones de la Santísima Virgen a Juan Diego, ahora
santo canonizado, ella se presentó diciéndole: "Sábelo,
ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta
Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive".
(Nican Mopohua 26).
Además de ser la Madre de Dios, es también Madre nuestra, pues
estando Jesucristo en la cruz, leemos en el Evangelio de san
Juan: "Jesús viendo a su madre y junto a ella al discípulo
a quien amaba, dice a su madre: "mujer ahí tienes a tu
hijo". Luego dice al discípulo: "Ahí tienes
a tu madre" (Jn 19,26-27).
María Santísima es Madre de Dios y Madre nuestra. Estuvo íntimamente
unida a la obra redentora de Cristo, desde cuando contestó al
ángel Gabriel "hágase en mi según tu palabra",
concibiendo en ese momento por obra del Espíritu Santo, hasta
los momentos dramáticos al pie de la cruz, aceptando todo con
una fe profunda y acatando con fidelidad la voluntad del Padre
celestial. Precisamente, porque es Madre de Dios y porque estuvo
íntimamente unida a la obra redentora de Cristo, tiene un grande
poder de intercesión.
En estas verdades se fundamenta el profundo amor que el pueblo
católico tiene a la Santísima Virgen y, apoya su confianza para
acudir a ella en busca de comprensión, ayuda y consuelo en todas
sus necesidades. ¿Quién no tiene problemas, enfermedades, situaciones
difíciles? ¿Quién puede sentirse autosuficiente para dar respuesta
a sus necesidades?
Ciertamente todos nos sentimos muy limitados, carentes y frágiles;
ante esta realidad nos enternecemos y nos sentimos apoyados
y protegidos al escuchar las palabras de la Santísima Virgen
a San Juan Diego "¿No estoy aquí yo, que soy tu madre?
¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de
tu alegría? ¿No estás en hueco de mi manto, en el cruce de mis
brazos? ¿Tienes necesidades de alguna otra cosa?" (Nican
Mopohua 119).
Movidos por el amor y por un fuerte sentimiento de gratitud
venimos a postramos ante su venerada imagen, para darle gracias
por los innumerables beneficios que por su intercesión hemos
alcanzado de su divino Hijo. Le presentamos nuestras necesidades
y las peticiones de aquellas personas que al saber que veníamos
ante nuestra Reina y Madre nos pidieron que se las hiciésemos
presentes. Le pedimos por todas las necesidades y el Plan de
Pastoral de nuestra Arquidiócesis de León, en especial le decimos,
también, que interceda para que nuestro Plan Diocesano de Pastoral
sea totalmente de acuerdo a la voluntad de Dios.
Nos llevaremos de parte de Santa María de Guadalupe la respuesta
favorable quizá no como nosotros la quisiéramos, sino todavía
mejor, como realmente convenga para nuestra salvación.
El amor verdadero a la Santísima Virgen nos llevará siempre
al amor a Jesucristo su Hijo; el amor que pretendiera tenerla
a ella como lo más importante, dejando a Cristo en segundo lugar,
no sería verdadero amor. El amor a la Santísima Virgen también
nos llevará al descubrimiento de Cristo en los demás; nos unirá
solidariamente a sus alegrías y a sus tristezas, enfermedades
y fracasos y, ciertamente, no sólo con expresiones de condolencia,
sino, sobre todo, proporcionando ayuda eficaz de acuerdo a las
propias posibilidades.
Hemos venido en peregrinación, en este día en que la Iglesia
celebra el Domingo Mundial de las Misiones. Ojalá que
nos llevemos en nuestro corazón y en nuestra voluntad el compromiso
de hacer presente, en todos los ambientes donde nos movemos,
el anuncio de la salvación, con nuestro testimonio y nuestra
palabra, haciendo congruente nuestro comportamiento con la fe
que profesamos.
También colaboremos con nuestra oración, nuestros trabajos
y sufrimientos, con nuestros donativos en lo económico para
que llegue la luz del Evangelio a los lugares donde aún no se
conoce a Jesucristo.
En este tiempo en que se ataca tanto a la Iglesia, urge que
todos sigamos proclamando el Evangelio haciendo de nuestra vida
un testimonio creíble, es decir, que en nuestras palabras, en
el trato con los demás, en la responsabilidad dentro del trabajo,
en nuestro compromiso con la verdad y la justicia, en la sana
conservación de nuestro ambiente, manifestemos auténticamente
nuestra fe.
Urge, que estemos siempre dispuestos a escuchar la voz de Cristo
Maestro, que acudamos frecuentemente a recibirlo como alimento
en la Eucaristía; que él encuentre en nosotros la decisión de
despojamos de todo lo que no se lleve con su amistad; que tengamos
siempre el compromiso generoso para vivir con exigencia lo que
más nos asemeje a él.
Que a partir del día de hoy, en que realizamos nuestra visita
a este santuario mariano, se realice un progreso notorio en
nuestra vida cristiana, amando a Dios y amando al prójimo, valorando,
cultivando y defendiendo la vida, luchando por la verdad, la
justicia, el amor y la paz.
Que Santa María de Guadalupe, que en el año de 1531 vino a
estas tierras para apoyar y facilitar la difusión del Evangelio,
intervenga ahora, de manera especial, en la tarea de la nueva
evangelización, y así se manifiesta cada día mejor y muy palpablemente,
en todos los lugares de nuestra patria, la presencia del Reino
de Dios.
Que así sea.
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