JESÚS EN LA MESA DE LOS PECADORES
Mis queridos
hermanos: la misericordia de Dios es la causa más profunda de
nuestra esperanza y de nuestra confianza en el Dios que nos ha
salvado por medio de su Hijo. Nuestra gratitud a ese Dios que
hemos conocido por medio de Jesús, ha de mostrarse también con
la actitud misericordiosa que él nos exige para ser verdaderos
discípulos suyos y ciudadanos del Reino, que ya ha comenzado,
pero que espera todavía la plenitud.
La religión, como ya hemos
señalado varias veces, es un terreno muy resbaladizo cuando no
somos conscientes de la gravedad que entraña. Para muchos de nosotros
es sólo un refugio para los momentos difíciles, y lo es cuando
es expresión de la fe auténtica, vivida en la perseverancia y
como un riesgo en la confianza en Aquel que nos ama y de quien
vivimos confiados. Así vivida la fe, la religión es su expresión
auténtica y eficaz. Así vivió la fe Abraham que creyó contra
toda esperanza que Dios le daría una descendencia a pesar
de su avanzada edad; más aún a pesar de que él sabía que
—como dice literalmente la segunda lectura— ya estaban muertos
su propio cuerpo y el seno de Sara. Esto quiere decir que no es
posible la fe sin la esperanza y desligada del amor total a Dios
que nos ama.
El profeta Oseas es muy
contundente en sus observaciones contra un pueblo que sólo practica
una religión que busca sólo a Dios para ponerlo a su servicio,
especialmente en el nivel social. Incluso el arrepentimiento —como
lo señala unos versículos antes del texto que hoy hemos escuchado—
es sólo por pura conveniencia: es bueno arrepentirse para que
Dios nos perdone y nos vaya bien y mejor. Pero esta actitud no
revela más que una religión puramente formalista, calculadora
e interesada, que es precisamente lo que Dios rechaza. El profeta
advierte muy claramente que los actos de religión carecen de todo
valor si no van acompañadas de amor y de conocimiento de Dios.
Una vez más tenemos que
considerar esto que la Palabra de Dios nos enseña. Tal como lo
hace el profeta Oseas en la primera lectura, hemos de entender
que amor y conocimiento de Dios son inseparables. Porque no se
ama lo que no se conoce y no se puede conocer a alguien sin que
nos sintamos movidos al amor. Más aún, por el amor que decimos
profesarle, manifestamos cuánto le conocemos. Y esto, mis hermanos,
es más cierto cuando se trata de Dios a quien nos adherimos en
la fe y en el amor mientras más lo conocemos buscando hacer su
voluntad.
A esto es a lo que apela
el Señor Jesús en el evangelio que hoy hemos escuchado. Él mismo
actúa con suma coherencia llamando, para que vaya con Él, a un
pecador. Alguien que no tenía derecho alguno en la vida del pueblo
elegido. Era considerado peor que un pagano, pues además era entreguista
al servir al poder dominante del imperio romano. Era un publicano.
Y sin embargo es llamado por Jesús a seguirlo y ser del grupo
de discípulos de los cuales algunos ya andaban con Él.
Leví, llamado también Mateo,
que se sabía fuera de la ley, que vivía sumergido en el pecado
y se sentía imposibilitado para superar esa situación; cautivado
o atrapado en la rutina que le daba seguridad y le permitía ser
alguien diferente, por el poder que ejercía en medio de corrupciones
y abusos, se atreve ante la mirada y el llamado de Jesús, a dejarlo
todo para seguir a aquel que le ha mostrado que Dios está interesado
en él, desde la situación en que se encuentra, que no se siente
juzgado ni condenado; al contrario, porque ha experimentado la
bondad y la misericordia del que lo ama y lo llama para hacer
de él alguien diferente, pero en el proyecto de Dios.
Una vez más, hemos de señalar
que para dejar de ser pecador, basta con que nos sepamos amados
por Dios que, con una mirada nos llama a dejarnos conducir por
Él. Basta con que nos dejemos seducir y amar para dejar nuestras
falsas seguridades: las que hemos puesto en las cosas que, a la
hora de la verdad, nos impiden ser plenamente felices ya desde
esta vida.
Esta enseñanza de Jesús
nos lleva todavía, al menos, a dos reflexiones más: a cuidarnos
de señalar, como los fariseos, a los otros, según nuestros criterios
de “gente buena”, para marginarlos y evitar el trato con ellos.
Y, la segunda, a reconocer con sinceridad que somos también pecadores
necesitados de la salvación que sólo Jesús nos puede alcanzar.
Para finalizar nuestra
reflexión, vale la perna considerar a la luz de la noticia sobre
comida a la que asiste Jesús en casa de Mateo, y en la que Jesús,
como siempre, es el anfitrión, la dignidad a la que somos llamados
todos a participar en la Eucaristía dominical. En efecto, hemos
de caer en la cuenta, mis hermanos, que no estamos, hoy y siempre,
en la santa misa porque somos buenos, sino porque queremos celebrar
juntos con alegría, cuánto nos ama Dios que, haciendo caso omiso
de nuestros pecados, nos admite a compartir el alimento de su
Palabra y de su Cuerpo y su Sangre. Al experimentar ese amor,
como Mateo, comenzamos cada domingo una vida nueva que se expresa
en una nueva actitud frente a las cosas y personas en las que
no vemos sólo como algo de lo que podemos obtener ventajas sino
de las que nos podemos servir, en la caso de los bienes materiales
y a quienes podemos servir, en el caso de las personas.
Seguramente María, nuestra
Muchachita y Celestial Señora, nos acompaña, como siempre, a descubrir
esa mirada de Jesús que nos llama a seguirlo y a servir a nuestros
hermanos, en la comprensión y en la misericordia, tal como ella
lo hizo cuando fue elegida y llamada al servicio de Dios y de
la humanidad.
Amén.