Queridos hermanos y hermanas, ni el día de hoy ni mañana, sábado
santo, tenemos la celebración de la Eucaristía. La Iglesia
está en actitud de fervorosa espera de la Resurrección de su Señor.
Lo anhela en silencio y contempla su presencia a través de su
ausencia física. Como se espera al Amado. Nos queda como alimento
su palabra, su Testamento, sus últimas palabras de la Cena de
despedida.
Centramos nuestra mirada y toda nuestra atención en la Cruz
en la que han triunfado el amor sobre el odio, la verdad
sobre la mentira, la justicia sobre el pecado, la humildad servicial
sobre la arrogante soberbia; en fin, en la Cruz ha triunfado
la vida sobre la muerte, misterio que celebraremos más
intensamente en el ambiente de contemplación propio de la vigilia
pascual, mañana sábado.
Cristo subió a la cruz y todos cosimos
en ella nuestros pecados. Seguimos necesitando la cruz, porque
seguimos pecando. ¡Qué realidad más sucia, qué peso más infamante!
Pero Jesús, con lágrimas y sangre,
está lavando el pecado –bastaría una gota–: con su dolor
y su amor está redimiendo el mundo. ¡Oh feliz culpa!
Desde la cruz Jesús no tiene más que
palabras de súplica, de perdón y de regalo.
Pero todo es misterio. El pecado
hace sufrir a Cristo. Terrible es la cruz. El pecado ilumina,
por contraste, el corazón de Cristo. Un abismo llama a otro
abismo. Al abismo de la miseria humana responde el abismo
de la misericordia divina. ¡Oh feliz pecado que nos mereció
tal redentor!
Nuestro pecado hace brillar la cruz.
El crucificado terminará siendo el exaltado. Exaltado
en la cruz porque en ella venció al pecado. Iluminado en la cruz,
porque en ella se manifestó el amor más grande. Glorificado
en la cruz, porque en ella Cristo aprendió a sufrir, a confiar,
a perdonar. La cruz ya no es horrorosa, aunque sigue siendo
un grito contra la injusticia y la crueldad.
Junto a la cruz nos sentimos radicalmente
perdonados. Nosotros hemos puesto el pecado en la cruz y Cristo nos ha
purificado con su sangre.
No resuelvas más tu historia pecadora,
no cultives complejos de culpabilidad. Estás perdonado, para
siempre perdonado. Basta que confíes y te abras a la misericordia.
Desde tu pecado repetido, canta la grandeza de su amor.
No peques más, pero si pecas, confía
más; si pecas, ama más.
Mis amados hermanos y hermanas ¡Perdón!
no es tiempo ahora de hablar, sino de contemplar. Busquemos
espiritualmente un rinconcito en el Calvario, donde nos
ha llevado el evangelista San Juan.
Somos pocos los que nos encontramos…
del lado de Jesús. Son más los que quieren su muerte, y
muchos más aún los que se lo miran todo con indiferencia.
Acompañamos –y nos acompañan– a
su Madre y a María la de Cleofás, a Juan, a María Magdalena… Un
poco más allá, los otros dos crucificados. Aún más allá los discípulos,
alejados: José de Arimatea, Nicodemo… Queremos ser como ellos:
discípulos fieles de Jesús, cada uno a su manera, en la hora
del fracaso, cuando nadie le cree, cuando su cuerpo es un
cuerpo torturado ante el cual se ocultan los rostros.
Ahora vemos, sin necesidad de exegetas,
qué nos quería decir en el sermón de la montaña. Nos precede
en el camino de las bienaventuranzas. ¿Quién más pobre, quién
con más pena, quien más humilde y humillado que este crucificado?
En la cruz no sólo ha perdido la vida. También ha perdido el honor:
rey de los judíos, reza el título… Sediento de justicia, prácticamente
de la compasión como alternativa a la violencia, corazón limpio
anhelante de paz... ha muerto en el intento. Han ganado quienes
lo perseguían y propalaban contra él toda clase de calumnias.
Pero no todo es oscuridad: ya apunta
la luz de la resurrección. Estamos sólo a tres días de ese
gran momento: “… yo reconstruiré este templo”. Entonces resplandecerán
en él y en sus miembros las segundas partes de las Bienaventuranzas:
la tierra prometida será suya y será nuestra, será y seremos
comparecidos y saciados, verá y veremos a Dios, poseerá y
poseeremos definitivamente el Reino.
La contemplación de Jesús en su pasión,
en el sentido de la acción de padecer, nos lleva a descubrir
la otra acepción de la palabra pasión: inclinación viva, vehemente,
violenta de ánimo… La pasión física del cuerpo de Jesús nos
lleva a descubrir la pasión de amor de su corazón. Nos ha
amado sin límite: en él nos hace visible, cercano, palpable,
el amor de Dios. En definitiva… se trata de amar,
y esto está fuera de cálculos, de convenciones, de teorías. Ojalá
que la celebración de este Viernes Santo nos descentrase de
nuestro yo y de sus mil caras y colocase nuestra vida en la línea
del amor.
Aprendamos con Jesús, hermanos, en la escuela de la Cruz a
vivir la vida dándola en el servicio, especialmente a los que
más nos necesitan. No tengamos miedo de perder la vida,
pues perdiéndola por el Evangelio, es decir, por Cristo, es como
la adquirimos para siempre (cf. Jn 12,25).
Hoy, la adoración de la Cruz y la participación en la Eucaristía
tendrán esta profunda unidad: comulgar en Cristo significará
sentirnos identificados con Aquel que se da para ser vida y alimento
para los demás. No es ya el recuerdo de un hecho histórico
lejano. También, hoy, Cristo sufre y muere en tantos hermanos
nuestros de todas las partes del mundo, victimas del hambre,
de la violencia y de la injustica. Nosotros, con El, estamos dispuestos
a hacer crecer el árbol de la esperanza, del consuelo, de la solidaridad,
el árbol que conduce a la vida por siempre. Amén.