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Homilía
pronunciada por
su Excelencia. Giuseppe Bertello, Nuncio Apostólico, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Cuernavaca a la Basílica de Guadalupe.

31 de mayo de 2006

Me alegra mucho celebrar esta Eucaristía con Ustedes, sacerdotes, miembros de la vida consagrada, hermanos y hermanas de la diócesis de Cuernavaca, en este día solemne' en el cual la Iglesia nos invita a contemplar el misterio de la Visita de la Virgen María a Santa Isabel. Agradezco mucho la invitación del Sr. Obispo, que está visitando en estos días a los misioneros mexicanos en África y me ha ofrecido la posibilidad de compartir con Ustedes estos momentos de oración y de gracia.

Hemos venido en peregrinación a esta Basílica con el espíritu del hijo que va a visitar a su madre para decide que la amamos y para hablarle de todo lo que somos y hacemos, de todo lo que embarga nuestro corazón: nuestras alegrías, preocupaciones, deseos, para que interceda por nosotros ante su Hijo Jesús.

Pero, no hemos venido sólo individualmente, sino como miembros de nuestra iglesia particular, para renovar nuestra fe y reunimos, como un día hicieron los apóstoles y los discípulos, que perseveraban en la oración con María, en el Cenáculo de Jerusalén.

La Palabra de Dios nos ayuda a entender el sentido que tiene la celebración de la Visitación' de María para nuestra vida. San Lucas nos ha dicho que la Virgen, apenas recibido 'de Dios, por boca del ángel, el anuncio de su maternidad, se sintió movida por el Espíritu a viajar hasta la casa de su prima Isabel para solidarizarse con su alegría por su maternidad y a prestarle ayuda.

Porque está llena de Dios, María se muestra tan servicial. Y, en este cuadro de ternura familiar y de sencillez, brota de su corazón el "Magnificat", el canto de alabanza con el cual expresa su disponibilidad total por todo lo que Dios ha hecho con ella y por lo que ha realizado y sigue realizando por su pueblo.

Con este himno, María nos presenta un hermoso resumen de la actitud, que todo creyente y la Iglesia deben tener en su relación con el Señor: ante todo, reconocer y contemplar a Dios, darle gracias por lo que ha hecho por nosotros y abandonamos a su voluntad, que se manifiesta en las circunstancias de nuestra vida y que quiere llenamos de su amor. Como hemos pedido en la primera oración, debemos saber reconocer los beneficios del Señor siempre y alabarlo por ellos.

Decía un monje viejo y ciego a su visitante: "Dios es infinitamente bueno y por lo tanto quiere siempre nuestro bien. Si me ha dado la ceguera es para el bien de mi alma. Muchas veces le doy gracias por eso"

La actitud de María y de este monje suponen una visión de fe: Dios está al centro de todo, es el punto de referencia de nuestra existencia y de lo que hacemos. Nada está fuera de su acción providente. Los planes, los proyectos, las convocatorias, no valen de nada, si no arde en el corazón el amor de Dios, como norma suprema y universal de vida. Las demás cosas vendrán por añadidura.

Hace pocos días, durante su viaje a Polonia, el Papa decía que la fe no significa sólo aceptar un cierto número de verdades abstractas sobre los misterios de Dios, del hombre, de la vida y de la muerte sino consiste en una relación personal con Cristo, una relación arraigada en el amor de Quien nos ha amado primero (1 Juan, 4,11) hasta la ofrenda total de sí mismo.

Nuestra respuesta a un amor tan grande - continuaba el Santo Padre - puede ser sólo un corazón abierto, en sintonía con los pensamientos y los sentimientos del Corazón de Jesús, dispuesto a confiar totalmente en él, también en la hora de la prueba, porque confiando en Cristo no perdemos nada más bien ganamos todo Amar a Jesús significa estar en diálogo con Él, por medio de la oración y de los sacramentos, para conocer su voluntad y cumplirla plenamente (Varsovia, 26.5.2006).

En otras palabras, no somos cristianos por una decisión ética o una gran idea, sino porque hemos encontrado a una persona, que nos ha dado un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Cfr. DCE, N.1).

Nuestra peregrinación no puede' ser sólo un momento, aún importante y hermoso, de devoción sino debe llevamos a preguntamos con sinceridad y humildad: ¿hasta que punto soy un hombre, una mujer de fe, que pone a Dios al centro de su vida y confía en Él? ¿Puedo decir que soy un, cristiano coherente, que escucha y vive la Palabra de, Dios? ¿Trato de transformar mi vida según el Evangelio de Jesús?

