Me alegra mucho celebrar esta Eucaristía
con Ustedes, sacerdotes, miembros de la vida consagrada, hermanos
y hermanas de la diócesis de Cuernavaca, en este día solemne'
en el cual la Iglesia nos invita a contemplar el misterio de
la Visita de la Virgen María a Santa Isabel. Agradezco mucho
la invitación del Sr. Obispo, que está visitando en estos días
a los misioneros mexicanos en África y me ha ofrecido la posibilidad
de compartir con Ustedes estos momentos de oración y de gracia.
Hemos venido en peregrinación a esta
Basílica con el espíritu del hijo que va a visitar a su madre
para decide que la amamos y para hablarle de todo lo que somos
y hacemos, de todo lo que embarga nuestro corazón: nuestras
alegrías, preocupaciones, deseos, para que interceda por nosotros
ante su Hijo Jesús.
Pero, no hemos venido sólo individualmente, sino como miembros
de nuestra iglesia particular, para renovar nuestra fe y reunimos,
como un día hicieron los apóstoles y los discípulos, que perseveraban
en la oración con María, en el Cenáculo de Jerusalén.
La Palabra de Dios nos ayuda a entender
el sentido que tiene la celebración de la Visitación' de María
para nuestra vida. San Lucas nos ha dicho que la Virgen, apenas
recibido 'de Dios, por boca del ángel, el anuncio de su maternidad,
se sintió movida por el Espíritu a viajar hasta la casa de
su prima Isabel para solidarizarse con su alegría por su maternidad
y a prestarle ayuda.
Porque está llena de Dios, María se muestra tan servicial.
Y, en este cuadro de ternura familiar y de sencillez, brota
de su corazón el "Magnificat", el canto de alabanza
con el cual expresa su disponibilidad total por todo lo que
Dios ha hecho con ella y por lo que ha realizado y sigue realizando
por su pueblo.
Con este himno, María nos presenta
un hermoso resumen de la actitud, que todo creyente y la Iglesia
deben tener en su relación con el Señor: ante todo, reconocer
y contemplar a Dios, darle gracias por lo que ha hecho por
nosotros y abandonamos a su voluntad, que se manifiesta en
las circunstancias de nuestra vida y que quiere llenamos de
su amor. Como hemos pedido en la primera oración, debemos
saber reconocer los beneficios del Señor siempre y alabarlo
por ellos.
Decía un monje viejo y ciego a su visitante: "Dios es
infinitamente bueno y por lo tanto quiere siempre nuestro
bien. Si me ha dado la ceguera es para el bien de mi alma.
Muchas veces le doy gracias por eso"
La actitud de María y de este monje
suponen una visión de fe: Dios está al centro de todo, es
el punto de referencia de nuestra existencia y de lo que hacemos.
Nada está fuera de su acción providente. Los planes, los proyectos,
las convocatorias, no valen de nada, si no arde en el corazón
el amor de Dios, como norma suprema y universal de vida. Las
demás cosas vendrán por añadidura.
Hace pocos días, durante su viaje a
Polonia, el Papa decía que la fe no significa sólo aceptar
un cierto número de verdades abstractas sobre los misterios
de Dios, del hombre, de la vida y de la muerte sino consiste
en una relación personal con Cristo, una relación arraigada
en el amor de Quien nos ha amado primero (1 Juan, 4,11) hasta
la ofrenda total de sí mismo.
Nuestra respuesta a un amor tan grande
- continuaba el Santo Padre - puede ser sólo un corazón abierto,
en sintonía con los pensamientos y los sentimientos del Corazón
de Jesús, dispuesto a confiar totalmente en él, también en
la hora de la prueba, porque confiando en Cristo no perdemos
nada más bien ganamos todo Amar a Jesús significa estar en
diálogo con Él, por medio de la oración y de los sacramentos,
para conocer su voluntad y cumplirla plenamente (Varsovia,
26.5.2006).
En otras palabras, no somos cristianos por una decisión ética
o una gran idea, sino porque hemos encontrado a una persona,
que nos ha dado un nuevo horizonte a la vida y, con ello,
una orientación decisiva" (Cfr. DCE, N.1).
Nuestra peregrinación no puede' ser
sólo un momento, aún importante y hermoso, de devoción sino
debe llevamos a preguntamos con sinceridad y humildad: ¿hasta
que punto soy un hombre, una mujer de fe, que pone a Dios
al centro de su vida y confía en Él? ¿Puedo decir que soy
un, cristiano coherente, que escucha y vive la Palabra de,
Dios? ¿Trato de transformar mi vida según el Evangelio de
Jesús?
En María encontramos todas las características de la persona
que vive de fe, del verdadero discípulo del Señor: la escucha
amorosa y atenta de la voz de Dios; la obediencia sin límites
a la voluntad del Padre, la fidelidad hasta acompañar a su
Hijo al pie de la Cruz (Cfr."Discípulos y misioneros
de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida"
n. 65).
