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Homilía
pronunciada por
el Emmo.Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la peregrinación de la Arquidócesis Primada de México a la Basílica de Guadalupe.

14 de enero de 2006

R
espondiendo al llamado del Maestro y Redentor nuestro, hemos venido tras sus huellas en peregrinación hasta el santuario de su hermosa Madre y Madre nuestra, escuchando la voz evangélica que nos dice: “Vengan, benditos de mi Padre” (Mt 25, 34).


Porque Dios nos ama, nos sentimos bendecidos. Y esta bendición se ha manifestado de diversas maneras a lo largo de nuestra vida. También nosotros hemos sido bendición para muchos de nuestros hermanos: una palabra de aliento, un compartir la propia fe, un invitar a  los sacramentos, un perdonar.


“Vengan, benditos de mi Padre”, que todavía no hemos llegado al fin de nuestro caminar. Los discípulos del Maestro seguimos aprendiendo de la vida diariamente, de esta vida que es don de Dios y que vamos administrando diariamente en servicios sencillos.

También fue sencilla la Madre del Redentor, que siguió los llamados del Espíritu y fue convertida en discípula del Amor. Y a través de una vida sencilla, vivida bajo la espiritualidad de la contemplación en el servicio diario, fue participando en la formación del Evangelizador de todos los pueblos, hasta verlo convertido en el joven misionero que dejó todo y se entregó de lleno a la predicación del reino.

El Proceso misionero de nuestra Iglesia arquidiocesana es impulsado nuevamente por los aires del discipulado que oxigenan los diversos libros del Testamento de Dios. Cada personaje que encontramos en la sagrada Escritura, de alguna manera es testigo de un llamado hecho por Dios, para participar en la manifestación de su designio de salvación para todas las gentes. Quienes responden en forma positiva, dan testimonio del poder de la gracia; quienes se niegan a hacerlo, dan testimonio de la misericordia misteriosa de Dios que continúa adelante su obra salvadora.


La misma Asamblea del Episcopado Latinoamericano, convocada por S. S. Benedicto XVI, a celebrarse en el año 2007, lleva el título de “Discípulos misioneros de Jesucristo, para que nuestro pueblos en él tengan vida”. En este contexto de discípulos misioneros sigue resonando la voz del juez de la misericordia: “Vengan, benditos de mi Padre, reciban la herencia del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo” (Mt 25, 34) El reinado de Dios, preparado desde la creación del mundo, ha sido instaurado ya desde ahora, gracias al misterio pascual del Redentor.

“Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed...; era forastero...; estaba desnudo...; enfermo...: encarcelado...” (cf. Mt 25, 35-36) La XI Asamblea celebrada del 24 al 27 de noviembre de 2005 nos puso nuevamente en contacto con la dimensión social de nuestro ser discípulos de Jesucristo. Así pues, entrar en el reino de los hambrientos, de los sedientos, de los desnudos y de los encarcelados, significa entrar en el reinado de Jesús de Nazaret, que pasó la vida haciendo el bien y sanando a todos los aquejados por espíritus inmundos. Como seguidores suyos, ya desde ahora tenemos que concretizar nuestro proyecto misionero, en acciones diversas inspiradas en la doctrina social de la Iglesia, pues “Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt 25. 40).

Y para que tengamos un punto de referencia anual, muy propio de cada comunidad parroquial y de cada Vicaría, los invito a que hagamos una evaluación del Proceso Misionero que lleva cada una de estas estructuras pastorales el día de la fiesta patronal. Que todo cuanto realicemos para preparar dicha fiesta incluya, como contenido central, lo que llevamos realizado del proceso evangelizador. Por tanto, sectorización; situación de las comunidades menores; acciones a favor de las familias, de los jóvenes, de los pobres, de los alejados del influjo del evangelio; formación de laicos; participación de movimientos y organizaciones laicales en la evangelización, de acuerdo al propio carisma; la misa dominical; la religiosidad popular; la música, las flores, la rifa; las confirmaciones y primeras comuniones formarán parte de la organización de la fiesta patronal anual.             


De este modo, el pulsar de dicha fiesta tendrá un antecedente y un consecuente sólido, y nuestras comunidades parroquiales y las Vicarías territoriales se robustecerán año con año.  Esta evaluación del Proceso Misionero también será el centro y el punto de referencia de la Visita Pastoral de cada parroquia y decanato que pronto iniciaremos.

“Vengan, benditos de mi Padre” lo queremos escuchar también al final de nuestros días, para reunirnos con toda la Asamblea de los santos en el reino de los cielos. Y para celebrar la fiesta que no tendrá fin, todos los que durante la vida seguimos las huellas del Cordero y fuimos blanqueando nuestras vestiduras con la sangre del difícil testimonio evangelizador de todos los días.

La vida eterna será una novedad única. Pero ya se empieza a engendrar, con muchos dolores y pruebas, desde esta vida, que también es don único de Dios para cada uno de nosotros.

Hoy te decimos “bienaventurada, Reina del Tepeyac”. Te lo han repetido muchos hijos tuyos antes de nosotros. Y todos queremos repetirlo con los coros celestiales en la culminación del reinado de tu Hijo, fruto bendito de tu vientre.  Santa María de Guadalupe, mi muchachita del Tepeyac, tan bella como la luna y hermosa como el sol, que de un modo singular seguiste a tu Hijo, del cual recibiste la corona como Reina de cielos y tierra. Confío en que, bajo tu amparo, actualizaremos las exigencias de la Misión Permanente para este año 2006, fecha en que festejamos jubilosamente el 475 aniversario de tu manifestación a San Juan Diego, en esta Colina del Tepeyac.

Por lo mismo, hoy ponemos bajo tu amparo, santa Madre de Dios: la continuación del proyecto misionero de esta Arquidiócesis de tu Hijo, el trabajo de tus hijos sacerdotes, de tus diáconos, de tus religiosas, de tus misioneros y misioneras a favor de tus familias y de tus jóvenes, de tus pobres y de tus hijos alejados. No deseches nuestras súplicas. Antes bien, líbranos de todos los peligros, oh Virgen bendita y gloriosa.

Ruega por nosotros, santa Madre de Dios. Para que seamos dignos de alcanzar las divinas gracias y promesas de nuestro Señor Jesucristo.  Amén.
 
 
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