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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Celebración Litúrgica de la Vigilia Pascual en la Santísima Noche de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

22 de marzo de 2008

VERDADERAS DISCÍPULAS Y MISIONERAS

Mis amados hermanos y hermanas:

“¡Cristo ha resucitado!  ¡Aleluya!  ¡Aleluya!”

Hemos empezado nuestra celebración a oscuras. Pero no nos hemos quedado en la oscuridad. También Jesús pasó por la muerte, pero no se quedó en ella. Con fuego nuevo hemos encendido el cirio pascual que durante cincuenta días nos recordará la presencia entre nosotros del Señor resucitado. El nos ilumina, con el nos disponemos a hacer fuego nuevo en nuestra vida. Un fuego que nunca se apagará.

Somos hijos de aquella aurora, la más bella entre todas, que el evangelista San Mateo acaba de recordarnos. Hoy todos somos María Magdalena y la otra María. Ellas amaban a Jesús y, aquellas tarde y noche de su muerte no pudieron dormir. Esperaban la hora de poder ungir el cuerpo del Maestro. Pero encontraron mucho más de lo que esperaban: en lugar de una losa fría, un ángel luminoso; en lugar del pobre consuelo de lamentos y lágrimas, el anuncio más feliz que podían soñar: “No teman; ya sé que buscan a Jesús el crucificado. No está aquí, ha resucitado… va por delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán”.

Mis hermanos y hermanas, Jesús muere y parece que con su muerte todo se ha acabado. Ni Jesús se salvó a sí mismo; ni Dios intervino para reivindicarlo. Jesús ha muerto marcado con la ignominia de los criminales. Jesús ha quedado como un fracasado. 

Sin embargo, en el día de la Pascua se anuncia a las mujeres que van a la tumba que ha sucedido un cambio radical de la situación. Contra todo lo esperado, Dios ha intervenido a favor de su Hijo resucitándolo de entre los muertos y ellas lo comprueban, cuando se les aparece, viéndolo, oyéndolo y adorándolo.

Estas mujeres, primeros testigos del Resucitado, no lo son fortuitamente. Podríamos decir, más bien, que se han preparado en la constancia de su seguimiento de Jesús, hasta su muerte desconcertante por ignominiosa. Mientras los discípulos varones huyeron cobardemente, ellas permanecieron como verdaderas discípulas hasta ser testigos del camino de su cruz. Ahora lo son de su Resurrección, porque permanecen fieles a Jesús y quieren estar junto a Él; por eso se dirigen presurosas a la tumba: para estar con Él. Es a ellas, también, a quienes Jesús les encomienda la primera misión.

Son enviadas a dar testimonio de la experiencia del poder de Dios que se les ha manifestado en el terremoto y en el anuncio del ángel: El Crucificado está vivo. Toda la violencia y el odio que descargaron los hombres para acabar con Él se ha revertido con la vida con la que su Padre lo ha reivindicado. Ésta es la obra de Dios. Y es lo que Dios quiere para todos los hombres, y especialmente ha de entenderse para todos los que son tratados injustamente. No puede triunfar el mal sobre el bien; ni la mentira sobre la verdad, ni el odio sobre el amor, ni la injusticia sobre la justicia.

La misión de estas mujeres, que han sido primero auténticas y perseverantes seguidoras y discípulas de Jesús, consiste en anunciar a los discípulos, que habían huido ante su pasión y su muerte, que Jesús ha resucitado y que, como les había ya anunciado él mismo en la última cena, se les adelantaría en Galilea. Esta noticia para los discípulos fue de gran importancia, pues con esa Jesús les ofrecía su perdón frente a su huída y abandono de la comunión con Él. Ellos no hubieran sido capaces de restablecer la comunión si no era ofrecida por Jesús mismo como signo de reconciliación con ellos.

Miren mis amados hermanos y hermanas, el Maestro seguirá siendo el maestro y ellos continuarán siendo discípulos. Los ha perdonado y quiere que lo sigan como antes de la ruptura. De esta manera aquellas mujeres quedan constituidas en mensajeras del perdón y de la vida, efectos de la Resurrección del Señor. Misterio que pone en claro el verdadero plan de Dios, la revelación definitiva. La muerte sufrida por Jesús no es la última palabra, como no lo es tampoco para el hombre creyente, a pesar de la evidencias históricas. (Cf. Klemens Stock, La Liturgia de la Palabra. Comentario a los Evangelios dominicales y festivos, ciclo A, pp. 133-137).

Hermanos y hermanas, todos nosotros, bautizados, hemos muerto al hombre viejo con Cristo y ahora vivimos con él, como nos ha dicho el apóstol Pablo. La muerte ya no tiene poder sobre nosotros. Acojamos bien, en la nueva Pascua que hemos estrenado esta noche, las grandes lecciones que hemos escuchado. Amemos a Jesús con ternura y pasión, como las mujeres del Evangelio. Démonos cuenta de que la muerte, todas las muertes, son provisionales. Él no está. No tengamos miedo. Vayamos a la Galilea de nuestra vida y anunciemos la buena nueva, con nosotros está nuestra Muchachita y Celestial Señora impulsándonos. El anuncio nos lleva al encuentro con Jesús y Jesús nos empuja al anuncio.

 
 
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