En María encontramos todas las características de la persona que vive de fe, del verdadero discípulo del Señor: la escucha amorosa y atenta de la voz de Dios; la obediencia sin límites a la voluntad del Padre, la fidelidad hasta acompañar a su Hijo al pie de la Cruz (Cfr."Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida" n. 65).

Hay un segundo aspecto de la fiesta de la Visitación que no podemos olvidar: María aparece como la portadora de Cristo. La presencia salvadora del Mesías es la que produce la alegría de los protagonistas de este acontecimiento: la de Isabel y de Juan en su seno, la de María y la de nosotros que celebramos esta fiesta.

Ahora somos nosotros, la Iglesia, quienes tenemos encomendada la misión de evangelizar al mundo o sea de comunicar la alegría de la presencia salvadora de Cristo. Así lo' enseñó el Concilio: "La Iglesia recibió de los Apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva, para cumplido hasta los confines de la tierra... Todos los discípulos de Cristo han recibido d encargo de extender la fe según sus posibilidades. De esta manera, la Iglesia ora y trabaja al mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme en el Pueblo de Dios" (L.G., II, 17).

En esta perspectiva, nuestro primer apostolado - sacerdotes, miembros de la vida consagrada, laicos - consiste en presentar con nuestra vida el esplendor de la vida humana redimida por Jesucristo. Mostrando una vida diferente, dignificada, santificada por el don de Dios, somos verdaderos continuadores de ,la obra de Jesús en el anuncio de la paternidad de Dios y de su Reino.

Podríamos decir que el anuncio de Jesucristo, la comunicación de su palabra, la invitación a conocer los dones de su salvación entran en la dinámica normal de la existencia de un cristiano. Es a partir de una vida coherente con nuestra fe, que creamos un mundo nuevo, como expresión y reflejo del amor que Dios infunde en nuestros corazones.

Si el primer ámbito de nuestro apostolado toca directamente nuestra renovación personal, hay otros ámbitos en los cuales debemos hacer presente al Señor: la familia, el mundo de las actividades y las relaciones profesionales, la vida social y pública, mediante el ejercicio de nuestros derechos y deberes políticos y en la actuación personal y asociada en todos los sectores de la vida social (Cfr F. Sebastián Aguilar, los fieles laicos, Iglesia presente y actuante en el mundo, Pág.21-29).

Sabemos que vivimos en el ambiente de una cultura, que muchas veces se opone a la fe, que se está extendiendo una mentalidad que en la práctica prescinde de Dios en la vida concreta dando paso a un indiferentismo religioso, un agnosticismo intelectual y a una total autonomía del Creador.

Tal vez, emerge también con fuerza renovada un laicismo militante que, con agresividad nueva se propone destruir la autoridad moral de la Iglesia y negar a los creyentes la posibilidad de manifestarse públicamente relegando su fe al ámbito privado de la conciencia. (Cfr. Discípulos y misioneros, n.145-147).

Ante esta situación, como discípulos del Señor, queremos renovar nuestro compromiso de coherencia de vida y de acción para la transformación de nuestra sociedad sabiendo que nuestro testimonio y nuestro apostolado sencillo y humilde contribuyen a la realización del Reino de Dios. No queremos imponer a nadie por la fuerza ni la fe ni las costumbres cristianas pero sí ofrecer a todos los frutos culturales y sociales que la revelación de Dios y la salvación de Jesucristo promueven a favor de todos los hombres.

Por otro lado, la misma fiesta de la Visitación nos enseña la metodología para nuestro apostolado invitándonos a una actitud de servicio. María, llena del Señor, sale de su hogar y se pone en camino hacia la casa de su prima para ofrecerle una mano amiga.

El amor de Dios se traduce en un gesto de amor 'al prójimo. Y en la primera lectura, San Pablo nos da unos consejos prácticos a este respecto: "Ámense cordialmente los unos a los otros como buenos hermanos. . .

En el cumplimiento de su deber, no sean negligentes...  Ayuden a los hermanos en sus necesidades y esmérense en la hospitalidad. Bendigan a los que los persiguen".

Nos recuerda el Papa en su primera encíclica que la Iglesia (y, por 10 tanto, cada uno de nosotros) nunca puede sentirse dispensada del ejercicio de la caridad porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor (Cfr. DCE, N.29). Entonces, se creerá en torno nuestro un clima de solidaridad y de esperanza y todos podrán experimentar la presencia salvadora del Señor.

La Virgen María nos da hoy un luminoso ejemplo de unión con Cristo y de espíritu misionero y comunicador, de alabanza a Dios en la oración y de caridad solícita con los demás.

Pidámosle que nos enseñe a traducir en nuestra vida y en nuestro apostolado sus actitudes de fidelidad y de abandono hacia el Señor y de servicio generoso hacia el prójimo.

 
 
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