Hay un segundo aspecto de la fiesta
de la Visitación que no podemos olvidar: María aparece como
la portadora de Cristo. La presencia salvadora del Mesías
es la que produce la alegría de los protagonistas de este
acontecimiento: la de Isabel y de Juan en su seno, la de María
y la de nosotros que celebramos esta fiesta.
Ahora somos nosotros, la Iglesia, quienes tenemos encomendada
la misión de evangelizar al mundo o sea de comunicar la alegría
de la presencia salvadora de Cristo. Así lo' enseñó el Concilio:
"La Iglesia recibió de los Apóstoles este solemne mandato
de Cristo de anunciar la verdad que nos salva, para cumplido
hasta los confines de la tierra... Todos los discípulos de
Cristo han recibido d encargo de extender la fe según sus
posibilidades. De esta manera, la Iglesia ora y trabaja al
mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme
en el Pueblo de Dios" (L.G., II, 17).
En esta perspectiva, nuestro primer
apostolado - sacerdotes, miembros de la vida consagrada, laicos
- consiste en presentar con nuestra vida el esplendor de la
vida humana redimida por Jesucristo. Mostrando una vida diferente,
dignificada, santificada por el don de Dios, somos verdaderos
continuadores de ,la obra de Jesús en el anuncio de la paternidad
de Dios y de su Reino.
Podríamos decir que el anuncio de Jesucristo, la comunicación
de su palabra, la invitación a conocer los dones de su salvación
entran en la dinámica normal de la existencia de un cristiano.
Es a partir de una vida coherente con nuestra fe, que creamos
un mundo nuevo, como expresión y reflejo del amor que Dios
infunde en nuestros corazones.
Si el primer ámbito de nuestro apostolado
toca directamente nuestra renovación personal, hay otros ámbitos
en los cuales debemos hacer presente al Señor: la familia,
el mundo de las actividades y las relaciones profesionales,
la vida social y pública, mediante el ejercicio de nuestros
derechos y deberes políticos y en la actuación personal y
asociada en todos los sectores de la vida social (Cfr F. Sebastián
Aguilar, los fieles laicos, Iglesia presente y actuante en
el mundo, Pág.21-29).
Sabemos que vivimos en el ambiente
de una cultura, que muchas veces se opone a la fe, que se
está extendiendo una mentalidad que en la práctica prescinde
de Dios en la vida concreta dando paso a un indiferentismo
religioso, un agnosticismo intelectual y a una total autonomía
del Creador.
Tal vez, emerge también con fuerza renovada un laicismo militante
que, con agresividad nueva se propone destruir la autoridad
moral de la Iglesia y negar a los creyentes la posibilidad
de manifestarse públicamente relegando su fe al ámbito privado
de la conciencia. (Cfr. Discípulos y misioneros, n.145-147).
Ante esta situación, como discípulos
del Señor, queremos renovar nuestro compromiso de coherencia
de vida y de acción para la transformación de nuestra sociedad
sabiendo que nuestro testimonio y nuestro apostolado sencillo
y humilde contribuyen a la realización del Reino de Dios.
No queremos imponer a nadie por la fuerza ni la fe ni las
costumbres cristianas pero sí ofrecer a todos los frutos culturales
y sociales que la revelación de Dios y la salvación de Jesucristo
promueven a favor de todos los hombres.
Por otro lado, la misma fiesta de la
Visitación nos enseña la metodología para nuestro apostolado
invitándonos a una actitud de servicio. María, llena del Señor,
sale de su hogar y se pone en camino hacia la casa de su prima
para ofrecerle una mano amiga.
El amor de Dios se traduce en un gesto de amor 'al prójimo.
Y en la primera lectura, San Pablo nos da unos consejos prácticos
a este respecto: "Ámense cordialmente los unos a los
otros como buenos hermanos. . .
En el cumplimiento de su deber, no sean negligentes... Ayuden
a los hermanos en sus necesidades y esmérense en la hospitalidad.
Bendigan a los que los persiguen".
Nos recuerda el Papa en su primera
encíclica que la Iglesia (y, por 10 tanto, cada uno de nosotros)
nunca puede sentirse dispensada del ejercicio de la caridad
porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá
siempre necesidad de amor (Cfr. DCE, N.29). Entonces, se creerá
en torno nuestro un clima de solidaridad y de esperanza y
todos podrán experimentar la presencia salvadora del Señor.
La Virgen María nos da hoy un luminoso
ejemplo de unión con Cristo y de espíritu misionero y comunicador,
de alabanza a Dios en la oración y de caridad solícita con
los demás.
Pidámosle que nos enseñe a traducir en nuestra vida y en nuestro
apostolado sus actitudes de fidelidad y de abandono hacia
el Señor y de servicio generoso hacia el prójimo.